Una ciudad rebelde
En los versículos 1 y 2, Sofonías emplea adjetivos muy fuertes para describir la ciudad que oprime a sus pobres e indefensos. Ella es “sucia” y está “contaminada” por la sangre inocente derramada. Aún peor, no se ha escuchado la voz de Dios dada por sus profetas. No se prestó atención a estas advertencias, ni aprendió nada de los juicios de Dios sobre las naciones vecinas. No se ha confiado en Dios sino en alianzas políticas y militares con otras naciones hasta el extremo de sustituir al Dios verdadero por sus ídolos. El profeta insinúa que lo que hacen puede ser “legal” pero no es “legítimo” ante los ojos de Dios y su Ley. Los líderes tenían que ser los guardianes de los derechos del pueblo, pero en lugar de cumplir con sus deberes se habían convertido en “opresores” del pueblo que tenían que defender. Los líderes de una comunidad no son solamente las autoridades religiosas y políticas sino también los jefes del comercio, las finanzas y la industria. La Ley debe ser administrada de forma imparcial a todos los ciudadanos del país.
Sus príncipes son como leones rugientes que han agarrado a su presa, tan enorme es su avaricia y su codicia. No se menciona al rey, tal vez porque Josías era demasiado joven en aquel entonces para tomar parte en la administración. Los jueces son como lobos rapaces con apetito insaciable que no dejan ni un solo hueso de la presa que capturaron durante la noche. Los profetas son vanagloriosos o inestables en todo sentido. Son prevaricadores en el sentido que proclamaron profecías falsas que tergiversaron la gravedad del juicio venidero de Dios.
Los sacerdotes eligieron enseñar únicamente las secciones de la Ley que exigen poco de los creyentes. No cumplieron con su obligación de trazar el camino de la conducta correcta y la práctica noble en asuntos religiosos. Así han profanado el recinto del templo que era el lugar destinado a la enseñanza.
La progresión de la destrucción en la vida del ser humano
I. La destrucción empieza con una actitudde obstinación y rebelión contra Dios.
II. Luego, viene una mancha y suciedad de la vida por medio del vicio.
III. Eventualmente, la conciencia se endurece de tal manera que se hace difícil distinguir entre lo bueno y lo malo.
IV Finalmente, esta condición conduce a lapersona a tener actitudes y hechos concretos de pecado, llegando muchas veces hasta la violencia y al crimen.
La justicia de Dios con Jerusalén
Es una norma no escrita del AT que cuando los oficiales de la sociedad se corrompen y no cumplen con sus deberes Dios envía a un profeta para amonestar al rey y/o al pueblo. Cuando los hebreos ya no tenían un gobierno propio sino que estaban sujetos a una potencia extranjera y la voz de profecía desaparecía poco a poco. Piense en la época de Hageo a Malaquías; ¡por más de 120 años no hubo voz profética en Judá!
Sofonías no tiene duda sobre la presencia de Dios en Jerusalén (versículo 5). Dios sabe todo; cada día su justicia es evidente en la naturaleza y en las copias de la Ley que se hallaron en los recintos del templo. Lo horrible era que el perverso no tenía vergüenza de sus acciones y no vio la necesidad de consultar ni la Ley ni al profeta verdadero.
El versículo 6 es una cita directa de la voz de Dios que Sofonías da al pueblo. La historia del mundo hasta aquel entonces da muchos ejemplos de naciones que alcanzaron la cima de poder y gloria pero debido a su orgullo e injusticia sufrieron la derrota total. No fue obra de hombres sino la obra de Dios en su mundo.
El ser humano tiene una capacidad enorme para ignorar las lecciones de la historia y no ver la mano de Dios obrando en los acontecimientos de la actualidad. Esos tercos de Jerusalén rehusaron aprender que lo que le pasaba a otras ciudades también le podía pasar a Jerusalén. Pensaban que solamente la ciudades gentiles podrían caer bajo el juicio de Dios, no Jerusalén, ¡la Ciudad Santa! Pensaban que a esa ciudad por ser consagrada a Dios nunca le pasaría nada. Parece que Sofonías era el único en comprender que el juicio es el resultado natural e inevitable de corrupción. Los judíos que se dedicaban a la práctica de la maldad estaban cavando su propia tumba. Pablo siglos más tarde lo dijo mejor que nadie: “…todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.
