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1 Corintios 9: Sin abusar de los privilegios

(iii) La ofrenda per una transgresión. Aquí tampoco se quemaba más que la grasa del animal, y los sacerdotes recibían toda la carne.

(iv) La ofrenda de comida. Esta consistía en harina, vino y aceite. Sólo una parte simbólica se ofrecía en el altar; con mucho la mayor parte era el gaje de los sacerdotes.

(v) La ofrenda de la paz.

La grosura y las entrañas era lo que se quemaba en el altar; los sacerdotes recibían el pecho y el hombro derecho, y el resto se le devolvía al que lo ofrendaba.

Los sacerdotes tenían todavía otros gajes.

(i) Recibían las primicias de siete clases: trigo, cebada, uvas, higos, granadas, aceitunas y miel.

(ii) La terumá. Esta era la ofrenda de los frutos más selectos de cada cultivo. Los sacerdotes tenían derecho a un promedio de la quinta parte de las cosechas.

(¡¡¡)Los diezmos. Había que darlos de «todo lo que se puede usar para comida y se cultiva o crece en la tierra.» Ese diezmo pertenecía a los levitas; pero los sacerdotes recibían el diezmo de ese diezmo.

(iv) La jallá. Esta era la ofrenda del amasado. Si la masa se hacía de trigo, cebada, escanda, avena o centeno, cada persona particular tenía que darles a los sacerdotes una vigésima cuarta parte, y un panadero un cuadragésimo octavo.

Todo esto está detrás de la negativa de Pablo a aceptar de la iglesia ni tan siquiera la provisión más básica para su manutención. Lo rehusaba por dos razones.

(i) Los sacerdotes eran un refrán. Mientras que una familia judía normal no comía carne más que una vez por semana si acaso, los sacerdotes padecían de una enfermedad ocupacional por comer demasiada. El lujo en que vivían, su rapacidad y sus privilegios eran notorios, y Pablo lo sabía muy bien. Sabía que usaban de la religión para ponerse gordos, así es que estaba dispuesto a irse al otro extremo y no aceptar absolutamente nada.

(ii) La segunda razón era su total independencia. Puede ser que la llevara demasiado lejos, porque parece que los corintios se daban por ofendidos de que no les aceptara ninguna ayuda. Pero Pablo era una de esas almas independientes que prefieren morirse de hambre antes que depender de nadie.

En último análisis había una cosa que dominaba su conducta: no estaba dispuesto a hacer nada que desacreditara o dificultara al Evangelio. La gente juzga un mensaje por la vida y el carácter del que lo transmite, y Pablo estaba decidido a mantener las manos limpias. No permitía que nada de su vida contradijera el mensaje que proclamaba. Alguien le dijo una vez a un predicador: «No puedo oír lo que dices porque estoy escuchando cómo eres.» Eso no se le podía decir a Pablo.

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