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Jeremías 44: Mensaje del Señor a los judíos que fueron a Egipto

La destrucción de Judá, consecuencia de sus pecados

El discurso conminatorio del profeta está hecho a base de frases estereotipadas de discursos anteriores que hemos visto ya. De ahí el carácter convencional de la composición. En la amenaza al pueblo no se dice ninguna idea nueva que no se haya expresado antes. La expresión ? tocios los judíos. de Egipto indica el carácter general del discurso. Quizá con motivo de una reunión solemne de culto, el profeta fue testigo de cultos idolátricos, y por eso les recuerda sus antiguos pecados, causa de la ruina de su pueblo. Dios hará lo mismo con ellos si no cambian de conducta. Son dignos sucesores de sus padres idólatras. Las localidades que menciona son perfectamente identificables: Migdol (palabra hebrea que significa “torre”) designa la fortaleza fronteriza al este del Delta, la actual tell el-Heir, a 15 kilómetros al sur de Pelusium. Tafnes:. Menfis: en egipcio Nof, capital del Bajo Egipto, junto a El Cairo actual. Pairos: en egipcio Patoris (“país del mediodía”), designa el Alto Egipto, es decir, la región de Tebas.

Yahvé, pues, los castigará, como a sus antepasados, por sus idolatrías. En otro tiempo les envió profetas para que se convirtieran, y ahora hacen caso omiso de Jeremías como antes de aquéllos.

Suerte trágica de los judíos de Egipto

Las frases de este discurso conminatorio tienen, como decíamos antes, un carácter antológico, pues parecen tomadas de vaticinios y de discursos anteriormente proferidos por Jeremías y representan un resumen de su actividad oracular. La conducta idolátrica de los judíos es un pecado colectivo que atraerá la ira divina sobre todos, incluso los inocentes. Las obras de vuestras manos son los actos idolátricos, sacrificios, ofrendas, etc., a los ídolos. Con ello, en vez de encontrar la salvación en Egipto, como buscaban, encontrarán la ruina, siendo objeto de maldición y oprobio para todos los pueblos. Su castigo será proverbial entre todas las gentes. A pesar de todo lo que ha pasado, siguen impenitentes en sus caminos antiguos. Por ello, Yahvé sembrará el exterminio en Judá. La expresión exterminaré a todo Judá se aplica a los que viven en Egipto, no a los exilados de Babilonia, y aun así tiene un carácter radical e hiperbólico, que no ha de tomarse al pie de la letra. Lo mismo ha de entenderse el versículo 12. Por eso se dice en el versículo 14 que podrá salvarse algún fugitivo que retornará a Judá. El resto morirá por el hambre, la espada y la peste en Egipto.

Respuesta del pueblo al vaticinio de Jeremías

La reacción de los oyentes no pudo ser más tumultuosa e insolente. No sólo no reconocen pecado en haber cumplido actos idolátricos, sino que están dispuestos a continuarlos, pues en ellos ven la fuente de la felicidad. Precisamente, según ellos, el haber cesado de dar culto a los ídolos, y sobre todo a la reina del cielo, Istar, fue la causa de la ruina. La reforma religiosa de Josías, acabando con los “lugares altos” de culto sincretista idolátrico, fue para los oyentes de Jeremías la causa del desastre de su pueblo; pues, mientras que adoraban a los ídolos, todo les iba bien, viéndonos entonces hartos de pan, y, en cambio, el culto adusto a Yahvé no les trajo sino la ruina de la nación. No es que rechacen totalmente al Dios nacional, pero creen que es necesario también tener contentos a los antiguos Dioses de Canaán, como condición para tener bendiciones materiales.

El culto de Istar, la reina del cielo, aparece entre los hebreos ya en tiempos de Acaz, hacia el 734 5. Fue particularmente favorecido por el impío rey Manases, hijo de Ezequías. La influencia asiría se dejó mucho sentir en los siglos VIII y VII a. C. en Judá, como en los demás países de la costa siro-fenicio-palestina. Josías (740-609) comenzó la reforma religiosa profunda en el 622, y después de pocos años de tranquilidad comenzaron los males para su pueblo: muerte violenta de Josías (609), deposición de Joacaz, deportación del 598 a Babilonia y, por fin, la destrucción de la Ciudad Santa en 586. Yahvé, pues, los había abandonado. Cuando las prácticas idolátricas estaban en su vigor, la nación prosperaba. Este era el simple modo de discurrir de aquellos refugiados de Egipto. Para ellos la predicación del profeta Jeremías no había servido para nada, ya que Dios descargó su mano sin piedad. No comprendían que todo esto había sucedido por sus pecados, fustigados por el profeta. Y en esta respuesta altanera al profeta son las mujeres las que llevan la voz cantante: ¿es acaso sin nuestros maridos que hacemos las tortas para ofrecerlas a su imagen? Se justifican diciendo que lo hacen con el consentimiento de sus maridos y no ven ninguna irregularidad moral en ello. Los maridos podían anular los votos de sus mujeres 6, pero ahora colaboran con ellas en esos cultos idolátricos.

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