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El Apocalipsis de Juan

La apertura del sexto sello nos trajo a la orilla misma del abismo y pensaríamos, naturalmente, que el séptimo nos introduciría a la consumación final, pero introduce la visión de las siete trompetas que atraviesa una parte del mismo campo y terriblemente describe los signos, prodigios y horrores indicados por los símbolos del sexto sello. Estos ayes de las trompetas entendemos ser una representación muy prolija de las espantosas vistas y grandes señales del cielo de qué habló Jesús, la abominación de la desolación, Jerusalén rodeada de ejércitos, «señales en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra angustia de gentes por la confusión del sonido de la mar y de las ondas; secándose los hombres a causa del temor y expectación de las cosas que sobrevendrán a la redondez de la tierra». (Luc_21:25-26). Por consiguiente, los ayes de las cuatro primeras trompetas caen, respectivamente, sobre la tierra, el mar, los ríos, las fuentes y las luces del cielo; y sus imágenes son tomadas del relato de las plagas de Egipto y de otras partes del A. Testamento. Estas plagas no lo arruinan todo sino que, como los símbolos de Ezequiel, (Esd_5:2) cada una destruye un tercio.

Las últimas tres trompetas son señales de peores ayes (Apo_8:1-3). Las atormentadoras langostas del abismo, introducidas por la quinta trompeta, toman la forma de un ejército en movimiento, a la manera de la descripción de Joel (Joe_2:1-11) y se les permite atormentar a quienes no tienen el sello de Dios sobre sí. Pueden, apropiadamente, denotar los espíritus inmundos de los demonios, a quienes se permitiera presentarse en esos tiempos de venganza y posesionarse de los hombres y atormentar a los que se habían entregado a la práctica de toda perversidad. Describiendo la excesiva impiedad de los líderes judíos, Josefo hace la siguiente observación: «Desde el principio del mundo, ninguna época engendró una generación más fructífera que ésta, en iniquidad». «Supongo que si los romanos hubiesen demorado más en venir contra estos villanos la ciudad, o hubiese sido tragada por la tierra o sepultada bajo avenidas de aguas, o, si no, destruida por los rayos, como Sodoma; porque había producido una generación más atea que aquellos que sufrieron tales castigos, pues por su locura fue que todo el pueblo llegó a ser destruido». (Guerras lib. 5) ¿No se ofrecería algún hecho como éste a la mente del Señor, cuando habló del espíritu inmundo que tomó otros siete peores que él y volvió y penetró en la casa de donde había sido arrojado? «Así, -dijo él-, acontecerá a esta generación mala» (Mat_12:43-45).

La sexta trompeta es la señal para desatar los ejércitos «atados en el gran río Eufrates» (Apo_9:14). Todos los nombres propios de este libro parecen ser simbólicos. Así lo entendemos de Sodoma y Egipto (Apo_11:8), Miguel (Apo_12:7 ), Sión (Apo_14:1), Armagedón (Apo_16:16 ), Babilonia (Apo_17:5) y la Nueva Jerusalén (Apo_21:2). Sería contrario a todas estas analogías el entender el nombre Eufrates (en Apo_9:14 y Apo_16:12) en sentido literal. En el cap. Apo_17:1 se representa la Babilonia mística como sentada sobre muchas aguas y en el v. Apo_17:15 se explica que estas aguas simbolizan pueblos, multitudes y naciones y lenguas. ¿Qué cosa más natural, entonces, explicando este símbolo, que entender lo de los numerosísimos ejércitos que, a su debido tiempo, vinieron acompañados por su fama de proezas y de terror, rodearon a la capital judía y estrecharon el sitio furiosamente hasta el terrible fin? El ejército romano estaba compuesto por soldados de muchas naciones y encuadra perfectamente con la abominación de desolación de que habló nuestro Señor (Mat_24:15 y Luc_21:20).

En este momento solemne de la revelación y cuando, naturalmente, esperaríamos que sonase la séptima trompeta, hay una pausa y, hé aquí «otro ángel fuerte desciende del cielo, cercado de una nube y el arco celeste (arcoiris) sobre su cabeza; y su rostro era como el sol y sus pies como columnas de fuego» (Apo_10:1). Los atributos de este ángel y su correspondencia con la sublime descripción del Hijo del hombre, en el cap. Apo_1:13-16, le señalan como nadie menos que el Señor mismo, y su voz, semejante a la del león y las voces acompañantes del los siete truenos, traen a la mente las palabras proféticas de Pablo «el mismo Señor, con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo» (1Ts_4:16). Este no es sino «el Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria», como él mismo profetizó que acontecería en aquella generación (Mat_24:30-34). Su gloriosa aparición parece como un preludio al sonido de la última trompeta, pero la dilación no tiene por objeto diferir la catástrofe sino para dar una oportunidad de decir que con la voz del séptimo ángel se consumiría el misterio de Dios (vs. Apo_10:6-7). También el profeta toma un libro de manos del ángel que le hablaba y lo come (vs. Apo_10:8-11) a la manera de (Eze_2:9; Eze_3:3 ) y se le dice que tiene que profetizar a «muchos pueblos y gentes y lenguas y reyes»; pues Juan sobrevivió a aquella terrible catástrofe y vivió mucho tiempo después para hacer conocer el testimonio de Dios. Fue algo más que una sugestión aquello de que este discípulo quedase hasta la venida del Señor (comp. Jua_21:24) (¿No cae en cierta confusión nuestro autor al hacer de una visión apocalíptica, -que es esencialmente de carácter profético-, el cumplimiento de otra profecía? ¿Acaso Jesús profetizó, en Mat_24:30-3, que sólo Juan habría de verle «viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria»? ¿Cómo pudo la profecía citada, de Pablo a los tesalonicenses, cumplirse en una visión concedida a Juan? ¿Y de qué consuelo podría ser para los enlutados tesalonicenses la promesa de una aparición visionaria, subjetiva, de Cristo a Juan? La referencia a Jua_21:22-24, es, también, algo rebuscada, pues Juan mismo dice que Jesús no hizo tal promesa de que él quedaría hasta que el Señor volviese. Parece que aquellas palabras del Señor no fueron más que una simple censura a la impertinente curiosidad de Pedro. El hecho de que un hombre de 1a piedad y erudición del Dr. Terry, al tratar del Apocalipsis, se aparte tanto de la senda sencilla y directa de la interpretación prudente y espiritual, debe servirnos a todos como una amonestación contra interpretaciones dogmáticas del libro del Apocalipsis, tan maravilloso y, a la vez, tan confuso.-Arturo F. Wesley.)
La medición del templo, el altar y los adoradores (Apo_11:1) y lo de hollar la ciudad durante cuarenta y dos meses (tres años y medio; tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo), significa que la totalidad será entregada a la desolación. Esto, nuevamente notemos, corresponde con las palabras de nuestro Señor: «Jerusalén será hollada por los gentiles hasta que los tiempos de los gentiles sean cumplidos». (Luc_21:24). Juzgando por la analogía del lenguaje de Daniel. «los tiempos de los gentiles» (Kairoi, comp. Luc_21:24, con la Septuaginta y Theodotion de Dan_7:25;Dan_12:7) son el «tiempo, tiempos y mitad de un tiempo», durante los cuales el sitio aniquilador había de continuar y la ciudad ser hollada afuera y adentro. Durante un período correspondiente profetizan los dos testigos. Estos, quizá, sean mejor comprendidos como una descripción’ simbólica de los mártires que perecieron por la persecución judaica, imaginados aquí como dos testigos (comp. Deu_17:6; Deu_19:15; Mat_18:16; 2Co_13:1) garantizados por tales señales como los que demostraron que Moisés y Elías eran verdaderos profetas, pero pereciendo en la ciudad donde también su Señor fue crucificado después de haber realizado milagros «hoy y mañana y pasado mañana» y haber declarado no ser posible que un profeta muriese afuera de Jerusalén (Luc_13:33).

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