¿Qué quería decir Jesús? Tomadlo en este sentido: No hay nada que pueda penetrar en la mente o el corazón de nadie a menos que haya ya algo allí que responda positivamente. Y si uno carece de ese algo esencial, nada le hará aceptar aquella nueva experiencia. Una persona que carece de oído para la música no puede experimentar la emoción de este arte. Una persona daltoniana no puede apreciar todos los matices de un cuadro. Una persona que no tiene sentido del ritmo no puede disfrutar gran cosa del ballet o de la danza.
Los judíos tenían una manera maravillosa de pensar en el Espíritu de Dios. Creían que tenía dos funciones: la de revelar la verdad de Dios, y la de capacitar a las personas para reconocer y captar aquella verdad. Eso quiere decir bien claramente que, a menos que el Espíritu de Dios esté en el corazón de una persona, ésta no puede reconocer la verdad de Dios aunque la tenga delante de los ojos. Y también quiere decir que una persona puede cerrarle la puerta de su corazón al Espíritu de Dios hasta tal punto que, aunque se le despliegue esa verdad de la manera más evidente, es totalmente incapaz de verla, reconocerla, captarla y hacerla suya.
Jesús les estaba diciendo a los judíos: «Habéis seguido vuestro propio camino y vuestras propias ideas; el Espíritu de Dios no ha conseguido obtener entrada en vuestro corazón; esa es la razón por la que no podéis reconocerme ni aceptar Mis palabras.» Los judíos se creían un pueblo muy religioso; pero, como se habían aferrado a su propia idea de la religión en vez de a la de Dios, se habían descarriado hasta tal punto que habían perdido a Dios. Se encontraban en la terrible situación de pretender servir a un Dios al Que no conocían.
El que se les dijera que eran unos extraños para Dios los hería en lo más vivo. Entonces lanzaron sus invectivas contra Jesús. Según nuestra traducción, acusaron a Jesús de samaritano y de poseso. ¿Qué querían decir con eso? Al llamarle samaritano le acusaban de ser enemigo de Israel, porque había una enemistad a muerte entre los judíos y los samaritanos; Le acusaban de no respetar y quebrantar la Ley; y, sobre todo, de ser un hereje, porque eso había llegado a significar para ellos la palabra samaritano. Es alucinante el que se llegara a acusar de hereje al Hijo de Dios -y no cabe duda que eso es lo que Le pasaría si volviera otra vez a este mundo y sus iglesias.
Pero también es posible que la palabra samaritano tenga otro sentido. Para empezar, notaremos que Jesús contestó a la acusación de estar poseído por el demonio, pero no a la de ser un samaritano. Eso nos hace pensar que tal vez no se haya transcrito la acusación correctamente. La palabra original aramea para samaritano sería shomeroní. Shomerón, Samaria, era también un título del príncipe de los demonios, también llamado Ashmedai, Shammael y Satán. De hecho, en el Corán, la biblia de los musulmanes, se dice que Shomerón, el príncipe de los demonios, fue el que sedujo a los judíos para hacerlos idólatras. Según esto, la palabra shomeroní. también podría querer decir hijo del diablo. Y es muy posible que dieran ese sentido a la palabra samaritano, ya que odiaban a los tales; y con ese sentido Le lanzaron el insulto a Jesús: « ¡Tú eres un hijo del diablo; un engendro de Satanás, que participas de la maldad y la locura del Maligno!»
La respuesta de Jesús fue que, lejos de ser un servidor del diablo, Su único propósito era honrar a Dios, mientras que la conducta de los judíos era un constante deshonrar a Dios. Dice en efecto: «No soy Yo el que tiene un demonio, sino vosotros.»
Y entonces aparece el resplandor de la auténtica fe de Jesús.
Él dice: «Yo no estoy buscando los honores que Me pueda dar este mundo: sé muy bien que seré rechazado, insultado, deshonrado y crucificado. Pero hay Uno que pondrá en Su día las cosas en su sitio y asignará a cada persona el honor que le corresponda; y es El el Que Me dará el único honor que es auténtico, porque es el Suyo.»
De una cosa estaba seguro Jesús: a fin de cuentas, es Dios el Que protege el honor de los Suyos. En el tiempo, Jesús no experimentó más que dolor y deshonor y rechazamiento; en la eternidad, recibió la gloria que recibirán en su día todos los que obedecen a Dios. Jesús tenía el optimismo inconquistable que nace de la fe suprema, el optimismo que tiene sus raíces en la fidelidad y la justicia de Dios.
LA VIDA Y LA GLORIA
Juan 8:51-55
Jesús continuó diciéndoles:
Lo que os digo es la pura verdad: el que cumpla Mi Palabra nunca verá la muerte.
Ahora estamos seguros de que estás loco -Le contestaron los judíos-. Abraham murió, y los profetas también; ¿y Tú dices: «El que cumpla Mi Palabra no probará la muerte jamás» ? ¡No te creerás más importante que nuestro padre Abraham, que murió! ¡Y los profetas también murieron! ¿Quién te has creído que eres?
