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1 Corintios 9: Sin abusar de los privilegios

Albert Schweitzer describe la clase de momento que le producía la mayor felicidad. Le trajeron al hospital a uno que estaba sufriendo terriblemente; y él le calmó diciéndole que le haría quedarse dormido y le operaría y luego estaría bien del todo.

Después de la operación se sentó al lado de la cama del paciente esperando que volviera en sí. Este abrió los ojos despacito y luego susurró maravillado: «Ya no me duele.» Esa era la cosa. No había recompensa material, sino una satisfacción tan profunda como las profundidades del mismo corazón.

El haber remediado una vida desquiciada, el haber traído a uno que estaba perdido al verdadero camino, el haber sanado un corazón quebrantado, el haberle traído un alma a Cristo, son cosas que no se pueden medir en términos económicos, porque su gozo sobrepasa toda medida.

(iv) Por último, Pablo habla del método de su ministerio, que era hacerse todo a todos. Esto no es ser hipócritamente una cosa con una persona y otra con otra; sino que es cuestión de, como se suele decir, ponerse en el lugar de cualquier persona. El que no pueda ver nada nada más que desde su propio punto de vista, y que nunca haga el menor esfuerzo por entender la mente o el corazón de los demás, nunca hará un buen pastor, o evangelista, o ni siquiera amigo.

Boswell habla en alguna parte del «arte de acomodarse a los demás.» Ese era un arte que el doctor Johnson poseía en grado superlativo; porque no sólo era un excelente expositor, sino también un gran escuchador, con una gran habilidad para ponerse en la situación de quienquiera que fuera su interlocutor. Un amigo dijo de él que tenía el arte de «dejar que cada uno hablara de su tema favorito y del que más sabía.»

Una vez, un clérigo rural se quejaba a la madre de la señora Thrale de lo ignorante y pesada que era la gente. « No hablan más que de xatos» -terneros, decía con amargura-. «Padre -le contestó la anciana-, el doctor Johnson habría aprendido a hablar de xatos.» Con el campesino se habría hecho un campesino. Robert Lynd indica cómo habría discutido el doctor Johnson el aparato digestivo de un perro con un cazador, o hablado de danza con un profesor de ballet, o de la organización de una granja, o de disponer un tejado, o de la destilación del whisky, o de la fabricación de la pólvora, o de la industria del tinte. Habla de « la disposición de Johnson a meterse de cabeza en lo que les interesaba a los demás.» Sin duda hemos conocido en nuestro entorno a personas que tenían esta preciosa cualidad.

No podemos llegar a ninguna clase de evangelismo, o de amistad, sin hablar el mismo lenguaje y pensar las mismas ideas de otros. Alguien describió una vez la enseñanza, la medicina y el pastorado como «las tres profesiones paternalistas.» Mientras no hagamos más que patrocinar a la gente, sin hacer el menor esfuerzo por comprenderla, no podemos llegar a ninguna parte con ella. Pablo, el modelo de misioneros, que ganó a más personas para Cristo que ningún otro, se dio cuenta de lo esencial que es hacerse todo a todos. Una de las mayores necesidades que se nos presentan es la de aprender el arte de entendernos con la gente; y el problema más grave es que, la mayor parte de las veces, ni lo intentamos.

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