Se advierte, en seguida, que los temores y pesares de los cristianos son muchas veces infundados. Se nos dice que María Magdalena permaneció derramando lágrimas junto al sepulcro y eso de tal manera como si nada fuese parte a consolarla. Lloraba cuando los ángeles le hablaron, puesto que le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?» También estaba llorando cuando nuestro Señor se dirigió a ella: «Mujer,» le dijo él también, ¿por qué loras? Y siempre hizo en respuesta la misma queja: «Porque han llevado a mi Señor, y no se donde lo han puesto.» Y sin embargo, su maestro había estado junto a ella, revestido otra vez del cuerpo humano. Sus lágrimas eran innecesarias, su ansiedad superflua. Como Agar en el desierto, tenía a su lado un pozo de agua cristalina, más no lo había percibido.
Ningún cristiano reflexivo dejará de notar que ese es solo un ejemplo de lo que acontece a muchos de los creyentes. Cuantas veces no nos afanamos sin justo motivo para ello. Cuantas veces no nos lamentamos de la falta de algo que realmente está a nuestro alcance. Dos terceras partes de las cosas que tememos en esta vida jamás acontecen y muchas de las lágrimas que derramamos son vertidas en vano. Pidamos a Dios nos conceda más fe y más paciencia para aguardar sin zozobra que se cumplan sus designios; y estemos convencidos que muchos acontecimientos que nos parecen tristes y azarosos vendrán a fin a redundar en nuestro provecho. El anciano Jacob dijo una vez que sobre él eran todas las cosas que habían sucedido (Gen. 42.36); y sin embargo vivió lo suficiente para alcanzar a ver a José otra vez, lleno de riqueza y prosperidad y a dar gracias a Dios por todo lo que había acaecido. Si María hubiera encontrado sellada la tumba y hubiera sabido que ahí yacía el cadáver yerto de nuestro Señor entonces habría tenido razón para llorar. El hecho mismo de que el cadáver había desaparecido era un indicio favorable, un indicio que debía causar júbilo a ella y a toda la humanidad.
Es de advertirse, además, que ideas tan mezquinas y tan materiales pueden apoderarse, acerca de Jesucristo, de la mente de un creyente. No creemos que enseñen otra cosa las siguientes palabras que nuestro Señor dirigió a la Magdalena: «No me toques; porque aún no he subido a mi Padre.» Aunque este lenguaje es de suyo misterioso, hay alguna razón para suponer que la sorpresa y la súbita transición de pasar al gozo pusieron a María como fuera de sí, pues a pesar de ser una verdadera cristiana, era mujer como cualquier otra. Es muy probable que en el primer transporte de júbilo, se arrojara a los pies de nuestro Señor e hizo manifestaciones que eran impropias. Quizá dejo ver que en su concepto todo iba bien si nuestro Señor estaba presente corporalmente y mal si sucedía lo contrario, y se condujo como si hubiera olvidado que él era Dios además de hombre. Por esa razón nuestro Señor le dijo que no lo tocara, y le dio a entender lo siguiente: «No hay necesidad de esta expresión excesiva de afecto. Mi ascensión al trono del Padre no tendrá lugar sino hasta de aquí a cuarenta días; tu deber al presente no es permanecer a mis plantas, sino ir y decir a los hermanos que he resucitado. Pensado en los demás, así como en ti misma.
Empero, menester es confesar que muchos otros creyentes ha incurrido en la misma falta de esta buena mujer. Ha habido en todos los siglos una tendencia a dar una importancia indebida y exagerada a la presencia corporal de Jesucristo. La terquedad con que los romanistas se adhieren a la doctrina de la presencia corporal en la Cena del Señor no es otra cosa que una manifestación de esa tendencia. Pidamos a Dios nos ayude a juzgar con acierto sobre este asunto así como también sobre todo lo que concierna al Salvador. Lo que necesitamos no es su carne material, sino su Espíritu. Por esto está escrito: «El Espíritu es el que da vida: la carne de nada aprovecha.» «Y si aún a Cristo conocimos según la carne, ahora empero ya no le conocemos más.» Juan 6.63; 2 Cor. 5.16.
Se advierte, por último, en estos versículos con cuenta bondad y benignidad nuestro Señor habló acerca de sus discípulos. A María Magdalena le mandó que llevara un mensaje a sus hermanos, y que les dijera que el Padre de él era su Padre, y el Dios de él su Dios. Apenas hacia tres días que todos ellos lo habían abandonado vergonzosamente y habían huido; sin embargo él se expresó como si ya hubiera perdonado y olvidado todo. Su primer pensamiento fue recobrar a los que así se habían extraviado; y volverles la calma a la conciencia, infundirles nuevo ánimo y restaurarlos en un todo a su anterior situación. Ese fue la verdad un amor grande: el hombre no alcanza a comprenderlo. Las siguientes palabras de David son muy ciertas: «Como el Padre tiene misericordia de los hijos, tiene misericordia Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra hechura, se acuerda que somos de polvo.» Psa_103:13-14
Juan 20:24-31
Estos versículos tienen mucho que es difícil de entender, mucho que es misterioso y que merece ser considerado con reverencia. Sea, por ejemplo, el acto de aparecerse nuestro Señor súbitamente delante de los discípulos a darles el Espíritu, cuando las puertas de la estancia estaban cerradas. Para hacer un examen detenido de ese acontecimiento tendríamos que entrar en disertaciones que, sobre ser largas, serían tal vez inútiles, pues en tales casos el escritor está expuesto más bien a confundir que a iluminar la mente del lector. Por lo tanto, nos ceñiremos a examinar aquellos puntos que sean claros a la vez que instructivos.
Debemos observar las notables palabras con que nuestro Señor saludó a los apóstoles la primera vez que los vio después de su resurrección. Por dos veces les dirigió estas benignas palabras: «Paz sea con vosotros.» En lugar de quejarse contra ellos, en lugar de reprenderlos y censurarlos por su mala conducta, les deseó paz. Propio en muy alto grado era que así sucediese. «Paz en la tierra» fue el cántico que entonaron las huestes celestiales cuando nació Jesús. La paz y el sosiego del alma formaron el tema constante de los discursos de nuestro Señor por un período de tres años. Paz y no riqueza fue el legado que dejó con los once la víspera de su crucifixión. Ciertamente armonizaba con todos sus actos el que al visitar a su puñado de discípulos su primera palabra fuera «Paz.» Ese vocablo iba a volver la calma a sus ánimos.
