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Jeremías 44: Mensaje del Señor a los judíos que fueron a Egipto

Jeremías 44:30  Así dice el Señor: «He aquí, entregaré a Faraón Hofra, rey de Egipto, en manos de sus enemigos, en manos de los que buscan su vida, así como entregué a Sedequías, rey de Judá, en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, su enemigo, que buscaba su vida.»

Faraón Hofra : Gobernó Egipto del 589 al 570 a.C., pero perdió su vida en una disputa por el poder con Amosis II, un ex-funcionario de la corte. Otros afirman que Hofra gobernó Egipto desde 588-568 a.C. Amosis, más tarde subió al trono en su lugar.

Jeremías denuncia la idolatría de sus compatriotas en Egipto.

Este vaticinio tuvo lugar con ocasión de una fiesta popular de los judíos fugitivos de Egipto en honor de la “reina del cielo.” No hay datación cronológica ni geográfica alguna, lo que es raro en el estilo de Baruc. El estilo narrativo es convencional y parece que refleja manipulaciones posteriores redaccionales. Es el último discurso contra la idolatría de sus compatriotas. Les echa en cara el culto a la “reina del cielo,” o Istar, tan querida del elemento femenino israelita. En su obcecación idolátrica llegaron a creer que todas las desgracias pasadas les sobrevinieron por no haber dado suficientemente culto a esta divinidad. Esto exacerbó los ánimos de Jeremías, que les anuncia definitivamente la destrucción y ruina total. La lección del desastre de la nación no había servido para nada. Entre los judíos exilados en Egipto se había fomentado un sincretismo religioso. Desde los tiempos de Psamético I (663-609) había ya numerosos judíos en el país del Nilo. Sin duda que con Joacaz, el rey depuesto por Necao II en 609, bajaron también muchos nobles judíos, que se instalaron en Tafnes y otras localidades egipcias.

La colonia militar de Elefantina, del tiempo de los persas, sin duda que tuvo su origen mucho antes en estos núcleos de fugitivos judíos. Estos emigrados habían resucitado por atavismo los antiguos cultos cananeos, que les eran tan queridos. Entre los judíos de la colonia de Elefantina, en el Alto Egipto, aparecen adorados juntamente con Yahvé, Dios nacional, los Dioses Anat, Betel y Asim. El culto zoomorfo egipcio no parecía ejercer mucha atracción sobre ellos, familiarizados con la idea trascendente de Yahvé; pero los antiguos cultos cananeos resucitaban en ellos nostalgias muy queridas. En su simple modo de discurrir creían que, si habían sufrido el desastre de perder la nacionalidad política, se debía a haber abandonado esos cultos en virtud de la reforma del rey Josías (640-609). Yahvé había sido impotente para hacer frente a los enemigos de Judá. Por eso ahora en Tafnes resucitan el culto de Istar, la “reina del cielo.”

Jeremías, al final ya de su carrera profética, después de tantas tragedias, tiene que constatar que el castigo divino ha sido en balde para aquellos compatriotas huidos a Egipto, y vuelve con amargura a su antiguo tema de fustigar la idolatría, anunciando la definitiva ruina del resto de Judá en Egipto. Toda su vida ha sido una tragedia de incomprensión. Sigue ahora considerado como enemigo de los intereses del pueblo, pero él no duda en lanzar la profecía conminatoria definitiva: sus compatriotas, con su idolatría, están llamando de nuevo al desencadenamiento de la ira divina. El resto de la nación se salvará en la esclavitud del exilio babilónico. Son los judíos llevados a Mesopotamia los que heredarán la bendición divina y los que iniciarán la restauración de la nación. La vida fácil de Egipto no ha servido sino para insensibilizar religiosamente a los judíos.
El discurso del profeta tiene un carácter edificante, menos vivo y enérgico que otros oráculos suyos, lo que parece indicar que la primitiva profecía de Jeremías ha sido amplificada un poco convencionalmente por un redactor posterior.

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