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Juan 20: Amor alucinado

La madrugada del primer día de la semana, cuando estaba todavía oscuro, María Magdalena fue a la tumba, ¡y vio que estaba quitada la piedra de la entrada! Entonces fue corriendo a ver a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo:

-¡Se han llevado al Señor de la tumba, y no sabemos dónde Le han puesto!

A eso Pedro salió con el otro discípulo en dirección a la tumba. Iban los dos corriendo; pero el otro discípulo se adelantó, porque corría más deprisa, y llegó antes a la tumba; se agachó para mirar, y vio los lienzos en su sitio, pero no entró. A eso llegó Pedro siguiéndole, y entró en la tumba. Vio los lienzos colocados allí; y el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús, no con los lienzos, sino doblado en su lugar correspondiente. Entonces el otro discípulo, el que había llegado el primero a la tumba, también entró, y vio, y creyó.

Y es que todavía no se habían percatado de que el sentido de la Escritura era que Jesús había de resucitar.

Y los discípulos se volvieron adonde estaban parando.

Es posible que nadie amara a Jesús tanto como Mana Magdalena. Él había hecho algo por ella que ningún otro habría podido hacer, y ella no lo podía olvidar. La tradición ha dado por seguro que María Magdalena era una pecadora empedernida a la que Jesús reclamó, y perdonó, y purificó. Henry Kingsley escribió un hermoso poema sobre ella.

Magdalena a la puerta de Miguel

no hacía más que llaMarcos

En un roble cantaba un ruiseñor:

«¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!»

Miguel dijo: «No traes ninguna ofrenda,

nada puedes pagar.»

«¡Bien lo sabe!», cantaba el ruiseñor.

«¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!»

Miguel dijo: «¿No has visto las heridas?

¿Reconoces tu mal?»

El ruiseñor cantaba: «¡Y bien lo siente!

¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!»

«Claro que sí, que he visto las heridas,

que Él sufrió en mi lugar.»

El ruiseñor cantaba: «¡Ya es muy tarde!

¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!»

El ruiseñor, al fin, quedó dormido,

y la noche cayó,

y Uno vino que abrió por fin la puerta,

y Magdalena entró.

María Magdalena había pecado mucho, y amó mucho; el amor era todo lo que podía traer.

Era costumbre en Palestina visitar la tumba de un ser querido hasta tres días después del entierro. Se creía que el espíritu de la persona difunta estaba por allí aquellos tres días; pero después se alejaba, porque el cuerpo había empezado a descomponerse y estaba irreconocible. Los amigos de Jesús no pudieron ir a la tumba el sábado porque habrían querido mover la piedra y completar lo que faltara por hacerle, y eso habría sido quebrantar el sábado. El primer día de la semana, nuestro domingo, fue cuando María Magdalena se dirigió a la tumba de madrugada. La palabra que se usa es prói, que designaba la última de las cuatro vigilias en que se dividía la noche, y que iría desde las 3 hasta las 6 de la mañana. Todavía estaba oscuro cuando María llegó a la tumba; pero ella no podía seguir esperando más tiempo.

Cuando llegó a la tumba, se quedó alucinada y aterrada. Las tumbas de la antigüedad no solían tener puertas. En la entrada había como un canal en el suelo por el que se deslizaba una piedra circular, como las de molino, para cerrar la entrada. Además, Mateo nos dice que las autoridades habían sellado la piedra para asegurarse de que no la movían (Mat_27:66 ). María, naturalmente, se quedó perpleja al ver que no estaba en su sitio. Es probable que se le ocurriera una de dos cosas. La primera, que habían sido los judíos los que se habían llevado el cuerpo de Jesús; que, no dándose por satisfechos con que hubiera muerto en una cruz, estaban profanando Su cadáver. Pero también había tipos macabros que se dedicaban a robar las tumbas, y a María se le puede haber ocurrido pensar que eso era lo que había sucedido.

Era una situación que María no podía arrostrar sola; así es que volvió a la ciudad a buscar a Pedro y a Juan. María es el ejemplo supremo de la persona que sigue amando y creyendo más allá de lo que puede entender; y ése es el amor y ésa la fe que acaban encontrando la gloria.

EL GRAN DESCUBRIMIENTO

Uno de los detalles que resaltan en esta historia es que se seguía considerando a Pedro como el líder de la compañía apostólica. Fue a él al que se dirigió María. A pesar de haber negado a Jesús -cosa que no habría podido por menos de saberse y difundirse-, Pedro seguía siendo el líder. Solemos hablar de la debilidad e inestabilidad de Pedro; pero tiene que haber habido algo realmente sobresaliente en el hombre que pudo seguir al frente de sus compañeros después del fallo desastroso que había tenido; tiene que haber habido algo realmente notable en el hombre al que sus compañeros siguieron considerando su líder después de aquello. Su momento de debilidad no debe impedirnos ver la fuerza moral y la estatura personal de Pedro, ni reconocer que era un líder nato.

Así que fue a Pedro y Juan a los que acudió María, y ellos se dirigieron inmediatamente a la tumba. Fueron a la carrera; y Juan, que debe de haber sido más joven que Pedro puesto que vivió hasta el final del siglo I, dejó atrás a su compañero. Cuando llegó a la tumba, Juan miró hacia dentro, pero no entró. Pedro, impulsivo por naturaleza, no sólo miró, sino entró. De momento, Pedro sólo se sorprendió de que la tumba estuviera vacía; pero algo empezó a ocurrir en la mente de Juan. Si alguien se hubiera llevado el cuerpo de Jesús, si lo hubieran robado los ladrones de tumbas, ¿por qué se iban a dejar la mortaja?

Entonces otra cosa le sorprendió aún más: los lienzos no estaban tirados de cualquier manera, sino colocados todavía con sus dobleces -eso es lo que dice el original- los que habían cubierto el cuerpo, donde había estado el cuerpo; y los que la cabeza, donde había estado la cabeza. Lo que se nos quiere decir es que las ropas fúnebres no parecían como si se le hubieran quitado al cadáver, sino que estaban colocadas como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado. Aquello penetró en la mente de Juan; se dio cuenta de lo que había sucedido -¡y creyó! No fue lo que había leído en las Escrituras lo que le convenció de que Jesús había resucitado, sino lo que vio con sus propios ojos.

El papel del amor en esta historia es extraordinario. Fue María, la que tanto amaba a Jesús, la primera en ir a la tumba. Y fue Juan, el discípulo al que amaba Jesús y que amaba a Jesús de una manera especial, el primero que creyó en la Resurrección. Esa será siempre la mayor gloria de Juan. Fue el primero en darse cuenta y en creer. El amor le abrió los ojos para leer las señales, y la mente para entenderlas.

Aquí tenemos una de las grandes leyes de la vida. En cualquier clase de obra, es verdad que no podemos realmente interpretar el pensamiento de otra persona a menos que haya entre nosotros un nexo de simpatía. Resulta evidente cuando el director de orquesta está en relación de simpatía con la música del compositor cuya pieza está interpretando. El amor es el gran intérprete. El amor puede captar la verdad cuando el intelecto se mueve todavía inseguro y a tientas. El amor puede darse cuenta del sentido de una cosa cuando la investigación sigue a ciegas. Una vez, un artista joven le trajo a Doré un cuadro de Jesús para que le diera su parecer. Doré se resistía a hacerlo; pero, por último, dijo una sola frase: « Tú no Le amas; porque, si Le amaras, Le habrías pintado mejor.» No podemos entender a Jesús ni ayudar a otros a entenderle, si no Le entregamos nuestros corazones tanto como nuestras mentes.

EL GRAN RECONOCIMIENTO

Juan 20:11-18

Pero María se quedó llorando a la entrada de la tumba. Llorando como estaba, se inclinó hacia abajo para mirar dentro de la tumba, y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado colocado el cuerpo de Jesús. Y le dijeron:

Mujer, ¿por qué estás llorando?

-Porque se han llevado a mi Señor -les contestó María-, y no sé adónde.

Entonces se dio la vuelta, y vio a Jesús que estaba allí de pie; pero no se dio cuenta de que era Él. Jesús le dijo:

Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?.

Ella, tomándole por el hortelano, Le contestó:

-Señor, si has sido Tú el que Te Le has llevado, dime dónde Le has puesto, y yo me Le llevaré.

-¡María! -le dijo Jesús.

-¡Rabbuní! -que quiere decir «maestro mío», Le contestó ella. Y Jesús le dijo:

-Suéltame, que todavía no he ascendido a Mi Padre; pero ve a decirles a Mis hermanos que voy a ascender a Mi Padre, Que es vuestro Padre, y a Mi Dios, Que es vuestro Dios.

María Magdalena llegó diciéndoles a los discípulos:

-¡He visto al Señor!

Y les dijo todo lo que Él le había dicho.

Se ha dicho que esta escena es la más grande historia de reconocimiento de la literatura universal. A María corresponde la gloria de haber sido la primera persona que vio a Cristo Resucitado. Toda la historia está salpicada de referencias a su amor. Había vuelto a la tumba; había llevado la noticia de la tumba abierta a Pedro y Juan, que deben de haberla dejado atrás en su carrera a la tumba; así es que, para cuando ella llegó, ellos ya se habían vuelto a su alojamiento, tal vez por otro camino. El caso es que aquí nos la encontramos otra vez a la entrada de la tumba, llorando desconsoladamente.

No hay por qué buscar razones complicadas para explicar el que no reconociera a Jesús. Lo más sencillo y conmovedor es que no Le veía a través de las lágrimas.

Toda su conversación con el Que tomó por el hortelano revela su amor. «Si has sido Tú el que Te Le has llevado, dime dónde Le has puesto.» No mencionó el nombre de Jesús; supuso que todo el mundo sabría a Quién estaba buscando; tenía la mente tan llena de Él que no le quedaba sitio para nadie más en todo el mundo. «Y yo me Le llevaré.» ¿Cómo se Le iba a llevar, y adónde, una mujer sola? Pero ella ni siquiera se había planteado esos problemas. Lo único que anhelaba era poder llorar su amor sobre el cuerpo muerto de Jesús. Tan pronto como Le contestó al Que había tomado por el hortelano, se daría la vuelta hacia la tumba, dándole la espalda a Jesús. Y entonces no hizo falta más que una palabra: «¡María!» Y otra de respuesta: «¡Maestro mío!» (Rabbuní es la forma aramea de Rabí, que Juan interpreta para sus lectores griegos como es su costumbre).

Las siguientes pueden haber sido las razones por las que María no reconoció en un principio a Jesús.

(i) No nos damos cuenta de hasta qué punto la Resurrección fue una sorpresa gloriosa pero totalmente inesperada para los amigos de Jesús. Es verdad que Él se la había anunciado; pero también que ellos no Le habían comprendido, como se nos dice una y otra vez. Aunque nos extrañe, Jesús era la última Persona Que creían que podían encontrarse casualmente.

(ii) A María, las lágrimas no le permitieron reconocerle: le cegaron los ojos para que no Le pudiera ver. Cuando perdemos a un ser querido, hay tristeza en el corazón y lágrimas que se derraman o que no se derraman. Pero hay algo que debemos recordar: entonces nuestro dolor es en esencia egoísta. Lo que sentimos es nuestra soledad, nuestra pérdida, nuestra desolación. No podemos sentir que alguien haya ido como invitado de Dios; es por nosotros por los que lloramos. Es natural e inevitable. Al mismo tiempo, no debemos dejar que las lágrimas nos cieguen a la gloria del Cielo. Lágrimas ha de haber, pero a través de ellas debemos vislumbrar la gloria.

(iii) No pudo reconocer a Jesús porque no hacía más que mirar hacia el otro lado. No podía apartar los ojos de la tumba, así es que Le estaba dando la espalda. También eso nos sucede a menudo. En esos casos nuestros ojos están fijos en la fría tierra de la tumba; pero tenemos que arrancarlos de ahí: ahí no es donde están nuestros seres queridos; sus cuerpos desgastados puede que sí, pero su persona real está en los lugares celestiales en comunión con Cristo y en la gloria de Dios.

Cuando viene la aflicción, no debemos dejar que las lágrimas nos cieguen a la gloria, ni tampoco fijar nuestros ojos en la tumba olvidando el Cielo. Alan Walker, en su Calvario de todo el mundo, nos cuenta que una vez estaba oficiando en un funeral ante personas para las que el culto no era más que una fórmula, y que no tenían ni fe cristiana ni ningún contacto con la iglesia. «Cuando se terminó el oficio, una joven miró hacia la tumba y dijo quebrantada: «¡Adiós, padre!» La palabra «Adiós» es el final para los que no tienen la fe cristiana.» Pero para nosotros ese momento es literalmente «¡A Dios!», con lo que queremos decir: «¡Hasta la vista!»

COMPARTIENDO LA BUENA NOTICIA

Hay una dificultad innegable en este pasaje. Cuando se ha completado la escena del reconocimiento, a primera vista, en cualquier caso, Jesús le dijo a María: «No me toques, porque todavía no he ascendido al Padre.» Y unos pocos versículos más adelante nos encontramos con. que Jesús invita a Tomás a que Le toque (Joh_20:27 ). Lucas también nos presenta a Jesús invitando a Sus aterrados discípulos: «¡Miradme las manos y los pies! ¡Mirad, soy Yo! ¡Tocadme y miradme! Un fantasma no es una persona de carne y hueso como veis que soy Yo» (Luk_24:39 ). En el relato de Mateo leemos que «ellas se Le acercaron, se abrazaron a Sus pies y Le adoraron» (Mat_28:9 ). La expresión de Juan también es difícil de entender. Pone en boca de Jesús: «No Me sujetes, que todavía no he ascendido a Mi Padre,» como diciendo que se Le podría tocar después de ascender. No hay ninguna explicación que sea totalmente satisfactoria.

(i) Se le ha dado una explicación espiritual a todo esto. Se ha afirmado que el único contacto real con Jesús es posible solamente después de la Ascensión; que no es el contacto físico con las manos lo verdaderamente importante, sino el que establecemos por la fe con el Señor Resucitado y Viviente. Eso es indudablemente cierto y precioso, pero no parece ser el sentido de este pasaje.

(ii) Se ha sugerido que el griego es realmente una traducción inexacta de un original arameo. Es verdad que Jesús hablaría en arameo, y no en griego; y que lo que nos dice Juan aquí es la traducción de lo que dijo Jesús. Se sugiere que lo que Jesús dijo realmente fue: «¡No me retengas; sino, antes de que Yo ascienda a Mi Padre, ve a decirles a Mis hermanos…» Sería corno si Jesús hubiera dicho: «No te detengas tanto adorándome con el gozo de tu nuevo descubrimiento. Ve a darles la noticia a los demás discípulos.» Puede que sea esta la mejor explicación. El imperativo griego es un imperativo presente, y en estricta literalidad quiere decir: «¡Deja de agarrarme!» Puede que Jesús le estuviera diciendo a María: «No sigas sujetándome egoístamente para ti sola. Dentro de poco vuelvo a Mi Padre. Antes quiero pasar con Mis discípulos el mayor tiempo posible. Ve a darles la buena noticia para que no perdamos nada del tiempo que ellos y Yo podemos compartir.» Así se obtiene un sentido excelente, y de hecho eso fue lo que hizo María.

(iii) Queda otra posibilidad. En los otros tres evangelios se hace hincapié en el temor de los que reconocieron a Jesús de pronto. En Mat_28:10 , las palabras de Jesús son: «¡No tengáis miedo!» En Mar_16:8 , el relato termina: «…se había apoderado de ellas un temblor y un miedo terrible… porque estaban atemorizadas.» En Luk_24:5 se nos dice que «se llevaron tal susto que no se atrevían ni a levantar la mirada del suelo.» En el relato de Juan no se menciona ese miedo paralizador. Ahora bien: a veces los que copiaban los manuscritos antiguos cometían errores, porque no era nada fácil leerlos. Algunos investigadores creen que lo que Juan escribió no era ME MOY APTOY, «no Me toques», sino ME PTOOY, «no tengas miedo» (El verbo PTOEIN quiere decir «estremecerse de miedo»). En ese caso, Jesús le estaba diciendo a María: «No tengas miedo; todavía no Me he ido a Mi Padre; todavía estoy aquí con vosotros.»

Como ya dijimos, ninguna de estas explicaciones es totalmente satisfactoria; pero tal vez la segunda es la mejor de las tres que hemos considerado.

Lo que está claro es que Jesús le dijo a María que volviera a los discípulos con el mensaje de que lo que les había dicho a menudo estaba a punto de suceder: Jesús volvía a Su Padre; y María llegó con la noticia: «¡He visto al Señor!»

El mensaje de María contiene la esencia del Evangelio, porque un cristiano es el que puede decir: «He visto al Señor.» El Cristianismo no quiere decir saber de Jesús, sino conocer a Jesús. No es poder discutir acerca de Jesús, sino encontrarse con Él. Quiere decir tener la certeza de que Jesús está vivo.

LA COMISIÓN DE CRISTO

Juan 20:19-23

Cuando se hizo de noche aquel primer día de la semana; y los discípulos estaba todos juntos en un mismo lugar con las puertas atrancadas por miedo a los judíos, vino Jesús, se puso en medio de ellos y los saludó diciendo:

-¡Que la paz sea con vosotros!

Y acto seguido les enseñó Sus manos y Su costado; y los discípulos se llenaron de júbilo al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez:

-¡Que la paz sea con vosotros! Como el Padre Me envió a Mí, os envío Yo a vosotros.

E inmediatamente les infundió Su aliento y les dijo:

-Recibid el Espíritu Santo. Si le remitís a alguien los pecados, le quedan remitidos; y si se los retenéis, les quedan retenidos.

Es muy probable que los discípulos siguieran juntos en el aposento alto donde habían celebrado la Pascua con Jesús; pero lo que los mantenía unidos era el miedo. Conocían la actitud envenenada de los judíos que habían tramado la muerte de Jesús, y temían que a ellos también les llegara el turno; así es que estaban juntos, pero atemorizados, escuchando los pasos en la escalera y las llamadas a la puerta, no fuera que fueran los emisarios del sanedrín que llegaban a arrestarlos a ellos.

Cuando estaban allí, Jesús apareció de pronto en medio de ellos. Les dirigió el saludo más corriente en el Oriente: «¡Que la paz sea con vosotros!» Quería decir más que «Que os veáis libres de problemas.» Más bien: «¡Que Dios os colme de todo bien!» Y entonces Jesús les transmitió a Sus discípulos la comisión que la Iglesia no debe olvidar.

(i)Les dijo que, como Dios Le había enviado a Él, así ahora Él los enviaba a ellos. Aquí tenemos lo que llamaba Westcott «La Constitución de la Iglesia.» Quiere decir tres cosas.

(a) Quiere decir que Jesucristo cuenta con la Iglesia, que es exactamente lo que Pablo quería decir cuando llamaba a la Iglesia «El Cuerpo de Cristo» (Eph_1:23 ; 1Co_12:12 ). Jesús había traído un mensaje para toda la humanidad, y ahora Se volvía con Su Padre. Su mensaje no podría alcanzar a toda la humanidad a menos que la Iglesia se encargara de transmitirlo. La Iglesia tenía que ser una boca que hablara de Jesús, unos pies que fueran a cumplir Sus recados y unas manos para hacer Su obra. Por tanto, lo primero que quiere decir esto es que Jesús depende de Su Iglesia.

(b) Quiere decir que la Iglesia necesita a Jesús. El que ha de ser enviado necesita a alguien que le envíe; necesita un mensaje que llevar; necesita un poder y una autoridad que respalden ese mensaje; necesita alguien a quien poder dirigirse cuando tenga dudas o dificultades. Sin Jesús, la Iglesia no tiene mensaje; sin Él, no tiene poder; sin Él, no tiene a nadie a quien apelar cuando se encuentra en dificultades; sin Él no tiene a nadie que le ilumine el entendimiento, ni que le fortalezca los brazos, ni que le anime el corazón. Esto quiere decir que la Iglesia depende de Jesús.

(c) Y aún queda otra cosa. Jesús envía a la Iglesia de una manera paralela a como Dios envió a Jesús. Pero no podemos leer la historia del Cuarto Evangelio sin darnos cuenta de que la relación entre Jesús y Dios dependía continuamente de la perfecta obediencia y el perfecto amor de Jesús. Jesús podía ser el perfecto Mensajero de Dios porque ofrecía a Dios la obediencia perfecta y el perfecto amor. De ahí se sigue que la Iglesia es apta como mensajera e instrumento de Cristo sólo cuando Le ama y obedece de una manera perfecta. La Iglesia no se dirige al mundo para propagar su propio mensaje, sino el mensaje de Cristo. No sigue políticas hechas por hombres, sino la voluntad de Cristo. La Iglesia fracasa cuando trata de resolver algún problema dependiendo de su propia sabiduría y fuerza, prescindiendo de la voluntad y dirección de Cristo.

(ii) Jesús exhaló en Sus discípulos y les dio el Espíritu Santo. No cabe duda que, cuando Juan se expresaba así, estaba recordando la antigua historia de la creación de Adán. Allí leíamos: «Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en una persona viva» (Gen_2:7 ). Es la misma alegoría que vio Ezequiel en el valle de los huesos secos y muertos, cuando oyó a Dios decirle al viento-espíritu: «¡Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan!» (Eze_37:9 ). La venida del Espíritu Santo es como el despertar de la vida donde reinaba la muerte. Cuando viene sobre la Iglesia, la re-crea para su tarea.

(iii) Jesús les dijo a Sus discípulos: «Si le remitís a alguien los pecados, le quedan remitidos; y si se los retenéis, le quedan retenidos.» Este es un dicho cuyo sentido verdadero debemos procurar comprender. Una cosa es segura: que ninguna persona puede perdonar los pecados por otra. Pero es igualmente cierto que la Iglesia tiene el gran privilegio de comunicar el mensaje del perdón de Dios a la humanidad. Supongamos que alguien nos trae el mensaje de otra persona; el valor que le demos a ese mensaje dependerá de lo bien que el portador conozca al que lo envía. Si alguien se nos ofrece a interpretarnos el pensamiento de otra persona, el valor de su interpretación dependerá de lo bien que la conozca.

Los apóstoles estaban en las mejores condiciones para llevar el mensaje de Jesús a otras personas, porque Le conocían muy bien. Si sabían que alguien estaba verdaderamente arrepentido podían proclamarle con absoluta seguridad el perdón de Cristo. Pero, igualmente, si sabían que no había arrepentimiento en su corazón, o que estaba comerciando con el amor y la misericordia de Dios, podían decirle que hasta que su corazón no cambiara no había perdón para él. Esto no quiere decir que se confiara el poder para perdonar pecados a ninguna persona o personas; pero sí el poder de proclamar ese perdón, lo mismo que el de advertir que ese perdón no es para el que no esté arrepentido. Aquí se establece el deber de la Iglesia de comunicar el perdón al corazón arrepentido, y de advertir al impenitente que está cerrándose a la misericordia de Dios.

EL ESCÉPTICO, CONVENCIDO

Juan 20:24-29

Pero Tomás, que quiere decir «el Mellizo» y era uno de los Doce, no estaba con los demás cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

-¡Hemos visto al Señor!

Y Tomás les contestó:

-Como no vea yo las señales de los clavos en Sus manos y meta el dedo en ellas, y meta la mano en Su costado, no me lo creo.

A les ocho días estaban otra vez los discípulos en aquella habitación, y Tomás entre ellos. Aunque tenían las puertas atrancadas, vino Jesús y se puso en medio de ellos y los saludó diciendo:

-¡Que la paz sea con vosotros! -Y a continuación le dijo a Tomás-: Acerca aquí el dedo, y mira Mis manos; acerca la mano y métela en Mi costado; y demuestra que no eres incrédulo, sino creyente.

-¡Mi Señor y mi Dios! -exclamó Tomás.

Y Jesús le dijo:

-Has creído porque Me has visto. ¡Bienaventurados los que han creído aunque no hayan visto!

Para Tomás la Cruz había sido lo que él se había temido. Cuando Jesús les propuso volver a Betania, cuando recibieron la noticia de la enfermedad de Lázaro, la reacción de Tomás había sido: «¡Vamos nosotros también a morir con Él!» Joh_11:16 ). A Tomás no le faltaba valor; lo que le pasaba era que era pesimista por naturaleza. No hay la menor duda de que amaba a Jesús. Le amaba lo bastante para estar dispuesto a ir a Jerusalén a morir con Él cuando los otros vacilaban y tenían miedo. Había sucedido lo que él se había temido; y, aunque lo esperaba, le había destrozado el corazón de tal manera que rehuía a los demás y quería estar solo con su dolor.

El rey Jorge V de Inglaterra solía decir que una de las reglas de su vida era: «Cuando tenga que sufrir, dejadme que me aparte y sufra solo como un animal bien educado.» Así, Tomás prefería enfrentarse con el sufrimiento y el dolor a solas. Por eso, cuando se les presentó Jesús a Sus discípulos, Tomás no estaba entre ellos; y, cuando le dijeron que habían visto al Señor, aquello le pareció demasiado bueno para ser verdad, y se mostró incapaz de creerlo. Beligerante en su pesimismo, dijo que en la vida creería que Jesús había resucitado a menos que Le viera con sus propios ojos y tocara las señales de los clavos en Sus manos y metiera la mano en la herida de la lanza en Su costado. (No se hace referencia a las huellas de los clavos en los pies, tal vez porque no se les solían clavar, sino sólo atar, a los crucificados).

Pasó una semana, y Jesús volvió; y esta vez Tomás estaba allí. Y Jesús conocía el corazón de Tomás: le repitió sus propias palabras, y le invitó a hacer la prueba que él mismo había sugerido. Y a Tomás se le salió el corazón de alegría y de amor, y sólo pudo decir: «¡Mi Señor y mi Dios!» Jesús le dijo: «Tomás, tú has tenido que ver con tus propios ojos para creer; pero llegará el día cuando habrá personas que creerán sin haber visto más que con los ojos de la fe.»

El carácter de Tomás se nos presenta con toda claridad.

(i) Cometió una equivocación: el retirarse de la compañía de los que habían compartido con él lo mejor de sus vidas. Buscó la soledad; y, por no estar con sus camaradas, se perdió la primera visita de Jesús. Nos perdemos un montón de cosas cuando nos separamos de la comunión cristiana y tratamos de arreglárnoslas solos. Nos pueden suceder cosas buenas en la comunión de la Iglesia de Cristo que no nos sucederán si estamos solos. Cuando llega el dolor y la aflicción nos envuelve, a veces tendemos a encerrarnos en nosotros mismos y rechazar el encuentro con otras personas. Ese es precisamente el momento en que, pese a nuestro dolor, debemos buscar la comunión de los hermanos en Cristo, porque es ahí donde podemos encontrarnos con Él cara a cara.

(ii) Pero Tomás tenía dos grandes virtudes. Se negaba en redondo a decir que creía lo que no creía, o que entendía lo que no entendía. Jamás acallaba sus dudas pretendiendo no tenerlas. No era de los que recitan un credo sin saber lo que están diciendo. Tomás tenía que estar seguro, y eso no se le puede reprochar. Tennyson escribió:

Vive más fe en una honrada duda que en muchos de los credos, créeme.

Hay una fe más auténtica en la persona que insiste en estar segura, que en la que repite rutinariamente cosas que no ha pensado nunca por sí y que es posible que no crea de veras. Esa es la duda que a menudo acaba en certeza.

(ii) La otra gran virtud de Tomás era que, cuando estaba seguro, no se quedaba a mitad de camino. «¡Mi Señor y mi Dios!», dijo. Esa no fue una confesión a medias, sino la más completa del Nuevo Testamento. No era uno de esos que airean sus dudas para practicar una especie de acrobacia intelectual; dudó hasta llegar a la seguridad; y una vez que llegó, se rindió totalmente a la certeza. Cuando una persona alcanza la convicción de que Jesucristo es el Señor venciendo sus dudas llega a una seguridad que no puede alcanzar la que acepta las cosas sin pensarlas.

TOMÁS EN LO SUCESIVO

No sabemos con seguridad lo que fue de Tomás más adelante; pero hay un libro apócrifo que se llama Los Hechos de Tomás que pretende contarnos su historia. Se trata, desde luego, de leyendas; pero puede que contengan restos de su historia. Nos presentan el carácter de Tomás con verdadero realismo. Veamos algunos detalles.

Después de la muerte de Jesús, Sus discípulos se repartieron el mundo para evangelizar los diferentes países. A Tomás le tocó la India. (Hasta el día de hoy hay una iglesia cristiana en el Sur de la India que se llama la Iglesia de Santo Tomás, porque se cree que él fue su fundador).

Al principio, Tomás se negó a ir, alegando que no era bastante fuerte para un viaje tan largo. Y dijo: «Yo soy hebreo; ¿cómo voy a ir a predicarles la verdad a los indios?» Jesús se le apareció una noche y le dijo: «No tengas miedo, Tomás; vete a la India a predicar la Palabra allí, porque Mi gracia estará contigo.» Pero Tomás seguía negándose. «Mándame adonde quieras -le dijo a Jesús-, pero que no sea a la India; porque allí no voy.»

Sucedió que había venido cierto mercader de la India a Jerusalén que se llamaba Abanes. Le había enviado el rey Gundaforo para que le llevara a un experto carpintero, y eso es lo que era Tomás. Jesús se dirigió a Abanes en el mercado y le dijo: «¿Quieres comprar un carpintero?» Abanes le dijo:

«Sí.» Y Jesús entonces le propuso: «Tengo un esclavo que es carpintero, y quiero venderle,» y señaló a Tomás desde lejos. Llegaron a un acuerdo en el precio, y se hizo un contrato de compra-venta que decía: «Yo, Jesús, hijo de José el Carpintero, certifico que te he vendido a mi esclavo que se llama Tomás a ti, Abanes, mercader de Gundaforo, rey de los indios.» Cuando se firmó y selló el trato, Jesús encontró a Tomás, y se le llevó a Abanes, quien le preguntó: «¿Es este tu Señor?» Tomás contestó: «¡Pues claro que sí!» Y Abanes le dijo: «Pues yo te he comprado.» Tomás. no dijo nada. Pero, de madrugada, se levantó a orar; y al final de su oración Le dijo a Jesús: «Iré adonde Tú me mandes, Señor Jesús, hágase Tu voluntad.» Esto nos presenta al mismo Tomás de siempre, lento para convencerse y para rendirse; pero, que una vez que se rendía, se rendía de veras.

La historia sigue diciéndonos que Gundaforo le mandó a Tomás que le construyera un palacio, y Tomás dijo que estaba dispuesto a hacerlo. El rey le dio dinero en abundancia para los materiales y para contratar obreros; pero Tomás se lo dio todo a los pobres. Siempre le decía al rey que el palacio iba para arriba; pero el rey estaba muy suspicaz. Por último mandó a buscar a Tomás, y le preguntó: «¿Me has construido ya el palacio?» «Sí», le contestó Tomás. «Bueno; entonces, ¿podemos ir a verlo?», le preguntó el rey; y Tomás le contestó: «No lo puedes ver todavía; pero, cuando te vayas de esta vida, entonces lo verás.» Al principio el rey se puso furioso, y Tomás corrió verdadero peligro; pero luego el rey se convirtió a Cristo… y así trajo Tomás el Evangelio a la India.

Tomás tiene algo muy simpático y admirable. La fe no le resultaba fácil; y la obediencia no era su reacción espontánea. Era un hombre que tenía que estar seguro, y tenía que calcular el precio; pero, una vez que estaba seguro, y una vez que había contado el precio, llegaba hasta el límite de la fe y de la obediencia. Una fe como la de Tomás es mejor que una confesión templada; y una obediencia como la suya es mejor que una conformidad fácil que se muestra de acuerdo en hacer algo sin contar con el precio, y luego se vuelve atrás.

EL PROPÓSITO DEL EVANGELIO

Juan 20:30-31

Jesús hizo otras muchas señales en presencia de Sus discípulos que no se incluyen en este libro; pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Ungido e Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en Su nombre.

Parece claro que, tal como se dispuso el evangelio en un principio, acababa aquí. El capítulo 21 se considera un apéndice y una posdata.

No hay pasaje en los evangelios que resuma mejor que este el propósito del que lo escribió.

(i) Está claro que los evangelistas no se propusieron darnos un relato completo de la vida de Jesús. No Le siguen de día en día, sino hacen una selección. Nos dan, no un relato exhaustivo de todo lo que Jesús hizo y dijo, sino unos ejemplos que nos muestran cómo era y la clase de cosas que hacía y decía.

(ii) Está claro que los evangelios no se proponían ser biografías de Jesús, sino invitaciones a tomarle como Salvador, Maestro y Señor. Su objetivo no era, dar información, sino dar vida. Era presentar un retrato de Jesús que permitiera al lector ver que la Persona que hablaba y enseñaba y obraba así no podía ser más que el Hijo de Dios; y que en esa fe encontrara el secreto de la vida real y verdadera.

Cuando nos ponemos a leer los evangelios como si fueran historia o biografía estamos adoptando una actitud equivocada. Debemos leerlos, no como si fuéramos estudiantes de historia que buscan información, sino como hombres y mujeres que buscan a Dios.

Juan 20:1-31

20.1 Otras mujeres fueron a la tumba junto con María Magdalena. Los otros Evangelios dan sus nombres. Si desea más información sobre María Magdalena, véase su perfil en el capítulo 19.

20.1 No se quitó la piedra de la entrada de la tumba para permitir que Jesús saliera. Pudo hacerlo con facilidad sin que la movieran. Se puso a un lado para que otros entraran y vieran que Jesús ya no estaba.

20.1ss Las personas que oyen hablar de la resurrección por primera vez necesitan tiempo para comprender esta maravillosa historia. Como en el caso de María y los discípulos, pudieran pasar por cuatro etapas de fe. (1) Al principio pueden pensar que todo es una fabricación, imposible de creer (20.2). (2) Como Pedro, puede que analicen los hechos y aun así permanezcan perplejos en cuanto a lo sucedido (20.6). (3) Solo cuando tienen un encuentro personal con Jesús pueden aceptar la realidad de la resurrección (20.16). (4) Luego, al encomendarse a El y dedicarle sus vidas para servirle, empiezan a comprender toda la realidad de su presencia en ellos (20.28).

20.7 La mortaja quedó como si el cuerpo la hubiera atravesado. El sudario con la forma de la cabeza estaba enrollado aparte. La piedra del sepulcro estaba quitada y se encontraba a una buena distancia de los lienzos que habían envuelto el cuerpo del Señor. No era posible robar el cuerpo de Jesús y dejar los lienzos como si estos estuvieran todavía envolviéndolo.

20.9 Como prueba mayor de que los discípulos no inventaron esta historia, vemos que Pedro y Juan se sorprendieron de que Jesús no estuviera en la tumba. Cuando Juan vio los lienzos que parecían un capullo vacío del cual Jesús emergió, creyó que el Señor había resucitado. No fue sino hasta que vieron la tumba vacía que recordaron lo que las Escrituras y Jesús habían dicho: ¡El moriría, pero también resucitaría!

20.9 La resurrección de Jesús es la clave de la fe cristiana. ¿Por qué? (1) Tal como lo dijo, se levantó de la muerte. Por lo tanto, podemos tener la seguridad de que cumplirá todo lo prometido. (2) La resurrección corporal de Jesús muestra que el Cristo viviente, no un falso profeta ni un impostor, es el soberano del reino eterno de Dios. (3) Podemos estar seguros de nuestra resurrección porque El resucitó. La muerte no es el final: hay una vida futura. (4) El poder divino que devolvió a la vida a Jesús está ahora al alcance para dar vida a nuestra muerte espiritual. (5) La resurrección es la base del testimonio de la Iglesia al mundo.

20.17 María no quería perder a Jesús otra vez. Aun no había entendido la resurrección. Tal vez pensó que se trataba de su Segunda Venida (14.3). Pero Jesús no había querido que la tumba lo detuviera. Si no hubiera ascendido a los cielos, el Espíritu Santo no hubiera venido. Tanto Jesús como María tenían una misión importante que cumplir.

20.18 Al principio, María no reconoció a Jesús. El dolor la tenía ciega. No lo reconoció porque no lo esperaba. Luego El la llamó por su nombre y de inmediato lo reconoció. Imagínese el amor que emanó de su corazón cuando oyó a su Salvador pronunciar su nombre. Jesús está muy cerca de usted y lo llama por su nombre. ¿Puede, como María, responderle llamándole Maestro?

20.18 María no tuvo un encuentro con Jesús resucitado hasta que descubrió la tumba vacía. Reaccionó con alegría y obediencia dando la noticia a los discípulos. No podemos tener un verdadero encuentro con Cristo mientras no descubramos que vive, que su tumba está vacía. ¿Está tan gozoso con estas buenas nuevas que se lo quiere decir a otros?

20.21 Jesús otra vez se identifica con su Padre. Declaró a sus discípulos con qué autoridad llevaba a cabo su obra. Encomendó entonces la tarea a sus discípulos para que difundieran las buenas nuevas de salvación alrededor del mundo. Cuando Dios le encargue hacer cualquier tarea, recuerde: (1) su autoridad viene de Dios, y (2) Jesús nos ha mostrado con palabras y hechos cómo llevar a cabo la tarea que le ha encomendado. Como el Padre envió a Jesús, Jesús envía a sus seguidores… y a usted.

20.22 Esto puede haber sido una experiencia especial de los discípulos con el Espíritu Santo, un adelanto de lo que todos los creyentes experimentarían desde el Pentecostés (Hechos 2) y por siempre. Para hacer la obra de Dios necesitamos la dirección y el poder del Espíritu Santo. Fallaremos si tratamos de hacer el trabajo con nuestras fuerzas.

20.22 El soplo de Dios da vida. Dios creó al hombre, pero este no tuvo vida hasta que El le sopló aliento de vida (Gen_2:7). Aquel primer soplo hizo que el hombre fuera diferente a los demás seres creados. Aquí, mediante el soplo de Jesús, Dios imparte vida eterna y espiritual. Con esta inspiración vino el poder para hacer la voluntad de Dios en la tierra.

20.23 Jesús detalla la misión de los discípulos: predicar las buenas nuevas de Jesús de modo que los pecados de la gente pudieran perdonarse. Los discípulos no tenían el poder para perdonar pecados (solo Dios puede perdonarlos, pero Jesús les dio el privilegio de decir a los nuevos creyentes que sus pecados fueron perdonados por aceptar el mensaje de Jesús (véanse las notas a Mat_16:19 y 18.18). Todos los creyentes tienen este mismo privilegio. Podemos anunciar el perdón de pecados cuando con certeza hemos encontrado el arrepentimiento y la fe.

20.24-29 ¿Ha deseado alguna vez ver a Jesús en la actualidad, tocarlo y escuchar sus palabras? ¿Hay momentos en los que quiere estar cerca de El y su consejo? Tomás quería la presencia física de Jesús, pero el plan de Dios es más sabio. A El no lo limita un solo cuerpo físico, quiere estar con usted siempre. Aunque El está con usted en la persona del Espíritu Santo, también puede hablarle y hallar sus palabras en las páginas de la Biblia. El puede ser tan real para usted como lo fue para Tomás.

20.25-28 Jesús no fue duro con Tomás a pesar de sus dudas. A pesar de su escepticismo, Tomás seguía siendo fiel a los hermanos en la fe y a Jesús mismo. Algunos necesitan dudar antes de creer. Si la duda motiva preguntas y estas provocan respuestas y se aceptan las respuestas, la duda ha cumplido una labor positiva. En cambio, cuando la duda se convierte en terquedad y esta se vuelve crónica, la duda daña la fe. Cuando dude, no se detenga allí. Deje que la duda profundice su fe a medida que busca la respuesta.

20.27 El cuerpo resucitado de Jesús fue una clase única de cuerpo físico. No era del mismo tipo de carne y sangre que Lázaro tuvo cuando volvió a la vida. El cuerpo de Jesús ya no estaba sujeto a las mismas leyes de la naturaleza como lo estuvo antes de su muerte. Pudo aparecer en una habitación cerrada, a pesar de que no era un fantasma ni una aparición; lo pudieron tocar y pudo comer. La resurrección de Jesús fue literal y física. No se trataba de un espíritu incorpóreo.

20.29 Algunas personas piensan que creerían en Jesús si vieran un milagro o una señal categórica. Pero Jesús dice que son dichosos los que creen sin ver. Tenemos todas las pruebas que necesitamos en las palabras de la Biblia y en el testimonio de los creyentes. Una aparición física no haría a Jesús más real de lo que ahora es.

20.30, 31 Para comprender la vida y misión de Jesús con mayor amplitud, todo lo que tenemos que hacer es estudiar los Evangelios. Juan nos dice que en su Evangelio hay solo algunas de los muchas señales que hizo Jesús en la tierra. Pero lo que está escrito es todo lo que nos hace falta saber para creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, por medio del cual recibimos vida eterna.

Juan 20:1-10

Estos cinco versículos son notablemente interesantes, por cuanto en ellos se introduce a un personaje antes desconocido, y otro cuyo nombre es familiar en dondequiera que se lee la Biblia, y por cuanto describen el funeral más importante que jamás haya tenido lugar en el mundo.

En primer lugar se nos enseña, que hay en el mundo algunos cristianos verdaderos de los cuales se tiene muy poco conocimiento. La historia de José de Arimatea nos manifiesta esto de una manera muy clara. No se le nombra siquiera en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, ni sabe la iglesia nada de su vida antes o después de aquel momento supremo; y sin embargo ese hombre es el que acude a tributar honores a Jesucristo cuando sus mismos apóstoles lo han abandonado y han huido. Lo estima y siente gusto en servirle, no porque le haya visto hacer milagro alguno, sino porque le profesa un amor espontáneo y desinteresado; y no vacila en confesar su adhesión hacia él, a la hora misma en que los judíos y los romanos lo han condenado como malhechor y le han dado la muerte. ¡El hombre que así obra ha de tener a la verdad una fe firme! Es de desearse y de creerse que en todos los siglos ha habido cristianos que, a semejanza de José, han sido discípulos secretos, ignorados de la iglesia y del mundo, pero bien conocidos de Dios. Aun en los tiempos de Elías había siete mil Israelitas que no habían doblado la rodilla ante Baal, aunque el desalentado profeta no lo sabía. Acaso el día de hoy en los suburbios de las grandes ciudades o en los parajes aislados del campo hay creyentes que no hacen ruido en el mundo y que sin embargo aman a Jesucristo y son amados de él. Las enfermedades, o la pobreza, o los deberes diarios de algún oficio laborioso les impiden aparecer en público, y por eso viven y mueren ignorados de casi todos. Y, sin embargo, en el último día se revelará ante un mundo estupefacto, que algunas de esas personas honraron a Jesucristo tanto como cualesquiera otras, y que sus nombres fueron inscritos en el cielo. De aquí se sigue que son circunstancias especiales que descubren a los cristianos de especiales dotes, y que los que hacen mayor ostentación en la iglesia no siempre resultan ser los más leales discípulos del Salvador.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que hay algunos discípulos que se conducen mejor hacia el fin que hacia el principio de su vida cristiana.

La historia de Nicodemo nos lo demuestra claramente. El único que se atreviera a ayudar a José en la santa obra de dar sepultura al cuerpo de nuestro Señor fue un hombre que acudió a Jesús de noche y era en aquel entonces un ignorante investigador de la verdad. Más tarde ese mismo Nicodemo se portó con algo más de valor, e hizo en el concilio de los fariseos la siguiente pregunta: «¿Juzga nuestra ley a hombre alguno, si primero no oyere de él, y entendiere lo que ha hecho?» Joh_7:51. Y aun más tarde, según el presente pasaje, se presentó a cuidar del cuerpo de nuestro Señor, y no se avergonzó de tomar parte activa en dar al despreciado Nazareno una sepultura honrosa. ¡Qué contraste tan grande entre el hombre que penetró tímidamente en la habitación de nuestro Señor para hacer una pregunta, y el que trajo cien libras de mirra y áloes para embalsamar su cuerpo! Y, no obstante, ¡era el mismo, Nicodemo! Y todo ese cambio se efectuó en el corto espacio de tres años.

Bueno será que tengamos esto presente cuando tratemos de juzgar de la religiosidad de nuestros prójimos. Es menester que no tildemos a los demás de impíos e irreligiosos porque no puedan percibir toda la verdad de un golpe. El Espíritu Santo siempre guía a los creyentes a un punto desde el cual puedan percibir las mismas verdades fundamentales y desde donde encaminarse derechamente al cielo: en esto la uniformidad es invariable. Empero, no siempre hace pasar al cristiano por unas mismas pruebas o con la misma rapidez: en esto sus operaciones son diversas. El que diga que la conversión es inútil y que una persona no convertida puede ser salva, está muy engañado; pero también lo está el que diga que ninguno so ha convertido a menos que se haga un cristiano consumado en un solo día. La vida de un infante es tan real y verdadera como la de un adulto: la diferencia es solo de grado. ¿Por qué despreciar el día de «los principios»? Zec_4:10. El mismo cristiano que empieza con una visita nocturna es tal vez el que después se presenta con intrepidez y confiesa a la plena luz del día su fe en el Salvador.

Juan 20:11-18

El capítulo que pasamos a examinar nos trasporta de la muerte a la resurrección de Jesucristo. a semejanza de los otros tres Evangelistas, San Juan refiere detenidamente los pormenores de esos dos grandes acontecimientos. Ni es esto de extrañarse: el gran sistema del Cristianismo estriba sobre estos dos hechos–que Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

En este pasaje se nos enseña que los que han recibido mayores beneficios de Jesucristo son los que más lo aman. La primera persona que menciona San Juan, de las que vinieron al sepulcro de Jesús, es María Magdalena. La mayor parte de la historia de esta mujer nos es desconocida, pero sí sabemos que el Señor le había echado fuera «siete demonios» (Mar_15:9 : Lucas 8.2), y que su gratitud hacia él no tenía límites. En una palabra, ningún discípulo de nuestro Señor parecía amarlo tanto como María Magdalena; ninguno estaba tan agradecido; ninguno tenía tan buena voluntad en servirle. Por eso, como bellamente lo expresa el obispo Butler, «Ella fue la última en separarse del pié de la cruz, y la primera en acudir al lado del sepulcro. No pudo estar tranquila hasta que se levantó a buscarle, y lo buscó cuando aún el día no había esclarecido suficientemente para poderlo ver.» Habiendo recibido muchas bendiciones, amó con mucha vehemencia; y habiendo amado con vehemencia, se esforzó en manifestar la sinceridad de su amor.

Lo que queda dicho nos pondrá en aptitud de comprender mejor una cuestión de grande interés para todo verdadero discípulo de Jesucristo. ¿Cómo es que profesan creer? ¿Cómo es que muchos, cuya fe y cuyas virtudes no podrían negarse sin calumniarlos, toman tan poco interés en propender por la difusión del Evangelio y glorificar a Jesucristo sobre la tierra? a estas preguntas solo puede darse una respuesta: es que esos cristianos no se han formado una idea adecuada de los inmensos beneficios que han recibido de Jesucristo. Quien no se apercibe de sus culpas, no hace nada por la causa; y quien se apercibe poco, hace poco. El hombre que tiene convicción íntima de su culpabilidad y corrupción, y que está plenamente persuadido que a no ser por la mediación de Cristo, seria merecidamente sumergido en el infierno, ese hombre, decimos, es el que se afana por servir a Jesús, y el que cree que, por mucho que haga, ha faltado a su deber. Pidamos diariamente a Dios nos haga percibir más y más cuan horrible es el pecado, y cuán benigno es el Redentor. Así dejaremos de ser tibios e indiferentes con relación a nuestros deberes religiosos, y así alcanzaremos a comprender cómo era que María de Magdala estaba animada de un celo tan intenso y cómo fue que San Pablo escribió las siguientes palabras: «El amor de Cristo nos constriñe; juzgando esto: que si uno murió por todos, luego todos estaban muertos; y que murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que por ellos murió y resucitó.» 2 Cor. 5.14 y 15.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que los creyentes difieren mucho en índole.

Dejase esto ver de una manera notable en lo que Pedro y Juan hicieron cuando María Magdalena les dijo que el cuerpo del Salvador había desaparecido.

Ambos corrieron hacia el sepulcro; pero Juan adelantó a Pedro y llegó primero. Mas la diferencia de índole se descubre en esto: que Juan como más suave en sus modales, mas sosegado, mas tierno, mas reservado y de sentimientos más profundos, se inclinó a la entrada y miró, más no penetró dentro; en tanto que Pedro como más fogoso, más entusiasta, más fervoroso y más precipitado en sus acciones, no se contentó hasta que no hubo penetrado en el sepulcro y mirando con sus propios ojos. Ambos, sin duda, amaban a nuestro Señor; ambos sentían el corazón, en aquella hora solemne, lleno de encontrados deseos y temores, esperanzas y zozobras. Y sin embargo, cada uno se condujo de una manera distinta.

Ese suceso debe enseñarnos a ser indulgentes con los creyentes por su diversidad de caracteres. Si así lo hiciéramos nos evitaremos en la vida muchos desazones y nos guardaremos de formar juicios que pequen contra la caridad cristiana. No censuremos ni menospreciemos a nuestros hermanos porque dejen de percibir las cosas como nosotros las percibimos, o porque no se sientan impresionados de la misma manera que nosotros nos sentimos. Las flores de ese gran jardín que se llama la iglesia invisible no son del mismo color ni despiden el mismo aroma. Los súbditos del reino del Señor no son exactamente del mismo genio y las mismas inclinaciones, aunque todos aman al mismo Salvador y tienen inscritos sus nombres en el libro de la vida. Unos se parecen a Pedro, otros a Juan, más para todos hay lugar, para todos hay esfera de acción. Amemos a los que aman a Jesucristo, y demos gracias a Dios de que se hallen animados de tales sentimientos. Ese amor es lo esencial.

En ese pasaje se nos enseña, finalmente, que aún las mentes de los verdaderos creyentes pueden adolecer de mucha ignorancia. Juan, el evangelista, dice de sí mismo y de Pedro, su compañero, que aún no sabían la Escritura relativamente a que era necesario que Jesús resucitase de entre los muertos. ¡Cuán extraño no parece eso! Estos dos apóstoles distinguidos habían oído a nuestro Señor hablar, por tres largos años, de su resurrección con un hecho que había de acontecer, y no obstante no le habían entendido. Nosotros no nos formamos una idea adecuada del influjo que tienen sobre la mente las enseñanzas erróneas inculcadas en la infancia, o las preocupaciones adquiridas en la juventud. Ciertamente ningún ministro del Evangelio tiene derecho para quejarse de la ignorancia de sus oyentes.

Mas la fe y no la ciencia es lo esencial. El Salvador que está de nuestra parte es muy indulgente y disimula y perdona mucha ignorancia cuando ve que el corazón es recto a los ojos de Dios. Es cierto que hay algunas cosas que nos es necesario saber, y que si las ignoramos no podemos ser salvos; tales son, por ejemplo estas: que somos pecadores, que Jesucristo es nuestro Salvador, que la fe y el arrepentimiento son indispensables para obtener el cielo. Más en otros respectos se puede ser muy ignorante. Esforcémonos por adquirir conocimientos, pues la ignorancia es hasta cierto punto deshonrosa, más ante todo, cuidemos de que nuestro corazón sea recto a los ojos de Dios.

Juan 20:19-23

Solo en el Evangelio de San Juan se nos describe la entrevista que nuestro Señor tuvo, después de su resurrección, con María Magdalena, entrevista que, en cuanto a lo conmovedora tal vez no tuvo igual. El que pueda leer este pasaje sin sentir un profundo interés, ha de tener por fuerza un corazón muy duro y frío.

Se advierte, en primer lugar, que los que aman a Jesucristo con mayor vehemencia y constancia son aquellos que reciben mayores privilegios de su divina mano. Es un hecho que conmueve y que merece particular atención, que María Magdalena no quiso separarse del sepulcro, en tanto que Pedro y Juan se encaminaron a su casa. El amor hacia su Maestro la tenía atada al lugar en donde había yacido muerto. No sabía en donde estaba o que se había hecho. Pero un afecto profundo la detenía allí junto a la fría y vacía tumba y la movió a contemplarla con veneración. Y ese afecto fue abundantemente recompensado. Vio unos ángeles que Juan y Pedro no habían visto; los oyó hablar y dirigirle palabras tranquilizadoras. Fue la primera que vio a nuestro Señor después de resucitado; la primera que oyó su voz y que tuvo una conversación con él. En donde quiera que se predique el Evangelio este pequeño suceso servirá de prueba, que los que tributaren gloria a Jesucristo serán a su turno bendecidos por él.

Se advierte, en seguida, que los temores y pesares de los cristianos son muchas veces infundados. Se nos dice que María Magdalena permaneció derramando lágrimas junto al sepulcro y eso de tal manera como si nada fuese parte a consolarla. Lloraba cuando los ángeles le hablaron, puesto que le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?» También estaba llorando cuando nuestro Señor se dirigió a ella: «Mujer,» le dijo él también, ¿por qué loras? Y siempre hizo en respuesta la misma queja: «Porque han llevado a mi Señor, y no se donde lo han puesto.» Y sin embargo, su maestro había estado junto a ella, revestido otra vez del cuerpo humano. Sus lágrimas eran innecesarias, su ansiedad superflua. Como Agar en el desierto, tenía a su lado un pozo de agua cristalina, más no lo había percibido.

Ningún cristiano reflexivo dejará de notar que ese es solo un ejemplo de lo que acontece a muchos de los creyentes. Cuantas veces no nos afanamos sin justo motivo para ello. Cuantas veces no nos lamentamos de la falta de algo que realmente está a nuestro alcance. Dos terceras partes de las cosas que tememos en esta vida jamás acontecen y muchas de las lágrimas que derramamos son vertidas en vano. Pidamos a Dios nos conceda más fe y más paciencia para aguardar sin zozobra que se cumplan sus designios; y estemos convencidos que muchos acontecimientos que nos parecen tristes y azarosos vendrán a fin a redundar en nuestro provecho. El anciano Jacob dijo una vez que sobre él eran todas las cosas que habían sucedido (Gen. 42.36); y sin embargo vivió lo suficiente para alcanzar a ver a José otra vez, lleno de riqueza y prosperidad y a dar gracias a Dios por todo lo que había acaecido. Si María hubiera encontrado sellada la tumba y hubiera sabido que ahí yacía el cadáver yerto de nuestro Señor entonces habría tenido razón para llorar. El hecho mismo de que el cadáver había desaparecido era un indicio favorable, un indicio que debía causar júbilo a ella y a toda la humanidad.

Es de advertirse, además, que ideas tan mezquinas y tan materiales pueden apoderarse, acerca de Jesucristo, de la mente de un creyente. No creemos que enseñen otra cosa las siguientes palabras que nuestro Señor dirigió a la Magdalena: «No me toques; porque aún no he subido a mi Padre.» Aunque este lenguaje es de suyo misterioso, hay alguna razón para suponer que la sorpresa y la súbita transición de pasar al gozo pusieron a María como fuera de sí, pues a pesar de ser una verdadera cristiana, era mujer como cualquier otra. Es muy probable que en el primer transporte de júbilo, se arrojara a los pies de nuestro Señor e hizo manifestaciones que eran impropias. Quizá dejo ver que en su concepto todo iba bien si nuestro Señor estaba presente corporalmente y mal si sucedía lo contrario, y se condujo como si hubiera olvidado que él era Dios además de hombre. Por esa razón nuestro Señor le dijo que no lo tocara, y le dio a entender lo siguiente: «No hay necesidad de esta expresión excesiva de afecto. Mi ascensión al trono del Padre no tendrá lugar sino hasta de aquí a cuarenta días; tu deber al presente no es permanecer a mis plantas, sino ir y decir a los hermanos que he resucitado. Pensado en los demás, así como en ti misma.

Empero, menester es confesar que muchos otros creyentes ha incurrido en la misma falta de esta buena mujer. Ha habido en todos los siglos una tendencia a dar una importancia indebida y exagerada a la presencia corporal de Jesucristo. La terquedad con que los romanistas se adhieren a la doctrina de la presencia corporal en la Cena del Señor no es otra cosa que una manifestación de esa tendencia. Pidamos a Dios nos ayude a juzgar con acierto sobre este asunto así como también sobre todo lo que concierna al Salvador. Lo que necesitamos no es su carne material, sino su Espíritu. Por esto está escrito: «El Espíritu es el que da vida: la carne de nada aprovecha.» «Y si aún a Cristo conocimos según la carne, ahora empero ya no le conocemos más.» Juan 6.63; 2 Cor. 5.16.

Se advierte, por último, en estos versículos con cuenta bondad y benignidad nuestro Señor habló acerca de sus discípulos. A María Magdalena le mandó que llevara un mensaje a sus hermanos, y que les dijera que el Padre de él era su Padre, y el Dios de él su Dios. Apenas hacia tres días que todos ellos lo habían abandonado vergonzosamente y habían huido; sin embargo él se expresó como si ya hubiera perdonado y olvidado todo. Su primer pensamiento fue recobrar a los que así se habían extraviado; y volverles la calma a la conciencia, infundirles nuevo ánimo y restaurarlos en un todo a su anterior situación. Ese fue la verdad un amor grande: el hombre no alcanza a comprenderlo. Las siguientes palabras de David son muy ciertas: «Como el Padre tiene misericordia de los hijos, tiene misericordia Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra hechura, se acuerda que somos de polvo.» Psa_103:13-14

Juan 20:24-31

Estos versículos tienen mucho que es difícil de entender, mucho que es misterioso y que merece ser considerado con reverencia. Sea, por ejemplo, el acto de aparecerse nuestro Señor súbitamente delante de los discípulos a darles el Espíritu, cuando las puertas de la estancia estaban cerradas. Para hacer un examen detenido de ese acontecimiento tendríamos que entrar en disertaciones que, sobre ser largas, serían tal vez inútiles, pues en tales casos el escritor está expuesto más bien a confundir que a iluminar la mente del lector. Por lo tanto, nos ceñiremos a examinar aquellos puntos que sean claros a la vez que instructivos.

Debemos observar las notables palabras con que nuestro Señor saludó a los apóstoles la primera vez que los vio después de su resurrección. Por dos veces les dirigió estas benignas palabras: «Paz sea con vosotros.» En lugar de quejarse contra ellos, en lugar de reprenderlos y censurarlos por su mala conducta, les deseó paz. Propio en muy alto grado era que así sucediese. «Paz en la tierra» fue el cántico que entonaron las huestes celestiales cuando nació Jesús. La paz y el sosiego del alma formaron el tema constante de los discursos de nuestro Señor por un período de tres años. Paz y no riqueza fue el legado que dejó con los once la víspera de su crucifixión. Ciertamente armonizaba con todos sus actos el que al visitar a su puñado de discípulos su primera palabra fuera «Paz.» Ese vocablo iba a volver la calma a sus ánimos.

Se infiere de esto que nuestro Señor quiso que la paz fuese el blanco al cual se dirigiesen los esfuerzos del ministro del Evangelio. El mismo asunto sobre el cual habló nuestro Señor tantas veces había de ser el gran tema de la predicación de sus discípulos: paz entre Dios y el hombre mediante la sangre de la expiación; paz de los hombres entre sí mediante la inoculación de la gracia y de la caridad. Una religión como la de Mahoma, que fue difundida por medio de la espada, no es de lo alto sino de la tierra. Cualquiera secta que bajo el título de cristiana quema en hogueras a los hombres para hacer prosélitos, lleva en sí el sello de su apostasía. Aquella es la mejor religión y l más verdadera que hace más por difundir la paz.

Debemos notar, en seguida, que prueba tan notable dio nuestro Señor de su reacción. Con su acostumbrada benignidad de refirió a los sentidos corporales de sus discípulos. Les mostró las manos y el costado. Los excitó a que vieran con sus propios ojos que realmente tenía un cuerpo material y que no era un fantasma. Grande a la verdad fue la condescendencia que manifestó nuestro Señor en acomodarse así a la fe débil de los once apóstoles. Más no menos grande fue el principio que sentó para que sirviera de guía a la iglesia en las generaciones futuras hasta su segundo advenimiento. Ese principio es que nuestro Maestro no nos exige que creamos cosa alguna que se oponga al testimonio de nuestros sentidos. En una religión que emana de Dios es de esperarse que haya verdades que estén fuera del alcance de la razón humana; pero no que se opongan a ella.

Adoptemos este principio y no olvidemos aplicarlo, especialmente cuando se trata de los efectos que los sacramentos producen o de las operaciones el Espíritu Santo. Querer que creamos que alguno está experimentando el influjo vivificador el Espíritu Santo, cuando nuestros principios ojos nos están diciendo que vive entregado al pecado que el pan y el vino de la Cena son realmente el cuerpo y la sangre de Cristo ­querer esto, decimos, es exigir más fe de lo que Cristo exigió de sus discípulos, es exigir algo que se opone diametralmente a la razón y al sentido común.

Observemos, por último, que misión tan notable encomendó Jesucristo a sus discípulos. «Entonces,» dice el evangelista, «les dice otra vez: `Paz a vosotros: como me envió mi Padre, así también yo os envío.› Y como hubo dicho esto sopló sobre ellos y les dijo. `Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonareis los pecados, les son perdonados; y a los que les retuviereis les son retenidos.›» En vano pretenderíamos negar que por muchos siglos el significado de estas palabras haya sido tema de acaloradas controversias, controversias que acaso jamás terminarán. Por lo tanto, lo más que podremos hacer será presentar una exposición probable del pasaje.

Es muy verosímil que nuestro Señor encargara a los apóstoles que fuesen por todo el mundo predicando el Evangelio como él lo había predicado. Les confirió también la facultad de declarar a quienes les son perdonados los pecados, y a quienes no. Que esto fue precisamente lo que los apóstoles practicaron es un hecho que cualquiera que leyere el libro de los Hechos puede convencerse. Cuando Pedro exhortó a los judíos a que se arrepintieran y se convirtieran, y cuando Pablo dijo a sus oyentes en Antioquia que a ellos era enviada la palabra de salvación, y que mediante Cristo se predicaba el perdón de los pecados, hicieron lo que el Salvador les encargó en el pasaje de que tratamos. Hechos 3.19; 13.26-38.

Más, por otra parte, parece muy improbable que nuestro Señor quisiera instituir esa absolución privada que se practica después de una confesión secreta de los pecados. Por mucho que algunos afirmen lo contrario, no se refiere en los Hechos un solo caso en que los apóstoles pronunciaran semejante absolución. Aún más, en las epístolas pastorales dirigidas a Tito y a Timoteo no existe indicio alguno de que se recomendara esa absolución. En breve, no hay para tal práctica un solo precedente en la Palabra de Dios.

Las funciones del ministro son de suma importancia cuando se ejercen de acuerdo con los preceptos del Maestro. No puede imaginarse mayor honra que la de ser embajador o enviado del Salvador, y la de proclamar en su nombre a un mundo perdido el perdón de los pecados. Más es preciso guardarnos de conceder al ministro mayor autoridad y más amplias facultades de las que Cristo quiso darle. Considerar a los ministros como mediadores entre Dios y los hombres, es arrebatar a Cristo una prerrogativa que solo a él pertenece; es ocultar a los pecadores la verdad que salva, y elevar al clero a un posición para la cual no es idóneo en manera alguna.

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