Esta requisitoria de Jeremías tuvo lugar en los primeros días de la interrupción del asedio, cuando Sedecías mandó una nueva embajada al profeta antes de que fuera encarcelado.
Yahvé les recuerda la alianza del Sinaí, en cuyas cláusulas estaba la manumisión de los siervos en el año séptimo; pero ya los antepasados faltaron sistemáticamente a esta ley. En contraposición a la conducta de los antepasados israelitas, Yahvé les presenta, en tono de alabanza, el gesto que han tenido los contemporáneos de Jeremías de cumplir la ley de la manumisión de los siervos, acto que firmaron solemnemente en un pacto en su presencia, en la casa donde se invoca su nombre. Dios les reconoce el mérito de este acto de generosidad y de justicia social, pero les recrimina al mismo tiempo la inconstancia en el cumplimiento de lo pactado, ya que reclamaron de nuevo a sus antiguos siervos, y con ello han profanado su nombre. Por eso, el castigo de Dios será inexorable: Yo os proclamo la manumisión para la espada, la peste y el hambre. Como ellos no han querido liberar a sus esclavos, Yahvé los libera, es decir, los deja sin protección ante la tríada siniestra: la espada, la peste y el hambre. Van a ser libre presa de la guerra con sus trágicas secuelas.
Al pasar entre las dos mitades del becerro, implícitamente se comprometían a las consecuencias de la alianza. El quebrantarlas era exponerse a la suerte de aquel becerro descuartizado. Todas las clases dirigentes de Judá (los grandes de Jerusalén., los eunucos) sufrirán la misma suerte del becerro inmolado. La palabra eunuco tiene el sentido de cortesano en general. Yahvé hará gran mortandad entre ellos, dejando sus cadáveres expuestos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, lo que constituía el máximo baldón para un semita. Y esta suerte afectará al propio rey Sedecías, principal responsable de la deslealtad de los amos para con sus esclavos, ya que les permitió tomarlos de nuevo.
