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Deuteronomio 27: Orden de escribir la ley en piedras sobre el Monte Ebal

Estas maldiciones eran una serie de juramentos, dichos por los sacerdotes y afirmados por el pueblo, por lo que este prometía mantenerse alejado de las malas acciones. Al decir Amén, «Así sea», el pueblo se responsabilizó de sus actos. Algunas veces cuando miramos una lista de maldiciones como esta, pensamos que Dios tiene mal carácter y que está listo para aplastar a cualquiera que se salga de la línea. Pero debemos ver estas restricciones no como amenazas, sino como advertencias amorosas acerca de los hechos mismos de la vida. De la misma manera que advertimos a los niños que se alejen de las estufas calientes y de las calles de mucho tránsito, Dios quiere que nos alejemos de los actos peligrosos. La ley natural de su universo nos dice claramente que cuando hacemos algo malo en contra del hombre o de Dios surgen consecuencias trágicas. Dios es lo suficientemente misericordioso con el hombre para decirle esta verdad llanamente. Motivadas por el amor y no por la ira, sus palabras severas nos ayudan a evitar las consecuencias graves que resultan de rechazar a Dios o de hacer mal a otros. Pero Dios no nos deja solamente con maldiciones y consecuencias. Inmediatamente después de estas maldiciones, descubrimos las grandes bendiciones (consecuencias positivas) que surgen cuando vivimos para Dios. Esto nos proporciona un incentivo adicional para obedecer las leyes de Dios. Ya que todas estas bendiciones no vendrán en nuestra vida terrenal, los que obedezcan a Dios experimentarán la plenitud de su bendición cuando establezca los nuevos cielos y la nueva tierra.

Una vez erigido el altar, el pueblo, distribuido en tribus, se coloca, la mitad, en la falda del Garizim, y la otra mitad, en la del Ebal, los primeros para bendecir y los segundos para maldecir. Las tribus situadas en el sur, sobre el Garizim, que está hacia el sur, mientras que las tribus que ocuparán la parte superior de Canaán se colocan sobre el Ebal, que está más al norte. También las seis del Garizim (las bendiciones) corresponden a hijos de las esposas legítimas de Jacob, mientras que de las que se colocan en el Ebal, cuatro descienden de las esclavas de Jacob (Gad, Aser, Dan y Neftalí), a las que se añaden Rubén, primogénito, quien por haber profanado el lecho paterno es desheredado, y Zabulón, que es el más joven de Lía. Efraín y Manasés aparecen englobados en la de José; Leví forma en el conjunto de las tribus para completar el número de doce. Las faldas de las dos montañas formaban como dos anfiteatros, y así podemos reconstruir la escena suponiendo que, no lejos, las dos mitades del pueblo se contestaban, pues desde la cima de ambos montes no podrían oírse mutuamente para responder. Los sacerdotes estarían en el centro del valle, junto al arca, y el pueblo a ambos lados. Supuesta la oquedad que forman las dos montañas, el eco tenía que ser grande, y la escena impresionante.

El texto registra las maldiciones para impresionar más sobre los castigos que esperaban a los desobedientes a la Ley. Son los levitas los que formulan las maldiciones, y el pueblo responde: ¡Amén! Las maldiciones son doce, como el número de tribus, y se refieren a faltas ya enumeradas en la legislación mosaica. No se alude a los pecados contra el monoteísmo y la unidad de santuario. No sabemos cuál fue el principio de selección, pues no se enumeran las faltas más graves. En general, se trata de pecados secretos: faltas contra Dios, contra los padres, contra la justicia y la caridad, pecados de lujuria, homicidio. La primera maldición alude al segundo mandamiento; la segunda se refiere al deshonor a los padres; la tercera se refiere al cambio de los lindes en las propiedades; la cuarta alude al que engaña al ciego guiándole por camino extraviado; la quinta defiende los derechos de los desamparados, como el extranjero, el huérfano y la viuda; la sexta va contra las uniones incestuosas con la mujer del padre; la séptima, contra la bestialidad; la octava, contra el incesto con la hermana; la novena, contra la unión incestuosa con la suegra; la décima, contra el que hiere al prójimo; la undécima, contra el homicida que recibe regalos para matar a su víctima; la duodécima es general, pues va contra los que no observan la Ley.

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