Fijémonos ahora en por qué actuó Jesús de esa manera. Su indignación es una cosa aterradora, la figura de Jesús con el azote de cuerdas inspira el máximo temor. Debemos ver qué fue lo que le movió a aquella manifestación de indignación al rojo vivo en los atrios del templo.
La Pascua era la más importante de todas las fiestas judías. Como ya hemos visto, la ley establecía que todos los varones judíos adultos que vivieran a no más de veinticinco kilómetros de Jerusalén estaban obligados a .asistir. Pero no eran sólo los judíos de Palestina los que venían para la Pascua; en aquel tiempo los judíos estaban diseminados por todo el mundo, y. no olvidaban su fe ancestral y su madre patria, y era el sueño y el propósito de todos ellos, estuvieran donde estuvieran, el celebrar la Pascua en Jerusalén por id menos una vez en la vida. Aunque nos suene a exageración, es probable que tantos como dos millones y cuarto de judíos se reunieran a veces en la Ciudad Santa para celebrar la Pascua.
Había un impuesto que tenían que pagar todos los judíos de diecinueve años para arriba. Era el tributo del templo. De que todos cumplieran dependía el que el ritual y los sacrificios del templo se pudieran llevar a cabo día tras día. El impuesto era de medio siclo. Debemos recordar cuando hablemos de dinero que en aquel tiempo, el salarió de un obrero era el equivalente de menos .de diez pesetas al día. El medio siclo eran unas quince, así es que era el sueldo de día y medio. Para todos los efectos prácticos, en Palestina se usaban muchos tipos de moneda: las de plata de Roma; Grecia, Egipto, Tiro y Sidón y de la mismas Palestina, todas estaban en circulación y eran válidas. Pero el tributo del templo se tenía que pagar en siclos galileos o en los del santuario, que eran las únicas monedas judías; las demás eran paganas y, por tanto, inmundas. Valían para pagar las otras deudas, pero no la que se tenía con Dios.
Los peregrinos llegaban de todas las partes del mundo con toda clase de monedas; así es que, en los atrios del templo se colocaban los cambistas. Si hubieran sido honrados, habrían estado cumpliendo una finalidad justa y necesaria; pero lo que hacían era cobrar una moneda más por cada medio siclo, es decir, una sexta parte más, y otra moneda más por cada medio siclo que tuvieran que devolver al cambiar monedas mayores. Si, por ejemplo, venía alguien con una moneda que equivaliera a dos siclos, tenía que pagar una moneda para que se la cambiaran, y otras tres para que le devolvieran el cambio de tres medios siclos. En otras palabras: que los cambistas le sacaban el sueldo de un día por la operación.
El tributo del templo y el sistema de cambio de moneda se elevaban a cantidades fantásticas. La renta anual del templo se ha calculado en 20,000,000 de pesetas, y las ganancias de los cambistas 2,000,000 pero téngase presente que el sueldo de un obrero serían unas 10 pesetas diarias. Cuando Crasso capturó Jerusalén y saqueó la tesorería del templo en el año 54 a C. se llevó 500,000,000 de pesetas sin llegar a agotarlo. El que los cambistas cobraran comisión cuando cambiaban las monedas de los peregrinos no se veía mal. El Talmud establecía: «Es menester que cada uno tenga medio siclo para pagar su cuota. Por tanto, cuando trae un siclo para cambiarlo por dos medios siclos está obligado a dejar que el cambista saque algún beneficio.» La palabra para comisión era kollybas, y a los cambistas se los llamaba kollybistai. Esta palabra kollybos dio origen al personaje de comedia que se llamar Kollybos en griego y Collybus en latín, equivalentes al famoso usurero shakesperiano Shylock. Lo que exasperaba a Jesús era que los cambistas abusaran de los modestos peregrinos de la Pascua con comisiones exorbitantes. Era una injusticia social flagrante y desvergonzada y, lo que es peor, se perpetraba en nombre de la verdadera religión.
Además de los cambistas estaban los que vendían becerros, corderos y palomas. Era corriente que una visita al templo fuera acompañada de un sacrificio. Muchos peregrinos querrían hacer una ofrenda de acción de gracias por haber hecho un buen viaje a la Santa Ciudad; además, la mayor parte de los acontecimientos de la vida y de la familia de los judíos tenían su sacrificio apropiado.
Parecería por tanto que se ofrecía una ayuda natural para que se pudieran comprar las víctimas para los sacrificios en los atrios del templo. Podría haber sido así; pero la ley imponía el que los animales que se ofrecieran fueran perfectos y sin defecto. Las autoridades del templo, tenían inspectores (mumjeh) que examinaban las víctimas antes del sacrificio. La inspección ya costaba una ma›ah. Si el fiel compraba el animal fuera del templo se lo podían rechazar en la inspección; ya se podía estar seguro de que le encontrarían algún defecto que les permitiera declararlo no apto.
