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El Apocalipsis de Juan

Nótese la manera cómo esta séptuple visión apocalíptica (cap. 19:11 a 21:8) cubre todo el campo de la «escatología» (x) Bíblica. (x) No hallamos esta palabra en castellano. Viene del griego eschalos, «lejos» y logos «discurso’, y significa la doctrina de las cosas finales, la muerte, el juicio y acontecimientos relacionados con estas cosas.–El Traductor).

Se bosqueja rápidamente el conjunto, pues los detalles hubiesen sobrepasado el objeto de «la profecía de este libro» (Apo_22:10), que era la de hacer conocer las cosas «que deben suceder presto» (Apo_1:1-3). Pero a semejanza de la última sección del discurso de nuestro Señor (Mat_25:31-46), que introduce cosas que trascienden mucho más allá de los límites de tiempo de esa profecía, pero que habían de comenzar «cuando el Hijo del hombre viniera en su gloria», así esta séptuple visión comienza con la «parousia» (Apo_19:11) y bosqueja en breves líneas los grandiosos triunfos y eternos resultados del reinado del Mesías.

Sólo nos falta notar un gran cuadro apocalíptico más, -la visión de la Nueva Jerusalén. Como en el cap. Apo_16:19, -bajo la séptima y última plaga-, se bosquejó brevemente la caída de la gran Babilonia (la antigua Jerusalén) y luego, en los capítulos 17 a 19:10, se añadió otra descripción aún más detallada de esa «madre de rameras y de las abominaciones de la tierra», repasando, nuevamente, muchas de las mismas cosas, así también aquí, -habiendo dado, bajo la última serie de visiones una breve pero vívida descripción de la Jerusalén celestial (Apo_21:1-8)-, el escritor apocalíptico, siguiendo su artístico estilo y hábito de repetición, nos cuenta cómo uno de los mismos siete ángeles (comp. Apo_17:1-4 y Apo_21:9-11) le condujo a una montaña elevada dándole una visión más completa de la Esposa, mujer del Cordero. Esta mujer del Cordero no es otra que la mujer del cap. Apo_12:1, pero aquí se la revela en una etapa posterior de su historia, después que el dragón ha sido encerrado en el abismo. Después que la tierra ha sido librada del dragón, la bestia y el falso profeta, la simiente de la mujer que huyó al desierto, la simiente arrebatada al trono de Dios, se la ve concebida como «descendiendo del cielo, de Dios», y todas las cosas son hechas nuevas. El lenguaje y los símbolos usadas se toman, especialmente, de Isa_45:17-25 al Isa_46:1-13 y los últimos capítulos de Ezequiel. El gran pensamiento es: Babilonia, la sanguinaria ramera, ha caído y aparece la Nueva Jerusalén, la esposa.

Si permitimos al autor de la Epístola a los Hebreos guiarnos a un entendimiento correcto de la Nueva Jerusalén observaremos que la comunión y el compañerismo de los santos del Nuevo Testamento se consideran como el comienzo del cielo en la tierra. Es sumamente probable que esta epístola haya sido escrita después del Apocalipsis y en el siguiente pasaje se nos hace aparente una directa alusión a él: «Os habéis llegado (proseleludate, ya habéis venido) al monte de Sión y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial». El creyente cristiano, una vez que su vida se ha escondido con Cristo en Dios ya ha ingresado a una comunión y a un compañerismo que nunca cesa. Su nombre está registrado en el cielo. Mora en Dios y Dios mora en él; y toda glorificación subsiguiente, en el tiempo y en la eternidad no es más que una continua y creciente realización de la bienaventuranza de la Iglesia y reino de Dios.

En la visión de la Nueva Jerusalén tenemos la última revelación neotestamentaria de la bienaventuranza y gloria espirituales y celestiales de las que el tabernáculo mosaico fue un símbolo material «el tabernáculo (en hebreo la habitacióz) del testimonio» (Éxo_38:21) y sus varios utensilios y servicios eran «figuras de las cosas celestiales» (Heb_9:23) y Cristo ha entrado en los lugares santos «por el más amplio y más perfecto tabernáculo» (Heb_9:11), haciendo posible de esa manera para todos. los creyentes el «entrar con libertad en el santuario» (Heb_10:19). Esta entrada a los lugares santos y estos compañerismos se realizan únicamente cuando «nos llegamos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua limpia» (Heb_10:22) y este acceso espiritual nos es posible ahora. De acuerdo con esto, el Alfa y Omega nos dice: «Bienaventurados los que lavan sus vestidos, para que tengan autoridad sobre el árbol de la vida y puedan entrar por las puertas en la ciudad» (Apo_22:14). Esta ciudad está representada en la forma de un cubo perfecto (Apo_21:16) y, por consiguiente, puede considerársele como el «lugar santísimo» celestial, a cuya entrada podemos ahora allegarnos. Todo esto concuerda con la voz del trono que decía: «Hé aquí el tabernáculo (morada) de Dios con los hombres; y morará con ellos; y ellos serán su pueblo y Dios mismo será con ellos» (Apo_21:3). En esto discernimos el verdadero antitipo del antiguo tabernáculo y templo y de aquí que esa santa ciudad no admita templo ni luz de sol ni de luna, porque el Señor Dios, el Todopoderoso, y el Cordero son su luz y su templa ( Apo_21:22-23 ) . Además, no aparecen querubines dentro de este lugar santísimo porque estos antiguos símbolos de la humanidad redimida son ahora suplantados por la muchedumbre innumerable de la raza de Adán, -de sobre la cual se ha quitado la maldición Uatadema, Apo_22:3)-, la que toma, alrededor del trono de Dios y del Cordero, el lugar de aquellos, actúan allí como sus siervos, contemplan su faz y tienen su nombre en sus frentes ( Apo_22:3-4 ).

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