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Mateo 9: Estar a buenas con Dios

En materias religiosas debe cuidarse, pues, de no dar demasiada importancia a lo que es de un orden secundario, y ni exigir con afán y con escrúpulo la conformidad a una regla que versa sobre cuestiones indiferentes, hasta tanto que no se hayan inculcado los dos principios cardinales de la fe y el arrepentimiento. Para proceder con tino en esta materia es preciso que hagamos uso del sentido común y que imploremos el auxilio divino.

Notemos, además, que nuestro Señor estime la fe, aun la más débil.

Cuéntasenos que una mujer que sufría mucho de una grave enfermedad, pasando por en medio de la multitud y siguiendo detrás de nuestro Señor, le tocó la orla de su vestido, con la esperanza que de ese modo sería curada. No dijo una sola palabra para pedir socorro, ni hizo profesión pública de su fe; mas tenia confianza de que con tocar apenas el manto de Jesús obtendría la salud. Y así sucedió: en lo que ella hizo se manifestó un germen de fe que nuestro Señor aprobó. Inmediatamente fue sanada y regresó a su casa llena de sosiego. Como muy bien dijo un escritor antiguo, «vino temblando y volvió victoriosa..

Por último, notemos cuan grande es el poder del Señor. Le devolvió la vida a una muerta.

¡Cuan maravillosa no debe de haber sido esa escena! ¿Que persona que haya visto un cadáver podrá olvidar cuan rígidos y yertos se ponen los miembros cuando la respiración ha terminado? ¿Quién podrá dejar de percibir que se efectúa un cambio extraordinario, y que entre los que expiren y los vivos se abre un abismo insondable? Más ved como el Señor entra al aposento donde está el cadáver y hace penetrar de nuevo al espíritu en su morada terrenal. Vuelve a palpitar el corazón; se abren los ojos; la respiración se restablece: es que la hija del príncipe ha sido resucitada y puede una vez más recibir las caricias de sus padres. ¡Aquel fue, a la verdad, un acto de omnipotencia! Solo el Ser que creó al hombre pudo haberlo ejecutado.

Mateo 9:27-38

Al leer este pasaje se nota, en primer lugar, que algunas veces se encuentra fe firme en el Salvador donde menos se espera. ¿Quién hubiera pensado que dos ciegos llamarían al Señor «Hijo de David»? Ellos, por supuesto, no vieron los milagros que hizo, y solo lo conocían por el decir de las gentes. Mas, si bien tenían velados los ojos, la mente les fue iluminada, y así percibieron la verdad que los fariseos no alcanzaron a penetrar: conocieron que Jesús Nazareno era el Mesías, y que podía curarlos.

Ejemplos de esta clase nos demuestran que jamás debemos desconfiar de la salvación de alguna persona porque esté rodeada de circunstancias desfavorables para su alma. La vida religiosa no depende solo de las circunstancias externas. El Espíritu Santo puede conceder fe a los ignorantes, a los pobres y a los que viven privados de casi todos los medios de gracia. Sin el auxilio del Espíritu Santo el pecador puede comprender todas las doctrinas y vivir a la plena luz del Evangelio, mas no podrá sin ese auxilio obtener la salvación.

En el último día se presenciará un espectáculo sorprendente: muchos postreros serán primeros y primeros postreros. Mat_20:16.

Se advierte, en segundo lugar, que nuestro Señor Jesucristo presenció muchas enfermedades y padecimientos. Iba por todas las ciudades y aldeas haciendo obras de misericordia. Fue testigo ocular de todos los achaques a que la carne está sujeta; vio sufrimientos de toda especie, de todo linaje; y se asoció con enfermos do distintos clases. Ninguno era tan asqueroso que El no quisiese cuidarlo y aliviarlo: ninguno tan gravemente enfermo que no pudiese curarlo.

Este hecho es para el cristiano muy consolador. Todos estamos revestidos de cuerpos débiles y delicados. Acaso de un momento a otro se nos llame a velar al lado del lecho de un pariente o de un amigo, y tendremos que presenciar sus padecimientos y agonías; o acaso nosotros mismos seamos atacados de una grave enfermedad y tengamos que experimentar agudos dolores. Más cobremos ánimo con la idea de que Jesús es el amigo de los enfermos. Ese Sumo Sacerdote a quien es de nuestro deber acudir por el perdón y la paz, es tierno y compasivo para con los que padecen del cuerpo así como para los que sufren del alma. Los ojos del Rey de reyes muchas veces miraron con ternura a los enfermos. Felices los que confían, en El.

Es de notarse, en tercer lugar, cuan grande era el interés que sentía nuestro Señor por los que carecían de privilegios espirituales. Vio muchedumbres cuando estuvo en la tierra, que estaban dispersas como ovejas sin pastor, y se conmovió profundamente. Viéndolas abandonadas por los que estaban en el deber de instruirlas, y sumidas en la ignorancia, el desamparo y la degradación, apiadóse de ellas. Ese tierno corazón no podía permanecer impasible en presencia de tal espectáculo.

Ahora bien, ¿qué experimentamos nosotros cuando vemos otros semejantes? Hay millones de idólatras y paganos en la tierra; millones de mahometanos ilusos; millones de supersticiosos romanistas; millares de protestantes ignorantes cerca de nuestras puertas. ¿Nos afanamos por la felicidad de sus almas? ¿Los compadecemos por su carencia de privilegios espirituales? ¿Deseamos auxiliarlos? Preguntas son estas de la más seria importancia. El hombre que es indiferente a la conversión de los incrédulos no puede tener el espíritu de Jesucristo. 1 Cor. 2.16.

Es de observarse, por último, que a todos los cristianos que deseen el bien de los no convertidos, les incumbe un deber solemne. Están en el deber de orar que haya más hombres que se dediquen a la obra de convertir las almas. «Bogad pues,»dijo Jesús,» al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies..

Si acostumbramos orar cumplamos escrupulosamente este precepto de nuestro Señor. Bueno es trabajar personalmente por el bien de las almas, bueno es también dar dinero; mas es todavía mejor orar, pues por medio de la oración propiciamos aquel Ser sin cuyo auxilio todo esfuerzo y todo gasto es estéril–el Espíritu Santo. Con el dinero se sostiene a los misioneros; las universidades instruyen; las congregaciones eligen; los obispos ordenan; mas tan solo el Espíritu Santo puede crear ministros del Evangelio, y hacer que los legos coadyuven en la cosecha espiritual. No olvidemos, pues, el deber de orar.

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