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Juan 2: Las señales y los discursos públicos de Cristo

“Mi hora“ Cristo habla en varias ocasiones en el evangelio de “su hora”, que significaba la hora de su sacrificio (Jdg_2:4; Jdg_4:21; Jdg_7:30; Jdg_8:20; Jdg_12:27). La hora determinada por su Padre sería la hora de su muerte. Nadie excepto él podía controlarla. él había venido para cumplir el plan de Dios, para dar salvación a las personas. Solamente lo podría hacer cumpliendo también la hora determinada por el Padre.

Paradójicamente, la hora de la muerte de Jesús fue también la hora de su glorificación: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado… ¿Qué diré: ‘Padre, sálvame de esta hora’? ¡Al contrario, para esto he llegado a esta hora! Padre, glorifica tu nombre” (Jdg_12:23, Jdg_12:27). La gloria de Cristo se hace realidad frente al mundo, para que todos puedan ver su sacrificio al llegar “su hora”. éste es el verdadero corazón del Evangelio de Juan: el sacrificio de Cristo es la demostración del amor de Dios para el mundo, y por medio de este sacrificio y glorificación podemos ser hechos “sus hijos/as” al creer en su Hijo.

Literalmente, Jesús responde a María: “¿qué a ti y a mí, mujer?”. Podemos decir con absoluta confianza que no hay nada despectivo en llamar a su madre mujer (ver 4:21; 19:26; 20:13, 15). Quizá María pensaba que las relaciones íntimas de madrea-hijo que había gozado con Jesús en el hogar en Nazaret todavía estaban en pie. Con esta pregunta, Jesús quería aclarar a su madre que, a partir de este momento, y en el cumplimiento de su misión, tendría que obedecer la voluntad de su Padre celestial (ver Luk_2:49) por encima de la de su madre. Todavía no ha llegado mi hora daría la idea de que se negaba a “tomar cartas” en el asunto. Por lo menos, María no lo entendió como una negativa categórica. En varias ocasiones a través de su ministerio público Jesús expresó esto o el autor dijo algo semejante (ver 7:6, 8, 30; 8:20), pero poco antes de su crucifixión dijo “ha llegado la hora” (12:23; ver 12:27; 13:1; 16:32; 17:1). Quizá en esta ocasión se refería solo a la manifestación de su poder milagroso o a la revelación de que era el Mesías, pero Morris opina que ya, en el mismo comienzo de su ministerio, estaba pensando en su culminación.

María se dirige a los sirvientes y les ordena. Tal orden de ella indica a lo menos dos cosas: tenía cierta responsabilidad y autoridad en el hogar, la cual los sirvientes reconocían y, a pesar de la aparente negativa de Jesús, ella esperaba que al fin él haría algo para solucionar la falta de vino. A los que servían no es un verbo, ni un participio en el texto griego, sino un sustantivo que se traduce “a los sirvientes” (diakonos G1249). Nuestro término “diácono” es la transliteración de este vocablo gr. y normalmente se refiere al que servía la mesa o que realizaba otra tarea humilde en la casa. Raymond Brown, un católico romano, tiene razón cuando rechaza el concepto de algunos escritores católicos que prácticamente atribuyen el milagro a María, indicando que fue ella la que empujó a Jesús a adelantar el momento de realizar milagros.

Las bodas en los tiempos de Jesús En el tiempo de Jesús la pareja que quería casarse tenía que desposarse el uno con el otro, por regla general con mucha antelación. Aunque similar a los compromisos de nuestros tiempos, era aún más obligatorio que ahora. Se daban regalos y tomaban votos de compromiso. Al cumplir el acto de su compromiso ya se consideraban como pareja y los dos se pertenecían el uno al otro aunque todavía no vivían juntos.

La boda venía después. No había una ceremonia como hoy día. Se llevaba a la novia de la casa de su padre a la casa de su novio. El novio, juntamente con sus amigos, iba a la casa de la novia a buscarla, y con gran celebración, cantos e instrumentos musicales el novio llevaba a la novia a su casa. Los invitados se juntaban a la procesión en el camino.

Había una comida especial preparada en la casa del novio o de sus padres y todos los amigos y vecinos eran invitados a la gran fiesta. Muchas veces la fiesta duraba de siete hasta catorce días, donde se celebraba con comida, bebida y con gran regocijo. Al finalizar las celebraciones, el novio llevaba a la novia a su cámara nupcial y el matrimonio era consumado.

Las seis tinajas eran para la purificación, según un rito judío (ver Mat_15:2; Mar_7:1-4; Luk_11:39). No era asunto de higiene, sino una costumbre ritual que las autoridades judías exigían antes de comer. En cada una de ellas cabían dos o tres medidas. Todos los detalles indican el reportaje de un testigo ocular; p. ej., el número, tamaño y material de las tinajas. Una medida (metretes G3355) era equivalente a unos 30 litros, así que en cada tinaja cabrían unos 60 a 90 litros. Este número multiplicado por seis daría entre 400 y 500 litros, una cantidad impresionante.

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