Lo que queda dicho nos pondrá en aptitud de comprender mejor una cuestión de grande interés para todo verdadero discípulo de Jesucristo. ¿Cómo es que profesan creer? ¿Cómo es que muchos, cuya fe y cuyas virtudes no podrían negarse sin calumniarlos, toman tan poco interés en propender por la difusión del Evangelio y glorificar a Jesucristo sobre la tierra? a estas preguntas solo puede darse una respuesta: es que esos cristianos no se han formado una idea adecuada de los inmensos beneficios que han recibido de Jesucristo. Quien no se apercibe de sus culpas, no hace nada por la causa; y quien se apercibe poco, hace poco. El hombre que tiene convicción íntima de su culpabilidad y corrupción, y que está plenamente persuadido que a no ser por la mediación de Cristo, seria merecidamente sumergido en el infierno, ese hombre, decimos, es el que se afana por servir a Jesús, y el que cree que, por mucho que haga, ha faltado a su deber. Pidamos diariamente a Dios nos haga percibir más y más cuan horrible es el pecado, y cuán benigno es el Redentor. Así dejaremos de ser tibios e indiferentes con relación a nuestros deberes religiosos, y así alcanzaremos a comprender cómo era que María de Magdala estaba animada de un celo tan intenso y cómo fue que San Pablo escribió las siguientes palabras: «El amor de Cristo nos constriñe; juzgando esto: que si uno murió por todos, luego todos estaban muertos; y que murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que por ellos murió y resucitó.» 2 Cor. 5.14 y 15.
En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que los creyentes difieren mucho en índole.
Dejase esto ver de una manera notable en lo que Pedro y Juan hicieron cuando María Magdalena les dijo que el cuerpo del Salvador había desaparecido.
Ambos corrieron hacia el sepulcro; pero Juan adelantó a Pedro y llegó primero. Mas la diferencia de índole se descubre en esto: que Juan como más suave en sus modales, mas sosegado, mas tierno, mas reservado y de sentimientos más profundos, se inclinó a la entrada y miró, más no penetró dentro; en tanto que Pedro como más fogoso, más entusiasta, más fervoroso y más precipitado en sus acciones, no se contentó hasta que no hubo penetrado en el sepulcro y mirando con sus propios ojos. Ambos, sin duda, amaban a nuestro Señor; ambos sentían el corazón, en aquella hora solemne, lleno de encontrados deseos y temores, esperanzas y zozobras. Y sin embargo, cada uno se condujo de una manera distinta.
Ese suceso debe enseñarnos a ser indulgentes con los creyentes por su diversidad de caracteres. Si así lo hiciéramos nos evitaremos en la vida muchos desazones y nos guardaremos de formar juicios que pequen contra la caridad cristiana. No censuremos ni menospreciemos a nuestros hermanos porque dejen de percibir las cosas como nosotros las percibimos, o porque no se sientan impresionados de la misma manera que nosotros nos sentimos. Las flores de ese gran jardín que se llama la iglesia invisible no son del mismo color ni despiden el mismo aroma. Los súbditos del reino del Señor no son exactamente del mismo genio y las mismas inclinaciones, aunque todos aman al mismo Salvador y tienen inscritos sus nombres en el libro de la vida. Unos se parecen a Pedro, otros a Juan, más para todos hay lugar, para todos hay esfera de acción. Amemos a los que aman a Jesucristo, y demos gracias a Dios de que se hallen animados de tales sentimientos. Ese amor es lo esencial.
En ese pasaje se nos enseña, finalmente, que aún las mentes de los verdaderos creyentes pueden adolecer de mucha ignorancia. Juan, el evangelista, dice de sí mismo y de Pedro, su compañero, que aún no sabían la Escritura relativamente a que era necesario que Jesús resucitase de entre los muertos. ¡Cuán extraño no parece eso! Estos dos apóstoles distinguidos habían oído a nuestro Señor hablar, por tres largos años, de su resurrección con un hecho que había de acontecer, y no obstante no le habían entendido. Nosotros no nos formamos una idea adecuada del influjo que tienen sobre la mente las enseñanzas erróneas inculcadas en la infancia, o las preocupaciones adquiridas en la juventud. Ciertamente ningún ministro del Evangelio tiene derecho para quejarse de la ignorancia de sus oyentes.
Mas la fe y no la ciencia es lo esencial. El Salvador que está de nuestra parte es muy indulgente y disimula y perdona mucha ignorancia cuando ve que el corazón es recto a los ojos de Dios. Es cierto que hay algunas cosas que nos es necesario saber, y que si las ignoramos no podemos ser salvos; tales son, por ejemplo estas: que somos pecadores, que Jesucristo es nuestro Salvador, que la fe y el arrepentimiento son indispensables para obtener el cielo. Más en otros respectos se puede ser muy ignorante. Esforcémonos por adquirir conocimientos, pues la ignorancia es hasta cierto punto deshonrosa, más ante todo, cuidemos de que nuestro corazón sea recto a los ojos de Dios.
Juan 20:19-23
Solo en el Evangelio de San Juan se nos describe la entrevista que nuestro Señor tuvo, después de su resurrección, con María Magdalena, entrevista que, en cuanto a lo conmovedora tal vez no tuvo igual. El que pueda leer este pasaje sin sentir un profundo interés, ha de tener por fuerza un corazón muy duro y frío.
Se advierte, en primer lugar, que los que aman a Jesucristo con mayor vehemencia y constancia son aquellos que reciben mayores privilegios de su divina mano. Es un hecho que conmueve y que merece particular atención, que María Magdalena no quiso separarse del sepulcro, en tanto que Pedro y Juan se encaminaron a su casa. El amor hacia su Maestro la tenía atada al lugar en donde había yacido muerto. No sabía en donde estaba o que se había hecho. Pero un afecto profundo la detenía allí junto a la fría y vacía tumba y la movió a contemplarla con veneración. Y ese afecto fue abundantemente recompensado. Vio unos ángeles que Juan y Pedro no habían visto; los oyó hablar y dirigirle palabras tranquilizadoras. Fue la primera que vio a nuestro Señor después de resucitado; la primera que oyó su voz y que tuvo una conversación con él. En donde quiera que se predique el Evangelio este pequeño suceso servirá de prueba, que los que tributaren gloria a Jesucristo serán a su turno bendecidos por él.
