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Joel 3: Juicio de Jehová sobre las naciones

Jehová ruge desde Sión y da su voz desde Jerusalén (versículo 16) hace eco de las palabras de Amós. La expresión parece señalar al lugar desde donde Dios hablaba, o mostraba su voluntad, según el pensamiento judío. En el libro de Amós, la palabra autoritativa de Dios señalaba el castigo merecido para Israel (el Reino del Norte). En Joel, el juicio es para las naciones paganas. Tiemblan los cielos y la tierra habla de los efectos de (la conmoción que causa) la voz de Dios. He aquí por qué el profeta expresa una palabra de seguridad y consuelo: Dios garantiza protección a su pueblo: Jehová es refugio para su pueblo y fortaleza para los hijos de Israel. Por otro lado, el Señor también promete su presencia, él habita en Sion. En vista de que Jehová hace de Jerusalén su morada (donde manifiesta su presencia), la ciudad debe ser santificada y limpiada: Santa será Jerusalén. Las naciones enemigas (los extraños) no tendrán más control de ella, violando así su santidad. La implicación pudiera ser más espiritual que política. Las naciones que no buscan la voluntad de Jehová no tienen lugar en la ciudad donde él es Señor Soberano. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que esta promesa tenga sus connotaciones escatológicas.

Los últimos versículos en el libro de Joel (versículos 18-21) subrayan algunas de las abundantes bendiciones que Dios tiene reservadas para su pueblo. Cada uno de los aspectos aquí descritos son clave para lo que pudiera considerarse como la restauración del pacto entre Dios e Israel. En aquel día conecta estas promesas con lo expresado en el versículo 17, y según lo observado, lo que marcará la diferencia será la presencia del Señor. Otra de las principales promesas tiene que ver con la fertilidad de la tierra: los montes gotearán jugo de uvas, las colinas fluirán leche. La figura es congruente con la palabra profética de restauración. Así era la tierra que Dios había prometido y reservado para su pueblo. Lo que les había sucedido con la plaga de langostas era contrario a las promesas de Dios, pero ellos no habían sido fieles al Señor, de ahí el castigo sufrido.

Correrán aguas por todos los arroyos de Judá extiende la promesa de fertilidad. La abundancia del preciado líquido garantizaba el sostén de todo aspecto de vida en la tierra prometida. La imagen se amplía aún más: Un manantial saldrá de la casa de Jehová; es decir, del templo. El mensaje es que Dios, desde su morada, proveerá todo el sostén necesario para la vida. El valle de Sitim, o de las “acacias”, conlleva la idea de transformar un valle improductivo en algo fértil, o proveer el agua necesaria aun para los lugares más áridos.

Otra de las bendiciones que Dios ofrece a su pueblo en este oráculo es su protección. La mención de Egipto… y Edom (versículo 19) quizá solo sea representativa de todos los pueblos que han hecho violencia a los hijos de Judá, derramando así la sangre inocente. De ahí la importancia de que Dios ofrezca su protección permanente. A esto también debe sumarse el sentido de seguridad y estabilidad: Judá será habitada para siempre. La oferta ofrece un vivo contraste en relación con la suerte que les espera a las otras naciones. Jehová promete la permanencia de Jerusalén.

El versículo 21 es de significado oscuro, especialmente en algunas otras traducciones. La traducción recibida en la RVA es bastante aceptable. El pensamiento parece estar conectado con el versículo 19, y sugiere que Dios no pasará por alto los actos criminales cometidos contra su pueblo. Dios promete vengar la sangre inocente; él es el vindicador de su pueblo. ¡Jehová habita en Sion! constituye un grito de victoria. El Señor está en el lugar de su trono, y desde allí da a conocer su voluntad. él está presente en medio de su pueblo. La RVA traduce bien este pensamiento colocándolo como una cláusula independiente al final del versículo 21.

Restauración y perdón

La Biblia nos habla de Dios como un “fuego consumidor”, pero también como un “Padre de misericordia”. Joel nos presenta con una maestría impresionante estas dos verdades eternas. La descripción del juicio a través de la plaga de langostas es vista como una desolación apocalíptica. Sus efectos sobre el consumo del fruto de la tierra deja al lector perplejo y con una sensación de temor y reverencia frente al descargo de su ira. Pero luego que el profeta anuncia, también con una maestría elocuente, las promesas de restauración y perdón, y el futuro derramamiento del Espíritu, el lector entra en un “culto” de adoración y acción de gracias porque sus “misericordias son más grandes que los cielos”.

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