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2 de Reyes 19: Judá es librado de Senaquerib

El profeta Isaías Su nombre significaba “Salvación de Jehová”. Nació en Jerusalén alrededor del año 760 a. de J.C. Fue contemporáneo de Miqueas con quien predicó en el reino del   ur; y con los profetas del reino del norte Amós y Oseas. Su ambiente era de la nobleza. Se casó alrededor del año 734; tuvo dos hijos “Searjasuv”, “el resto regresará”, y “MaherSalaljazbaz”, “él se apresura a la presa”x. Su ministerio público empezó “en el año que murió el rey Uzías” (alrededor del año 740), y continuó durante los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías hasta el año 698 a. de J.C. Isaías fue de una personalidad y carácter integros, capaz de enfrentarse con los tormentos y desafíos de una turbulenta época. Fue un hombre sabio y valiente, además un hombre de fe en Dios. Proclamó la justicia social en una época de prosperidad económica, pero caracterizada también por las grandes diferencias entre los ricos y los pobres. La falta de honradez dominaba la vida pública. El pueblo de Dios se había volcado al baalismo y a la idolatría. El culto a Jehová era un ceremonialismo vacío. Los profetas caían bajo la influencia de las bebidas alcohólicas y eran aduladores y lisonjeros. Durante más de 40 años los dedicó a llamar a Israel al arrepentimiento y volverse a Dios. Posiblemente murió aserrado a manos de Manasés.

La victoria después de la segunda misión diplomática de Senaquerib. El Rabsaces fue a consultar al rey de Asiria, quien, después de la conquista de Laquis, ya estaba atacando a Libna, una poderosa fortaleza al este entre el Mediterráneo y las montañas de Judá. Efectivamente, Senaquerib había recibido un informe de que existía la amenaza de una batalla con Tirhaca, el rey de Etiopía, que años más tarde gobernaría a Egipto. Como consecuencia, envió por segunda vez a sus mensajeros, esta vez anónimos, con una carta para Ezequías con casi el mismo mensaje amenazante. (Muchos intérpretes consideran esta narración como una paralela a la anterior.) La impotencia de Jehová para salvar a Judá de su poder solo significaría que la resistencia los llevaría a un desastre seguro como en los casos de otros pueblos en Mesopotamia y Babilonia. No obstante, en este ultimátum arrogante ya no se presentaba a Ezequías como el engañador sino Jehová. Eso sugería que el rey de Asiria estaba actuando como Dios quitando y poniendo pueblos, y que el Dios de Israel era tan impotente como los dioses de los nuevos habitantes de Samaria.

La reacción de Ezequías fue ejemplar. No creía que Dios fuera un engañador; estaba seguro que se podría confiar en él. Por eso por segunda vez se dirigió al templo con el problema agobiante, pero esta vez fue a solas y sin consultar con hombre alguno. No se dio por vencido fácilmente, sino insistía en que Dios le ayudara. Como la carta (sepraim es plural, y eso sugiere que fue extensa, probablemente escrita sobre varios rollos de papiro o de pergamino) el rey Ezequías personalmente oró al Señor, no recurrió a un intermediario. En momentos de crisis este modo de acercarse a Dios es tan aceptable como el anterior.

Pidió a su Dios poderoso, el Creador único e incomparable del universo, que escuchara su petición, y tomara nota de los insultos al Dios viviente que lo clasificaba como si fuera uno de tantos dioses de los otros países vasallos de Asiria, hechos e inventados por los mismos habitantes. De esta manera su oración señaló la médula del dilema. Efectivamente, los dioses de las naciones eran únicamente creaciones humanas y los asirios inconscientemente obedecían la ley de Dios al destruirlos. No obstante, por ser el Dios de Israel, era diferente y tenía que actuar frente a los insultos arrogantes; no podía dejarlo sin castigar, porque tenía que dar a conocer al mundo que él era Dios de verdad. De esa manera terminó su oración pidiendo rescate con el fin de que todos reconocieran al Señor como el único Dios.

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