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Zacarías 13: Arrepentimiento y restauración

Zacarías 13:1 En aquel día habrá una fuente siempre corriendo para que los descendientes de David y los habitantes de Jerusalén se puedan lavar de sus pecados e impurezas.

El manantial abierto constituye un bello símbolo de limpieza del pecado a través de la unión con Cristo. Dejando atrás la época en que el manantial de agua viva fue abandonado, se purifican los recipientes del pecado (borrar su marca) y la inmundicia (impureza sexual y ritual).

Habrá un suministro eterno de misericordia, de perdón y de poder limpiador de Dios. Esta ilustración es similar a la de la corriente eterna de agua que fluye del templo. El manantial se utiliza en las Escrituras para simbolizar el perdón de Dios. Isaías 12:3 dice: «¡Sacaréis con gozo aguas de la fuente de la salvación»; y en Juan 4, Jesús habla de sí como «agua viva» que satisface por completo. ¿Tiene usted sed espiritual? Beba de la fuente, pida a Jesús que lo perdone y que le dé su salvación.

Zacarías 13:2 En esos días, dice Yavé, arrancaré del país hasta el nombre de los ídolos para que nunca más se los mencione; echaré además a los profetas con sus espíritus impuros.

La limpieza de Dios durante los años del Mesías será radical. Espíritu de inmundicia : Rara alusión en el AT al trato dispensado por Dios a los demonios. Los profetas : Los falsos profetas que continuarán manifestándose en los días del Mesías.

Zacarías 13:3 Y si alguno intenta hacerse de profeta, su padre y su madre que lo engendraron le dirán: «Mereces la muerte, porque no dices más que mentiras en nombre de Yavé. Y sus mismos padres lo traspasarán mientras profetice.

Zacarías 13:4 Entonces los profetas se avergonzarán de las visiones que contaban y no se pondrán más el manto de pieles que les daba autoridad para mentir.

Zacarías 13:5 Y se disculparán: «Yo no soy profeta; soy un campesino que trabaja la tierra desde joven.

Zacarías 13:6 Y si alguno le llega a preguntar: «¿Por qué tienes entonces esas cicatrices en tu cuerpo?», él se defenderá diciendo: «Son heridas que me hicieron mis amigos.

Este capítulo describe los días finales de la tierra como la conocemos. Para que la nueva era de Dios comience, todo mal debe abolirse.

Zacarías 13:7 Levántate, espada, contra mi pastor y contra el hombre de mi parentela, exclama Yavé de los Ejércitos.

Hiere al pastor , y serán dispersadas las ovejas : Trágico principio que se comprueba una y otra vez en la historia de la Iglesia. Jesús aplicó este versículo a sí mismo en Mateo 26:31.

Antes de su arresto, Jesús citó este versículo refiriéndose a El y a sus discípulos. Sabía de antemano que sus discípulos se dispersarían cuando lo arrestaran. La «espada» romana era el poder militar que llevó a Cristo a la muerte.

Zacarías 13:8 Hiere al pastor para que se dispersen las ovejas, que yo me encargaré de matar a los corderitos. Y en todo el país, amenaza Yavé, dos tercios serán exterminados, y sólo se salvará un tercio.

Aquí se habla de un remanente purificado: y los fundiré como se funde la plata , y los probaré como se prueba el oro .

Zacarías 13:9 Echaré ese tercio al fuego; lo purificaré como se hace con la plata, lo pondré a prueba como se prueba el oro. El invocará mi Nombre y yo lo escucharé. Entonces yo diré: «¡Este es mi pueblo!», y él, a su vez, dirá: «¡Yavé es mi Dios!»

fundiré, tsaraph: Derretir, refinar, probar o purificar el metal. Se refiere a cualquier tipo de refinamiento, ya sea real o simbólico. También implica la acción de derretir, probar o examinar algo mediante el fuego. Este verbo, que aparece más de 30 veces, se aplica al proceso de refinamiento mediante el cual son removidas las impurezas de los metales preciosos, tales como el oro y la plata. En el Salmo 26:2, David suplica a Dios: «Examina [refina], mis íntimos pensamientos y mi corazón». En el Salmo 12:6, se comparan las palabras puras a la plata purificada siete veces en un horno.

Un remanente es una pequeña parte de un todo. A lo largo de la historia de Israel, cada vez que toda la nación parecía volverse en contra de Dios, El decía que un remanente justo continuaba confiando en El y y le seguía. Estos creyentes se refinaron como la plata y el oro mediante el fuego de sus circunstancias difíciles. Determínese a ser parte del remanente de Dios, esa pequeña parte del todo que es obediente a El. Obedézcalo sin tener en cuenta lo que haga el resto del mundo. Esto puede significar pruebas y dificultades en ocasiones; pero así como el fuego purifica el oro y la plata, usted será purificado y vendrá a ser más semejante a Cristo.

Arrepentimiento y restauración

La restauración de Jerusalén no será únicamente una restauración material; también experimentarán un cambio espiritual.

En aquel día, el día esperado, el día de Jehová, sucederán cosas maravillosas. El pecado y la impureza serán erradicados por un manantial que brotará de la casa de David, de la descendencia del mismo rey David, para limpiar la ciudad de Jerusalén a fin de presentársela a Dios como una esposa sin manchas ni arrugas. Es el dulce mensaje del evangelio que trae perdón a todo aquel que se acerca al manantial de vida eterna que es Cristo Jesús.

El pueblo se había alejado de Dios por dos razones poderosas que tenían que ser eliminadas de raíz: la idolatría y los falsos profetas que con sus mentiras desviaban al pueblo. Los ídolos representaron una amenaza constante para derrumbar la débil fe de los israelitas. El primer mandamiento señala que la idolatría es una amenaza constante contra la relación del hombre con el verdadero Dios. Los israelitas llegaron a una tierra pagana, llena de idolatría, como vimos anteriormente acerca de los terafines o dioses domésticos, y muchas veces fueron tras ellos para adorarlos.

Si la idolatría siempre fue una amenaza exterior, la amenaza más destructora era la influencia interna a través de los falsos profetas. Los profetas constituían un gremio fuerte; eran profetas de profesión, se formaban en escuelas, y a sus integrantes se les llamaba “hijos de profetas”.

La eliminación de los profetas vendría por causa del incumplimiento del ministerio que les fue encomendado; en vez de ser una bendición resultaban en una maldición. Para ganarse el favor del pueblo profetizaban lo que no les había sido revelado, sino aquello que resultara agradable al oído. Sabían lo que el rey quería oír, y eso le hacían oír. En los días del rey Acab, el profeta Micaías fue llamado para consultarle si Jehová les daría la victoria. Cuatrocientos profetas oficiales habían profetizado una victoria, pero Micaías profetizó la derrota y así sucedió: el mismo rey Acab fue muerto en esa ocasión.

Sucederá en aquel día que los profetas serán eliminados, como una clara referencia a la eliminación del profetismo profesional falso en la era mesiánica. La desdicha de los falsos profetas se reflejará en el aborrecimiento de los padres que, fieles a Dios, no soportarán las mentiras de sus hijos; su amor por la verdad estará por encima de la mentira.

Estos falsos profetas se avergonzarán de su visión; en vez de sentirse privilegiados serán confundidos, de tal manera que ni ellos mismos creerán en las visiones que perciban. Nunca más se sentirán honrados de tomar la vestidura de profeta, negarán su oficio y tomarán el oficio de labrador; todo lo contrario del profeta Amós.

Estos dos males persisten en la actualidad: el pueblo sigue yendo en pos de dioses ajenos, de ídolos que no ofrecen la satisfacción de la sed espiritual, pero sí el entretenimiento, distrayendo a la criatura de su Creador. Los dioses antiguos han sido sustituidos por el amor al dinero, por la sed de la fama, por las pasiones vergonzosas que gracias a la agilidad y a la efectividad de los medios de comunicación se han hecho comunes a todas las sociedades. Los falsos profetas siguen proliferando por la fertilidad del campo. La carencia de proclamadores de la verdad ha dejado espacio suficiente para los falsificadores, falsos maestros que atentan contra las verdades eternas de Dios, enseñando beneficios temporales como sustitutos. La solución que ofrecen las corrientes modernas son temporales a un costo altísimo; la verdad de Dios es eterna y gratuita.

Los versículos 7-9 son muy confusos y difíciles de explicar, porque no se sabe a qué pastor se están refiriendo, ya sea al buen pastor o al mal pastor del capítulo 11.

¡Levántate, oh espada, contra mi pastor…! “La espada es la de la justicia divina, que parecía haber estado dormida mucho tiempo y debiera haber herido tiempo ha o al hombre o a su Sustituto, el Mesías” (Comentario de la Santa Biblia, Adam Clarke, tomo II). No puede negarse el mensaje mesiánico de este pasaje. El uso de mi pastor, el hombre compañero mío o mi asociado, algunos se han atrevido a traducirlo como “mi igual”. En este caso nuestra inclinación es que se refiere al buen pastor; es clara referencia para el Mesías y que se cumplió en el Señor Jesucristo, quien sigue cumpliendo su promesa. Contiene tres elementos que irrumpen como rayos solares que le dan una claridad especial, tres grandes verdades aparecen entretejidas, para darle mayor solidez a la enseñanza en la cual Zacarías ha venido insistiendo en esta segunda parte de su libro: el castigo contra el pastor, el juicio de Dios contra las ovejas y la purificación del remanente.

No cabe duda de que Dios castigará al pastor negligente, pero el pastor que va a ser herido es el verdadero pastor, y Jehová lo llama su compañero; aquí es donde se presenta la dificultad. Una posible interpretación sería que el pastor verdadero, el buen pastor, comenzó bien su ministerio pero que presionado por las circunstancias se ve obligado a ceder, y dejando a un lado su función de guía dejó que las ovejas se descarriaran. Pero esto no concuerda con lo visto anteriormente, cuando el mismo profeta toma el lugar del pastor; o sea que el pastor que va a ser herido no será un pastor negligente. El castigo no sería necesariamente contra el pastor, sería contra el pueblo; esto mismo concuerda con el juicio sobre el pueblo, el cual será castigado: dos terceras partes de ellos se perderán, y solo se salvará una tercera parte, un remanente sobre el cual Dios seguirá cumpliendo su promesa.

La segunda opción, aunque parece difícil, se puede considerar como la más factible. Traemos a la memoria el momento en que el Señor Jesús anunciara la negación de Pedro, y para reafirmar su declaración sobre la negación citó estas palabras de Zacarías: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”. Esta es una declaración mesiánica, incomprensible en la época del profeta, pero a nosotros nos parece clara referencia al Señor Jesucristo en los momentos más difíciles de su ministerio, cuando estaba a punto de consumar la redención; fue grande su dolor al ver que aun sus discípulos más amados se alejaron de él.

El remanente es otro tema que ocupa un lugar predominante en el pensamiento del profeta; Jehová dejará a un grupo pequeño sobre el cual se cumplirán las promesas, no por la fidelidad de ellos, más bien por la fidelidad de Dios. Malaquias 3:6 más tarde dio la razón para dejar un remanente, y es por la inmutabilidad de Dios, por su fidelidad a su propia naturaleza divina.

El papel del remanente en el plan de Dios será tan privilegiado que para su realización necesitará de una purificación, será sometido a una purificación como el oro o la plata para verificar su grado de pureza. La santidad siempre ha sido una de las demandas del Dios Santo, y si el pueblo ha de adorar a Dios deberá hacerlo en santidad. Luego de la prueba, ellos podrán elevar sus voces de clamor e invocarán el nombre de Jehová, y Jehová desde su trono responderá.

El plan de Dios para la humanidad ha sido el mismo: que los pueblos todos reconozcan la unicidad de Dios, sujetándose a su señorío. Dios con satisfacción los llamará pueblo mío.

El hombre fue creado para adorar a Dios; en vez de ello, se envaneció, queriendo ser igual a Dios; se hundió en el pecado con una mente reprobada y con actitudes que están en total rebeldía contra el Creador. El castigo lo recibirá por su maldad. Solo en la cruz del Calvario, donde la sangre del Cordero de Dios se derramó para eterna redención, la humanidad encontrará consuelo, y el plan de Dios se cumplirá a cabalidad. Entonces el redimido alzará su voz con júbilo y proclamará la gloria de Dios.

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