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Juan 8: Miseria y misericordia

Todos se marcharon a sus casas; pero Jesús se fue al Monte de los Olivos. Por la mañana temprano estaba otra vez en el recinto del templo, y toda la gente se le acercaba. Él Se sentó y Se puso a enseñarles.

Los escribas y fariseos trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio y Le dijeron a Jesús:

Maestro: Esta mujer ha sido detenida por adulterio, sorprendida en el acto. En la Ley, Moisés nos manda apedrear a tales mujeres. ¿Qué dices Tú a ello?

En realidad Le estaban probando al decir aquello, para tener algo de que acusarle.

Jesús se inclinó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como ellos seguían preguntándole, se enderezó y les dijo:

-Que el que de vosotros esté libre de pecado sea el primero que le arroje una piedra.

Y volvió a inclinarse y a escribir en el suelo con el dedo. Uno tras otro, los que le habían oído se salieron, empezando por los de más edad y acabando por los más jóvenes, hasta que no quedó allí nadie más que Jesús y, todavía en medio, la mujer.

Jesús se irguió y le dijo a la mujer:

-Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

-No, señor -contestó ella.

-Yo tampoco te voy a sancionar ahora -le dijo Él-; así que vete, y de ahora en adelante no peques más.

(Este incidente no figura en los manuscritos antiguos. Véase sobre él la nota de la página 328-30).

Los escribas y fariseos se habían lanzado a buscar alguna acusación para desacreditar a Jesús; y aquí creían que le podrían colocar entre la espada y la pared de manera que no tuviera salida. Cuando surgía una cuestión legal difícil, la costumbre era presentársela a un rabino para que decidiera; así es que los escribas y fariseos le trajeron a Jesús a una mujer que había sido sorprendida en adulterio.

Desde el punto de vista de la ley judía, el adulterio era un grave delito. Los rabinos decían: «Un judío tiene que morir antes de cometer idolatría, asesinato o adulterio.» El adulterio era, pues, uno de los tres pecados más graves, y se castigaba con la pena de muerte, aunque había algunas diferencias en cuanto a la manera de ejecutarla. Lev_20:10 establece: «Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos.» Allí no se especifica la forma de la ejecución. Deu_22:23-24 establece el castigo en el caso de una mujer que ya está comprometida. En ese caso, ella y el que la sedujo se traerán fuera de las puertas de la ciudad, «y los apedrearéis, y morirán.» La Misná, es decir, la ley judía codificada, establece que la pena por adulterio es la estrangulación, y hasta el método de la estrangulación de detalla: «El hombre se meterá en estiércol hasta las rodillas, con una toalla suave enrollada al cuello (para que no le quede ninguna marca, ya que el castigo es castigo de Dios). Entonces un hombre tirará en un sentido y otro en otro hasta que el reo muera.» La Misná reitera que, en ese caso, hay que lapidar a la mujer. Desde el punto de vista puramente legal, los escribas y fariseos eran perfectamente correctos. Aquella mujer debía morir apedreada.

El dilema en que pensaban meter a Jesús era el siguiente. Si decía que la mujer tenía que ser apedreada, había dos consecuencias. La primera, que Jesús perdería su reputación de piadoso, y ya nunca se le llamaría « amigo de los pecadores». La segunda, que entraría en conflicto con la ley romana, que prohibía a los judíos dictar y ejecutar sentencia de muerte. Si decía que había que perdonar a la mujer, dirían inmediatamente que Jesús enseñaba a quebrantar la ley de Moisés, y que estaba condonando y hasta fomentando el adulterio. Los escribas y fariseos creían que Jesús no se les podría escapar de la trampa; pero Él le dio la vuelta al juicio de tal manera que hizo recaer la acusación contra los acusadores.

Al principio, Jesús estaba inclinado y escribiendo en el suelo con el dedo. ¿Por qué? Hay cuatro posibles razones.

(i) Puede que quisiera sencillamente ganar tiempo y no dar una respuesta precipitada. En ese breve momento puede que estuviera pensándose la cuestión, y presentándosela a Dios.

(ii) Algunos manuscritos añaden: «Como si no los hubiera oído.» Puede que Jesús obligara deliberadamente a los escribas y fariseos a repetir la acusación, para que se dieran cuenta del sadismo que encerraba.

(iii) Seeley, en Ecce Homo, hace una sugerencia interesante. «Jesús se sentía oprimido por un intolerable sentimiento de vergüenza ajena. No podía enfrentarse con la mirada de la multitud, ni con la de los acusadores, ni mucho menos con la de la mujer… En su ardiente perplejidad y confusión se dobló hacia la tierra para ocultar su rostro, y empezó a escribir en el suelo con el dedo.» Puede que el gesto impúdico y lujurioso en los rostros de los escribas y fariseos, y la frígida crueldad de sus ojos, la curiosidad salaz de la multitud, la vergüenza de la mujer, todo se combinó para estrujarle el corazón a Jesús de agonía y piedad, y tuvo que esconder la mirada.

(iv) Con mucho la sugerencia más interesante surge de ciertos manuscritos tardíos. En la traducción Armenia leemos: «Él mismo, inclinando la cabeza, estaba escribiendo con el dedo en la tierra para declarar los pecados de ellos; y ellos estaban viendo sus diversos pecados en las piedras.» Lo que se sugiere es que Jesús estaba escribiendo en la tierra los pecados de los mismísimos hombres que habían acusado a la mujer. Puede que fuera eso. La palabra griega normal para escribir es grafein; pero aquí se usa katagrafein, que puede querer decir redactar un informe contra alguien. (Uno de los sentidos de kata es contra). En Job_13:26 , Job dice: «¿Por qué escribes (katagrafein) contra mí amarguras?» Puede ser que Jesús estuviera confrontando a aquellos sádicos autosuficientes con el informe de sus propios pecados.

Fuera como fuera, los escribas y fariseos seguían reclamando una respuesta, y la recibieron. Jesús les dijo: «¡Está bien! ¡Apedreadla! ¡Pero que el que de vosotros esté sin pecado sea el que tire la primera piedra!» Bien puede ser que la palabra para sin pecado (anamartétos) quiera decir, no sin pecado, sino sin deseo pecaminoso. Jesús estaba diciendo: «Sí, la podéis apedrear; pero sólo si nunca habéis deseado cometer vosotros el mismo pecado.» Se hizo el silencio y, lentamente, los acusadores fueron desapareciendo.

Y quedaron solos Jesús y la mujer. Como expresó Agustín: «Quedaron solos una gran miseria y una gran misericordia.» (Las palabras en cursiva, que son las que usa Agustín en el original, son iguales en latín y en español). Jesús dijo a la mujer: «¿Note ha condenado nadie?» «Nadie, Señor» -contestó ella. Y Jesús le dijo-: «Entonces, Yo tampoco te voy a sentenciar ahora. Ve, y empieza tu vida de nuevo, y no peques más.»

MISERIA Y MISERICORDIA

Este pasaje nos presenta dos cosas en relación con la actitud de los escribas y fariseos.

(i) Nos presenta su concepción de la autoridad. Los escribas y fariseos eran los expertos legales de su tiempo. Para ellos, los problemas se resolvían con una decisión. Está claro que, para ellos, la autoridad era característicamente crítica, censora y condenatoria. El que la autoridad se basara en la compasión, el que su objetivo pudiera ser restaurar al criminal y al pecador, eran cosas que no les cabían en la cabeza. Concebían que su función les daba el derecho de estar por encima de todos los demás como severos guardianes, para detectar cualquier desliz o desviación de la ley, y lanzarse sobre los culpables con un castigo salvaje e implacable; nunca se les ocurría pensar que su autoridad supusiera la obligación de rehabilitar al ofensor.

Todavía hay quienes consideran una posición de autoridad como un derecho a condenar y un deber de castigar. Creen que una autoridad como la que ellos tienen les da el derecho de ser los perros guardianes morales y de despedazar al pecador. Pero toda autoridad se cimenta en la compasión. Cuando George Whitefield vio a un criminal que iba camino de la horca, pronunció su famosa frase: «Ese sería yo, si no fuera por la gracia de Dios.»

El primer deber de la autoridad es hacer lo posible por comprender la fuerza de las tentaciones que indujeron al pecador a pecar, y la seducción de las circunstancias que le presentaron el pecado tan atractivo. Ninguna persona puede juzgar a otra a menos que por lo menos trate de comprender lo que la otra ha pasado. El segundo deber de la autoridad es tratar de rehabilitar al culpable. Una autoridad que no se propone nada más que castigar la infracción de la ley está en un error; cualquier autoridad que, en el ejercicio de sus funciones, conduce al culpable o a la desesperación o al resentimiento, ha fracasado. La misión de la autoridad no es desterrar al pecador de toda sociedad decente, y menos borrarle por completo, sino hacer que sea una buena persona. El que está en autoridad debe ser como un buen médico: su único deseo debe ser sanar.

(ii) Este incidente nos presenta gráfica y cruelmente la actitud de los escribas y fariseos hacia la gente. No miraban a esta mujer como la persona que era, sino como un objeto, como un instrumento del que se podían valer para formular una acusación contra Jesús. La estaban usando como se podría usar una herramienta para cualquier trabajo. Para ellos, no tenía nombre, ni personalidad, ni sentimientos; era como un peón en el tablero de ajedrez, que se podía sacrificar para ganar posición; en estas circunstancias, para destruir a Jesús.

Siempre está mal el considerar a las personas como cosas; el hacerlo es manifiestamente contrario al Espíritu de Cristo. Se decía de la famosa economista Beatrice Webb, luego lady Passfield, «que veía a las personas como Números que andaban.» El doctor Paul Tournier, en su Libro de casos de un médico, habla de lo que él llama «el personalismo de la Biblia.» Señala cuánto le gustan a la Biblia los nombres. Dios le dice a Ciro: «Yo soy el Señor, el Dios de Israel, Que te pongo nombre» (Isa_45:3 ). Hay páginas enteras de nombres en la Biblia. El Dr. Tournier insiste en que esta es una prueba de que la Biblia piensa en la gente, primero y principalmente, no como casos o Números de estadística, sino como personas. « El nombre propio es el símbolo de la persona. Si olvido los nombres de mis pacientes, si me digo: «¡Ah, sí! Ese es el tipo de la vesícula, o el tuberculoso que vi el otro día,» estoy más interesado en sus vejigas o pulmones que en ellos como personas.» Insiste en que un paciente debe ser siempre una persona, y nunca un caso.

Es sumamente improbable el que aquellos escribas y fariseos supieran ni el nombre de aquella mujer. Para ellos no era más que un caso de desvergonzado adulterio que podía entonces ser usado como instrumento para conseguir su propósito. En el instante en que las personas se convierten en cosas, ha muerto el espíritu del Evangelio.

Dios usa su autoridad para hacer que las personas se hagan buenas a base de amarlas; para Dios, una persona no se convierte nunca en una cosa. Debemos usar la autoridad de que disponemos siempre para comprender y siempre para por lo menos intentar rehabilitar a la persona que ha cometido un error; y nunca empezaremos siquiera a hacerlo así a menos que recordemos que todos los hombres y las mujeres son personas, y no cosas.

Además, este incidente nos dice mucho de Jesús y de su actitud hacia los pecadores.

(i) Era uno de los primeros principios de Jesús que sólo la persona que fuera sin falta podría emitir un juicio sobre las faltas de otros. «No juzguéis -dijo Jesús-, y no os expondréis al juicio» (Mat_7:1 ). También dijo que el que se aventurara a juzgar a su hermano sería como el que tuviera una viga metida en el ojo y tratara de limpiar una motita que tuviera en el ojo otra persona (Mat_7:3-5 ). Una de las faltas más corrientes de la vida es la de tantos de nosotros que exigimos niveles a otros que nosotros ni siquiera tratamos de alcanzar; y tantos de nosotros condenamos faltas en otros que están bien a la vista en nuestra propia vida. La cualificación para juzgar no es el conocimiento, que está al alcance de cualquiera, sino la bondad a que se haya llegado, y ahí ninguno somos perfectos. Los mismos Hechos de la condición humana proclaman que Dios es el único que tiene derecho a juzgar, por la sencilla razón de que ningún hombre es suficientemente bueno para juzgar a un semejante.

(ii) Era también uno de los primeros principios de Jesús que nuestra primera reacción hacia alguien que ha cometido un error debe ser la compasión. Se ha dicho que el primer deber del médico es «a veces, curar; a menudo, aliviar, y siempre, ofrecer consuelo.» Cuando una persona que está sufriendo de alguna incapacidad acude al médico, éste no la mira con asco, aunque esté sufriendo una enfermedad repulsiva. De hecho, la repugnancia normal que es a veces inevitable es absorbida en el deseo superior de ayudar y de curar. Cuando nos encontramos frente a alguien que ha cometido un error, nuestro primer sentimiento debería ser, no: «No voy a tener nada que ver con una persona que sea capaz de tal acción,» sino: «¿Qué puedo hacer para ayudar? ¿Cómo puedo yo anular las consecuencias de ese error? Sencillamente, debemos aplicar a los demás la misma misericordia compasiva que querríamos que se nos mostrara si nos viéramos en una situación semejante.

(iii) Es muy importante que comprendamos exactamente cómo trató Jesús a aquella mujer. Es fácil sacar una impresión totalmente errónea, y llegar a la conclusión de que Jesús perdonó con ligereza y facilidad, como si el pecado no tuviera importancia. Lo que Él dijo fue: «Yo no te voy a condenar ahora mismo; vete, y no peques más. « De hecho, lo que estaba haciendo no era suspender el juicio y decir: «No te preocupes; todo está bien.» Lo que hizo fue algo así como aplazar la sentencia. Dijo: «No voy a dictar una sentencia definitiva ahora; ve, y demuestra que puedes mejorar. Has pecado; vete, y no peques ya más, y Yo te ayudaré todo el tiempo. Cuando llegue el final, veremos cómo has vivido.» La actitud de Jesús hacia el pecador implicaba cierto número de cosas.

(a) Implicaba una segunda oportunidad. Es como si Jesús le dijera a la mujer: «Sé que has estropeado las cosas; pero la vida no se te ha terminado; Yo te doy otra oportunidad, la de redimirte a ti misma.» Alguien ha escrito: «¡Como me molaría que hubiera algún lugar encantado, que se llamara la Tierra de Empezar Otra Vez, en la que nos despojáramos a la entrada de todos nuestros errores y estreses e inútiles angustias egoístas, como el que se quita el abrigo viejo y pesado y frío de la lluvia, para no ponérnoslo ya nunca jamás!»

En Jesús tenemos el Evangelio de la segunda oportunidad. Él está siempre intensamente interesado, no sólo en lo que una persona ha sido, sino en lo que puede llegar a ser. Él no dice que lo que hemos hecho no importa; las leyes y los corazones quebrantados siempre importan; pero Él está seguro de que todos tenemos un futuro tanto como un pasado.

(b) Implicaba compasión. La diferencia fundamental que había entre Jesús y los escribas y fariseos era que ellos querían condenar; y Él, perdonar. Si leemos entre líneas, está tan claro como el agua que ellos querían apedrear a la mujer, y que les encantaría hacerlo. Disfrutaban de la emoción de ejercer su poder condenando, y Jesús disfrutaba ejerciendo su poder perdonando. Jesús miraba a los pecadores con una compasión nacida del amor; los escribas y fariseos los miraban con una repugnancia nacida de un sentimiento de propia justicia.

(c) Implicaba desafío. Jesús enfrentó a esta mujer con el desafío de una vida sin pecado. No le dijo: «Está bien; no te preocupes; sigue viviendo como hasta ahora.» Dijo: «Está mal; salte de donde estás y emprende la lucha para mejorar; cambia de vida de arriba abajo; vete, y no peques más.» No era un perdón fácil, sino un desafío que le indicaba a la mujer pecadora unas cimas de bondad con las que no había soñado jamás. Jesús opone a una vida mala el desafío de una vida buena.

(d) Implicaba creer en da naturaleza humana. Si lo pensamos, nos daremos cuenta de que es realmente alucinante el que Jesús le dijera a una mujer que había arruinado su reputación: «Vete, y no peques más.» Lo maravilloso y altamente alentador era la fe que tenía Jesús en las personas. Cuando se encontraba con alguien que se había descarriado, no le decía: «Eres una criatura miserable y sin remedio;» sino que le decía: «Vete, y no peques más.» Creía que, con su ayuda, el pecador podía llegar a ser un santo. Su método no consistía en apabullar a las personas con el conocimiento, que ya tendrían, de su propia miseria; sino inspirarlas con el descubrimiento insospechado de que eran santos en potencia.

(e) Implicaba advertencia, no tanto expresada como insinuada. Aquí nos encontramos cara a cara con la elección eterna. Jesús le dio a aquella mujer la posibilidad de escoger aquel día entre, o volver al camino peligroso por el que había llegado hasta allí, o iniciar una nueva andadura con Jesús. La historia está inconclusa, como lo están todas las vidas hasta que se presenten al juicio de Dios.

(Como ya se ha advertido, esta historia no aparece en los manuscritos más antiguos. Se encontrará una exposición de este problema textual al final del libro, páginas 328-30).

NOTA SOBRE LA HISTORIA DE LA MUJER SORPRENDIDA EN ADULTERIO

Juan 8:2-11

Para muchos, esta es una de las historias más encantadoras y preciosas de los evangelios; y sin embargo, entraña algunas dificultades.

Los manuscritos más antiguos del Nuevo Testamento son, como es natural, los más valiosos. Las copias se hacían a mano; y está claro que, cuanto más cerca se remontan de los escritos originales, tanto mayores garantías ofrecen de ser correctas. Llamamos a estos manuscritos más antiguos unciales, porque están escritos totalmente con letras mayúsculas; el texto del Nuevo Testamento se basa en los más antiguos, que datan de los siglos IV al VI d C.

El hecho es que esta historia no aparece nada más que en uno de esos manuscritos antiguos, que no se considera de los mejores. Seis de ellos la omiten totalmente. Dos, dejan un espacio en blanco en el lugar correspondiente. No la encontramos hasta que llegamos a los manuscritos griegos tardíos y a los medievales, y hasta en ellos se hace constar a menudo que su inclusión es discutida.

Otras fuentes para el estudio del texto del Nuevo Testamento son las versiones antiguas; es decir, las traducciones a otras lenguas. Esta historia no aparece en la antigua versión siriaca ni en la versión copta o egipcia, ni en algunas de las traducciones latinas primitivas.

Tampoco ninguno de los padres antiguos de la Iglesia parece haber sabido nada de ella. Nunca la comentan, y ni siquiera la mencionan. Orígenes, Crisóstomo, Teodoro de Mopsuestia y Cirilo de Alejandría, entre los griegos, no la mencionan. El primer comentarista griego que hace referencia a ella es Eutimio Zigabeno, c. 1118 d C., y hasta él dice que no se encuentra en los mejores manuscritos.

Entonces, ¿de dónde ha salido esta historia? No cabe duda

de que Jerónimo sí la conocía en el siglo IV, porque la incluyó en la Vulgata. Sabemos que Agustín y Ambrosio también la conocían, y la comentaron. Y está en todos los manuscritos tardíos, aunque hay que hacer notar que su posición varía considerablemente: en algunos manuscritos aparece al final del evangelio de Juan, y en otros se inserta detrás de Luk_21:38 .

Pero podemos remontarnos todavía más. Se cita en un libro del siglo III d C. que se llama Las Constituciones Apostólicas, donde se da como advertencia a los obispos demasiado severos. Eusebio, el historiador de la Iglesia, dice que Papías cuenta una historia «de una mujer que fue acusada de muchos pecados ante el Señor,» y Papías vivió poco después del año 100 d C.

Así es que aquí tenemos los Hechos. La historia se puede remontar hasta principios del siglo II d C. Cuando Jerónimo tradujo la Vulgata, la introdujo sin cuestión. Los manuscritos tardíos y medievales la contienen. Y, sin embargo, ninguno de los manuscritos considerados mejores la incluye. Ninguno de los grandes padres griegos la menciona siquiera; pero algunos de los grandes padres latinos sí la conocían y la citan.

¿Cómo se puede explicar todo esto? No tenemos por qué tener miedo de tener que prescindir de esta historia maravillosa; porque es suficiente garantía de su autenticidad el que podamos trazar su antigüedad hasta casi el año 100 d C. Pero sí necesitamos alguna explicación del hecho de que ninguno de los grandes manuscritos la incluya. Los traductores al inglés Moffatt, Weymouth y Rieu la incluyen entre corchetes, como hace el Nuevo Testamento Griego, y otros la ponen como nota a pie de página, en letra más pequeña.

Agustín hace una sugerencia. Dice que esta historia se quitó del texto del evangelio porque «algunos tenían una fe débil» y «para evitar escándalos.» No lo podemos asegurar, pero es posible que, en los primeros tiempos, los que editaron el texto del Nuevo Testamento creyeron que esta era una historia peligrosa, una justificación de una postura menos severa en relación con el adulterio; y, por tanto, la omitieron. Después de todo, la Iglesia Cristiana era una islita rodeada por el mar del paganismo. Sus miembros estaban en peligro de retroceder a una forma de vida en la que la castidad era desconocida, y estaban expuestos al contagio del paganismo. Pero, a medida que fue pasando el tiempo, el peligro se hizo menos grave y temible, y la historia, que había seguido circulando oralmente y que estaba en uno de los manuscritos, volvió a su sitio.

Es probable que no esté en el sitio que le correspondía, y que la insertaron aquí para ilustrar el dicho de Jesús: «Yo no juzgo a nadie» (Joh_8:15 ). A pesar de las dudas de los traductores modernos, y a pesar de que los manuscritos más antiguos no la tienen, podemos estar seguros de que es una historia auténtica de Jesús -aunque tan llena de gracia que, durante mucho tiempo, a muchos de la Iglesia les daba miedo contarla.

LA LUZ QUE NO RECONOCIERON

Juan 8:12-20

Entonces Jesús siguió diciéndoles:

-Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.

Los fariseos le contestaron:

-Tu das testimonio acerca de ti mismo. Tu testimonio no es válido.

Aunque es verdad que doy testimonio de mí mismo -les contestó Jesús-, Mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y adónde voy. Vosotros sois los que no lo sabéis, y basáis vuestro juicio en criterios puramente humanos. Yo no juzgo a nadie. Pero, si emitiera un juicio, mi juicio sería verdadero, porque no estoy solo, sino que estamos unidos en el juicio Yo y el Padre que me envió; y está escrito en vuestra ley que el testimonio de dos personas es válido. Yo doy testimonio acerca de mí mismo, y el Padre que me envió también da testimonio acerca de mí.

-¿Dónde está tu Padre? -le preguntaron.

-No nos conocéis, ni a mí, ni a mi Padre -respondió Jesús-. Si me hubierais reconocido a mí habría sido señal de que también conocíais a mi Padre.

Estas cosas las dijo en el lugar de las ofrendas, cuando estaba enseñando en el recinto del templo; y nadie le puso las manos encima con violencia, porque aún no había llegado su hora.

El escenario de esta discusión con las autoridades judías fue el lugar en que se hacían las ofrendas del templo, que estaba en el atrio de las mujeres. El atrio más exterior era el de los Gentiles; el segundo, éste, el de las mujeres, que se llamaba así porque las mujeres no podían entrar más adentro, excepto cuando iban a ofrecer sacrificio en el altar que estaba en el atrio de los sacerdotes. Alrededor del atrio de las mujeres había un pórtico con columnas en el que había, colocados en el muro, trece cofres en los que los fieles echaban sus ofrendas. Los llamaban las trompetas, porque tenían esa forma, más estrecha por la parte de arriba y ensanchándose hacia abajo.

Cada uno de los trece cofres estaba destinado para una ofrenda determinada. En los dos primeros se echaban los medios siclos que tenían que pagar todos los judíos para el mantenimiento del templo. En el tercero y el cuarto se ponían las cantidades de la compra de dos pichones que tenían que ofrecer las mujeres para purificarse después de tener un hijo Lev_12:8 ). En el quinto se ponían las aportaciones para los gastos de la leña que se necesitaba para mantener el fuego del altar. En el sexto se echaban las contribuciones al gasto del incienso que se usaba en los cultos del templo. Al séptimo se echaban las contribuciones a los gastos de mantenimiento de los instrumentos y recipientes de oro que se usaban en los oficios. Algunas veces una familia apartaba una cantidad como ofrenda de acción de gracias o por algún pecado; en las otras seis trompetas los fieles echaban el dinero que les sobraba después de hacer las ofrendas prescritas, y cualquier extra que quisieran añadir.

En el lugar de las ofrendas siempre habría un constante fluir de gente entrando y saliendo. Sería el lugar ideal para conseguir una audiencia de gente piadosa para impartir enseñanza.

En este pasaje, Jesús se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo.» Es probable que el trasfondo de esta escena hiciera sus palabras aún más actuales e impactantes. La fiesta en la que Juan coloca estas palabras de Jesús era la de los Tabernáculos Joh_7:2 ). Ya hemos visto Joh_7:37 ) que sus ceremonias ofrecían un perfecto escenario a la invitación de Jesús a los que tuvieran sed espiritual.

Pero había otra ceremonia conectada con esta fiesta. El primer día por la tarde había la ceremonia que se llamaba la Iluminación del Templo. Tenía lugar en el atrio de las mujeres, que estaba rodeado de unas galerías anchas, aptas para albergar gran número de espectadores. En el centro se colocaban cuatro candelabros inmensos. Cuando caía la tarde, los encendían, y se decía que lanzaban tal resplandor que iluminaba los patios de toda Jerusalén. Desde entonces hasta el canto del gallo la mañana siguiente, los más grandes y más sabios y más santos de Israel danzaban delante del Señor y cantaban Salmos de gozo y de alabanza mientras la multitud los miraba. Jesús está diciendo: « Habéis visto que el resplandor de la iluminación del templo rasga las tinieblas de la noche. Yo soy la luz del mundo y, para todos los que me sigan, habrá luz, no sólo una noche maravillosa, sino a lo largo de todo el camino de la vida. La luz del templo es muy brillante, pero al final parpadea y muere. Yo soy la Luz que dura para siempre.»

Jesús dijo: « El que me siga, no andará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.» La luz de la vida quiere decir dos cosas. En griego puede querer decir, o la luz que irradia la fuente de la vida, o la luz que da la vida. En este pasaje quiere decir las dos cosas. Jesús es la misma Luz de Dios que ha venido al mundo; y es también la Luz que da la vida al mundo. Como no puede florecer una planta que no vea la luz del Sol, tampoco pueden florecer nuestras vidas con la gracia y la belleza que deben desplegar hasta que las irradia la Luz de la presencia de Jesús.

En este pasaje, Jesús habla de seguirle a Él. Es una expresión que usamos a menudo, y animamos a otros a seguir a Jesús. ¿Qué queremos decir? La palabra griega para seguir es akoluthein; y sus significados se combinan para lanzar un raudal de luz sobre lo que quiere decir seguir a Jesús. Akoluthein tiene cinco sentidos diferentes pero íntimamente relacionados.

(i) Se usa a menudo del soldado que sigue a su capitán. En las largas marchas, a las batallas o en las campañas en tierras extrañas, el soldado sigue a su capitán adonde le dirija. El cristiano es un soldado cuyo General es Jesús.

(ii) Se usa a menudo de un esclavo que acompaña a su amo. Dondequiera que vaya el amo, el eslavo está a su servicio, siempre dispuesto a salir al paso de cualquier necesidad o a cumplir cualquier tarea que le encomiende. Está totalmente a disposición de su amo. El cristiano es un esclavo cuya felicidad consiste en estar siempre al servicio de Cristo.

(iii) Se usa a menudo de aceptar el parecer de un sabio consejero. Cuando estamos indecisos, acudimos a un experto en la materia y, si somos sensatos, seguiremos el consejo que nos da. El cristiano encamina su vida y su conducta de acuerdo con el consejo de Cristo.

(iv) Se usa a menudo de prestar obediencia a las leyes del municipio o del estado. Si hemos de ser miembros útiles de una sociedad o ciudadanos de un estado, tendremos que estar de acuerdo con cumplir sus leyes. El cristiano, como ciudadano del Reino del Cielo, acepta la ley del Reino y de Cristo como la que gobierna su vida.

(v) Se usa a menudo de seguir el razonamiento de un maestro, o el argumento de una obra literaria o de lo que está diciendo alguien. Preguntamos a veces a los que nos están escuchando: « ¿Me sigues?» El cristiano atiende a las enseñanzas de Jesús, y las escucha con atención para no perderse nada. Recibe su mensaje en su mente, y lo entiende; recibe sus palabras en la memoria, y las guarda, y las conserva en el corazón y las vive.

Ser seguidores de Cristo es entregarnos en cuerpo, alma y espíritu a la obediencia del Maestro; y entrar en su seguimiento es empezar a caminar en la luz. Cuando caminamos solos, estamos expuestos a andar a tientas y a tropezar, porque muchos de los problemas de la vida están por encima de nuestra capacidad. Cuando caminamos solos corremos peligro de seguir una senda equivocada, porque no tenemos un mapa infalible de la vida. Necesitamos la sabiduría celestial para recorrer el camino terrenal. El que tiene un buen guía y un mapa exacto es el que puede llegar a salvo al final de su viaje. Jesucristo es ese guía, y es el único que posee el mapa de la vida. Seguirle es andar en la luz, a salvo a lo largo de la vida y seguros de entrar después en la gloria.

Cuando Jesús se presentó como la luz del mundo, los escribas y fariseos reaccionaron con hostilidad. Aquel título les sonaría aún más sorprendente a ellos que a nosotros. A ellos les parecería, y lo era en realidad, que Jesús se presentaba como el Mesías; más aún: como el que iba a hacer lo que sólo Dios podía hacer. La palabra luz estaba especialmente asociada con Dios en el pensamiento y lenguaje judío. «El Señor es mi luz» (Psa_27:1 ). «El Señor te será por luz perpetua» (Isa_60:19 ). «A Cuya luz yo caminaba en la oscuridad» (Job_29:3 ). «Aunque more en tinieblas, el Señor será mi luz» (Mic_7:8 ). Los rabinos afirmaban que uno de los nombres del esperado Mesías era Luz. Cuando Jesús se presentó como la luz del mundo estaba diciendo de sí mismo lo más elevado que se podía decir.

El argumento de este pasaje es complicado y difícil, pero sigue tres líneas principales.

(i) Primero, los judíos insistieron en que una afirmación como la que había hecho Jesús no se podía aceptar como válida porque carecía de los testigos necesarios. Estaba respaldada, según su punto de vista, exclusivamente por su propia palabra; y según la ley judía, cualquier afirmación tenía que apoyarse en el testimonio de dos o tres testigos por lo menos para ser conforme a ley. «No se tomará en cuenta a un solo testigo contra ninguno en cualquier delito ni en cualquier pecado en relación con cualquier ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación» (Deu_19:15 ).

«Por dicho de dos o de tres testigos morirá el que hubiere de morir; no morirá por el dicho de un solo testigo» (Deu_17:6 ). «Un solo testigo no hará fe contra una persona para que muera» (Num_35:30 ). La respuesta de Jesús era doble.

Primero, contestó que su propio testimonio era suficiente. Era tan consciente de su autoridad que no le hacía falta otro testigo. Esto no era orgullo ni autosuficiencia, sino simplemente el ejemplo supremo de la clase de cosa que sucede todos los días. Un gran cirujano confía en su propio diagnóstico, y no necesita a nadie que se lo confirme; su testimonio es su propia carrera. Un gran abogado o juez está seguro de su propia interpretación y aplicación de la ley. No es que estén orgullosos de sus conocimientos, sino simplemente que saben lo que saben. Jesús estaba tan seguro de su identificación con Dios que no necesitaba de ninguna autoridad que la respaldara.

Segundo, Jesús dijo que de hecho sí tenía un segundo testigo, y ese segundo Testigo era Dios. ¿Cómo da Dios testimonio de la suprema autoridad de Jesús? (a) El testimonio de Dios está en las palabras de Jesús. Nadie podría hablar con tal sabiduría a menos que Dios le hubiera dado conocimiento. (b) El testimonio de Dios está en las obras de Jesús. Nadie podría hacer tales cosas a menos que Dios estuviera obrando en Él. (c) El testimonio de Dios es el efecto que Jesús causa en las personas. Obra cambios en ellas que es indudable que están más allá de las posibilidades humanas. El mismo hecho de que Jesús puede hacer que las personas malas se vuelvan buenas es la prueba de un poder que no es simplemente humano, sino divino. (d) El testimonio de Dios está en la reacción de la gente a Jesús. Siempre y dondequiera que Jesús Se ha presentado plenamente, siempre y dondequiera que se ha predicado la Cruz en toda su grandeza y esplendor, ha habido una respuesta inmediata y arrolladora en los corazones. Esa respuesta es el Espíritu Santo de Dios obrando y testificando en los corazones de las personas. Es Dios en nuestros corazones Quien nos permite ver a Dios en Jesús.

Jesús contestó así a las objeciones de los escribas y fariseos de que Sus palabras no se podían aceptar por falta de testimonio. De hecho, tenían el respaldo de un doble testimonio: Su propia consciencia de autoridad, y la de Dios.

(ii) Segundo, Jesús confirma Su derecho a juzgar. Su venida al mundo no fue primariamente para juzgar, sino por amor. Al mismo tiempo, la reacción de cada persona a Jesús es en sí su juicio: si no ve nada extraordinario en Él, se condena a sí misma. Aquí traza Jesús un contraste entre dos clases de juicio.

(a) Hay un juicio que se basa en el conocimiento humano o en niveles humanos, y que nunca ve más allá de las apariencias. Ese era el de los escribas y fariseos; y, en último análisis, así son los juicios humanos, porque no podemos ver debajo de la superficie de las cosas.

(b) Hay un juicio que se basa en un conocimiento total de los Hechos y de las circunstancias, y ése pertenece sólo a Dios. Jesús afirmaba que los juicios que El hacía no eran meramente humanos, sino divinos, porque El era Uno con Dios. Ahí radican tanto un consuelo como una advertencia. Sólo Jesús conoce todos los Hechos. Eso Le hace más misericordioso que nadie; pero también Le permite ver los pecados que están ocultos a los ojos humanos. El juicio de Jesús es perfecto porque lo hace con un conocimiento que sólo tiene Dios.

(iii) Por último, Jesús les dijo abiertamente a los escribas y fariseos que no tenían verdadero conocimiento de Dios. El hecho de que no reconocieran lo que y Quién era Él era la prueba de que no conocían a Dios. La tragedia era que toda la Historia de Israel había sido diseñada para que los judíos reconocieran al Hijo de Dios cuando viniera; pero los escribas y fariseos estaban tan enredados en sus propias ideas, tan involucrados en sus propios proyectos, tan seguros de que su concepción de la religión era la única correcta, que se habían vuelto ciegos para Dios.

FATAL INCOMPRENSIÓN

Juan 8:21-30

Entonces les dijo Jesús otra vez:

-Yo me voy, y Me buscaréis, pero moriréis en vuestro pecado. Adonde Yo voy vosotros no podéis venir.

A eso decían los judíos:

-¡No irá a cometer suicidio, y por eso dice: « Adonde Yo voy vosotros no podéis venir»!

-Vosotros sois de abajo -les dijo Jesús-, pero Yo soy de arriba. Vosotros pertenecéis a este mundo, pero Yo no. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados porque, si no queréis creer que Yo soy el Que soy, moriréis en vuestros pecados.

-¿Y quién eres Tú? -Le preguntaron; y ÉL respondió:

-Lo que os estoy diciendo no es más que el principio. Todavía tengo muchas cosas que decir de vosotros, y muchos juicios que hacer de vosotros; pero el Que Me envió es verdadero, y Yo digo en el mundo lo que he oído de Él.

Ellos no se enteraban de que les estaba hablando del Padre. Así que Jesús les dijo:

-Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que Yo soy el Que soy, y que no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre Me ha enseñado. El Que Me envió está conmigo. No Me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que a Él Le parece bien.

Cuando decía estas cosas, muchos creyeron en Él.

Este es uno de los pasajes de discusión y debate que son característicos del Cuarto Evangelio y tan difíciles de dilucidar. Aquí hay varias tramas de razonamiento que se entrelazan.

Jesús empieza diciéndoles a Sus oponentes que Él se marcha; y que, cuando se haya ido, se darán cuenta de lo que se han perdido, y Le buscarán, pero será en vano. Esta es una nota verdaderamente profética. Nos recuerda tres cosas. (i) Hay ciertas oportunidades que se presentan una sola vez, y que no se repiten. A todas las personas se les presenta la oportunidad de aceptar a Jesucristo como Salvador y Señor; pero es posible que la rechacen y la pierdan, y no vuelva a presentárseles. (ii) Está implícita en este razonamiento la verdad de que la vida y el tiempo son limitados. Tenemos un espacio de tiempo en el que tenemos que hacer nuestra decisión por Cristo. El tiempo de que disponemos es limitado, y ninguno sabemos cuál es nuestro límite. Por tanto, todas las razones están a favor de que hagamos la decisión ahora. (iii) Precisamente porque hay oportunidad en la vida, hay también juicio. Cuanto mayor sea la oportunidad, y más claramente se nos presente, mayor será el juicio por rechazarla o perderla. Este pasaje nos pone cara a cara con la gloria de la oportunidad, y el tiempo limitado de que disponemos para aprovecharla.

Cuando Jesús habló de marcharse, estaba hablando de Su vuelta a Su Padre y a Su gloria. Allí era precisamente adonde Sus oponentes no Le podrían seguir; porque, por su continua desobediencia y por rehusar aceptarle, se habían excluido a sí mismos de Dios. Sus oponentes recibieron Sus palabras con un gesto burlón de humor negro. Jesús dijo que no Le podrían seguir adonde Él iba, y ellos sugirieron que a lo mejor era porque iba a cometer suicidio. La punta de su observación era que, según el pensamiento judío, lo más profundo del infierno estaba reservado para los que se quitaban la vida. Con una cierta blasfemia macabra, decían: «Puede que vaya a quitarse la vida; puede que Se vaya a lo más profundo del infierno; está claro que no podremos ni querremos seguirle allí.»

Jesús dijo que, si seguían rechazándole, morirían en sus pecados. Esa es una frase profética (Cp. Eze_3:18 ; Eze_18:18 ). Esto implica dos cosas. (i) La palabra para pecado es hamartía, que etimológicamente pertenecía al lenguaje de la caza y quería decir literalmente errar el tiro, no dar en el blanco. La persona que se niega a aceptar a Jesús como Salvador y Señor ha errado el blanco en la vida, muere con una vida frustrada y, por tanto, muere incapacitada para entrar en una vida superior con Dios. (ii) La esencia del pecado es que nos separa de Dios. Cuando Adán, en la vieja historia, cometió el primer pecado, su primer impulso fue esconderse de Dios (Gen_3:8-10 ). La persona que muere en pecado muere en enemistad con Dios; la que acepta a Cristo empieza a andar con Dios, y la muerte simplemente le abre la puerta para un caminar más cerca de Dios. Rechazar a Cristo es ser un extraño para Dios; aceptarle es llegar a ser amigo de Dios; y en esa amistad se destierra para siempre el miedo a la muerte.

Jesús va a trazar una serie de contrastes. Sus oponentes pertenecen a la Tierra, y Él, al Cielo; ellos son del mundo, y El no es del mundo.

Juan menciona a menudo el mundo. La palabra en griego es kosmos. Juan la usa de una manera que le es peculiar.

(i) El kosmos es lo contrario del Cielo. Jesús vino del Cielo al mundo (Joh_1:9 ). Fue enviado por Dios al mundo (Joh_3:17 ). Él no es del mundo; Sus oponentes sí lo son (Joh_8:23 ). El kosmos es la vida cambiante y pasajera que vivimos ahora; es todo lo que es humano, en oposición a lo divino.

(ii) Sin embargo, el kosmos no está separado de Dios. Lo primero y principal es que es creación de Dios (Joh_1:10 ). Fue por la Palabra de Dios por Quien fue hecho el mundo. Aunque son distintos, no hay una sima infranqueable entre el Cielo y el mundo.

(iii) Más que eso: el kosmos es el objeto del amor de Dios. De tal manera ha amado Dios al mundo que ha enviado a Su Hijo Joh_3:16 ). Por muy diferente que sea de todo lo que es divino, Dios no lo ha abandonado nunca; es el objeto de Su amor y el destinatario de Su más precioso regalo.

(iv) Pero, al mismo tiempo, hay algo que no es como es debido en el kosmos. Padece ceguera: cuando vino el Creador al mundo, el mundo no Le reconoció (Joh_1:10 ). El mundo no puede recibir al Espíritu de la verdad (Joh_14:17 ). El mundo no conoce a Dios (Joh_17:25 ). Hay, además, una hostilidad hacia Dios y Su pueblo en el kosmos. El mundo odia a Cristo y a Sus seguidores (Joh_15:18-19 ). De su hostilidad, los seguidores de Cristo no pueden esperar más que problemas y tribulaciones Joh_16:33 ).

(v) Aquí tenemos una extraña sucesión de Hechos: el mundo está apartado de Dios; sin embargo, no hay entre él y Dios una sima que no se pueda salvar; Dios ha creado el mundo; Dios lo ama; Dios le ha enviado a Su Hijo; y, sin embargo, aún hay ceguera y hostilidad en el mundo hacia Dios.

Sólo puede haber una conclusión posible. G. K. Chesterton dijo una vez que no hay más que una cosa segura acerca de la humanidad: que no es lo que estaba previsto que fuera. Sólo hay una cosa clara acerca del mundo, y es que no es como estaba previsto. Algo se ha estropeado, y es el pecado. Eso es lo que separa de Dios a la humanidad, y lo que la ciega a Dios; es el pecado lo que es fundamentalmente hostil a Dios.

A este mundo que se ha descarriado ha venido Cristo a ofrecerle el remedio. Trae perdón, limpieza y fuerza y gracia para vivir como es debido y para hacer el mundo como debe ser. Pero una persona puede rechazar una cura. El médico puede que le diga al paciente que hay un tratamiento que le puede devolver la salud; puede que le diga que, de hecho, si no acepta el tratamiento, la muerte es inevitable. Eso es precisamente lo que está diciendo Jesús: «Si no queréis creer que Yo soy el Que soy, moriréis en vuestros pecados.»

El mundo se encuentra en una situación que no es como es debido. Está a la vista. La única manera de curar al alma individual y al mundo es reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios, obedecer Su perfecta sabiduría y aceptarle como Salvador y Señor personal.

Sabemos perfectamente cuál es la enfermedad que aqueja y destruye al mundo, y la cura eficaz que se nos ofrece. Nosotros seremos los únicos responsables si nos negamos a aceptarla.

El versículo más difícil de traducir de todo el Nuevo Testamento es Joh_8:25 . No se puede estar seguro del todo de lo que quiere decir el original. Puede ser: «Lo que os he dicho desde el principio» (Reina-Valera y otras; la Biblia del Oso pone en una nota marginal: «Desde el principio de Su predicación declaró ser el Cristo, Vida, Luz, etc.»). Otras traducciones sugieren: «Primariamente, esencialmente, soy lo que os estoy diciendo.» «El Principio, el mismo que os hablo» (Scío). «¿Cómo es que os estoy hablando de ninguna manera?» (Moffatt). «Pues ni más ni menos, eso mismo que os vengo diciendo» (Bover-Cantera, véase su nota). «Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo» (Nueva Biblia Española). En nuestra traducción se sugiere que puede querer decir: «Todo lo que os estoy diciendo ahora no es más que el principio.» Si lo tomamos así, el pasaje sigue diciendo que la humanidad comprenderá el verdadero significado de Cristo de tres maneras.

(i) Lo verá en la Cruz. Es cuando Cristo es levantado cuando realmente vemos lo Que es. Es ahí donde vemos de veras el amor que no abandona nunca y que ama hasta el %n.

(ii) Lo verá en el Juicio. De momento podría parecer el Carpintero de Nazaret, un fuera de la ley; pero llegará el día cuando el mundo Le verá como Juez, y sabrá Quién es.

(iii) Cuando eso suceda verán en Él la encarnación de la voluntad de Dios. «Yo hago siempre lo que a Él Le parece bien,» dijo Jesús. Otras personas, por muy buenas que sean, son intermitentes en su obediencia. La obediencia de Jesús es constante, perfecta y completa. Llegará el día cuando la humanidad verá en Él la misma Mente de Dios.

EL VERDADERO DISCIPULADO

Juan 8:31-32

Entonces Jesús les dijo a los judíos que habían llegado a creer en Él:

-Si os mantenéis fieles a Mi palabra, seréis de veras Mis discípulos: conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Pocos pasajes del Nuevo Testamento contienen una descripción tan completa del discipulado.

(i) El discipulado empieza por creer. Su comienzo es el momento en que una persona acepta como verdadero lo que Jesús dice; todo lo que nos dice acerca del amor de Dios, todo lo que nos dice acerca del horror del pecado, todo lo que nos dice acerca del verdadero sentido de la vida.

(ii) El discipulado quiere decir mantenerse constantemente en la palabra de Jesús, y eso implica cuatro cosas.

(a) Implica escuchar constantemente la palabra de Jesús. Se decía de John Brown de Haddington -el antepasado escocés de la querida familia evangélica española Fliedner Brownque, cuando estaba predicando, se detenía de cuando en cuando como para escuchar una voz. El cristiano es una persona que está escuchando la voz de Jesús toda la vida, y que no hará ninguna decisión hasta haber oído lo que tiene que decir. Como decía el poeta Antonio Machado:

A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.

(b) Implica aprender constantemente de Jesús. El discípulo (mathétés) es literalmente un aprendiz, que es lo que quiere decir la palabra en el original. El cristiano tiene que estar aprendiendo de Jesús más y más toda la vida. La mente cerrada acaba con el discipulado.

(c) Implica penetrar constantemente en la verdad que se encuentra en las palabras de Jesús. Nadie puede decir que entiende todo el significado de las palabras de Jesús con haberlas oído o leído sólo una vez. La diferencia entre un gran libro y otro efímero consiste en que éste nos basta con leerlo una vez, mientras que aquél lo leemos muchas veces y no lo agotamos nunca. Para permanecer fieles a la palabra de Jesús tenemos que estudiarla constantemente y pensar en lo que Él dijo hasta apropiarnos del todo su significado.

(d) Implica obedecer constantemente la palabra de Jesús. No la estudiamos simplemente por interés académico o para degustarla intelectualmente, sino para descubrir lo que Dios espera de nosotros. El discípulo es el aprendiz que aprende para poner por obra. La verdad que nos ha traído Jesús está diseñada para la acción.

(iii) El discipulado conduce al conocimiento de la verdad.

El aprender de Jesús es aprender la verdad. «Conoceréis la verdad,» dijo Jesús. ¿Qué es esa verdad? Hay muchas posibles respuestas a esta pregunta, pero la que más abarca podría ser que la verdad que nos trae Jesús nos muestra los verdaderos valores de la vida. La pregunta fundamental a la que todos tenemos que dar respuesta consciente o inconscientemente es: «¿A qué voy a dedicar mi vida? ¿A atesorar posesiones materiales? ¿Al placer? ¿Al servicio de Dios?» En la verdad de Jesús vemos las cosas que son importantes y las que no lo son.

(iv) El discipulado conduce a la libertad. «La verdad os hará libres.» «En Su servicio está la verdadera libertad.» El discipulado nos trae cuatro libertades.

(a) Nos trae la libertad del miedo. El que es discípulo de Cristo ya no va solo por la vida, sino siempre en compañía de Jesús, y eso destierra el temor.

(b) Nos trae la libertad del ego. Muchas personas se dan cuenta de que su mayor problema son ellas mismas, y eso las lleva muchas veces a clamar desesperadas: «¡No puedo cambiar! Lo he intentado, pero es imposible.» Pero el poder y la presencia de Jesús pueden re-crear a una persona hasta el punto de hacerla completamente nueva.

(c) Nos trae la libertad de otras personas. Muchos viven dominados por el miedo a lo que puedan pensar o decir los demás. H. G. Wells dijo una vez que la voz de nuestros prójimos llega con más fuerza a nuestros oídos que la voz de Dios. El discípulo ha dejado de preocuparse por lo que pueda decir la gente; porque lo único que le importa de veras es lo que diga Dios.

(d) Nos trae la libertad del pecado. Muchas personas han llegado al punto de pecar, no porque quieren, sino porque no lo pueden evitar. Sus pecados los dominan de tal forma que, por mucho que lo intenten, no se pueden desligar de ellos. El discipulado rompe las cadenas que nos atan al pecado y nos permite ser las personas que sabemos que debemos ser.

¡Oh, que surgiera en mí otra persona, y que la que ahora soy no fuera más!

Esta aspiración de un poeta encuentra su respuesta en el discipulado cristiano.

LIBERTAD Y ESCLAVITUD

Juan 8:33-36

Los judíos Le contestaron a Jesús:

-Somos descendientes de Abraham, y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo es que Tú dices: «Seréis libres» ?

Jesús les contestó:

-Lo que os digo es la pura verdad: El que comete pecado es eslavo del pecado. Un esclavo no vive en la casa con carácter permanente, pero un hijo sí. Así que, si el Hijo os hace libres, entonces lo seréis de veras.

Lo que dijo Jesús de la libertad molestó a los judíos. Pretendían que no habían sino nunca esclavos de nadie. En un sentido, está claro que aquello no era verdad. Habían vivido como esclavos en Egipto, habían estado sometidos a varios imperios, habían estado exiliados en Babilonia, y entonces estaban bajo el dominio de Roma. Pero los judíos tenían en alta estima la libertad, que consideraban un derecho de nacimiento de todo judío. En la Ley se establecía que ningún judío, por muy pobre que fuera, podía degradarse hasta el punto de convertirse en un esclavo. «Y cuando tu hermano se empobreciere, estando contigo, y se vendiere a ti, no le harás servir como esclavo: Porque son Mis siervos, los cuales saqué Yo de la tierra de Egipto; no serán vendidos a manera de esclavos» (Lev_25:39-42 ). Una y otra vez se levantaban rebeliones porque algún líder enardecido insistía en que los judíos no podían obedecer a ningún poder terrenal, porque Dios era su único Rey.

Josefo cuenta la historia de los seguidores de Judas el Galileo, que dirigió una famosa revuelta contra los Romanos: «Tienen una fe inalterable en la libertad, y dicen que su único Rey y Gobernante es Dios» (Josefo, Antigüedades de los judíos 18:1, 6). Cuando los judíos decían que no habían sido esclavos de nadie estaban confesando un artículo fundamental de su credo nacional. Y aunque era verdad que había habido épocas en las que habían estado sometidos a otras naciones, y también era verdad que entonces lo estaban a Roma, también era verdad que hasta en esos casos mantenían una independencia de espíritu que hacía que se sintieran libres aunque materialmente fueran esclavos. Cirilo de Jerusalén escribió de José: «José fue vendido para ser esclavo, pero él era libre, todo radiante de nobleza de alma.» Hasta el sugerirle a un judío que podía ser considerado como un esclavo era un insulto que no perdonaría.

Pero Jesús estaba hablando de otra esclavitud. «El que comete pecado -les dijo-, es esclavo del pecado.» Jesús estaba reiterando un principio que los sabios griegos habían expuesto una y otra vez. Los estoicos decían: «Sólo el sabio es libre; el ignorante es un esclavo.» Sócrates había demandado: «¿Cómo puedes decir que un hombre es libre cuando está dominado por sus pasiones?» Pablo daba gracias a Dios porque el cristiano era libre de la esclavitud del pecado (Rom_6:17-20 ).

Aquí hay algo muy interesante y muy sugestivo. A veces, cuando se le dice a uno que está haciendo algo malo, o se le advierte para que no lo haga, su respuesta es: «¿Es que no puedo hacer lo que me dé la gana con mi propia vida?» Pero la verdad es que el pecador no está haciendo su voluntad, sino la del pecado. Una persona puede dejar que un hábito la tenga en un puño de tal manera que no pueda soltarse. Puede dejar que el placer la domine tan totalmente que ya no se pueda pasar sin él. Puede dejar que alguna autolicencia se adueñe de tal manera de ella que le resulte imposible desligarse. Puede llegar a tal estado que, al final, como decía Séneca, odia y ama su pecado al mismo tiempo. Lejos de hacer lo que quiere, el pecador ha perdido la capacidad de hacer su voluntad. Es esclavo de sus hábitos, autolicencias, seudoplaceres que le tienen dominado. Esto es lo que Jesús quería decir. Ninguna persona que peca se puede decir que es libre.

Entonces Jesús hace una advertencia velada, pero que sus oyentes judíos comprenderían muy bien. La palabra esclavo le recuerda que, en cualquier casa, hay una enorme diferencia entre un esclavo y un hijo. El hijo es un residente permanente de la casa, mientras que al esclavo se le puede echar en cualquier momento. En efecto, Jesús les está diciendo a los judíos: «Vosotros creéis que sois hijos en la casa de Dios y que nada, por tanto, os puede arrojar de vuestra posición privilegiada. Tened cuidado; por vuestra conducta os estáis poniendo en el nivel del esclavo, y a éste se le puede arrojar de la presencia del amo en cualquier momento.» Aquí hay una amenaza. Es sumamente peligroso comerciar con la misericordia de Dios, y eso era lo que los judíos estaban haciendo. Aquí hay una seria advertencia para nosotros también.

LA AUTÉNTICA FILIACIÓN

Juan 8:37-41

Jesús continuó diciéndoles:

-Sé que sois descendientes de Abraham; pero estáis tratando de encontrar la manera de matarme porque Mi palabra no tiene cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto en la presencia del Padre. Así deberíais vosotros hacer lo que habéis oído del Padre.

-¡Nuestro padre es Abraham! -exclamaron; y Jesús les siguió diciendo:

-Si sois hijos de Abraham, obrad como obraría él. Pero ahora estáis tratando de encontrar la manera de matarme, aunque Yo no soy más que Uno que os ha dicho la verdad tal como la he escuchado de Dios. Eso no es lo que hizo Abraham. Lo que hacéis vosotros son las obras de vuestro padre.

En este ,pasaje, Jesús asesta un golpe de muerte a una pretensión que era de suprema importancia para los judíos. Abraham era para ellos la más grande figura de la historia de la religión; se consideraban seguros y a salvo en el favor de Dios simplemente por ser descendientes de Abraham. El salmista podía dirigirse al pueblo como «¡Oh vosotros, descendencia de Abraham Su siervo, hijos de Jacob, Sus escogidos!» Psa_105:6 ). Isaías decía al pueblo: «Pero tú, Israel, siervo Mío eres; tú, Jacob, a quien Yo escogí, descendencia de Abraham Mi amigo» Isa_41:8 ). La admiración que sentían los judíos por Abraham era perfectamente legítima, porque fue un gigante en la historia religiosa de la humanidad; pero las consecuencias que sacaban de su grandeza estaban completamente equivocadas. Creían que Abraham había ganado tal mérito con su bondad, que era suficiente, no sólo para él, sino también para todos sus descendientes. Justino Mártir tuvo una discusión con el judío Trifón sobre la religión judía, y la conclusión de éste era que «el Reino eterno se otorgará a los que son la simiente de Abraham según la carne, aunque sean pecadores e incrédulos y desobedientes a Dios» (Justino Mártir, Diálogo con Trifón 140). Los judíos se creían literalmente a salvo simplemente por ser descendientes de Abraham.

La actitud de los judíos no carece de paralelo en la actualidad

(a) Todavía hay personas que tratan de vivir a costa de un pedigrí y un apellido. En algún momento de la historia de su familia, hubo uno que realizó algún servicio realmente sobresaliente a la iglesia o al estado, y desde entonces y por ello reclaman unos honores especiales. Pero un gran apellido no debe ser excusa para una inactividad cómoda, sino un acicate para nuevas empresas de mérito.

(b) Algunos tratan de vivir a costa de una historia y una tradición. Muchas iglesias tienen un sentido injustificado de su propia importancia porque hubo un tiempo en que tuvieron un ministerio famoso. Hay muchas congregaciones que viven del capital espiritual del pasado; pero si no se hace más que sacar y nunca meter, es impepinable que acaba por agotarse.

No hay persona, iglesia o nación, que pueda vivir de las rentas del pasado. Y eso era lo que pretendían los judíos. Jesús es contundente con una actitud así. Declara en efecto que el verdadero hijo de Abraham es el que actúa de la manera que actuaba Abraham. Esto es exactamente lo que había dicho antes Juan el Bautista: le había dicho a la gente sencillamente que el Día del Juicio estaba a las puertas, y que no bastaba con aducir la descendencia de Abraham, porque Dios podía suscitar descendientes de Abraham hasta de las piedras, si quería Mat_3:9; Luk_3:8 ). Era también el razonamiento que habría de usar Pablo una y otra vez. No son la carne y la sangre las que hacen que uno sea verdadero descendiente de Abraham, sino la calidad moral y la fidelidad espiritual.

Este tema particular Jesús lo relaciona especialmente con una cosa. Están buscando la manera de matarle. Eso es justo lo contrario de lo que hizo Abraham. Cuando recibió la visita de un mensajero de Dios, con su acogida y hospitalidad hizo que se sintiera bienvenido Gen_18:1-8 ). Abraham había recibido al mensajero de Dios; los judíos de entonces estaban tratando de matar del Mensajero de Dios. ¿Cómo se atrevían a llamarse hijos de Abraham cuando su conducta era diametralmente opuesta?

Al traer a la memoria la historia del Génesis, Jesús se presenta implícitamente como el Mensajero de Dios. Presenta Sus credenciales aún más explícitamente: «Yo hablo lo que he visto en la presencia del Padre.» Lo fundamental acerca de Jesús es que Él trajo a la humanidad, no Sus propias opiniones, sino el Mensaje de Dios. Él no era simplemente un hombre que les decía a los demás lo que pensaba de las cosas, sino el Hijo de Dios Que comunicaba a la humanidad el pensamiento de Dios. Jesús nos presenta la realidad tal como Dios la ve.

Al final de este pasaje llega una afirmación sobrecogedora. «Lo que hacéis vosotros -dice Jesús- son las obras de vuestro padre.» Acaba de decir que Abraham no es su padre. Entonces, ¿quién es su padre? Hay un momento de suspense. Se aclara en el versículo 44: su padre es el diablo. Los que habían presumido de ser hijos de Abraham tienen que enfrentarse con la devastadora acusación de que son hijos del diablo. Sus obras han revelado su verdadera filiación; porque la única manera de probar que se es hijo de Dios es en la conducta.

TERRIBLE ACUSACIÓN Y FE RESPLANDECIENTE

Juan 8:46-50

-¿Hay alguno de vosotros que Me pueda acusar de pecado? -les preguntó Jesús a los judíos-. Pues, si digo la verdad, ¿por qué no Me creéis? El que es de Dios atiende a las palabras de Dios. Por eso es por lo que vosotros no Me oís: porque no sois de Dios.

-¿No tenemos razón cuando decimos que eres un samaritano y que estás poseso? -dijeron ellos; pero Jesús les contestó:

-Yo no soy ningún poseso. Lo que pasa es que honro a Mi Padre, y vosotros me deshonráis a Mí. Yo no busco Mi propia gloria. Hay Uno que busca y juzga.

Tenemos que tratar de figurarnos esta escena como si la estuviéramos viendo. Aquí hay un drama; y no sólo en las palabras, sino en las pausas intermedias. Jesús empieza con un gran desafío: « ¿Hay alguien aquí d emanda- que puede apuntar con el dedo a algo malo que haya en Mi vida?» A eso debió de seguir un silencio durante el cual Jesús recorrió la multitud con la mirada, esperando que alguien aceptara el desafío extraordinario que acababa de lanzar. El silencio se prolongó. Por mucho, que indagaran, ninguno podía formular una acusación contra El. Después de darles tiempo, Jesús habló otra vez: « ¿Admitís -les dijo- que no me podéis acusar de nada? Entonces, ¿por qué no aceptáis lo que os digo?» Y de nuevo se produjo un silencio incómodo. Luego Jesús contesta a Su propia pregunta: « No aceptáis Mis palabras -les dijo porque no sois de Dios.»

¿Qué quería decir Jesús? Tomadlo en este sentido: No hay nada que pueda penetrar en la mente o el corazón de nadie a menos que haya ya algo allí que responda positivamente. Y si uno carece de ese algo esencial, nada le hará aceptar aquella nueva experiencia. Una persona que carece de oído para la música no puede experimentar la emoción de este arte. Una persona daltoniana no puede apreciar todos los matices de un cuadro. Una persona que no tiene sentido del ritmo no puede disfrutar gran cosa del ballet o de la danza.

Los judíos tenían una manera maravillosa de pensar en el Espíritu de Dios. Creían que tenía dos funciones: la de revelar la verdad de Dios, y la de capacitar a las personas para reconocer y captar aquella verdad. Eso quiere decir bien claramente que, a menos que el Espíritu de Dios esté en el corazón de una persona, ésta no puede reconocer la verdad de Dios aunque la tenga delante de los ojos. Y también quiere decir que una persona puede cerrarle la puerta de su corazón al Espíritu de Dios hasta tal punto que, aunque se le despliegue esa verdad de la manera más evidente, es totalmente incapaz de verla, reconocerla, captarla y hacerla suya.

Jesús les estaba diciendo a los judíos: «Habéis seguido vuestro propio camino y vuestras propias ideas; el Espíritu de Dios no ha conseguido obtener entrada en vuestro corazón; esa es la razón por la que no podéis reconocerme ni aceptar Mis palabras.» Los judíos se creían un pueblo muy religioso; pero, como se habían aferrado a su propia idea de la religión en vez de a la de Dios, se habían descarriado hasta tal punto que habían perdido a Dios. Se encontraban en la terrible situación de pretender servir a un Dios al Que no conocían.

El que se les dijera que eran unos extraños para Dios los hería en lo más vivo. Entonces lanzaron sus invectivas contra Jesús. Según nuestra traducción, acusaron a Jesús de samaritano y de poseso. ¿Qué querían decir con eso? Al llamarle samaritano le acusaban de ser enemigo de Israel, porque había una enemistad a muerte entre los judíos y los samaritanos; Le acusaban de no respetar y quebrantar la Ley; y, sobre todo, de ser un hereje, porque eso había llegado a significar para ellos la palabra samaritano. Es alucinante el que se llegara a acusar de hereje al Hijo de Dios -y no cabe duda que eso es lo que Le pasaría si volviera otra vez a este mundo y sus iglesias.

Pero también es posible que la palabra samaritano tenga otro sentido. Para empezar, notaremos que Jesús contestó a la acusación de estar poseído por el demonio, pero no a la de ser un samaritano. Eso nos hace pensar que tal vez no se haya transcrito la acusación correctamente. La palabra original aramea para samaritano sería shomeroní. Shomerón, Samaria, era también un título del príncipe de los demonios, también llamado Ashmedai, Shammael y Satán. De hecho, en el Corán, la biblia de los musulmanes, se dice que Shomerón, el príncipe de los demonios, fue el que sedujo a los judíos para hacerlos idólatras. Según esto, la palabra shomeroní. también podría querer decir hijo del diablo. Y es muy posible que dieran ese sentido a la palabra samaritano, ya que odiaban a los tales; y con ese sentido Le lanzaron el insulto a Jesús: « ¡Tú eres un hijo del diablo; un engendro de Satanás, que participas de la maldad y la locura del Maligno!»

La respuesta de Jesús fue que, lejos de ser un servidor del diablo, Su único propósito era honrar a Dios, mientras que la conducta de los judíos era un constante deshonrar a Dios. Dice en efecto: «No soy Yo el que tiene un demonio, sino vosotros.»

Y entonces aparece el resplandor de la auténtica fe de Jesús.

Él dice: «Yo no estoy buscando los honores que Me pueda dar este mundo: sé muy bien que seré rechazado, insultado, deshonrado y crucificado. Pero hay Uno que pondrá en Su día las cosas en su sitio y asignará a cada persona el honor que le corresponda; y es El el Que Me dará el único honor que es auténtico, porque es el Suyo.»

De una cosa estaba seguro Jesús: a fin de cuentas, es Dios el Que protege el honor de los Suyos. En el tiempo, Jesús no experimentó más que dolor y deshonor y rechazamiento; en la eternidad, recibió la gloria que recibirán en su día todos los que obedecen a Dios. Jesús tenía el optimismo inconquistable que nace de la fe suprema, el optimismo que tiene sus raíces en la fidelidad y la justicia de Dios.

LA VIDA Y LA GLORIA

Juan 8:51-55

Jesús continuó diciéndoles:

Lo que os digo es la pura verdad: el que cumpla Mi Palabra nunca verá la muerte.

Ahora estamos seguros de que estás loco -Le contestaron los judíos-. Abraham murió, y los profetas también; ¿y Tú dices: «El que cumpla Mi Palabra no probará la muerte jamás» ? ¡No te creerás más importante que nuestro padre Abraham, que murió! ¡Y los profetas también murieron! ¿Quién te has creído que eres?

-Si fuera Yo el que Me glorificara a Mí mismo, Mi gloria no tendría ningún valor-les respondió Jesús-. Es Mi Padre el Que Me glorifica; el Que vosotros pretendéis que es vuestro Dios, aunque no sabéis nada de Él. Pero Yo sí Le conozco; si dijera que no Le conocía, sería tan mentiroso como vosotros. Pero Le conozco y cumplo Su Palabra.

Este capítulo pasa de un relámpago a otro de sorpresas. Jesús presenta Sus credenciales una tras otra, cada vez más tremendas. Aquí presenta Su prerrogativa de que el que guarde Su Palabra nunca conocerá la muerte. Esto escandaliza a los judíos. Zacarías había dicho: «Vuestros padres, ¿dónde están?; y los profetas, ¿han de vivir para siempre?» (Zec_1:5 ). Abraham murió, y los profetas lo mismo; ¿y no habían guardado en su tiempo y generación la Palabra de Dios? ¿Quién es este Jesús para colocarse por encima de los grandes de la fe? Fue el literalismo de los judíos lo que les bloqueó el entendimiento. Jesús no estaba pensando en la vida y en la muerte físicas. Quería decir que, para la persona que Le acepte plenamente, la muerte habrá perdido su finalidad; porque habrá entrado en una relación con Dios que ni el tiempo ni la eternidad podrán interrumpir. Irá, no de la vida a la muerte, sino de la vida temporal a la vida eterna; la muerte es sólo la entrada a una comunión más plena con Dios.

De ahí pasa Jesús a hacer una gran afirmación: Todo verdadero honor debe venir de Dios. No es difícil honrarse a uno mismo; de hecho, es fatalmente fácil regodearse en la propia estimación. Tampoco es tan difícil recibir honores de los demás, porque el mundo honra a los que tienen alguna clase de éxito. Pero el verdadero honor es el que sólo la eternidad puede revelar, y los veredictos de la eternidad no son como los del tiempo.

A continuación, Jesús hace dos afirmaciones que son el mismo fundamento de Su vida.

(i) Se atribuye un conocimiento exclusivo de Dios. Afirma conocerle como nadie más Le ha conocido ni Le conocerá jamás. Y no reducirá esa prerrogativa, porque el hacerlo sería faltar a la verdad. La única manera de llegar a un conocimiento pleno de la mente y el corazón de Dios es por medio de Jesucristo. Con nuestra mente podemos espigar fragmentos de conocimiento acerca de Dios; pero sólo en JesucristLA PRERROGATIVA SUPREMA

Juan 8:56-59

-Vuestro padre Abraham se deleitó al ver Mi día: lo vio y se sintió feliz -les dijo Jesús.

-¿No tienes ni cincuenta años, y has visto a Abraham? -le contestaron los judíos; y Jesús a ellos:

-Lo que os digo es la pura verdad: Yo soy de antes que Abraham.

A eso cogieron piedras para apedrearle; pero Jesús se apartó de su vista, y Se marchó del recinto del templo.

Todos los relámpagos anteriores palidecen ante el resplandor de este pasaje. Cuando Jesús les dijo a los judíos que Abraham se había deleitado al ver Su día, estaba hablando de una manera que ellos podían entender. Los judíos tenían muchas creencias acerca de Abraham que les permitirían ver a lo que se refería Jesús. Tenían en total cinco maneras diferentes en que podían interpretar este pasaje.

(a) Abraham estaba viviendo en el Paraíso, y podía ver lo que estaba sucediendo en la Tierra. Jesús usó esta manera de hablar en la parábola del Rico y Lázaro (Luk_16:22-31 ). Esta sería la manera más sencilla de interpretar este dicho.

(b) Pero esa no es la interpretación correcta. Jesús dijo que «Abraham se deleitó al ver Mi día,» en el pasado. Los judíos interpretaban muchos pasajes de la Escritura de una manera que explica esto. Tomaban la gran promesa que Dios le hizo a Abraham en Gen_12:3 : «Serán benditas en ti todas las familias de la Tierra;» y decían que, cuando se le hizo aquella promesa, Abraham sabía que quería decir que el Mesías de Dios iba a venir de su descendencia, y se regocijó de la magnificencia de la promesa.

(c) Algunos de los rabinos mantenían que en Gen_15:821 Abraham tuvo una visión de todo el futuro de la nación de Israel, y por tanto vio anticipadamente el tiempo de la venida del Mesías a la Tierra.

(d) Algunos de los rabinos tomaban la risa de Abraham cuando se enteró de que iba a tener un hijo (Gen_17:17), no como expresión de incredulidad, sino de gozo irreprimible de que el Mesías hubiera de venir de su descendencia.

(e) Algunos de los rabinos tenían una interpretación fantástica de Gen_24:1 . Se nos dice que « Abraham era bien avanzado en años» (R-V), y el original hebreo quiere decir al pie de la letra que « era venido en los días». Algunos rabinos interpretaban que, en una visión que Dios le concedió, Abraham había entrado en los días que estaban por venir, y había visto toda la historia del pueblo de Israel, incluyendo la venida del Mesías prometido.

En todo esto podemos ver claramente que los judíos creían que Abraham había visto, de alguna manera y durante su vida, la historia de Israel y la venida del Mesías. Así que, cuando Jesús dijo que Abraham había visto Su día, estaba presentándose claramente como el Mesías. Estaba diciendo realmente: «Yo soy el Mesías que Abraham contempló en una visión.»

Inmediatamente, Jesús sigue diciendo de Abraham: «Lo vio (Mi día) y se sintió feliz.» Algunos de los primeros cristianos le daban a estas palabras una interpretación algo fantástica. En 1Pe_3:18-22 y 4:6 se encuentra la base bíblica de la doctrina que figura en el Credo de los Apóstoles: «Descendió a los infiernos.» Hay que advertir que la palabra infiernos nos da una pista falsa; debería decir Hades. La idea no es que Jesús fuera al lugar de los condenados, como sugiere aquella palabra, sino al lugar donde estaban todos los muertos, buenos y malos, que era lo que creían los judíos a juzgar por algunos pasajes del Antiguo Testamento como Job 3: I1-19. Una obra apócrifa llamada El Evangelio de Nicodemo o Los Hechos de Pilato contiene un pasaje que dice lo siguiente: «Oh Señor Jesucristo, la resurrección y la vida del mundo, danos la gracia de poder hablar de Tu resurrección y de las obras maravillosas que Tú hiciste en el Hades. Nosotros, entonces, estábamos en el Hades con todos los que habían caído en el sueño de la muerte desde el principio del mundo; y a medianoche surgió en aquellos lugares tenebrosos como si fuera la luz del Sol, y brilló, y todos fuimos iluminados y nos vimos unos a otros. E inmediatamente nuestro padre Abraham, con todos los patriarcas y profetas, se llenaron de gozo y se dijeron: «Esta luz viene del gran relámpago.» Los muertos vieron a Jesús, y se les dio la oportunidad de creer y arrepentirse; y Abraham se regocijó de todo aquello.»

A nosotros nos parecen muy extrañas estas ideas, pero eran normales para los judíos que creían que Abraham había visto anticipadamente el día en que había de venir el Mesías.

Los judíos, aunque debieran haber mantenido el debate a un nivel más alto, tomaron las palabras de Jesús literalmente. Ya hemos visto que esta es la manera en que Juan nos presenta las conversaciones de Jesús hasta llegar a la verdad final. «¿Cómo es que Tú -Le preguntaron a Jesús- puedes haber visto a Abraham si no tienes ni cincuenta años?» ¿Por qué cincuenta? Esa era la edad a la que se retiraban los levitas de su servicio (Num_4:3 ). Los judíos estaban diciéndole a Jesús: «Tú eres un hombre joven, todavía en la plenitud de la vida, ni siquiera de edad como para retirarte del servicio activo. ¿Cómo puedes Tú haber visto a Abraham? ¡Estás hablando como un loco!» Ya se comprende que Le estaban haciendo burla; porque habría sido igualmente absurdo el suponer que hubiera conocido a Abraham aunque hubiera tenido la edad de Matusalén.

Y fue entonces cuando Jesús hizo la afirmación más alucinante: «Yo soy de antes que Abraham.» Lo que Jesús quería decir es,que Él es de antes del tiempo. No hubo un momento en que El empezara a existir; y nunca llegará un momento en que deje de existir.

¿Qué quería decir? Está claro que no era que Él, la persona humana de Jesús, había existido siempre. Sabemos que Jesús nació en Belén. Aquí se refiere a otra cosa. Tomémoslo de otra manera. No hay más que Uno en todo el universo que sea eterno, y ese Uno es Dios. Lo que Jesús está diciendo aquí es nada menos que que Su vida es la vida de Dios; está diciendo, como lo expresó más sencillamente el autor de la Carta a los Hebreos, que Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos. En Jesús vemos, no simplemente a un hombre que nació, vivió y murió; vemos al eterno Dios, el Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, Que era ya antes que empezara el tiempo y Que será cuando el tiempo ya no sea más: Que siempre es. En Jesucristo se ha presentado a la humanidad el Dios eterno.

o se encuentra el orbe completo de la verdad, porque sólo en Él vemos a Dios como es en realidad.

(ii) Se atribuye una obediencia única a Dios. Mirar a Jesús es poder decir: «Así es como Dios quiere que yo viva.» Contemplar Su vida es decir: «Esto es servir a Dios.»

Sólo en Jesús vemos lo que Dios quiere que sepamos, y lo que Dios quiere que seamos.

Juan 8:1-59

8.3-6 Los líderes judíos menospreciaron la Ley al arrestar solo a la mujer. La Ley exigía que se apedrearan ambas personas involucradas en el adulterio (Lev_20:10; Deu_22:22). Los líderes usaron a la mujer como una trampa para hacer caer a Jesús. Si decía que no debía apedrearse a la mujer, lo acusarían de violar la Ley de Moisés. Si los instaba a ejecutarla, lo acusarían frente a los romanos, que no permitían a los judíos llevar a cabo sus propias ejecuciones (Deu_18:31).

8.7 Esta es una declaración significativa en lo que respecta a juzgar a otros. Como Jesús ratificó el castigo aplicable al adulterio, no fue posible acusarlo de estar en contra de la Ley. Pero al decir que solo quien estuviese libre de pecado podía arrojar la primera piedra, destacó la importancia de la compasión y el perdón. Cuando se descubre a otros en pecado, ¿es usted rápido para emitir un juicio? Hacerlo equivale a actuar como si nunca hubiese pecado. Es Dios el que debe juzgar, no nosotros. A nosotros nos toca mostrar perdón y compasión.

8.8 No queda claro si Jesús al escribir en tierra sencillamente hacía caso omiso de los acusadores o si hacía una lista de los pecados o escribía los Diez Mandamientos.

8.9 Cuando Jesús dijo que solo quien no hubiera pecado podía arrojar la primera piedra, los líderes se alejaron en silencio, desde los más viejos hasta los más jóvenes. Era evidente que los hombres más adultos tenían mayor conciencia de sus pecados que los más jóvenes. La edad y la experiencia a menudo moderan la actitud de creerse muy justo típica de la juventud. Pero sea cual fuere su edad, eche una sincera mirada a su vida. Reconozca su naturaleza pecaminosa y busque maneras de ayudar a otros en lugar de lastimarlos.

8.11 Jesús no condenó a la mujer acusada de adulterio, pero tampoco pasó por alto su pecado. Le dijo que abandonase su vida de pecado. Jesús está dispuesto a perdonar cualquier pecado que haya en su vida, pero la confesión y el arrepentimiento implican un cambio de corazón. Con la ayuda de Dios podemos aceptar el perdón de Cristo y poner fin a nuestras malas obras.

8.12 Para comprender lo que quiso decir Jesús con la luz del mundo, véase la nota a 1.4, 5.

8.12 Jesús hablaba en el lugar del templo donde se ponían las ofrendas (8.20), donde se encendían lámparas que simbolizaban la columna de fuego que guió al pueblo de Israel por el desierto (Exo_13:21-22). En este contexto, Jesús dijo ser la luz del mundo. La columna de fuego representaba la presencia, la protección y la dirección de Dios. Jesús trae la presencia, la protección y la guía de Dios. ¿Es El la luz de su mundo?

8.12 ¿Qué significa seguir a Cristo? Así como un soldado sigue a su capitán, nosotros debemos seguir a Cristo, nuestro Capitán. Como un esclavo sigue a su amo, nosotros debemos seguir a Cristo, nuestro Señor. De la misma manera que seguimos la sugerencia de un consejero de confianza, debemos seguir los mandatos que nos da Jesús en las Escrituras. Del mismo modo que obedecemos las leyes de nuestra nación, debemos obedecer las leyes del reino de los cielos.

8.13, 14 Los fariseos pensaban que Jesús era un lunático o un mentiroso. Jesús les ofreció una tercera alternativa: que les decía la verdad. Como la mayoría de los fariseos se negó a considerar la tercera alternativa, nunca lo reconocieron como Mesías y Señor. Si usted busca saber quién es Jesús, no cierre ninguna puerta antes de mirar sinceramente lo que hay detrás de ella. Unicamente con una mente abierta podrá conocer la verdad de que El es Mesías y Señor.

8.13-18 Los fariseos argumentaban que lo que declaraba Jesús no tenía validez legal porque no contaba con otros testigos. Jesús respondió que el testigo que lo confirmaba era Dios mismo. Jesús y el Padre sumaban dos testigos, el número requerido por la Ley (Deu_19:15).

8.20 El tesoro del templo se ubicaba en el atrio de las mujeres. Allí se colocaban trece arcas o urnas para recibir el dinero de las ofrendas. Siete de ellas eran para el impuesto del templo; las otras seis eran para ofrendas voluntarias. En otra ocasión, una viuda colocó su dinero en una de estas arcas y Jesús enseñó una profunda lección a partir de esa acción (Luk_21:1-4).

8.24 La gente morirá en sus pecados si rechazan a Cristo, porque desprecian el único camino que los rescata del pecado. Es lamentable, pero muchos están tan atrapados por los valores de este mundo que quedan ciegos ante el regalo de incalculable valor que ofrece Cristo. ¿Hacia dónde mira usted? No concentre su atención en los valores de este mundo perdiendo así lo que es de más valor: la vida eterna con Dios.

8.32 Jesús mismo es la verdad que nos liberta (8.36). Es la fuente de la verdad, la norma perfecta de lo que es bueno. Nos liberta de las consecuencias del pecado, del autoengaño y del engaño de Satanás. Nos muestra claramente el camino a la vida eterna con Dios. Jesús no nos da libertad de hacer lo que queramos, sino libertad para seguir a Dios. Al procurar servir a Dios, la verdad perfecta de Jesús nos liberta para que seamos todo lo que Dios quiso que fuésemos.

8.34, 35 El pecado busca la manera de esclavizarnos, controlarnos, dominarnos y dictar nuestros actos. Jesús puede liberarlo de esa esclavitud que le impide ser la persona que Dios tuvo en mente al crearlo. Si el pecado lo limita, lo domina o lo esclaviza, Jesús puede destruir el poder que el pecado tiene sobre su vida.

8.41 Jesús hace distinción entre los hijos de la carne y los hijos legítimos. Los líderes religiosos descendían del patriarca Abraham (fundador de la nación judía) y por lo tanto afirmaban ser hijos de Dios. Pero sus acciones demostraban que eran verdaderos hijos de Satanás, porque vivían bajo la dirección de este. Los verdaderos hijos de Abraham (fieles seguidores de Dios) no se comportaban como ellos lo hacían. Ni el hecho de que sea miembro de una iglesia ni sus relaciones familiares lo hacen un verdadero hijo de Dios. Su verdadero padre es al que imita y obedece.

8.43 Los líderes religiosos no eran capaces de entender porque no querían escuchar. Satanás utilizó su obstinación, su orgullo y sus prejuicios para impedirles que creyesen en Jesús.

8.44, 45 Las actitudes y acciones de estos líderes claramente los identifica como seguidores de Satanás. Es posible que no hayan tenido conciencia de esto, pero su desprecio por la verdad, sus mentiras y sus intenciones homicidas indicaban cuánto control tenía el diablo sobre ellos. Eran sus herramientas para llevar a cabo sus planes; hablaban el mismo idioma de mentiras. Satanás sigue usando a las personas para obstruir la obra de Dios (Gen_4:8; Rom_5:12; 1Jo_3:12).

8.46 Nadie podía acusar a Jesús de pecado alguno. La gente que lo odiaba y deseaba verlo muerto escudriñó su comportamiento, pero no pudo hallar nada malo. Por su vida libre de pecado, Jesús probó que era Dios encarnado. El es el único ejemplo perfecto que podemos seguir.

8.46, 47 En varios lugares Jesús desafió con toda intención a sus oyentes a ponerlo a prueba. Aceptaba gustoso a los que deseaban cuestionar sus declaraciones y su carácter, siempre y cuando tuviesen disposición de obrar en base a lo que descubrían. El desafío de Jesús sacaba a la luz las dos razones más frecuentes que las personas pasan por alto cuando se encuentran con El: (1) nunca aceptan su desafío de ponerlo a prueba, o (2) lo ponen a prueba pero no están dispuestos a creer lo que descubren. ¿Ha cometido usted alguno de estos dos errores?

8.51 Guardar la palabra de Jesús significa escuchar sus palabras y obedecerlas. Cuando Jesús dice que el que la guarda no morirá, se refiere a la muerte espiritual, no a la física. Sin embargo, incluso la muerte física al final se vencerá. Los que siguen a Cristo resucitarán para vivir eternamente con El.

8.56 Dios prometió a Abraham, el padre de la nación judía, que todas las naciones serían benditas por él (Gen_12:1-7; Gen_15:1-21). Abraham pudo verlo mediante los ojos de la fe. Jesús, un descendiente de Abraham, bendijo a todas las personas a través de su muerte, resurrección y oferta de salvación.

8.58 Esta es una de las declaraciones más poderosas que Jesús expresó. Cuando dijo que existía desde antes del nacimiento de Abraham, sin duda proclamaba su divinidad. No solo dijo que existía desde antes de Abraham, también adoptó el nombre santo de Dios (Yo soy: Exo_3:14). Esta declaración exige una respuesta. No puede pasarse por alto. Los líderes judíos trataron de apedrearlo por blasfemia porque declaraba ser igual a Dios. Pero Jesús es Dios. ¿Cómo ha respondido a Jesús, el Hijo de Dios?

8.59 En obediencia a la Ley (Lev_24:16), los líderes religiosos estaban dispuestos a apedrear a Jesús por declarar que era Dios. Entendían a la perfección lo que Jesús declaraba y, como no creían que fuese Dios, lo acusaron de blasfemia. ¡Lo irónico es que los verdaderos blasfemos eran ellos, ya que maldecían y atacaban al mismo Dios que declaraban servir!

Juan 8:1-11

La narración con la cual empieza el capítulo octavo del Evangelio de San Juan es algo peculiar. En algunos respectos es única en su clase. No hay otra, en todos los cuatro Evangelios, que le sea exactamente análoga. En todos los siglos ha habido personas de ánimo escrupuloso que se han detenido en este pasaje y han dudado de que hubiera sido escrito por San Juan. Mas no puedo probarse con facilidad qué justicia haya habido para tales escrúpulos.

Suponer, como lo han hecho algunos, que en la historia de que nos ocupamos se disimula ó encubre el adulterio y se presenta á. nuestro Señor como teniendo en poco el séptimo mandamiento, es ciertamente padecer una grave equivocación. No hay nada en el pasaje que justifique semejante aserción. No hay ni una frase en que pueda apoyarse. Consideremos con calma el asunto, y examinemos el contenido del pasaje.

Los judíos trajeron ante nuestro Señor una mujer que había cometido adulterio, y le pidieron que manifestase que castigo merecía. Se nos dice explícitamente que le hicieron la pregunta por tentarlo. Su esperanza era poderlo inducir á decir algo por lo cual pudiesen después acusarlo. Tal vez se imaginaron que al que predicaba el perdón y la salvación á los publícanos y á las rameras podría escapársele algo que contradijera ó bien la ley de Moisés ó bien sus propias palabras.

Nuestro Señor conocía á sus mal intencionados interrogadores, y se condujo para con ellos de la manera más discreta, como lo había hecho cuando se trataba del dinero del tributo. Mat_22:17. Rehusó servirles de juez y de legislador, con tanta mayor razón cuanto que el caso que tenían delante había sido decidido ya por su propia ley. Al principio no les dio respuesta alguna.

Mas cuando ellos hubieron reiterado sus preguntas nuestro Señor los redujo al silencio con una respuesta que, además de confundirlos, los obligó á examinar su propio corazón. “El que de vosotros es sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero.”El no dijo que la mujer no hubiese pecado, ó que su trasgresión era pequeña ó ligera: lo que hizo fue recordar á sus acusadores que no eran ellos quiénes podían formular contra ella cargo alguno. Sus móviles no eran rectos y sus vidas estaban distantes de ser puras. No venían á la demanda con las frentes limpias. Lo que ellos deseaban en realidad no era vindicar la pureza de la ley de Dios, y castigar una pecadora, sino lanzar contra Jesús los dardos de su malevolencia.

Finalmente, cuando los hombres que habían conducido la desdichada mujer se alejaron de la presencia de nuestro Señor con remordimientos de conciencia, El despidió la culpable pecadora con estas palabras solemnes: “Ni yo te condeno: vete, y no peques más.” No quiso decir con esas palabras que ella no merecía castigo, sino que él no había venido á ser juez. Además, habiéndose ausentado todos los delatores y testigos, no había lugar á juicio ninguno. Por esa razón, dejó ir á la acusada, como si su crimen no hubiera sido comprobado, y le mandó que no pecase más.

Decir en vista de estos hechos sencillos que nuestro Señor desconoció la gravedad del adulterio, no es obrar con justicia. Nada hay en el pasaje que lo pruebe. No hay en toda la Biblia palabras tan enérgicas contra la contravención del séptimo mandamiento como las que pronunció nuestro Señor. Fue él quien enseñó que dicho mandamiento puede ser quebrantado con una mirada ó con un pensamiento así como también con un acto. Mat_5:28. Fue él quien habló de una manera más decidida acerca de la santidad del matrimonio. Mat_19:5. Ahora bien, ninguna de las palabras contenidas en el pasaje de que nos ocupamos está en disonancia con el resto de sus preceptos: lo que el hizo fue simplemente rehusar ser juez y complacer á sus enemigos condenando á una mujer culpable.

Al terminar la consideración de este pasaje es preciso no olvidar que contiene dos lecciones de muy alta importancia.
Se nos enseña, en primer lugar, cuan grande es el poder de la conciencia. Cuando los delatores de la mujer hubieron oído la exhortación de nuestro Señor, “redargüidos de la conciencia, se salieron uno á uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros.”Malvados como eran y endurecidos como estaban, sintieron dentro de sí algo que los llenó de pavor. Aunque la naturaleza humana ha caído de su antigua pureza, Dios se ha dignado dejar en la mente de cada hombre una voz admonitiva.

La conciencia es una facultad muy importante de nuestro espíritu, y está íntimamente relacionada con nuestra vida religiosa. Cierto es que no puede conducirnos á la salvación eterna, que jamás ha encaminado á nadie hacia el Salvador, y que es ciega y puede extraviarse. Sin embargo, no debemos mirarla con desprecio. Es el mejor auxiliar del ministro cuando este clama contra el pecado desde el pulpito. Es el mejor auxiliar de la madre cuando ésta procura contener sus niños de la senda del mal y hacerlos seguir por la del bien. Es el mejor auxiliar del maestro, cuando encarece á sus discípulos los deberes morales. ¡Feliz el que nunca procura acallar la conciencia, mas escucha el sonido de su voz! Más feliz lo es aun el que ora á Dios que la suya sea iluminada por el Espíritu Santo y trasformada por la virtud santificadora de Cristo.

Se nos enseña, en segundo lugar, cuál es la naturaleza del verdadero arrepentimiento. Cuando nuestro Señor dijo á la mujer que él tampoco la condenaba, agregó estas significativas palabras: “Vete, y no peques más.” No le dijo meramente que se fuese y se arrepintiese, sino le llamó la atención hacia lo que principalmente debía hacer, es á saber: abandonar su pecado.

No olvidemos esta lección. Abandonar el pecado es la esencia misma del verdadero arrepentimiento. Nada vale ante los ojos de Dios ese arrepentimiento que consiste apenas en hablar, desear hacer resoluciones, protestar y alimentar esperanzas. Los hechos son el distintivo principal del “arrepentimiento para la salvación del cual nadie se arrepiente.” Hasta que un hombre no deje de hacer mal y abandone sus pecados no puede decirse que se haya arrepentido verdaderamente.

Juan 8:12-20

La conversación que tuvo lugar entre nuestro Señor y los judíos y que empieza con los versículos que quedan transcritos, presenta muchas dificultades para su interpretación. Es difícil comprender el enlace que tienen las diferentes partes de que se compone y el significado que debe darse a varias expresiones que salieron de los labios de nuestro Señor. Al leer pasajes como éste la prudencia nos aconseja que reconozcamos cuan imperfecta es nuestra percepción espiritual, y que sintamos gratitud hacia Dios si podemos recoger aquí y allí algunas verdades.
Notemos, primeramente, lo que nuestro Señor dijo de Sí mismo. He aquí: “Yo soy la luz del mundo”.

Estas palabras implican que el mundo necesita de luz y que está sumido en las tinieblas. Este estado de cosas, esta obscuridad moral y espiritual, ha durado por cerca de seis mil años. Así sucedió con las naciones antiguas, como Egipto, Grecia y Roma y así sucede con las modernas como Francia y Alemania. La gran mayoría de los hombres son de un espíritu tan mundano que no alcanzan a percibir el valor inmenso de sus almas, ni a comprender la verdadera naturaleza de Dios, ni a formarse una idea de las realidades que existen más allá de la tumba. A pesar de todos los descubrimientos del arte y de la ciencia, “tinieblas cubren la tierra y obscuridad los pueblos.” Isa. 60.2

Nuestro Señor Jesucristo manifestó que él era el único que podría mejorar la situación. A semejanza del sol, ha aparecido para difundir la luz, la vida, la paz, la salvación en medio de un mundo tenebroso; e invita a todos los que necesiten iluminación y socorros espirituales para que se acojan a él y lo acepten como su adalid. él ha venido al mundo para ser respecto de los pecadores lo que el sol es respecto de todo el sistema solar: un centro de luz, de calor, de vida, de fertilidad.

Notemos, en seguida, lo que nuestro Señor dijo de los que le siguen. “El que me sigue no andará en tinieblas, más tendrá luz de vida.”

Seguir a Jesucristo es acogernos a él de una manera absoluta, aceptándolo como nuestro Adalid y nuestro Salvador y sometiéndonos a él en toda materia, ya sea de doctrina, ya de práctica. “Seguir,” en este caso, es solo otra voz para expresar el verbo “creer.” Es el mismo acto del espíritu, pero considerado bajo distinto aspecto. A la manera que el pueblo de Israel siguió en toda su peregrinación la columna de nube (poniéndose en marcha cuando ésta se movía, haciendo alto cuando se detenía, y todo sin pedir explicaciones, más usando de su fe), así debemos nosotros seguir a Cristo. Hemos de “seguir al Cordero por dondequiera que fuere.” Rev. 14.4

El que de esa manera sigue á Cristo no “andará en tinieblas,” ni quedará abandonado en la ignorancia, como muchos de sus semejantes. No tendrá que seguir la tortuosa senda de la duda y de la incertidumbre, mas verá despejado su horizonte y seguirá el camino que conduce al cielo. El reflejo del resplandor divino alumbrará sus pasos, y la conciencia y la inteligencia serán para él una luz brillante que nada podrá extinguir del todo. La luz con que los demás se alumbran se apagará al atravesar el valle de la muerte, y será más que inútil, perjudicial. Mas la luz que Jesús concede á todo el que le sigue, nunca dejará de alumbrar.

Notemos, por último, lo que nuestro Señor dijo á sus adversarios. Les dijo á los fariseos que, á pesar de su decantada sabiduría, no conocían á Dios.

Esa especie de ignorancia es demasiado común. Millares de personas hay que saben á fondo muchos ramos del saber humano, y pueden aun discutir materias religiosas, y que, sin embargo, no saben en realidad nada acerca de Dios. Convienen en que existe un Ser que se llama Dios; pero saben muy poco acerca de sus atributos, según han sido revelados en las Sagradas Escrituras, tales como su santidad, su pureza, su justicia, su sabiduría infinita, su inmutabilidad. Ese asunto, á la verdad, les infunde ciertos recelos y temores, y por eso no les gusta discutirlo ó examinarlo.

El mejor modo de conocer á Dios es acercándose á El mediante la intercesión del Hijo, pues así no hay nada que pueda atemorizarnos. Dios, sin Cristo, debe con razón llenarnos de alarma, pues, ¿cómo nos atreveremos á contemplar un Ser tan elevado y tan Santo? Más Dios en Cristo está lleno de misericordia, gracia y paz. Los requisitos de su ley han sido cumplidos: su santidad no puede ya infundirnos pavor. Jesucristo es, en una palabra, “la puerta “ por la cual podemos acercarnos al Padre. Si conocemos á Cristo conoceremos al Padre. El mismo lo ha dicho: “Nadie viene al Padre, sino por mí.”

Ahora bien, ¿en qué situación nos encontramos nosotros? Muchos hay que viven y mueren como envueltos por espesa bruma. ¿Á dónde nos encaminamos? No debemos permanecer en la incertidumbre en lo que concierne á la salvación eterna. Cristo, la luz del mundo, ha aparecido para nuestro bien así como para el bien de nuestros semejantes.

Jua 8:21-30

Este pasaje contiene muchas verdades profundas, tan profundas que no podemos sondearlas. Al leerlo debiéramos recordar aquellas palabras del Salmista: “Muy profundos son tus pensamientos.” Pero en los primeros versículos contiene también otras que son claras y sencillas. Es de éstas que proponemos ocuparnos.
Se nos enseña, en primer lugar, que puede acontecer que se busque á Cristo en vano. Nuestro Señor dijo á los judíos incrédulos: “ Me buscareis y en vuestro pecado moriréis.” Con estas palabras quiso decir que los judíos lo buscarían algún día en vano.

Que un Salvador como Jesús, tan amoroso y tan deseoso de salvar, sea alguna vez buscado en vano, es una idea que causa dolor. Y sin embargo esa es la realidad. Se puede abrigar sentimientos religiosos acerca de Cristo, y no obstante no poseer la religión que salva. Una enfermedad, un duelo repentino, el temor de la muerte, la falta de anteriores comodidades—todo esto puede despertar en un hombre mucha religiosidad. Conmovido por esas desgracias tal vez hinque la rodilla y ore con fervor; tal vez manifieste fuertes emociones espirituales y profese por algunos días servir -á Cristo y cambiar de vida. Y, a pesar de todo, quizá no experimente una verdadera contrición. Si las circunstancias que han influido en su ánimo desaparecen, es posible que vuelva á llevar la misma vida de antes. Es que buscó á Cristo en vano, porque lo buscó por ilícitos motivos, y no de todo corazón.

Desgraciadamente esto no es todo. Puede acontecer también que se rechace tan repetidas veces la luz del Espíritu, el conocimiento de todo lo que concierne á la vida futura, que después, cuando se busque á Cristo, sea en vano. Tanto la Escritura como la experiencia nos enseñan que sucede a veces que los hombres rechazan tantas veces á Dios que Dios al fin los desecha. Con tanta obstinación se empeñan en mantener latentes sus convicciones y en apagar la luz de la conciencia, que Dios al fin se aira y los abandona á sí mismos. No es sin objeto que han sido escritas las siguientes palabras: “Entonces me llamarán y no responderé: buscarme han de mañana y no me hallarán: por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová.” Pro_1:28-29. El único medio seguro es buscar á Cristo cuando se le puede hallar, y eso con sinceridad y de todo corazón.

También se nos enseña cuan grande es la diferencia que existe entre Jesucristo y los impíos. Nuestro Señor dijo á los judíos incrédulos: “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.”
No hay duda que estas palabras se refieren de una manera especial á nuestro Señor Jesucristo. En el sentido más elevado y literal no ha habido sino un Ser que haya podido decir con verdad: “Yo soy de arriba—yo no soy de este mundo.” Ese Ser es el Hijo de Dios.

Pero hay otro sentido según el cual pueden aplicarse estas palabras á todos los miembros de la iglesia cristiana. Comparados con la multitud indiferente que los rodea, son “de arriba,” á semejanza de su Maestro, y no de “este mundo.” Los impíos fijan sus pensamientos en las cosas de abajo; el verdadero cristiano cifra sus afectos en las cosas de arriba. Los impíos se ocupan exclusivamente de las cosas de este mundo, de sus quehaceres, ventajas y placeres. El verdadero cristiano, aunque está en el mundo, no pertenece á él: y espera gozar de su mayor felicidad más allá de la tumba.

Bueno es que el verdadero discípulo de Jesucristo tenga presente esa línea divisoria. Si desea el bien de su alma y anhela servir á Dios, tiene que resignarse á estar separado de gran número de sus semejantes por una valla intransitable. Tal vez no le agrade parecer diferente de los demás; pero esa es una consecuencia necesaria de la gracia que reina en su corazón. Acaso se haga objeto del odio, del ridículo y de la calumnia; mas ese fue el cáliz que apuró su Maestro y del cual él advirtió y sus discípulos que tendrían que tomar. “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; mas porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo.” Joh_15:19.

Se nos enseña, últimamente, o qué fin tan terrible arrastra la incredulidad al hombre. Nuestro Señor dijo á sus enemigos: “ Si no creyereis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.”

¿Quién fue el que pronunció esas palabras? ¿Quién fue el que dijo que ciertos hombres “morirían en sus pecados,” es decir, morirían sin ser perdonados, sin estar preparados para comparecer ante Dios? El que dijo eso no fue otro que el Salvador del género humano, el que entregó su vida por sus ovejas—el amoroso, benigno, misericordioso y compasivo Protector de los pecadores. Es este un hecho que no debe pasarse por alto.

Incurren en un error los que imaginan que es propio solo de gente brusca y malévola hablar del infierno y de las penas futuras. ¿Cómo pueden tales personas desentenderse del versículo de que nos ocupamos? ¿Cómo explican muchas expresiones análogas que empleó nuestro Señor, y especialmente tales pasajes como aquel en el cual alude al “gusano que no muere, y al fuego que nunca se apaga.”? Mar_9:46. No pueden contestar estas preguntas. Extraviados por una caridad mal entendida y una dulzura exagerada, condenan las enseñanzas claras de la Escritura, pretendiendo poseer conocimientos superiores á los revelados en ese libro.

En conclusión, no olvidemos que la incredulidad es el pecado particular que causa la pérdida eterna de las almas. Si los judíos hubieran creído en nuestro Señor, toda blasfemia y todo pecado les habrían sido perdonados. Pero la incredulidad cierra la puerta de la misericordia y disipa toda esperanza. Unas de las palabras de más terrible solemnidad que jamás pronunciara nuestro Señor fueron éstas: “El que no creyere será condenado.” Mar_16:16.

Juan 8:31-36

En estos versículos se nos demuestra, en primer lugar, cuan importante es ser perseverantes en servir á Cristo. Según parece, en la época de que nos ocupamos hubo muchos que profesaron creer en nuestro Señor y expresaron deseos de hacerse discípulos suyos. No existe prueba alguna de que tenían una fe verdadera. Lo más probable es que obraron impulsados por el acaloramiento del momento, sin pensar bien en lo que hacían. Por eso nuestro Señor les hizo la siguiente advertencia: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos.”

Estas palabras contienen un tesoro de sabiduría. Comparativamente hablando es cosa fácil comenzar una vida religiosa. A ello nos mueven no pocos incentivos de naturaleza compleja. La afición á todo lo nuevo, la alabanza de cristianos bien intencionados, pero indiscretos, la satisfacción secreta que se siente en empezar otra vida mejor, el natural placer que resulta de un cambio de costumbres—todo esto contribuye á alentar al neófito. Animado de ese modo, empieza á caminar en la senda que conduce al cielo, abandonando algunos vicios y practicando algunas virtudes. Por algún tiempo experimenta sensaciones muy agradables, y todo sigue bien; pero cuando empiezan á envejecerse esas emociones y á disiparse la novedad, cuando el mundo y el demonio empiezan á tentarlo con obstinación, cuando se comienza á revelar la debilidad de su propio corazón, entonces es que descubre las espinas que obstruyen su paso, y entonces es que descubre también cuánta sabiduría encierran las palabras citadas. La prueba de que se posee la verdadera gracia no es el empezar, sino el continuar en la práctica de la verdadera religión. En estos versículos se nos hace saber, en seguida, cuál es la naturaleza de la verdadera esclavitud. Los judíos gustaban de hacer alarde, aunque sin razón, de que no estaban bajo el yugo de ningún poder extranjero. Nuestro Señor les recordó que había otro tirano de quien ellos no se habían apercibido, aunque los tenía oprimidos. “Todo aquel que hace pecado, es siervo del pecado.”

¡Cuan cierto es eso! Cuántos hay que están completamente esclavizados, aunque ellos no lo reconocen así. Sus culpas y pecados dominantes los llevan cautivos, y ellos no tienen la facultad de libertarse. La ambición, la avaricia, la embriaguez, la glotonería, la afición á las diversiones y á las malas compañías—todos estos vicios y prácticas desordenadas son otros tantos déspotas que oprimen á los hombres. Los desdichados prisioneros no confiesan que lo son. Á veces llegan á preciarse de ser completamente libres. Mas muchos de ellos saben bien que esto no es así. Hay ocasiones en que las cadenas les oprimen hasta el corazón, y entonces se convencen con dolor de que son esclavos.
Á esta esclavitud no hay ninguna que pueda comparársele. El pecado es, á la verdad, el peor de todos los amos. Padecimientos y chascos en esta vida y continuo desesperar en la venidera—he aquí los únicos gajes que el pecado concede á sus siervos. Librar á los hombres de esa esclavitud es el gran fin del Evangelio. Jesucristo envió á sus apóstoles para que hiciesen que los hombres, apercibiéndose de lo degradado de su situación, se levantasen y luchasen por su libertad. ¡Felices los que abren los ojos y descubren el peligro! Saber que somos cautivos es el primer paso dado hacia la libertad.

En estos versículos se nos deja comprender, finalmente, cuál es la naturaleza de la verdadera libertad. Nuestro Señor dijo: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”

La libertad es considerada, y con razón, como una de las mayores bendiciones terrenales. Emancipación política, leyes liberales, libertad de comercio, libertad de imprenta, libertad civil y religiosa: ¡cuánto no encierran estas palabras! ¡Cuántos no sacrificarían su fortuna y hasta su vida por conservar lo que ellas expresan! Y, no obstante, a pesar de tanto alarde, hay muchos que no conocen la libertad más pura y elevada. La libertad más preciosa es la que cae en lote al verdadero cristiano. Solo son perfectamente libres aquellos á quienes el Hijo de Dios hace libres. Todos los demás tarde ó temprano resultarán ser esclavos.

¿De qué elementos se compone, ó en qué consiste la libertad de los verdaderos cristianos? Consiste en que han sido exonerados de las consecuencias del pecado por medio de la sangre de Cristo. Justificados y perdonados como están, pueden sin temor esperar el día del juicio y decir: ¿Quién podrá acriminarnos? ¡Quién podrá condenarnos! Consiste en que han sido librados del poder del pecado por la gracia del Espíritu de Cristo. El pecado deja de tener dominio sobre ellos. Habiendo sido renovados, convertidos y santificados, vencen el pecado y dejan de ser sus esclavos.

Juan 8:37-47

En esté pasaje se nos enseña cuan grande es la ignorancia de los que se creen justos por virtud propia. Los judíos se jactaban de ser hijos de Abrahán, como si con esa circunstancia quedasen disimulados todos sus defectos. Pero no se contentaron con eso, mas alegaron ser favoritos de Dios y pertenecer á su gran familia: “Un solo padre tenemos, que es Dios.” Se olvidaron que de nada les valía el parentesco con Abrahán si no participaban de esa gracia divina que él había poseído. Se olvidaron que la elección que Dios había hecho de su padre, para ser cabeza de una nación favorecida, no podía en manera alguna acarrear la salvación á los descendientes, á menos que éstos siguiesen las huellas de su progenitor. Es que la presunción les vendó los ojos. “Somos hijos de Dios; pertenecemos á la iglesia verdadera; estamos incluidos en el pacto; todo está bien:” He aquí como razonaban consigo mismos.

Convenzámonos de que ser miembros de una iglesia buena y haber tenido piadosos ascendientes no son pruebas, en manera alguna, de que nosotros estemos en el camino que conduce á la salvación. Necesitamos algo más que esto: menester es que estemos unidos á Cristo por medio de una fe viva, y que experimentemos en nuestros corazones el influjo regenerador del Espíritu Santo. “Los principios de la iglesia” y “la legitimidad del gremio” son hermosas expresiones y sientan bien en los labios de un sectario; mas no pueden librar á nuestras almas de la ira venidera ni infundirnos valor el día del juicio.

También aprendemos en estos versículos cuáles son las señales que distinguen la filiación espiritual. Nuestro Señor aclaró este punto por medio de dos sentencias admirables. ¿Dicen los judíos que tienen por padre á Abrahán? El les contesta: “Si fuerais hijos de Abrahán, las obras de Abrahán haríais.” ¿Dicen los judíos que tienen un solo padre, que es Dios? El les contesta: “Si vuestro padre fuera Dios, ciertamente me amaríais á mí.”

Grabemos firmemente en nuestra memoria estas dos respuestas, pues con ellas puede replicarse á dos errores del los que son de los más perniciosos, y sin embargo más comunes. ¿Qué puede ser más común, por una parte, que oír pláticas vagas acerca de la paternidad de Dios? “Todos los hombres,” se dice, “son hijos de Dios, cualquiera que sea su credo ó religión; y todos serán al fin albergados en la casa del Padre, donde hay muchas moradas.” ¿Qué puede ser más común, por otra, que oír frases altisonantes acerca de los efectos del bautismo y los privilegios que se conceden á los miembros de la iglesia? “Por medio del bautismo,” dicen muchos, “nos hacemos hijos de Dios;” y deben considerarse á todos los miembros de la iglesia como hijos del Todopoderoso.

Es imposible hacer que tales aserciones se avengan con las palabras de nuestro Señor que quedan citadas. Según ellas, el que no ame á nuestro Señor Jesucristo, sea él quien fuere, no puede ser considerado hijo de Dios. En la fórmula de la ceremonia de bautismo, concebida en suaves y benignas frases, ó en alguna pregunta del catecismo, en que se tiene en mira más bien el porvenir que el presente, tal vez se le llame hijo de Dios. Pero, como queda dicho, ninguno puede serlo en realidad si sinceramente no ama á nuestro Señor Jesucristo.

Enséñasenos en estos versículos, finalmente, algo sobre la existencia y el carácter del diablo. Nuestro Señor aludió á él como á un ser cuya personalidad y existencia están fuera de toda duda. En solemnes y rígidas palabras de reproche dijo á sus incrédulos adversarios: “Vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir.” Y luego pintó á Satanás en negros colores, describiéndolo como “homicida,” “mentiroso,” y “padre de la mentira.”
¡Sí, existe el diablo! Tenemos siempre cerca de nosotros un enemigo invisible, pero poderoso, un enemigo que jamás se descuida ó se duerme, un enemigo que nos acecha al andar ó al descansar, que espía todos nuestros movimientos y no se apartará de nosotros hasta que muramos. ¡Es homicida! Su propósito más firme es lanzarnos en el camino de la destrucción y perder para siempre nuestras almas. “Anda en derredor buscando á quién devorar.” ¡Es mentiroso! Continuamente está procurando engañarnos con embustes de la misma manera que engañó á Eva en el paraíso. Nunca cesa de decirnos que el bien es el mal y el mal el bien, que la verdad es la mentira y la mentira la verdad, que el camino ancho es el bueno y el angosto el malo. Millones de hombres hay que caen en sus lazos, tanto ricos como pobres, nobles como plebeyos, ilustrados como ignorantes. La mentira es su arma favorita. Con ella da la muerte á muchos.

Creyendo, pues, firmemente que el diablo existe, velemos, oremos y luchemos á fin de ser librados de sus tentaciones. Aunque es fuerte, hay un Ser más fuerte que él: el Ser que dijo á Pedro que había orado por él para que no le faltara la fe, y que intercede constantemente á la diestra de Dios. Encomendémosle á él nuestras almas. Existiendo como existe el diablo, no es de sorprendernos que abunde el mal en el mundo; mas teniendo á Cristo de nuestra parte no hay por qué temer. Escrito está: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros.” “El Dios de paz quebrantará presto á Satanás debajo de vuestros pies.” Jam_4:7; Rom_16:20.

Juan 8:48-59

En este pasaje debemos observar, primeramente, qué de injurias y de blasfemias lanzaron á nuestro Señor sus adversarios. He aquí un ejemplo: “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano y que tienes demonio?” Reducidos al silencio en el campo de la discusión, esos hombres perversos apelaron á los insultos. El enojo y el estilo difamante son señales seguras de derrota.

La diatriba, los insultos, los dicterios son armas favoritas del diablo. Cuando otros medios de hacer la guerra encallan, excita á sus siervos para que zahieran de palabra. Mucho a la verdad es lo que, en todo tiempo, los siervos de Dios han tenido que sufrir de boca de sus gratuitos enemigos. Estos han circulado calumnias acerca de ellos, han inventado cuentos acerca de su conducta y los han trasmitido con rapidez. No debemos, pues, sorprendernos de que David dijera: “Jehová, escapa mi alma del labio mentiroso, de la lengua engañosa.” Psa_122:2.

El día de hoy el cristiano no debe sorprenderse de que se le haga víctima de la calumnia. La naturaleza humana jamás cambia. Mientras siga él en el camino ancho, sirviendo al mundo, poco se dirá en contra suya. Mas luego que tome la cruz y siga á Jesucristo, no hay mentira que peque de monstruosa para que unos la digan contra él y otros la crean. Tócale á él sobrellevar todo con paciencia, y no quejarse ó enojarse. Cuando Jesucristo fue maldecido “no tornaba á maldecir.” 1Pe_2:23. Que el cristiano haga lo mismo.

Debemos observar, en segundo lugar, con qué palabras tan misericordiosas infunde ánimo nuestro Señor á su pueblo creyente. Helas aquí: “De cierto, de cierto os digo, que el que guardare mi palabra no verá muerte para siempre.”
Por supuesto que estas palabras no significan que los verdaderos cristianos no han de morir jamás. Bien al contrario, todos sabemos que tienen que descender al sepulcro y atravesar el río de la muerte lo mismo que los demás hombres. Lo que sí significan las palabras citadas es que no tendrán que pasar por la segunda muerte—esa condenación eterna en el infierno de la cual la primera muerte es un débil emblema. Rev_21:8. Y también significan que para el verdadero cristiano la primera muerte será despojada de su aguijón. Acaso sus carnes se sequen y en sus huesos sufra dolores agudos; pero no será abatido por el triste convencimiento de que sus pecados no han sido perdonados. Ese es el más terrible sufrimiento de los moribundos, pero el cristiano triunfará sobre él “por el Señor nuestro Jesucristo.” 1Co_15:57.
No olvidemos que esa valiosa promesa ha sido hecha solo al que guardare la palabra de Jesucristo. Los términos en que está concebida no pueden, en manera alguna, aplicarse al que es cristiano solo en el nombre, y que ni sabe por experiencia ni quiere saber lo que es el Evangelio. Escrito está: “El que venciere no será dañado de la segunda muerte.” Rev_2:11.

Debemos observar en este pasaje, en tercer lugar, cuan caros conocimientos poseía Abrahán acerca de Cristo. Nuestro Señor dijo á los judíos: “Abrahán vuestro padre se regocijó por ver mi día; y lo vio, y se regocijó.”
Cuando nuestro Señor pronunció estas palabras hacia ya 1850 años que Abrahán había muerto. ¡Y sin embargo, se nos dice que él vio el día del Mesías! ¡He aquí, á la verdad, una maravilla! No obstante, así sucedió. No solo es cierto que vio Abrahán á nuestro Señor y habló con él cuando apareció en la llanura de Mamré la víspera de la destrucción de Sodoma (Gen_18:1), sino que por medio de la fe dirigió hacia el porvenir sus miradas y vio la encarnación del Salvador, y al contemplarla se regocijó. Que mucho do lo que vio fue confusamente, como al través de oscuro prisma, no hay que dudarlo. Ni es necesario suponer que hubiera podido explicar las distintas fases de la sublime escena del Calvario. Pero no tenemos razón para vacilar en creer que viera al través de los siglos un Redentor, cuyo advenimiento llenaría, al fin, de alegría á toda la tierra.

Debemos observar, por último, da qué manera tan clara afirmó nuestro Señor su propia preexistencia. Á los judíos dijo: “Antes que Abrahán fuese, yo soy.’“’

Es innegable que estas palabras expresan una verdad profundísima. Más si el lenguaje humano tiene significación alguna, ellas nos enseñan que nuestro Señor Jesucristo existió largo tiempo antes de venir al mundo. Fue antes de Abrahán; existió antes de que el hombre fuese creado.

Profundas como son dichas palabras, son al propio tiempo muy consoladoras, pues dejan comprender cual es la longitud, el ancho y el espesor de ese gran cimiento en que se manda á los pecadores estribar sus esperanzas. Aquel á quien el Evangelio nos exhorta á acudir para que obtengamos el perdón de nuestros pecados no es mero hombre. No es nada menos que el mismo Dios, y puede por lo tanto salvar á todos los que ocurren á éL Nuestro Señor Jesucristo es el verdadero Dios, y nuestra vida eterna está segura.

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