Se infiere de esto que nuestro Señor quiso que la paz fuese el blanco al cual se dirigiesen los esfuerzos del ministro del Evangelio. El mismo asunto sobre el cual habló nuestro Señor tantas veces había de ser el gran tema de la predicación de sus discípulos: paz entre Dios y el hombre mediante la sangre de la expiación; paz de los hombres entre sí mediante la inoculación de la gracia y de la caridad. Una religión como la de Mahoma, que fue difundida por medio de la espada, no es de lo alto sino de la tierra. Cualquiera secta que bajo el título de cristiana quema en hogueras a los hombres para hacer prosélitos, lleva en sí el sello de su apostasía. Aquella es la mejor religión y l más verdadera que hace más por difundir la paz.
Debemos notar, en seguida, que prueba tan notable dio nuestro Señor de su reacción. Con su acostumbrada benignidad de refirió a los sentidos corporales de sus discípulos. Les mostró las manos y el costado. Los excitó a que vieran con sus propios ojos que realmente tenía un cuerpo material y que no era un fantasma. Grande a la verdad fue la condescendencia que manifestó nuestro Señor en acomodarse así a la fe débil de los once apóstoles. Más no menos grande fue el principio que sentó para que sirviera de guía a la iglesia en las generaciones futuras hasta su segundo advenimiento. Ese principio es que nuestro Maestro no nos exige que creamos cosa alguna que se oponga al testimonio de nuestros sentidos. En una religión que emana de Dios es de esperarse que haya verdades que estén fuera del alcance de la razón humana; pero no que se opongan a ella.
Adoptemos este principio y no olvidemos aplicarlo, especialmente cuando se trata de los efectos que los sacramentos producen o de las operaciones el Espíritu Santo. Querer que creamos que alguno está experimentando el influjo vivificador el Espíritu Santo, cuando nuestros principios ojos nos están diciendo que vive entregado al pecado que el pan y el vino de la Cena son realmente el cuerpo y la sangre de Cristo querer esto, decimos, es exigir más fe de lo que Cristo exigió de sus discípulos, es exigir algo que se opone diametralmente a la razón y al sentido común.
Observemos, por último, que misión tan notable encomendó Jesucristo a sus discípulos. «Entonces,» dice el evangelista, «les dice otra vez: `Paz a vosotros: como me envió mi Padre, así también yo os envío.› Y como hubo dicho esto sopló sobre ellos y les dijo. `Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonareis los pecados, les son perdonados; y a los que les retuviereis les son retenidos.›» En vano pretenderíamos negar que por muchos siglos el significado de estas palabras haya sido tema de acaloradas controversias, controversias que acaso jamás terminarán. Por lo tanto, lo más que podremos hacer será presentar una exposición probable del pasaje.
Es muy verosímil que nuestro Señor encargara a los apóstoles que fuesen por todo el mundo predicando el Evangelio como él lo había predicado. Les confirió también la facultad de declarar a quienes les son perdonados los pecados, y a quienes no. Que esto fue precisamente lo que los apóstoles practicaron es un hecho que cualquiera que leyere el libro de los Hechos puede convencerse. Cuando Pedro exhortó a los judíos a que se arrepintieran y se convirtieran, y cuando Pablo dijo a sus oyentes en Antioquia que a ellos era enviada la palabra de salvación, y que mediante Cristo se predicaba el perdón de los pecados, hicieron lo que el Salvador les encargó en el pasaje de que tratamos. Hechos 3.19; 13.26-38.
Más, por otra parte, parece muy improbable que nuestro Señor quisiera instituir esa absolución privada que se practica después de una confesión secreta de los pecados. Por mucho que algunos afirmen lo contrario, no se refiere en los Hechos un solo caso en que los apóstoles pronunciaran semejante absolución. Aún más, en las epístolas pastorales dirigidas a Tito y a Timoteo no existe indicio alguno de que se recomendara esa absolución. En breve, no hay para tal práctica un solo precedente en la Palabra de Dios.
Las funciones del ministro son de suma importancia cuando se ejercen de acuerdo con los preceptos del Maestro. No puede imaginarse mayor honra que la de ser embajador o enviado del Salvador, y la de proclamar en su nombre a un mundo perdido el perdón de los pecados. Más es preciso guardarnos de conceder al ministro mayor autoridad y más amplias facultades de las que Cristo quiso darle. Considerar a los ministros como mediadores entre Dios y los hombres, es arrebatar a Cristo una prerrogativa que solo a él pertenece; es ocultar a los pecadores la verdad que salva, y elevar al clero a un posición para la cual no es idóneo en manera alguna.
