El mejor modo de conocer á Dios es acercándose á El mediante la intercesión del Hijo, pues así no hay nada que pueda atemorizarnos. Dios, sin Cristo, debe con razón llenarnos de alarma, pues, ¿cómo nos atreveremos á contemplar un Ser tan elevado y tan Santo? Más Dios en Cristo está lleno de misericordia, gracia y paz. Los requisitos de su ley han sido cumplidos: su santidad no puede ya infundirnos pavor. Jesucristo es, en una palabra, “la puerta “ por la cual podemos acercarnos al Padre. Si conocemos á Cristo conoceremos al Padre. El mismo lo ha dicho: “Nadie viene al Padre, sino por mí.”
Ahora bien, ¿en qué situación nos encontramos nosotros? Muchos hay que viven y mueren como envueltos por espesa bruma. ¿Á dónde nos encaminamos? No debemos permanecer en la incertidumbre en lo que concierne á la salvación eterna. Cristo, la luz del mundo, ha aparecido para nuestro bien así como para el bien de nuestros semejantes.
Jua 8:21-30
Este pasaje contiene muchas verdades profundas, tan profundas que no podemos sondearlas. Al leerlo debiéramos recordar aquellas palabras del Salmista: “Muy profundos son tus pensamientos.” Pero en los primeros versículos contiene también otras que son claras y sencillas. Es de éstas que proponemos ocuparnos.
Se nos enseña, en primer lugar, que puede acontecer que se busque á Cristo en vano. Nuestro Señor dijo á los judíos incrédulos: “ Me buscareis y en vuestro pecado moriréis.” Con estas palabras quiso decir que los judíos lo buscarían algún día en vano.
Que un Salvador como Jesús, tan amoroso y tan deseoso de salvar, sea alguna vez buscado en vano, es una idea que causa dolor. Y sin embargo esa es la realidad. Se puede abrigar sentimientos religiosos acerca de Cristo, y no obstante no poseer la religión que salva. Una enfermedad, un duelo repentino, el temor de la muerte, la falta de anteriores comodidades—todo esto puede despertar en un hombre mucha religiosidad. Conmovido por esas desgracias tal vez hinque la rodilla y ore con fervor; tal vez manifieste fuertes emociones espirituales y profese por algunos días servir -á Cristo y cambiar de vida. Y, a pesar de todo, quizá no experimente una verdadera contrición. Si las circunstancias que han influido en su ánimo desaparecen, es posible que vuelva á llevar la misma vida de antes. Es que buscó á Cristo en vano, porque lo buscó por ilícitos motivos, y no de todo corazón.
Desgraciadamente esto no es todo. Puede acontecer también que se rechace tan repetidas veces la luz del Espíritu, el conocimiento de todo lo que concierne á la vida futura, que después, cuando se busque á Cristo, sea en vano. Tanto la Escritura como la experiencia nos enseñan que sucede a veces que los hombres rechazan tantas veces á Dios que Dios al fin los desecha. Con tanta obstinación se empeñan en mantener latentes sus convicciones y en apagar la luz de la conciencia, que Dios al fin se aira y los abandona á sí mismos. No es sin objeto que han sido escritas las siguientes palabras: “Entonces me llamarán y no responderé: buscarme han de mañana y no me hallarán: por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová.” Pro_1:28-29. El único medio seguro es buscar á Cristo cuando se le puede hallar, y eso con sinceridad y de todo corazón.
También se nos enseña cuan grande es la diferencia que existe entre Jesucristo y los impíos. Nuestro Señor dijo á los judíos incrédulos: “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.”
No hay duda que estas palabras se refieren de una manera especial á nuestro Señor Jesucristo. En el sentido más elevado y literal no ha habido sino un Ser que haya podido decir con verdad: “Yo soy de arriba—yo no soy de este mundo.” Ese Ser es el Hijo de Dios.
Pero hay otro sentido según el cual pueden aplicarse estas palabras á todos los miembros de la iglesia cristiana. Comparados con la multitud indiferente que los rodea, son “de arriba,” á semejanza de su Maestro, y no de “este mundo.” Los impíos fijan sus pensamientos en las cosas de abajo; el verdadero cristiano cifra sus afectos en las cosas de arriba. Los impíos se ocupan exclusivamente de las cosas de este mundo, de sus quehaceres, ventajas y placeres. El verdadero cristiano, aunque está en el mundo, no pertenece á él: y espera gozar de su mayor felicidad más allá de la tumba.
Bueno es que el verdadero discípulo de Jesucristo tenga presente esa línea divisoria. Si desea el bien de su alma y anhela servir á Dios, tiene que resignarse á estar separado de gran número de sus semejantes por una valla intransitable. Tal vez no le agrade parecer diferente de los demás; pero esa es una consecuencia necesaria de la gracia que reina en su corazón. Acaso se haga objeto del odio, del ridículo y de la calumnia; mas ese fue el cáliz que apuró su Maestro y del cual él advirtió y sus discípulos que tendrían que tomar. “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; mas porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo.” Joh_15:19.
