En algunas obras judías los dos primeros salmos eran introductorios. Probablemente durante el proceso de formación de las colecciones de salmos, el Salmo 2 fue la introducción al Libro I de salmos davídicos. Más tarde, cuando se completó todo el Salterio, el Salmo 1 fue puesto como introducción a todo el libro. A veces los dos Salmos fueron unidos en uno, así empezó y terminó con el mismo concepto: bienaventurado (ashré).
En algunos comentarios judíos los dos primeros Salmos fueron considerados mesiánicos (entendieron el hombre en 1:1 como el rey). Nuestra palabra “mesías” es la palabra ungido en 2:2. Durante la monarquía los reyes de Israel y de Judá eran ungidos con aceite cuando eran coronados. En otros países antiguos no hablaban de sus reyes como “ungidos”. Y ningún pasaje claramente escatológico del Antiguo Testamento usa el término “ungido”.
Después del cautiverio los reyes israelitas no eran ungidos. Entonces los judíos empezaban a entender que en el futuro habrá un “ungido” especial de Dios, el Mesías. Hay mucha literatura rabínica sobre un mesías escatológico. Se encontró en Qumrán una tradición que en la edad escatológica, de nuevo, se usaría la unción del rey.
El Salmo 2 se cita en el Nuevo Testamento más veces que cualquier otro, porque Jesús y los apóstoles lo entendieron como un Salmo mesiánico que encuentra su cumplimiento pleno en Cristo. A veces se pregunta si es legítima una exégesis que aplica estos salmos reales a Cristo si el autor estaba hablando de un rey terrenal en la monarquía.
Es cierto que la intención del autor es la base de toda buena interpretación. Y es cierto que el salmista tenía en mente un rey (o reyes) en la historia de Israel. A la vez la Biblia enseña que detrás del autor humano Dios estaba inspirando las Escrituras. Aunque el salmista tiene en vista primero un rey de la monarquía, Dios puede dirigir e inspirar la escritura de tal manera que señale hacia un Rey ungido mayor en el futuro. De hecho, esto es lo que enseña el Nuevo Testamento; el reino temporal de la línea davídica señalaba adelante hacia el reino eterno cuyo rey será el Mesías, Cristo.
Es evidente que Jesús dirigió a los discípulos en su entendimiento del Antiguo Testamento. El y todo el Nuevo Testamento toman en cuenta ciertos principios básicos que nos ayudan a entender su manera de interpretar el Antiguo Testamento. Algunos de estos principios son: 1) “la solidaridad corporativa”, es decir, un pasaje que habla del pueblo de Israel puede también encontrar su cumplimiento en representantes del pueblo (un remanente) o en un representante (un profeta o el Mesías) “la correspondencia en la historia”, es decir, puesto que Dios interviene en los hechos históricos, él puede dirigir de tal manera que acontecimientos en la historia de salvación “prefiguren” algo que sucederá en el futuro “cumplimiento escatológico”, es decir, las enseñanzas y acontecimientos del Antiguo Testamento señalan hacia otros acontecimientos en “los últimos días”. Los discípulos fueron tan conmovidos por “el hecho de Cristo”, por todo que sucedió en su ministerio, crucifixión y resurrección y en su propia experiencia, que no pudieron interpretar y aplicar las Escrituras de otra manera.
Como cristianos, partícipes del nuevo pacto, podemos confiar en la enseñanza de Jesús y sus apóstoles. Podemos aceptar sin reserva su interpretación de las Escrituras del Antiguo Testamento. Así, cuando ellos ven que acontecimientos y pasajes del Antiguo Testamento prefiguran y sañalan hacia Cristo, creemos que así les enseñaron Jesús y el Espíritu Santo.
Ellos vieron que por inspiración Dios quiso que este Salmo (y otros) señalara hacia Cristo y tuviera su cumplimiento pleno en él. Los primeros cristianos entendieron todo esto como confirmación segura de que Jesús es el Cristo profetizado en el Antiguo Testamento.
El Salmo es dramático; alterna entre las palabras de un narrador (el salmista) y diálogo directo de otros personajes. Así tenemos palabras del narrador (versículos 1, 2), diálogo directo de los reyes que están en rebelión (versículo 3), otra vez del narrador (versículos 4, 5), palabra directa de Dios (versículo 6), diálogo directo del hijo, el rey (versículos 7-9) y palabras del narrador dirigidas a los reyes (versículos 10-12).
