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Romanos 11: Con callos en el corazón

Hasta ahora Pablo ha estado hablando a los judíos; pero aquí se dirige a los gentiles. Es el apóstol de los gentiles, pero no se puede olvidar de su propio pueblo. De hecho, llega a decir que una de sus metas principales es hacer que los judíos tengan envidia cuando vean lo que el Evangelio ha hecho por los gentiles. Una de las maneras más seguras de hacer que la gente desee el Evangelio es hacerle ver en la vida real lo que puede hacer por una persona.

Una vez había un soldado que había sido herido en una batalla. El capellán se arrastró hasta el lugar e hizo todo lo que pudo por él. Se quedó haciéndole compañía cuando se retiró el resto de la tropa. En el ardor del día le dio agua de su cantimplora, mientras él mismo se abrasaba de sed. Por la noche, cuando descendía el relente frío, le cubría con su propia ropa. Al final, el herido miró al capellán y le dijo: «Padre, ¿es usted cristiano?» «Lo procuro» -le contestó el capellán. « Entonces -siguió diciendo el herido-, si el Cristianismo le hace hacer a uno por los demás lo que usted está haciendo por mí, dígame lo que es eso, porque yo lo quiero.» El Cristianismo en acción le hizo sentir envidia de una fe que podía producir una vida así.

Pablo esperaba, pedía y anhelaba que algún día los judíos vieran lo que el Evangelio había hecho por los gentiles y llegaran a desearlo.

Para Pablo el mundo sería un paraíso si los judíos entraran en la Salvación. Si el rechazamiento de los judíos había logrado tanto; si, por medio de él, el mundo gentil se había reconciliado con Dios, ¡qué gloria superlativa sería cuando los judíos entraran otra vez! Si la tragedia del rechazamiento había tenido unos resultados tan maravillosos, ¿cómo sería el final feliz cuando la tragedia del rechazamiento se cambiara en la gloria de la aceptación? Pablo dice simplemente que sería como una resurrección.

Seguidamente Pablo usa dos alegorías para mostrar que los judíos no pueden ser rechazados definitivamente. Todos los alimentos, antes de comerse, tenían que ofrecerse a Dios. Así la Ley establecía (Números 15:19s) que, si se preparaba la masa para hacer pan, la primera torta se tenía que ofrecer a Dios; una vez hecho eso, toda la masa quedaba consagrada. No hacía falta, digamos, ofrecerle a Dios todo el amasijo; el ofrecimiento de la primera porción santificaba el todo. Era costumbre plantar árboles sagrados en lugares consagrados a Dios. Entonces, cuando se plantaba el pimpollo, se consagraba a Dios, y todas las ramas que diera después estaban consagradas.

Lo que Pablo deduce de este principio es que se da por sentado que los patriarcas fueron consagrados a Dios; tenían costumbre de oír la voz de Dios y de obedecer a Su palabra; habían sido elegidos y consagrados a Dios de una manera especial.

De ellos procedió toda la nación de Israel; y lo mismo que sucedía con la primera torta de la masa, que se consagraba para que toda aquella hornada quedara consagrada, y con los pimpollos, para que todo el árbol fuera consagrado, la consagración especial de los fundadores hacía a la nación de Israel consagrada a Dios de una manera especial. La verdad que se nos quiere hacer comprender es que el remanente de Israel derivaba su fidelidad de los antepasados. Cada uno de nosotros vive de alguna manera del capital del pasado. No somos los primeros, ni el producto de nuestro propio esfuerzo. Somos lo que nos han hecho nuestros padres y antepasados piadosos; y, aunque nos apartemos y seamos infieles a nuestra herencia, no podemos desligarnos del todo de la bondad y fidelidad que nos hizo lo que somos.

Pablo pasa a hacer otra larga analogía. Más de una vez los profetas habían comparado la nación de Israel con el olivo de Dios. Eso era natural, porque el olivo era el árbol más corriente y útil en los países del Mediterráneo. «Olivo verde, hermoso en su fruto y en su parecer, llamó el Señor tu nombre» (Jeremías 11:16). « Se extenderán sus ramas, y será su gloria como la del olivo» (Oseas 14:6). Ahora Pablo compara a los gentiles con las ramas de un acebuche que han sido injertadas en el olivo cultivado que era Israel. Desde el punto de vista de la horticultura eso no se haría nunca. Por eso Pablo dice «contra lo que se hace naturalmente» (versículo 24). Lo natural sería injertar una rama de olivo cultivado en el silvestre para que diera buen fruto.

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