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1 Corintios 9: Sin abusar de los privilegios

El privilegio y la responsabilidad

Sin embargo yo no he reclamado ninguno de estos derechos; ni tampoco estoy escribiendo esto ahora para se me reconozcan en el porvenir. Preferiría morirme antes que se me anulara mi orgullo de no haber recibido nada por mi trabajo. Si predico el Evangelio, no puedo presumir de nada por ello, porque lo hago porque estoy obligado. ¡Pobre de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia elección, merecería una recompensa; pero si lo tengo que hacer, quiera que no, es porque se me ha encargado esta tarea. ¿Cuál es mi recompensa entonces? Únicamente presentar el Evangelio gratis mediante la predicación, para no hacer uso de los privilegios que me corresponderían como predicador.

Y es que, aunque estoy libre de todo el mundo, me hago esclavo de todo el mundo para ganar a los más posibles. Con los judíos me hago judío para ganara los judíos; con los que están bajo una ley me hago uno que está bajo ley, aunque yo no estoy bajo ley, para ganar a los que están bajo una ley; a los sin ley, como si yo fuera un sin ley, no estando yo sin ley de Dios, sino en la ley de Cristo, para ganar a los que no tienen ley. A los débiles me hago débil para ganar a los débiles; me hago de todo a todo el mundo para salvarlos como sea. Y esto lo hago por causa del Evangelio, para compartirlo con todo el mundo.

En este pasaje encontramos una especie de bosquejo de toda la concepción que tiene Pablo de su ministerio.

(i) Lo consideraba un gran privilegio. Lo único que no haría jamás sería aceptar dinero por trabajar para Cristo. Cuando cierto famoso profesor americano se jubiló, dio una conferencia en la que daba las gracias a la universidad por pagarle un sueldo todos esos años por hacer un trabajo que él habría pagado para que le dejaran hacer. Esto no quiere decir que haya que trabajar siempre sin cobrar; hay ciertas obligaciones que uno tiene que cumplir, y no podría si no se le pagara; pero sí quiere decir que nadie debería trabajar exclusivamente por dinero. Todos deberíamos considerar nuestro trabajo, no como una forma de acumular riqueza, sino como una manera de prestar un servicio. El trabajador debe verse como una persona cuyo fin principal no es sacar provecho para sí, sino cuyo privilegio es servir a otros cumpliendo la voluntad de Dios.

(ii) Lo consideraba un deber. El punto de vista de Pablo era que, si él hubiera escogido ser predicador del Evangelio, podría haber exigido legítimamente un sueldo por su trabajo; pero él no había escogido ese trabajo: el trabajo le había escogido a él.

No podía dejar de hacerlo, como no podría dejar de respirar; y, por tanto, no se podía hablar de salario. Ramón Llull, el gran santo y místico español, nos cuenta cómo llegó a ser misionero de Cristo. Había llevado una vida de bienestar y placer; pero cierto día, cuando se encontraba solo, llegó Cristo cargando Su Cruz y le dijo: «Llévala por Mí.» Él se negó. Otra vez, cuando estaba en el silencio de una gran catedral, vino Cristo y le pidió que llevara Su Cruz; y se negó otra vez.

En un momento solitario, Cristo vino la tercera vez; y esta, dijo Ramón Llull: «Tomó Su Cruz y, con una mirada, me la dejó en las manos. ¿Qué podía yo hacer sino tomarla y llevarla?» Pablo habría dicho: «¿Qué puedo hacer yo más que darle a la gente la Buena Noticia de Cristo?»

(iii) A pesar del hecho de no querer que se le pagara, Pablo sabía que recibía diariamente una gran recompensa. Tenía la satisfacción de llevarles el Evangelio gratuitamente a todos los que quisieran recibirlo. Siempre es verdad que la verdadera recompensa de cualquier trabajo no es el dinero que reporta, sino la satisfacción de una tarea bien hecha. Por eso es por lo que la cosa más grande de la vida no es escoger el trabajo mejor pagado, sino el que produce la mayor satisfacción.

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