El profeta Isaías Su nombre significaba “Salvación de Jehová”. Nació en Jerusalén alrededor del año 760 a. de J.C. Fue contemporáneo de Miqueas con quien predicó en el reino del ur; y con los profetas del reino del norte Amós y Oseas. Su ambiente era de la nobleza. Se casó alrededor del año 734; tuvo dos hijos “Searjasuv”, “el resto regresará”, y “MaherSalaljazbaz”, “él se apresura a la presa”x. Su ministerio público empezó “en el año que murió el rey Uzías” (alrededor del año 740), y continuó durante los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías hasta el año 698 a. de J.C. Isaías fue de una personalidad y carácter integros, capaz de enfrentarse con los tormentos y desafíos de una turbulenta época. Fue un hombre sabio y valiente, además un hombre de fe en Dios. Proclamó la justicia social en una época de prosperidad económica, pero caracterizada también por las grandes diferencias entre los ricos y los pobres. La falta de honradez dominaba la vida pública. El pueblo de Dios se había volcado al baalismo y a la idolatría. El culto a Jehová era un ceremonialismo vacío. Los profetas caían bajo la influencia de las bebidas alcohólicas y eran aduladores y lisonjeros. Durante más de 40 años los dedicó a llamar a Israel al arrepentimiento y volverse a Dios. Posiblemente murió aserrado a manos de Manasés.
La victoria después de la segunda misión diplomática de Senaquerib. El Rabsaces fue a consultar al rey de Asiria, quien, después de la conquista de Laquis, ya estaba atacando a Libna, una poderosa fortaleza al este entre el Mediterráneo y las montañas de Judá. Efectivamente, Senaquerib había recibido un informe de que existía la amenaza de una batalla con Tirhaca, el rey de Etiopía, que años más tarde gobernaría a Egipto. Como consecuencia, envió por segunda vez a sus mensajeros, esta vez anónimos, con una carta para Ezequías con casi el mismo mensaje amenazante. (Muchos intérpretes consideran esta narración como una paralela a la anterior.) La impotencia de Jehová para salvar a Judá de su poder solo significaría que la resistencia los llevaría a un desastre seguro como en los casos de otros pueblos en Mesopotamia y Babilonia. No obstante, en este ultimátum arrogante ya no se presentaba a Ezequías como el engañador sino Jehová. Eso sugería que el rey de Asiria estaba actuando como Dios quitando y poniendo pueblos, y que el Dios de Israel era tan impotente como los dioses de los nuevos habitantes de Samaria.
La reacción de Ezequías fue ejemplar. No creía que Dios fuera un engañador; estaba seguro que se podría confiar en él. Por eso por segunda vez se dirigió al templo con el problema agobiante, pero esta vez fue a solas y sin consultar con hombre alguno. No se dio por vencido fácilmente, sino insistía en que Dios le ayudara. Como la carta (sepraim es plural, y eso sugiere que fue extensa, probablemente escrita sobre varios rollos de papiro o de pergamino) el rey Ezequías personalmente oró al Señor, no recurrió a un intermediario. En momentos de crisis este modo de acercarse a Dios es tan aceptable como el anterior.
Pidió a su Dios poderoso, el Creador único e incomparable del universo, que escuchara su petición, y tomara nota de los insultos al Dios viviente que lo clasificaba como si fuera uno de tantos dioses de los otros países vasallos de Asiria, hechos e inventados por los mismos habitantes. De esta manera su oración señaló la médula del dilema. Efectivamente, los dioses de las naciones eran únicamente creaciones humanas y los asirios inconscientemente obedecían la ley de Dios al destruirlos. No obstante, por ser el Dios de Israel, era diferente y tenía que actuar frente a los insultos arrogantes; no podía dejarlo sin castigar, porque tenía que dar a conocer al mundo que él era Dios de verdad. De esa manera terminó su oración pidiendo rescate con el fin de que todos reconocieran al Señor como el único Dios.
