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Mateo 7: El error de juzgar

(i) Lo usaron los judíos, que creían que los dones y la gracia de Dios eran solo para ellos. Lo usaron los judíos que eran enemigos de Pablo, que trataban de imponer que los gentiles se circuncidaran y asumieran toda la Ley y se hicieran judíos para poder ser cristianos. Era sin duda in texto que se podía usar -y abusar- en interés del exclusivismo judío.

(ii) La Iglesia Primitiva usaba este texto con un sentido especial. La Iglesia Primitiva estaba amenazada desde dos frentes. Uno era exterior: la Iglesia Primitiva era una isla de pureza cristiana rodeada por un mar de inmoralidad pagana, y estaba siempre en peligro de contraer la infección del mundo circundante. La otra amenaza era interior. En aquellos días se pensaban a fondo las cosas, y era inevitable que a algunos sus especulaciones los llevaran por senderos de herejía; había algunos que trataban de llegar a una componenda entre el Evangelio y el pensamiento pagano, y así llegar a algún tipo de síntesis que incluyera a ambos. Si la Iglesia Cristiana había de sobrevivir, tenía que defenderse tanto del peligro exterior como del interior, o habría quedado reducida a una de tantas religiones que competían en el imperio romano.

En particular, la Iglesia Primitiva tenía mucho cuidado con los que admitía a la Mesa del Señor, y con ese contexto se asoció este versículo. La celebración de la Comunión empezaba con las palabras: «Las cosas santas son para los santos.» Teodoreto cita lo que dice ser un dicho de Jesús: «Mis misterios son Míos y de Mi pueblo.» Las Constituciones Apostólicas establecen que el diácono debe decir al principio del culto de Comunión: «Que ninguno de los catecúmenos -es decir, los que están preparándose para llegar a ser miembros-, ni de los oyentes -es decir, los que han venido al culto porque tienen interés en el Evangelio, pero aún no son cristianos-, ni de los incrédulos, ni de los herejes, permanezca aquí.» Se hacía lo que se llamaba «vallar la Mesa» para todos los que no fueran cristianos consagrados. La Didajé -o, para darle su nombre completo, La Enseñanza de los Doce Apóstoles, que se remonta al año 100 d.C. y que es el primer libro de orden de la Iglesia Cristiana-, establecía: «Que nadie coma o beba de tu Eucaristía excepto los bautizados en el nombre del Señor; porque, en relación con esto, el Señor ha dicho: «No deis lo santo a los perros.»» Tertuliano se quejaba de que los herejes admitían a toda clase de gente, aun a paganos, a la Mesa del Señor; y que, al hacerlo, «echarán a los perros lo que es santo, y las perlas (aunque ciertamente no son auténticas) a los cerdos» (De Praescriptione 41).

En todos estos ejemplos se usa este texto como base para la exclusión. No era que la Iglesia no tuviera una proyección misionera; la Iglesia original estaba inflamada por el deseo de ganar almas; pero también era plenamente consciente de la necesidad imperiosa de mantener la pureza de la fe, no fuera que el Cristianismo fuera gradualmente asimilado y finalmente deglutido por el paganismo circundante.

Es fácil comprender el uso coyuntural de este texto; pero debemos tratar de descubrir también su sentido permanente.

ALCANZANDO A LOS QUE NO ESTÁN PREPARADOS PARA OÍR

Es posible hasta cierto punto que este dicho de Jesús se haya alterado accidentalmente en la transmisión. Es un ejemplo excelente de la costumbre hebrea del paralelismo que ya hemos encontrado (Mat_6:10 ). Devolvámosle su forma natural:

No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos.

Con la excepción de una sola palabra, el paralelismo es perfecto. Dar es el paralelo de echar; perros, de cerdos; pero lo santo no corresponde naturalmente a perlas. Ahí el paralelismo se quiebra. Pero resulta que hay dos palabras hebreas que son muy parecidas, especialmente si recordamos que en hebreo no se escriben las vocales. La palabra para santo es qadós (QDS), y la palabra aramea para pendientes es qadasá (QDS). Las consonantes son exactamente las mismas, y en la ortografía hebrea antigua las palabras serían idénticas. Y además, en el Talmud «un pendiente en el hocico de un cerdo» es una frase proverbial para algo totalmente incongruente y fuera de lugar. No es ni mucho menos imposible que la expresión original fuera:

No les deis un pendiente a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos.

En ese caso el paralelismo sería perfecto.

Si era ese el sentido original de la frase, querría decir sencillamente que hay algunas personas que no están preparadas, que no son capaces de recibir el mensaje que la Iglesia está tan dispuesta a dar. En tal caso no sería una expresión exclusivista, sino la presentación de una dificultad práctica en la comunicación con la que se encuentra el predicador en cada generación. Es absolutamente cierto que hay ciertas personas a las que resulta imposible impartir verdad. Tiene que suceder algo en ellos para que puedan recibir enseñanza espiritual. Hay de hecho un dicho rabínico: «Lo mismo que no hay que enseñarle un tesoro a todo el mundo, así sucede con las palabras de la Ley; uno no puede profundizar en ellas excepto en la compañía de personas idóneas.»

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