Fue la borla de la ropa de Jesús lo que tocó esta mujer.
Cuando la tocó, fue como si el tiempo se detuviera. Como si estuviéramos viendo una película y de pronto se quedara inmóvil la imagen y siguiéramos viendo lo mismo. Lo extraordinario y conmovedoramente hermoso de esta escena es que repentinamente Jesús se detuvo en medio de aquella multitud; y por un momento parecía que nada ni nadie existía para Él salvo aquella mujer y su necesidad. No era simplemente una pobre mujer perdida en la multitud; era una persona a la que Jesús dio la totalidad de Sí mismo.
Para Jesús nadie está nunca perdido entre la multitud, porque Jesús es como Dios. W. B. Yeats escribió una vez en uno de sus momentos de mística belleza: « El amor de Dios es infinito para toda alma humana, porque toda alma humana es única; ninguna otra cosa puede satisfacer la misma necesidad en Dios.» Dios le da la totalidad de Sí mismo a cada persona.
El mundo no es así. El mundo tiende a dividir a las personas en los que son importantes y los que no lo son.
En Una noche para recordar, Walter Lord cuenta un detalle de la historia del naufragio del Titanic en abril de 1912. Hubo una abrumadora pérdida de vidas cuando aquel trasatlántico nuevo y que se consideraba tan seguro chocó con un iceberg en medio del Atlántico. Cuando se publicó la noticia de la tragedia el periódico de Nueva York The American le dedicó un editorial. Este editorial estaba dedicado exclusivamente a la muerte del millonario John Jacob Astor; y sólo al final, casualmente, se mencionaba que también habían perecido otros 1800. El único que realmente importaba, el único que era noticia, era el millonario. Los otros 1800 no tenían ninguna importancia.
Los hombres puede que sean así, pero Dios no. Bain, el psicólogo, dijo en un contexto muy diferente que la persona sensual tiene lo que él llamaba cuna ternura voluminosa.» En el más elevado y mejor sentido hay una ternura voluminosa en Dios. James Agate dijo de G. K. ChEsterton: «Al contrario que algunos pensadores, ChEsterton entendía a sus semejantes; las angustias de un juglar le eran tan familiares como las preocupaciones de un juez… ChEsterton, más que ningún otro hombre que yo haya conocido, tenía el tacto común. Le dedicaría toda su atención a un limpiabotas. Tenía esa bondad de corazón que la gente llama amabilidad y que hace que todo el mundo sea su familia.» Ese es el reflejo del amor de Dios, para Quien ninguno se pierde en la multitud.
Vale la pena recordar esto en un día y una edad en que el individuo está en peligro de perderse. Las personas tienden a convertirse en Números en un sistema de seguridad social; tienden casi a perder su derecho como individuos cuando son miembros de una asociación o de un sindicato. W. B. Yeats dijo de Augustus John, el famoso artista y retratista: « Estaba interesado supremamente en la revolución contra todo lo que hace a un ser humano igual a otro.» Para Dios una persona no es nunca lo mismo que otra; cada una es su bebé individual, y cada una tiene todo el amor de Dios y todo el poder de Dios a su disposición.
Para Jesús esta mujer no se perdió en la multitud; en su hora de necesidad, para Él era la única que importaba. Jesús es así con cada uno de nosotros.
LAS DOS REACCIONES
Mateo 9:32-34
Cuando se iban los ciegos, fijaos: Le trajeron a Jesús a uno que estaba mudo porque tenía un demonio; y cuando Jesús le echó el demonio, ya pudo hablar. Y las multitudes estaban alucinadas, y decían:
¡No se ha visto nunca nada semejante en Israel!
Pero los fariseos decían:
Este expulsa los demonios porque está de acuerdo con el príncipe de los demonios.
Pocos pasajes nos muestran tan claramente como éste la imposibilidad de una actitud de neutralidad frente a Jesús. Aquí tenemos el retrato de dos reacciones ante Él: la de las multitudes era de sorprendida admiración; la de los fariseos, de odio virulento. Siempre ha de ser verdad que lo que el ojo vea dependerá de lo que el corazón sienta.
