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Zacarías 8: Promesa de la restauración de Jerusalén

Estos dos versículos usan un lenguaje propio de un pacto. La instalación del pueblo en la tierra prometida y la reconstrucción del templo son señales de la renovación del pacto. Revelan una salvación grandiosa, como un acto personal de Dios, pues la salvación depende única y exclusivamente de Jehová. Notemos las tres acciones de Dios:

1) Yo salvaré a mi pueblo. La liberación del pueblo dependía únicamente de él; aquí el concepto de salvación supera en mucho a la idea común de la salvación en nuestros días. Nosotros concebimos la salvación como una liberación espiritual, mientras que el pasaje está hablando de una liberación integral, o sea física y espiritual.

2) Los traeré y habitarán en medio de Jerusalén. Este aspecto de la salvación es la liberación física; serán reubicados nuevamente en la tierra de promisión en el monte de la santidad. Esto representará la reunión de todo un pueblo, la comunión unos con otros, una fiesta en familia.

3) Yo seré su Dios. El punto más relevante en este concepto de salvación está en el hecho de la implicación espiritual: una persona salvada reconocerá a Jehová como su Dios, o a Cristo como Señor. Notamos pues en estos tres actos personales de Dios una salvación integral. Dios no solo se interesa por el bienestar espiritual, se interesa también por el bienestar físico. Nuestras iglesias han revertido el orden; nos hemos interesado más en la salvación de las almas, a veces sin ocuparnos de las necesidades físicas del hombre. La necesidad más grande del hombre es la de conocer a su Creador, pero a veces está tan agobiado por sus necesidades físicas que no alcanza a ver su necesidad espiritual.

Para reforzar su promesa de ser el Dios de ellos, Jehová menciona dos de sus atributos: la fidelidad y la justicia (versículo 8). En el versículo 3 vimos que la ciudad sería llamada Ciudad de Verdad y Monte de Santidad; esto tiene una similitud con lo que sigue. Las palabras fidelidad y verdad tienen, en el heb., la misma raíz (emet). Y es que existe una relación muy estrecha entre estos dos conceptos; la fidelidad de una persona está basada en la verdad, y la verdad es parte integral de la fidelidad. En esto notamos similitud, mientras que las palabras justicia y santidad marcan una diferencia entre Dios y su pueblo; él exige santidad y a cambio ofrece justicia.

La palabra hebrea saddiq usada aquí para designar la justicia de Dios, es la más frecuente en el AT. Posee un significado sumamente amplio y a veces hasta controversial. Mucho se ha escrito sobre este término y realmente no tiene una aceptación única; el término sugiere la idea de conformidad con la norma, y muy usado para señalar la conducta basada en la ley divina. Se usa frecuentemente para indicar el cumplimiento de alguna promesa; por esta razón es que en algunas ocasiones esta palabra es traducida como fidelidad. Saddiq se usa comúnmente en un contexto de relaciones, como el que se establece en un pacto. Dios se ha relacionado con su pueblo por medio de pactos que él mismo ha establecido. Podría el pueblo fallar, y Dios quedaría libre del pacto; pero Dios no puede fallar con su pacto porque esto iría en contra de su naturaleza, en contra de la norma que él mismo se ha establecido como Dios. Al actuar Dios de acuerdo con su norma, está actuando en justicia. Por esto es importante notar que los dos pares de palabras tienen un cierto parecido, pero también diferencia. El monte debe ser un Monte de Verdad, y Dios promete fidelidad. Dios ofrece justicia, pero ellos deben vivir en santidad.

Exhortación y palabras de ánimo para el pueblo de Dios, 8:9-15. El pueblo debía recordar la fecha del inicio de la reconstrucción del templo porque era señal de Jehová para cumplir su promesa. Habían vivido una época económicamente mal por causa de la guerra, pero este pueblo pequeño que Dios establece nuevamente en la tierra será objeto de una bendición especial. La bendición que Dios promete traer sobre la tierra es abundancia de alimentos, producto de una gran cosecha.

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