Con esta revelación, que forma un episodio entre la sexta trompeta y la séptima, estamos más plenamente preparados para sentir la tremenda significación de la última trompeta. En esa hora interminable de la sexta trompeta, -pausa espantosa precediendo a la catástrofe final-, «hubo un gran terremoto y cayó la décima parte de la ciudad». No sería difícil citar de las páginas de Josefo un cumplimiento casi literal de estas palabras. Las imágenes aluden a la caída de Jericó señalada por trompetas. Enseguida y «presto» (Apo_11:14) suena la última trompeta y grandes voces en el cielo dicen: «Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo y reinará para siempre jamás» (v. Apo_11:15). Terminó el ciclo antiguo; ha comenzado el nuevo y las huestes celestiales entonan un cántico triunfal. La sangre de las almas que clamaban desde abajo del altar ha sido vengada (Apo_6:10) y aquellos profetas y santos reciben su galardón (Apo_11:18). Desaparece el antiguo templo y el templo de Dios, que se halla en el cielo, se abre, viéndose dentro de él el arca del pacto (v. Apo_11:19), -¡tanto tiempo perdida!- en adelante accesible a todos los lavados en la sangre del Cordero.
La segunda parte del Apocalipsis (caps. 12-22) no es una continuación cronológica de la primera sino que recorre, nuevamente, el campo de ésta. Las dos partes se relacionan entre sí, algo así como acontece con el ensueño acerca de la gran imagen y la visión de las cuatro bestias, en el libro de Daniel. Cubren el mismo campo de visión pero contemplan las cosas bajo distintos aspectos. La parte primera exhibe la terrible venganza del Cordero sobre sus enemigos, como contemplando todo con la idea de aquel rey descrito en Mat_22:7. La parte segunda presenta un vívido bosquejo de la Iglesia en lucha, pasando por su primera crisis y elevándose a la gloria al través de la persecución y del peligro. Las mismas grandes luchas y la misma espantosa catástrofe aparecen en cada una de las dos partes, aunque bajo distintos símbolos.
Por la mujer, en el cap. Apo_12:1, entendemos la iglesia apostólica; el hijo varón (v. Apo_12:5) representa a sus hijos, los adherentes. y fieles adeptos del Evangelio. Las imágenes se han tomado de Isa_66:7-8. Estos son los hijos de «la Jerusalén de arriba», a la cual Pablo titula «madre de todos nosotros» (Gál_4:26). La declaración de que este niño había de regir a las naciones con vara de hierro y ser arrebatado al trono de Dios, ha inducido a muchos a suponer que representa a Cristo, pero el lenguaje de la promesa a la iglesia de Tiatira (Apo_2:27) y la visión de los mártires que viven y reinan con Cristo mil años (Apo_20:4-6) demuestran que los fieles mártires de Cristo, cuya sangre fue la semilla de lo. Iglesia, están asociados a él en la autoridad y administración de su gobierno mesiánico. El dragón es la antigua Serpiente, —el Diablo-, y lo de estar listo para devorar al niño tan pronto como naciese es una imagen tomada de la conducta de Faraón para con los varoncitos de Israel (Éxo_1:16). Miguel y sus ángeles no son más que nombres simbólicos de Cristo y sus apóstoles. La guerra en el cielo tenía lugar en el mismo elemento en que apareció la mujer y el acto de arrojar fuera los demonios, ejecutado por Cristo y sus apóstoles, fue la realidad hacia la cual estos símbolos señalaban (comp. Luc_10:18; Jua_12:31) . Los conflictos espirituales del cristiano son de análogo carácter. (comp. Efe_6:12). La huída de la mujer al desierto fue el esparcimiento de la Iglesia a causa de las amargas persecuciones (comp. Hch_8:1) pero especialmente aquella huída de Judea que el Señor había autorizado cuando sus discípulos viesen las señales del fin (Mat_24:16; Luc_21:21).
Derribado de los lugares celestiales, el dragón se paró sobre la arena del mar y luego revelose en una fiera la cual se ve subir del mar (Apo_13:1) y que combinan en sí los aspectos de leopardo, de oso y de león, las primeras tres bestias de la visión de Daniel (Dan_7:4-6) y el poder que da el dragón, le comunica toda la malignidad, blasfemia y violencia perseguidora que caracterizó a la cuarta bestia de Daniel, a la aparición del cuernito. Entendemos que esta bestia es el Imperio Romano, especialmente como representado por Nerón, bajo el cual comenzó la guerra judía y por quien la simiente de la mujer, los santos (comp. Apo_12:17 y Apo_13:7) fueron terriblemente perseguidos. El fue la encarnación misma de la maldad, notable revelación del anticristo, y corresponde en todo aspecto esencial con el hombre de pecado, el hijo de perdición, de quien Pablo escribió a los tesalonicenses (2Ts_2:3-10) . Al mismo tiempo se ve otra bestia que sube de la tierra (Apo_13:11) teniendo dos cuernos como los de cordero, pero no es más que el satélite, el «otro yo», y representante de la primera bestia y ejerce su autoridad. Esta segunda bestia es un símbolo apropiado del gobierno romano en manos de procuradores y si buscamos el significado de los dos cuernos podemos descubrirlo en los dos procuradores especialmente distinguidos por su tiranía y opresión, Albinus v Gessius Florus. Es cosa bien sabida que a los cristianos de este período se les exigió adorar la imagen del emperador, bajo pena de muerte; y los procuradores eran los agentes del emperador para poner en vigencia estas medidas. Así, a la segunda bestia, muy apropiadamente se le llama «el falso profeta» (Apo_16:13; Apo_19:20) porque su gran tarea consistía en pervertir los hombres a una idolatría blasfema. El número místico de la bestia (Apo_13:18) estaría, entonces representado tanto por el griego lateinos, como por el hebreo Kaiser Nerón, letras de valor numérico, en cada caso, del 666) pues la bestia era, a la vez, el reino latino y su representante y cabeza César Nerón.
