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Mateo 7: El error de juzgar

Esto es realmente una verdad universal. No podemos hablar de todos los temas con todas las personas. En un grupo de amigos, podemos sentarnos y hablar de nuestra fe; podemos dejar que nuestras mentes emprendan investigación y aventura; podemos hablar de lo que nos resulta confuso o alucinante; y podemos dejar que nuestras mentes vayan por caminos de especulación. Pero, si entra en ese grupo una persona de mentalidad inquisitorial, puede que nos ponga la etiqueta de herejes peligrosos; o si entra una persona sencilla y sin complicaciones, podríamos escandalizarla o inquietarla. Una película de medicina puede abrirle los ojosa uno a una experiencia valiosa y saludable; pero a otro le podría parecer obscena y peligrosa. Se dice que una vez estaban el doctor Johnson y un grupo de amigos hablando y gastándose bromas, porque tenían confianza. Johnson vio acercarse a una criatura desagradable. «Guardemos silencio -dijo-: se acerca un estúpido.»

Así que hay algunas personas que no pueden recibir la verdad cristiana. Puede que tengan la mente cerrada; puede que hayan tenido un trato brutal, y tengan la mente cubierta con una película de cieno; puede que hayan llevado una vida que les ha oscurecido la capacidad de ver la verdad; puede que sean burlones crónicos de todo lo espiritual, y puede que sea, y esto es frecuente, que ellos y nosotros no tengamos un terreno común en el que nos podamos entender.

Una persona puede entender solamente aquello que está preparada para entender. No es a cualquiera al que le podemos destapar los secretos de nuestro corazón. Siempre hay personas a las que sería necedad predicar el Evangelio, en cuyas mentes la verdad, expresada con palabras, encontraría una barrera infranqueable.

¿Qué se puede hacer con esas personas? ¿Las tenemos que dejar por imposibles? ¿Hay que excluirlas sin más del mensaje cristiano? Lo que no pueden hacer las palabras lo puede hacer a menudo la vida. Una persona puede ser completamente ciega e impermeable al mensaje cristiano en palabras, pero no tendría nada que oponer a la demostración de una vida cristiana.

Cecil Northcott cuenta en Una Epifanía moderna una discusión entre jóvenes en un campamento en el que están conviviendo representantes de muchas naciones. «Una noche húmeda, los del campamento estaban discutiendo varias maneras de hablarle de Cristo a la gente. Se volvieron a una chica africana. «María -le preguntaron-, ¿qué hacéis en tu país?» «Oh -contestó María-, no tenemos misioneros, ni repartimos folletos. Simplemente enviamos a una o dos familias cristianas a vivir y trabajar en esa aldea y, cuando la gente ve cómo son los cristianos, quieren ser cristianos también ellos.»» A fin de cuentas, el único argumento incontestable es el de la vida cristiana.

A menudo es imposible hablar con ciertas personas acerca de Jesucristo. Su insensibilidad, su ceguera moral, su orgullo intelectual, su sarcasmo cínico, la película que los empaña, los hacen impermeables a las palabras acerca de Jesucristo. Pero siempre es posible mostrarles a Cristo a las personas; y la debilidad de la Iglesia no está en la falta de argumentos doctrinales, sino en la falta de vidas cristianas.

LA CARTA MAGNA DE LA ORACIÓN

Mateo 7:7-11

Seguid pidiendo hasta que se os dé; seguid buscando hasta que encontréis; seguid llamando hasta que os abran. Porque el que pide de esta manera, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abre.

¿Qué hombre hay que, si su hijo le pide pan, va y le da una piedra? ¿O, si le pide pescado, le dé una serpiente? Pues si vosotros, que sois mezquinos, sabéis darles cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más les dará vuestro Padre celestial cosas buenas a los que Le piden!

Cualquier persona que se pone a orar quiere saber la clase de Dios al Que se dirige. Quiere saber en qué clase de atmósfera se oirán sus oraciones. ¿Estará orando a un Dios mezquino al Que hay que sacarle los dones con sobornos? ¿Estará orando a un Dios sarcástico, Que nos dé dones de doble filo? ¿Estará orando a un Dios Cuyo corazón es tan amable Que está más dispuesto a darnos de lo que nosotros estamos a pedirle?

Jesús vino de una nación que amaba la oración. Los rabinos judíos dijeron las cosas más preciosas acerca de la oración. «Dios está tan cerca de Sus criaturas como lo está el oído de la boca.» «Los seres humanos apenas podemos oír a dos personas que están hablando al mismo tiempo; pero Dios, si todo el mundo Le estuviera invocando al mismo tiempo, oiría el clamor de cada uno.» «A las personas les fastidia que las molesten sus amigos con peticiones; pero Dios, siempre que Le exponemos nuestras necesidades y peticiones, cada vez nos ama más.» Jesús se había educado en el amor de la oración; y en este pasaje nos da la carta magna cristiana de la oración.

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