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2 de Crónicas 26: El reinado de Uzías

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Las máquinas ingeniosamente diseñadas que podían lanzar dardos y grandes piedras eran mecanismos que seguían el patrón de las catapultas usadas por los romanos. Los dardos y las rocas servían como elementos de ataque para las tropas, al barrer con los invasores que intentaban escalar las murallas. Con una tecnología bélica de tal magnitud era razonable que su fama llegara muy lejos.

El cronista parece compartir con el lector una percepción clara de su preocupación al indicar que Uzías halló ayuda de manera sorprendente, hasta que se hizo fuerte (vv. 15d, 16). El rey Uzías no es el último a quien se le atribuye esta afirmación. Con frecuencia hombres de mucho talento piensan y actúan como si lo bueno en ellos se debiera a sus gracias innatas.

Toda persona creyente en Dios debe mantenerse en guardia contra la tentación de creerse superior a otros tan solo porque ha logrado ser algo en la vida, sin considerar el elemento de gracia en cualquier logro humano. La autoestima es buena, pero puede convertirse en un arma mortal cuando se desconoce la gracia divina. Con mucha razón el apóstol Pablo hace recordar a los corintios el secreto del éxito espiritual: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

Con esta nota negativa en la biografía de Uzías, el cronista entra a considerar los últimos años del rey. Al sentirse poderoso, Uzías se enalteció hasta corromperse. Su fortaleza humana lo guió al orgullo y la vanidad, cuyas fallas lo forzaron a experimentar el castigo divino. El enaltecerse puede tener un lado positivo, si indica un reconocimiento modesto de las habilidades de la persona, pero puede también indicar arrogancia y vanagloria.

Uzías olvidó que la fuente de su poder era Dios mismo, quien se complace en la obediencia a su voluntad. Su pecado era evidente en tres aspectos de su vida: Primero, fue falso ante los ojos de Dios, ya que su falsedad consistió en actuar traidora e infielmente. El rey había defraudado la confianza que Dios había puesto en su persona. Segundo, en su arrogancia, Uzías había usurpado el oficio sacerdotal al quemar incienso en el altar. Tercero, el rey rehusó aceptar su culpa o no quiso arrepentirse cuando el sumo sacerdote Azarías lo confrontó con su pecado; al airarse contra los siervos de Jehová, brotó lepra en su frente.

La herida causada por Dios llegó a ser un recordatorio de su soberbia y su enaltecimiento espiritual. La máxima expresión de su arrogancia pudo haber radicado en el hecho de que al asumir funciones sacerdotales siendo rey, estaba imitando a las religiones cananeas que demandaban tener un rey semidivino.

Humillado por la lepra, Uzías tuvo que pasar el resto de sus días aislado del pueblo y de la casa de Jehová. ¡Qué gran castigo para un hijo de Dios! Su hijo Jotam tuvo que asumir la corregencia. La fecha de su acceso al poder tuvo que ser 732 a. de J.C.

El profeta Isaías registró los demás hechos de Uzías. El epitafio en su tumba: El es leproso serviría de lección a las futuras generaciones de creyentes, a fin de evitar la soberbia en las cosas espirituales, ya que las consecuencias son funestas. En el contexto de la sensibilidad hebrea, el epitafio es indicador de que Uzías murió en pecado. Murió en pecado porque pretendió ser muy piadoso, cuando en realidad no lo era.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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