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Juan 2: Las señales y los discursos públicos de Cristo

Lo dijera como fuera, María no lo tomó como «¡Déjame en paz!», sino todo lo contrario; así es que fue a los criados y les dijo que hicieran lo que Jesús les dijera. A la entrada había seis grandes tinajas para el agua. La palabra que la versión ReinaValera traduce por cántaros (metrétés) equivale a unos cuarenta litros, y se nos dice que en cada tinaja cabrían dos o tres cántaros, es decir, alrededor de cien litros.

Juan está escribiendo su evangelio para los griegos, así es que les explica que estas tinajas se tenían para guardar el agua que se usaba en los ritos de purificación de los judíos. El agua se necesitaba para dos cosas. La primera, para lavarse los pies al entrar en la casa. Las carreteras y las calles no estaban pavimentadas en la mayor parte de los casos. El calzado más corriente eran las sandalias, que no eran más que unas suelas que se sujetaban a los pies con unas correas. En un día seco se traerían los pies llenos de polvo, y en uno húmedo, de barro; así es que se necesitaba agua para limpiarlos. En segundo lugar, se necesitaba para lavarse las manos. Los judíos estrictos se las lavaban antes de la comida y entre platos. Primero se ponía la mano con los dedos hacia arriba, y se echaba el agua de forma que resbalara hasta la muñeca; y luego se ponían los dedos hacia abajo para que el agua resbalara desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Esto se hacía con cada mano por separado, y luego se limpiaba la palma restregándolas con el otro puño. La ley ceremonial judía insistía en que esto había que hacerlo no sólo al principio de la comida sino también entre platos. Si no se hacía, se tenían las manos técnicamente inmundas. Era para esos lavatorios de manos y de pies para lo que se tenían las tinajas a la entrada de la casa.

Jesús dijo que llenaran las tinajas hasta el borde. Juan da ese detalle para que se sepa que allí no se metió más que agua. Y luego les dijo que sacaran algo y se lo llevaran al arjitriklinos, al maestro de ceremonias. En los banquetes Romanos había un personaje al que llamaban arbiter bibendi, el encargado de la bebida. A veces era uno de los invitados el que actuaba de maestro de ceremonias en una boda judía, pero nuestro equivalente del arjitriklinos sería el padrino. Entonces estaba a cargo de la colocación de los invitados y de la organización de la fiesta en general. Cuando probó el agua que se había vuelto vino se quedó alucinado. Llamó al novio -lo corriente era que fueran los padres del novio los que corrieran con los gastos- y le dijo en un tono de broma que Juan nos transmite con gracia: «¡Oye, tú! Lo corriente es que se sirva primero el buen vino, y después, cuando la gente ya ha bebido bastante y no está en condiciones de distinguir de calidades, se le sirve algo inferior; ¡pero tú te tenías guardado el mejor hasta ahora!»

Así es que fue en la boda de unos pueblerinos de Galilea donde Jesús manifestó Su gloria; y fue en aquella ocasión cuando Sus discípulos captaron otro detalle que les hizo darse cuenta de quién era su Maestro.

Tomamos nota de tres cosas en esta señal maravillosa que realizó Jesús.

(i) Tomamos nota de cuándo sucedió: en una fiesta de bodas. Jesús estaba en su ambiente. No era ningún austero aguafiestas. ¡Todo lo contrario, como vemos aquí! Le encantaba participar de la alegría y el regocijo de una boda, y ayudar en los problemas que se presentaran.

Hay algunas personas «religiosas» que difunden una atmósfera lúgubre por donde van. Miran con suspicacia todo lo que sea alegría y felicidad. Para ellos la religión es cosa de sotanas, de Salmodias y de caras largas. Dijo de Alice Freeman Palmer uno de sus estudiantes: «¡Me hacía sentirme como si estuviera dándome un baño de sol!» (Y eso en Escocia…). Así era Jesús. C. H. Spurgeon tiene algunos consejos sabios, aunque cáusticos, en su libro Charlas a mis estudiantes: «El tono sepulcral puede que le vaya bien al de la funeraria; pero a los lazaros no los hacen salir de la tumba los gemidos espectrales.» «Conozco a hermanos que desde la coronilla hasta la planta de los pies son tan ministeriales en facha, tono, modales, cuello y botas que no les queda ni una partícula de humanidad visible… A algunos parece que les han enroscado una corbata blanca alrededor del alma, como un pingajo almidonado que les estrangula toda su hombría.» «Un individuo drenado totalmente de simpatía sería mejor que se dedicara a los oficios funerarios de enterrar a los muertos, porque jamás conseguirá hacerles mella a los vivos.» «Recomiendo jovialidad a todos los que quieran ganar almas; no frivolidad ni espuma, sino un espíritu sociable y feliz. Se cogen más moscas con miel que con vinagre, y conduce más almas al Cielo el que lleva el Cielo en la cara que el que lleva el Tártaro en sus gestos y aspecto.»

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