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Mateo 7: El error de juzgar

Finalmente, el Señor nos previene contra los falsos maestros que suelen aparecer en el seno mismo de la iglesia. «Guardaos,» dice, «de los falsos profetas.» El enlace que este pasaje tiene con el que le precede es bien notable. ¿Queremos mantenernos lejos del camino ancho? Entonces tenemos que guardarnos de los falsos profetas. En todos tiempos los habrá. Empezaron á aparecer en los días de los apóstoles: aun en aquel entonces se sembró la Semilla del error. Y desde esa época, no han dejado de presentarse aquí y allí. Estemos alerta.

Muy necesario es hacer esta advertencia. Millares de personas hay que están prontas á creer cualquier cosa que oigan, si emana de los labios de un ministro que haya recibido las órdenes sagradas. Se olvidan que los clérigos están tan sujetos á error como los legos, pues no son infalibles y sus enseñanzas deben ser pesadas en la balanza de la Escritura. Debe creérseles y seguir sus consejos hasta el punto en que sus doctrinas se ajusten á los preceptos de la Biblia: pero no un ápice más allá. Y debemos conocerlos por sus frutos. La profesión de sanas doctrinas y la vida piadosa son los distintivos de los verdaderos ministros del Evangelio. Recordemos esto, y convenzámonos de que las equivocaciones de nuestro cura ó pastor no pueden servirnos para excusar las nuestras. Si un ciego guía á otro ciego ambos caerán en el hoyo.

¿Y cuál es el mejor preservativo contra las falsas enseñanzas? Sin duda que el estudio constante de la palabra de Dios, precedido de una plegaria por el auxilio del Espíritu Santo. Nos fue dada la Biblia para que nos sirviera de «lámpara á nuestros pies y de lumbre á nuestro camino.» Psa_119:105. Es casi imposible que se extravíe el que la lea de la manera debida. Es el descuido en leer la Biblia lo que expone á tantos á ser víctimas del primer maestro falso que oigan.

Tengamos, pues, presente la admonición de nuestro Señor. El mundo, el demonio y la carne no son los únicos enemigos que amenazan al cristiano: hay otro más y es el falso profeta, el lobo con piel de oveja. Feliz el que, después de implorar la ayuda divina, examina con cuidado la Biblia, y aprende á distinguir la verdad del error.

Mat 7:21-29

Nuestro Señor terminó el Sermón del Monte con una aplicación que penetra hasta lo más íntimo de la conciencia. Después de hablar de los falsos maestros pasa á tratar de los falsos discípulos.

La primera lección que del pasaje se desprende es que una mera profesión externa del Cristianismo es inútil. No todo el que diga, «Señor, Señor,» entrará en el reino de los cielos. No todos los que profesen ser cristianos se salvarán.

Para que una alma se salve se requiere mucho más de lo que comúnmente se cree. Bien que hayamos sido bautizados en nombre de Cristo; bien que poseamos un conocimiento científico de las doctrinas religiosas, y que tal vez seamos maestros de nuestros semejantes. Más ¿hacemos la voluntad de nuestro Padre celestial? ¿Nos hemos arrepentido verdaderamente, creemos con sinceridad, y llevamos una vida humilde y santa? Si así no fuere, a pesar de todas nuestras oportunidades y protestas, dejaremos de entrar en el cielo y oiremos las terribles palabras: «Nunca os conocí.» El día del juicio revelará á la verdad cosas muy extrañas! Se nos presenta, en segundo lugar, un cuadro notable de dos clases dé oyentes cristianos. Á la primera pertenecen los que oyen y no practican; y á la segunda los que oyen y practican.

El que oye los preceptos del Cristianismo y los practica, es como el hombre prudente que edifica su casa sobre una roca. No se contenta con que se le exhorte al arrepentimiento, á la fe, á la vida santa; mas se arrepiente, cree, deja de hacer lo malo, aborrece todo lo que es pecaminoso y practica lo que es bueno. Oye y ejecuta. Jam_1:22.

Y ¿qué resulta de ahí? Que á la hora de la prueba su religión no lo abandona. Acaso las enfermedades, los pesares, la pobreza, los desengaños, el duelo vengan sobre él como otras tantas tempestades; mas su alma gozará de calma y de consuelo. Puede haberle costado muchos afanes y muchas lágrimas el echar los cimientos de la religión; mas su trabajo no ha sido emprendido en balde. Después cosecha los frutos: la religión que puede hacer frente á los contratiempos es la verdadera religión.

Por otra parte, el que oye los preceptos cristianos y no las practica es como el hombre insensato que construyó su casa sobre la arena. Se contenta con oír y aprobar, pero no da un paso más hacia adelante. Tal vez se lisonjea con la creencia de que su alma está bien para con Dios porque abriga ciertos sentimientos, ciertas convicciones, ciertos deseos espirituales. Nunca se aparta del pecado ni rompe los lazos que lo ligan al mundo; nunca se acoge á Cristo ni toma sobre sí la cruz. Todo lo que hace es oír la verdad.

Y ¿qué le sucede á un hombre de esa clase? Que su religión lo abandona en la primera borrasca que le sobrevenga. Como los manantiales que no afluyen en el estío, le falta cuando tiene mayor necesidad de ella, y lo deja, como un barco echado á pique, sobre un banco de arena para que sirva de escándalo á la iglesia, de ludibrio á los infieles y de tormento á sí mismo. Muy cierto es que poco vale lo que poco cuesta. Una religión que no nos cuesta nada, y que solo consiste en oír sermones, resultará al fin ser inútil.

Así termina el célebre Sermón en el Monte. Cuidemos de que ejerza un influjo permanente sobre nuestras almas. Fue predicado para nuestro provecho, así como para el de los que lo oyeron. Si lo miramos con indiferencia tendremos que dar cuenta de ello en el último día. Juan 12.48.

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