Isaías 55:13 En lugar del espino crecerá el ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá el mirto; y esto será para gloria del Señor, para señal eterna que nunca será borrada.
Llamado a aceptar el don de Jehová
Las profecías del capítulos 55 y de los primeros 8 versículos del capítulos 56 constituyen quizá las últimas proclamas de nuestro profeta en Babilonia, si interpretamos el verbo haláj en su sentido básico. Como hemos dicho antes, es posible que después de haber inmigrado a Jerusalén nuestro profeta haya vuelto temporalmente a Babilonia para promover la aliyáh, es decir la inmigración a Sion. Esta vez, no sólo la inmigración de judíos ocupa el foco de su atención e interés, sino también de prosélitos, aquellos extranjeros que se han adherido a Jehová. De esto trataremos en la próxima sección.
En la presente sección confrontamos el problema de la contextualización de esta proclama. El imperativo de haláh, que básicamente significa andar, pero que se traduce normalmente con el verbo ir, es la forma lejú. Tres veces aparece la palabra lejú en el versículo 1, y las tres veces ha sido traducido por venid, en lugar de id o acudid, traducción que también es posible si examinamos el versículo 3. Sin embargo, el contexto geográfico apoya la traducción id.
Un caso similar tenemos en 2:3, donde las palabras lejú venaalé han sido tradicionalmente traducidas: Venid y subamos. Pero la perspectiva allí es que las naciones dispersas por todos los lados del mundo se exhortan unas a otras a ir a Sion. No se trata de un llamado para reunirse en algún lugar del mundo, para luego subir a Sion.
También en 55:1, lejú lamáyim debería ser por lo menos considerada con una traducción posible en una nota: id a las aguas o acudid a las aguas. Si atendemos a este pequeño detalle, es posible que el profeta no estuviera expresando su proclama desde Sion, sino en Babilonia. El está animando a los judíos sedientos de libertad y de realización espiritual, a acudir a las aguas, que aquí simbolizan la abundancia espiritual que sólo se encuentra en Jehová. Pero en la mente y corazón del profeta la satisfacción espiritual es más plena si se cumple la voluntad divina con respecto a llevar de regreso a su pueblo, de la tierra de su cautividad a la tierra de promisión: Israel.
A partir Deuteronomio 55:3 y hasta 56:8 el pensamiento del profeta fluye paralelo a la oración de David en 2 de Samuel 7:11-29. El concepto del pacto, que incluye las fieles misericordias demostradas a David (lit. las fieles misericordias de David) puede traducirse mejor prometidas ya que el verbo es suplido. En 2 de Samuel 7:15 y 16 el Señor promete a David con respecto a cada gobernante de su casa real, la dinastía de David: “… no quitaré de él mi misericordia… Tu casa y tu reino serán firmes para siempre delante de mí, y tu trono será establecido para siempre.“. Es el rey mesiánico quien ha sido puesto como testigo a los pueblos. Pero no puede ser compatible el designio de realeza con el presente estado de cautividad que todavía forma parte del consciente y del inconsciente de los hijos de Judá.
Sin embargo, el corazón del llamado profético es espiritual. No se trata meramente de inmigrar a Israel, sino de “buscar a Jehová” y volver a él con actitud de arrepentimiento. Los seres humanos solamente piensan en un plano político, nacionalista, religioso. Pero los pensamientos de Dios están en un plano más elevado.
Los versículos 10-13 expresan la firmeza del designio divino con respecto a su pueblo, Israel, y su territorio en el planeta. El mensaje profético, la palabra que ha salido de la boca de Dios, tendrá resultados concretos y en este caso el resultado será la inmigración de los judíos a Israel: Ciertamente, con alegría saldréis [de Babilonia] y en paz os iréis [a Sion]….
Finalmente, el versículo 12 describe los resultados que se verificarán en aquella tierra desolada cuando sus hijos vuelvan a colonizarla y cultivarla. El incremento de la agricultura y de la reforestación servirán de renombre a Jehová, y de señal eterna que nunca será borrada.
