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1 Corintios 9: Sin abusar de los privilegios

(ii) La segunda credencial de Pablo era que su ministerio había sido eficaz. Los mismos corintios eran una prueba de ello. Él los llama su sello. En la antigüedad los sellos eran sumamente -importantes. Cuando se mandaba un cargamento de grano o de dátiles o de algo por el estilo, lo último que se hacía con los envoltorios era marcarlos con el sello como prueba de que el contenido era auténticamente lo que pretendía ser. Cuando se hacía testamento, se sellaba con siete sellos; y no era legalmente válido a menos que los tuviera intactos. El sello era la garantía de la autenticidad. El mero hecho de la existencia de la iglesia corintia era la garantía del apostolado de Pablo. La prueba definitiva de que una persona conoce a Cristo es que Le puede traer a otros. Se cuenta que un soldado que había sido herido y se encontraba en la cama de un hospital le dijo a la enfermera Florence Nightingale, que se inclinaba para atenderle: « Tú eres Cristo para mí.» La autenticidad del cristianismo de una persona presenta su mejor prueba cuando ayuda a otros a ser cristianos.

El privilegio que Pablo habría podido esperar de la iglesia era su sostenimiento. No sólo para sí mismo, sino también para su esposa. De hecho, los demás apóstoles recibían ese apoyo. Los griegos despreciaban el trabajo manual; ningún griego libre estaría dispuesto a trabajar con sus manos. Aristóteles había enseñado que hay dos clases de personas: las cultas, y los madereros y aguadores que existen exclusivamente para llevar a cabo esos trabajos serviles para los otros, y a los que sería no solamente un error sino hasta un mal el tratar de elevarlos o educarlos. Los enemigos de Sócrates y de Platón les tomaban el pelo porque no aceptaban ningún dinero por enseñar, y hasta insinuaban que no cobraban porque su enseñanza no valía nada. Es verdad que también se esperaba de los rabinos judíos que enseñaran sin cobrar nada, y que tuvieran un oficio que les permitiera ganarse la vida sin depender de nadie; pero esos mismos rabinos se tomaban mucho interés en inculcarles a sus estudiantes que no había obra más meritoria que el sostener a su rabino. Si alguien quería tener un buen lugar en el Cielo, la mejor manera de asegurárselo era subviniendo a todas las necesidades de un rabino. De cualquier manera que se mirara, Pablo podía haber reclamado el privilegio de ser sostenido por la iglesia.

Usa analogías humanas corrientes. Ningún soldado tiene que buscarse la comida por su cuenta. ¿Por qué había de hacerlo un soldado de Cristo? El que planta una viña tiene derecho a una parte de su producto. ¿Por qué tiene que ser diferente el que planta iglesias? El pastor se mantiene de lo que da el rebaño que atiende. ¿Por qué no puede hacer lo mismo el que pastorea una iglesia? Hasta la Escritura dice que no hay que ponerle el bozal al buey que está trillando para dejarle que coma de lo que trabaja (Deuteronomio 25:4). Como hartan los rabinos, Pablo aplica esa enseñanza alegóricamente al maestro cristiano.

El sacerdote que oficia en el templo recibe su parte de las ofrendas. En los sacrificios de los templos griegos, como ya hemos visto, recibía las costillas, el jamón y el lado izquierdo de la cara del animal. Pero vale la pena recordar las obvenciones de los sacerdotes que oficiaban en el templo de Jerusalén.

Había cinco ofrendas principales.

(i) El holocausto. Era el único sacrificio que se quemaba completo en el altar, excepto el estómago, las entrañas y el nervio del muslo (cp. Génesis 32:32). Pero hasta en este caso los sacerdotes se quedaban con las pieles, con las que hacían buen negocio.

(ii) La ofrenda por el pecado. En este caso sólo se quemaba en el altar el sebo del animal, y los sacerdotes se quedaban con toda la carne.

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