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Juan 20: Amor alucinado

Juan 20:1-10

Estos cinco versículos son notablemente interesantes, por cuanto en ellos se introduce a un personaje antes desconocido, y otro cuyo nombre es familiar en dondequiera que se lee la Biblia, y por cuanto describen el funeral más importante que jamás haya tenido lugar en el mundo.

En primer lugar se nos enseña, que hay en el mundo algunos cristianos verdaderos de los cuales se tiene muy poco conocimiento. La historia de José de Arimatea nos manifiesta esto de una manera muy clara. No se le nombra siquiera en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, ni sabe la iglesia nada de su vida antes o después de aquel momento supremo; y sin embargo ese hombre es el que acude a tributar honores a Jesucristo cuando sus mismos apóstoles lo han abandonado y han huido. Lo estima y siente gusto en servirle, no porque le haya visto hacer milagro alguno, sino porque le profesa un amor espontáneo y desinteresado; y no vacila en confesar su adhesión hacia él, a la hora misma en que los judíos y los romanos lo han condenado como malhechor y le han dado la muerte. ¡El hombre que así obra ha de tener a la verdad una fe firme! Es de desearse y de creerse que en todos los siglos ha habido cristianos que, a semejanza de José, han sido discípulos secretos, ignorados de la iglesia y del mundo, pero bien conocidos de Dios. Aun en los tiempos de Elías había siete mil Israelitas que no habían doblado la rodilla ante Baal, aunque el desalentado profeta no lo sabía. Acaso el día de hoy en los suburbios de las grandes ciudades o en los parajes aislados del campo hay creyentes que no hacen ruido en el mundo y que sin embargo aman a Jesucristo y son amados de él. Las enfermedades, o la pobreza, o los deberes diarios de algún oficio laborioso les impiden aparecer en público, y por eso viven y mueren ignorados de casi todos. Y, sin embargo, en el último día se revelará ante un mundo estupefacto, que algunas de esas personas honraron a Jesucristo tanto como cualesquiera otras, y que sus nombres fueron inscritos en el cielo. De aquí se sigue que son circunstancias especiales que descubren a los cristianos de especiales dotes, y que los que hacen mayor ostentación en la iglesia no siempre resultan ser los más leales discípulos del Salvador.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que hay algunos discípulos que se conducen mejor hacia el fin que hacia el principio de su vida cristiana.

La historia de Nicodemo nos lo demuestra claramente. El único que se atreviera a ayudar a José en la santa obra de dar sepultura al cuerpo de nuestro Señor fue un hombre que acudió a Jesús de noche y era en aquel entonces un ignorante investigador de la verdad. Más tarde ese mismo Nicodemo se portó con algo más de valor, e hizo en el concilio de los fariseos la siguiente pregunta: «¿Juzga nuestra ley a hombre alguno, si primero no oyere de él, y entendiere lo que ha hecho?» Joh_7:51. Y aun más tarde, según el presente pasaje, se presentó a cuidar del cuerpo de nuestro Señor, y no se avergonzó de tomar parte activa en dar al despreciado Nazareno una sepultura honrosa. ¡Qué contraste tan grande entre el hombre que penetró tímidamente en la habitación de nuestro Señor para hacer una pregunta, y el que trajo cien libras de mirra y áloes para embalsamar su cuerpo! Y, no obstante, ¡era el mismo, Nicodemo! Y todo ese cambio se efectuó en el corto espacio de tres años.

Bueno será que tengamos esto presente cuando tratemos de juzgar de la religiosidad de nuestros prójimos. Es menester que no tildemos a los demás de impíos e irreligiosos porque no puedan percibir toda la verdad de un golpe. El Espíritu Santo siempre guía a los creyentes a un punto desde el cual puedan percibir las mismas verdades fundamentales y desde donde encaminarse derechamente al cielo: en esto la uniformidad es invariable. Empero, no siempre hace pasar al cristiano por unas mismas pruebas o con la misma rapidez: en esto sus operaciones son diversas. El que diga que la conversión es inútil y que una persona no convertida puede ser salva, está muy engañado; pero también lo está el que diga que ninguno so ha convertido a menos que se haga un cristiano consumado en un solo día. La vida de un infante es tan real y verdadera como la de un adulto: la diferencia es solo de grado. ¿Por qué despreciar el día de «los principios»? Zec_4:10. El mismo cristiano que empieza con una visita nocturna es tal vez el que después se presenta con intrepidez y confiesa a la plena luz del día su fe en el Salvador.

Juan 20:11-18

El capítulo que pasamos a examinar nos trasporta de la muerte a la resurrección de Jesucristo. a semejanza de los otros tres Evangelistas, San Juan refiere detenidamente los pormenores de esos dos grandes acontecimientos. Ni es esto de extrañarse: el gran sistema del Cristianismo estriba sobre estos dos hechos–que Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

En este pasaje se nos enseña que los que han recibido mayores beneficios de Jesucristo son los que más lo aman. La primera persona que menciona San Juan, de las que vinieron al sepulcro de Jesús, es María Magdalena. La mayor parte de la historia de esta mujer nos es desconocida, pero sí sabemos que el Señor le había echado fuera «siete demonios» (Mar_15:9 : Lucas 8.2), y que su gratitud hacia él no tenía límites. En una palabra, ningún discípulo de nuestro Señor parecía amarlo tanto como María Magdalena; ninguno estaba tan agradecido; ninguno tenía tan buena voluntad en servirle. Por eso, como bellamente lo expresa el obispo Butler, «Ella fue la última en separarse del pié de la cruz, y la primera en acudir al lado del sepulcro. No pudo estar tranquila hasta que se levantó a buscarle, y lo buscó cuando aún el día no había esclarecido suficientemente para poderlo ver.» Habiendo recibido muchas bendiciones, amó con mucha vehemencia; y habiendo amado con vehemencia, se esforzó en manifestar la sinceridad de su amor.

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