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Oseas 2: El amor de Jehová hacia su pueblo infiel

El camino a la reconciliación

Aquí comienza un nuevo discurso profético que refleja la forma de un juicio familiar. El profeta presenta un caso que parece ser el proceso del divorcio humano. Sin embargo, el lector pronto aprende en los versículos 8 al 10 que el “esposo” es el Señor mismo, y el propósito del juicio no es la separación sino una reconciliación. La estructura del discurso consiste en: una introducción (versículo 2a y 2c), un paréntesis (versículo 2b), una descripción del castigo posible (versículos 3 y 4), la primera acusación y sentencia (versículos 5-7), la segunda acusación y sentencia (versículos 8-13a), la tercera acusación y sentencia (versículos 13b-15) y, finalmente, el resultado que Dios espera (versículos 16-23).

El juicio se inicia con las palabras del esposo dirigidas a los hijos invitándolos a testificar en el juicio: ¡Acusad a vuestra madre, acusadla!… para que quite sus fornicaciones de delante de su cara y sus adulterios de entre sus pechos (versículo 2; trad. del autor). El propósito del juicio es efectuar un cambio en el comportamiento de la esposa. El esposo entra en este proceso con la esperanza de ayudar a su mujer a volver. El verbo “acusar” o “contender” (rib) se usa en una disputa jurídica no solamente para hacer una acusación, sino que también para el acto de presentar toda la evidencia contra el acusado. Significa poner toda la causa a la vista de un tribunal. Por eso, el esposo invita a los hijos, quienes son parte de esa evidencia, a presentar toda la evidencia para que no haya ninguna duda de que ella es culpable. La esperanza del esposo es que la esposa vea la sentencia inevitable y vuelva antes de que se pronuncie su condenación, dejando todo lo que indica la actividad de prostitución. “Fornicaciones” y “adulterios” son plurales abstractos que con toda probabilidad se refieren a objetos que eran emblemas de prostitución como aretes y joyas (versículo 13), o pintura en la cara.

La frase Porque [o ciertamente] ella ya no es mi mujer, ni yo soy su marido (versículo 2b) no es una fórmula oficial de divorcio, sino un paréntesis que expresa el estado actual de este matrimonio, el pacto entre Israel y el Señor. Gramaticalmente, la frase es paralela a 1:9b, “…porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo soy vuestro Dios”. Las dos frases también significan lo mismo: Israel ha abandonado a su Señor y ahora busca una vida sin pensar en las obligaciones del pacto, rompiendo así su relación especial con Dios.

El versículo 3 muestra que si se presentan la acusación y la evidencia contra la esposa, entonces ella puede esperar una sola cosa, la muerte. El versículo 4 incluye a los hijos en el castigo. Ellos no son solamente una parte de la evidencia contra la esposa, sino que son partícipes en la prostitución de su madre. Su testimonio los condena a ellos mismos. Por eso, debe convencer a cada hijo de su condena inevitable y motivarlos a volver a Dios. Así declara que cada israelita comparte la culpa de Israel por su participación en los cultos sincréticos en Israel.

La pena de adulterio es la muerte (quemada, o apedreada). Aquí, Oseas emplea dos imágenes para representar el castigo de Israel: la prostituta desnuda y la tierra reseca. La primera refleja las leyes del Oriente antiguo en cuanto a las prostitutas y, a la vez, usa el lenguaje de las maldiciones encontradas en pactos entre naciones del viejo mundo. La segunda imagen proviene de la polémica de Oseas contra el baalismo. Baal es un dios de fecundidad que fertiliza la tierra con la lluvia (su esperma). Un desierto, entonces, significa que Baal está impotente o ausente. Sin embargo, sequía y sed no solo simbolizan la debilidad de Baal, sino que también señalan el gran poder del Dios de Israel quien es Señor aun de las fuerzas de la infertilidad, empleándolas para cumplir sus propósitos. Por eso, las dos imágenes presentan la muerte de la “esposa”, Israel, como una posibilidad real por quebrar el pacto y por el sincretismo.

Los versículos 5 al 7 forman la primera acusación y sentencia de una serie de tres que crecen en profundidad. La acusación usa las palabras exactas de la esposa, mostrando su culpa sin duda. El adulterio es innegable: Iré tras mis amantes (versículo 5c). Ella cree que las necesidades de la vida las suplen los amantes (Baales): agua y pan constituyen lo básico de la comida, y los materiales básicos de ropa son lana (producto pastoral) y lino (producto agrícola). El aceite, también, era una necesidad. El aceite del olivo se usaba para combustible y también como medicamento, lubricante, elemento básico en la preparación de cosméticos y comidas, y aun para ofrendas. Solo su bebida, el vino, es un lujo que se emplea en los cultos de fertilidad de Baal. Por eso, Israel es culpable de adorar a otros dioses.

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