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Mateo 9: Estar a buenas con Dios

Jesús Se subió a la barca y pasó al otro lado del lago, a Su propio pueblo. Y fijaos: Le trajeron a un paralítico en una camilla. Cuando Jesús vio la fe de los que le traían, le dijo al paralítico:

-¡Anímate, hijo! Tus pecados se te han perdonado.

Y fijaos: algunos de los escribas se dijeron para sí:

-¡Este está blasfemando!

Jesús sabía lo que estaban pensando, y les dijo:

¿Por qué pensáis malpara vuestros adentros? ¿Qué es más fácil, decirle «Tus pecados se te han perdonado,» o decirle «Levántate y ponte a andar»? Pero, para que entendáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la Tierra para perdonar pecados -dijo dirigiéndose al paralítico-: Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa.

Y el paralítico se levantó y se fue a su casa.

Y cuando la concurrencia lo vio, se conmovieron de temor, y dieron gloria a Dios por haberles dado a los hombres tal poder.

Por Mar_2:1 sabemos que este incidente tuvo lugar en Cafarnaum; y es interesante notar que para este tiempo Jesús había llegado a identificarse tanto con Cafarnaum que a éste se le podía llamar Su propio pueblo. En esta etapa de Su ministerio, Cafarnaum era el centro de Su obra.

Le trajeron a un paralítico, que llevaban unos amigos en una camilla. Aquí tenemos una escena maravillosa de un hombre que fue salvo por la fe de sus amigos. Si no hubiera sido por ellos, nunca habría podido llegar a la presencia sanadora de Jesús de ninguna manera. Bien puede ser que hubiera llegado a estar impotentemente resignado y derrotadamente desesperanzado, y que ellos le llevaran a Jesús casi contra su voluntad. En cualquier caso, lo que le salvó fue la fe de sus amigos.

W. B. Yeats, en su comedia El Gato y la Luna, tiene una frase: «¿Has conocido alguna vez a un santo que tuviera a un malvado por camarada y lo más querido a su corazón?» realmente característico de un verdadero santo el asociarse con una persona realmente mala o totalmente insensata, hasta traerla a la presencia de Jesús. Si uno tiene un amigo que no conoce a Cristo, o que no le interesa Cristo, o que es hasta hostil a Cristo, su deber como cristiano es no dejarle en paz hasta conseguir traerle a la presencia de Cristo.

No podemos obligar a una persona a aceptar a Cristo contra su voluntad. Coventry Patmore dijo una vez que no podemos enseñarle a otro la verdad religiosa; lo único que podemos es indicarle el camino por el que puede llegar a ella por sí mismo. No podemos hacer que una persona sea cristiana, pero podemos hacer todo lo posible para llevarla a la presencia de Cristo.

La manera que tuvo Jesús de tratar a este hombre puede parecernos sorprendente. Empezó por decirle que sus pecados estaban perdonados. Había una doble razón para eso. En Israel era creencia universal que toda enfermedad era el resultado del pecado, y que ninguna enfermedad se podía curar nunca si no se perdonaba el pecado. Rabí Ami dijo: «No hay muerte sin pecado, ni dolor sin trasgresión.» Rabí Alejandro dijo: «El enfermo no se levanta de su enfermedad hasta que se le perdonen los pecados.» Rabí Jiya ben Abba dijo: «Ninguna persona enferma se cura de su enfermedad hasta que se le perdonan todos sus pecados.» Esta relación inquebrantable entre el sufrimiento y el pecado era parte de la fe judía ortodoxa en tiempos de Jesús. Por esa razón, no cabe la menor duda que este hombre no podría nunca haber recuperado la salud hasta tener la seguridad de que sus pecados se le habían perdonado. Es sumamente probable que hubiera sido un pecador, y que estuviera convencido de que su enfermedad era el resultado de su pecado, y que además esa fuera la verdad; y sin la certeza del perdón, no podría haber recibido nunca la sanidad.

De hecho, la medicina moderna estaría totalmente de acuerdo en que la mente puede influir, y de hecho influye, en las condiciones físicas del cuerpo, y que una persona no puede nunca tener un cuerpo sano si su mente no está en un estado sano.

Paul Tournier, en El Diario de un Médico, cita un ejemplo precisamente de eso: «Había, por ejemplo, una chica a la que uno de mis amigos llevaba varios meses tratando de anenlia, sin mucho éxito. En última instancia, mi colega decidió enviársela al inspector médico del distrito en que ella trabajaba, para obtener su permiso para enviarla a un sanatorio en las montañas. Al cabo de una semana la paciente trajo la respuesta del inspector. Éste demostró ser una buena persona y concedió el permiso, pero añadió: «Por el análisis de sangre, sin embargo, no llego a nada que se le parezca a las cifras que usted cita.» Mi amigo, bastante perplejo, tomó enseguida una muestra de sangre y la llevó a toda prisa a su laboratorio. Era verdad que las cifras habían cambiado repentinamente. «Si yo no hubiera sido una de esas personas que siguen meticulosamente la rutina del laboratorio -prosigue la historia de mi amigoy si yo no hubiera comprobado el análisis de cada uno de mis pacientes antes de su visita, podría haber creído que había cometido un error.» Se volvió a la paciente y le preguntó: «¿Le ha sucedido algo fuera de lo ordinario desde su última visita?» «Sí, me ha sucedido algo -replicó ella-. De pronto he sido capaz de perdonar a alguien al que le tenía un rencor sucio; ¡y de pronto me he dado cuenta de que podía por fin decirle sí a la vida!»» Su actitud mental había cambiado, y con ella cambió también el mismo estado de su sangre. Se le había curado la mente, y su cuerpo llevaba camino de alcanzar una curación total.

Este hombre de la historia evangélica sabía que era pecador; porque era pecador, estaba seguro de que Dios era su enemigo; porque creía que Dios era su enemigo, estaba paralítico. Una vez que Jesús le trajo el perdón de Dios supo que Dios ya no era su enemigo, sino su amigo, y por tanto se curó.

Pero fue la manera como se efectuó la cura lo que escandalizó a los escribas. Jesús se había atrevido a perdonar pecado; eso era prerrogativa exclusiva de Dios; por tanto, Jesús había insultado a Dios. Jesús no se puso a discutir. Trató la cuestión con ellos en su propio terreno. «¿Cuál de las dos cosas es más fácil decir -les preguntó-: «Tus pecados te son perdonados,» o decir: «Levántate y sal andando»?» Ahora bien; recordemos qué estos escribas no creían que nadie pudiera levantarse y echar a andar a menos que se le perdonarán sus pecados. Si Jesús podía hacer que este hombre se levantará y anduviera, entonces eso era la prueba incontestable de quo los pecados del hombre estaban perdonados, y de que el derecho de Jesús a perdonar pecados era legítimo. Así que Jesús demostró que era capaz de traer el perdón al alma de una persona y la salud a su cuerpo. Y sigue siendo eternamente verdad qué no podemos estar como es debido físicamente hasta que lo estemos espiritualmente, que la salud del cuerpo y la paz con Dios van de la mano.

EL HOMBRE QUE TODOS ODIABAN

Mateo 9:9

Cuando Jesús se marchó de allí, vio a un hombre que se llamaba Mateo, que estaba sentado a la mesa dé cobro de los impuestos. Y Jesús le dijo:

-¡Sígueme!

Y él se levantó, y empezó a seguir a Jesús.

No se puede pensar en nadie que fuera menos «apostolable» que Mateo. Era lo que se llama tradicionalmente un publicano; los publican¡ eran los cobradores de impuestos, y se los llamaba así porque manejaban dinero y fondos públicos.

El imperio romano tenía el problema de diseñar un sistema de cobro de impuestos lo más barato y eficaz posible. Lo consiguió subastando el derecho a cobrar impuestos en cada zona. El que .compraba ese derecho se comprometía a entregarle al gobierno romano una cierta cantidad; todo lo que cobrara de más era su comisión.

Está claro que este sistema se prestaba a graves abusos. La gente no sabía realmente cuánto tenía que pagar en aquel tiempo en que no había periódicos ni radio ni televisión, ni tenía derecho a. apelar en contra del publicano. El resultado era que muchos publicanos se enriquecían abusando ilegalmente de sus derechos. El sistema había dado lugar a tantos abusos que ya se había cambiado en Palestina antes del tiempo de Jesús; pero había que seguir pagando impuestos, y seguían los abusos.

Había tres impuestos: legales. Estaba el impuesto sobre la tierra, que obligaba al pago de una décima parte de los cereales y un quinto de las frutas y vino al gobernador, en dinero o en especie. Estaba el impuesto sobre la renta, que era del uno por ciento de los ingresos. Estaba el impuesto personal, que tenía que pagar todo varón desde los 14 hasta los 65 años de edad, y las hembras desde 12 hasta 65. Esos eran impuestos estatutarios que no podían usar fácilmente los publicanos para hacerse ricos.

Pero además de estos había un montón de impuestos diversos. Estaba el impuesto del dos y medio al doce y medio por ciento sobre todas las mercancías que se importaran o exportaran. Había que pagar un impuesto para usar las carreteras principales, cruzar los puentes, y entrar en los mercados, pueblos o puertos. Había que pagar un impuesto por los animales de carga, y por las ruedas y los ejes de los carros. Había impuestos por la compra y por la venta de mercancías. Había algunos productos que eran monopolio del gobierno; por ejemplo, en Egipto, el comercio del nitrato, la cerveza y el papiro estaba totalmente bajo el control del gobierno.

Aunque se había dejado el antiguo método de subastar los impuestos, se necesitaba un montón de gente para cobrarlos. Los funcionarios encargados de ello se contrataban entre los provinciales. A menudo eran voluntarios. Lo corriente era que en cada distrito hubiera una persona responsable de cada impuesto, y -no le era difícil a esa persona forrarse los bolsillos además de cobrar lo legalmente estipulado.

A estos. publicanos se -les tenía un odio feroz. Se habían puesto al servicio de los conquistadores de su nación, y amasaban sus fortunas a expensas de las desgracias de sus compatriotas. Eran notoriamente deshonestos. No sólo despellejaban a sus propios compatriotas, sino que hacían todo lo posible por defraudar al gobierno, y tenían unos impuestos florecientes aceptando sobornos de los ricos que querían ahorrarse los impuestos que tenían que pagar.

En todos los países se odia a los cobradores de impuestos,: pero el odio de los judíos era doblemente violento. Los judíos eran nacionalistas furibundos; pero lo que más los excitaba era su convicción religiosa de que Dios era su único Rey, y que el pagarle impuestos -a ningún gobernador humano era una infracción de los derechos de Dios y un insulto a Su Majestad. La ley judía excomulgaba de la sinagoga a los publicanos, los incluía entre las cosas y los animales inmundos, y les aplicaba Lev_20:5 ; se les impedía ser testigos en los juicios, y se metía en el mismo saco a los « ladrones, asesinos y publicanos.»

Cuando Jesús llamó a Mateo, llamó a un hombre que todos odiaban. Aquí tenemos uno de los grandes ejemplos que hay en el Nuevo Testamento del poder de Jesús para ver en una persona, no sólo lo que era, sino lo que podría llegar a ser. No ha habido nunca nadie que tuviera tanta fe en las posibilidades de la naturaleza humana como Jesús.

DESAFÍO LANZADO Y ACEPTADO

Cafarnaum estaba en el territorio de Herodes Antipas, y la más probable es que Mateo no estuviera al servicio de los Romanos sino de Herodes. Cafarnaum era el punto de unión de muchas carreteras. En especial la gran carretera de Egipto a Damasco, la carretera de la costa, pasaba por Cafarnaum. Era allí donde entraba en los dominios de Herodes con fines comerciales; y sin duda Mateo era uno de los empleados de aduana que cobraba los impuestos de todas las mercancías y productos que entraban y salían por aquel territorio.

No tenemos por qué pensar que Mateo no había visto nunca antes a Jesús. Sin duda habría oído del joven galileo Que traía un mensaje que cortaba la respiración de puro nuevo, Que hablaba con una autoridad que no se había conocido nunca, y Que contaba entre Sus amigos a hombres y mujeres que habrían evitado con asco las buenas personas ortodoxas de entonces. Probablemente Mateo Le habría oído desde las afueras de la multitud, y habría sentido que le vibraba el corazón en el pecho. Tal vez Mateo se había planteado anhelantemente si todavía estaría a tiempo de hacerse a la vela hacia un nuevo mundo dejando su vieja vida y su vieja vergüenza para empezar de nuevo. Y un día se encontró con Jesús allí delante de él, y Le oyó larzarle el desafío, y Mateo aceptó aquel desafío, y se levantó, y lo dejó todo, y siguió a Jesús.

Debemos fijarnos en lo que perdió Mateo, y en lo que encontró. Perdió un cómodo trabajo, y encontró un destino. Perdió unos buenos ingresos, y encontró la dignidad. Perdió una cómoda seguridad, y encontró una aventura como no soñara nunca. Puede que si aceptamos el desafío de Cristo nos encontremos más pobres de cosas materiales. Puede que tengamos que renunciar a las ambiciones del mundo. Pero sin duda encontraremos una paz y un gozo y un interés en la vida que nunca habíamos conocido. En Jesucristo se encuentran riquezas que superan con creces todo lo que se pueda abandonar por Él.

Debemos fijarnos en lo que dejó Mateo, y en lo que tomó. Dejó el puesto de los impuestos, pero se llevó una cosa: su pluma. Aquí tenemos un ejemplo luminoso de cómo puede usar Jesús cualesquiera dones que uno pueda llevarle. No es probable que ningún otro de los Doce tuviera soltura con la pluma. Los pescadores galileos no es de esperar que tuvieran una habilidad especial en eso de colocar debidamente las palabras; pero Mateo, sí. Y este hombre, cuyo trabajo le había entrenado en el uso de la pluma, usó esa habilidad para componer el primer manual de las enseñanzas de Jesús, que figura entre los libros más importantes que se hayan escrito en el mundo.

Cuando Mateo dejó el puesto de los impuestos aquel día renunció a mucho en sentido material, pero espiritualmente recibió en herencia una fortuna incalculable.

DONDE HAY MÁS NECESIDAD

Mateo 9:10-13

Después, Mateo estaba sentado a la mesa en su casa, y fijaos: vinieron muchos cobradores de impuestos y pecadores a sentarse a comer con Jesús y Sus discípulos.

Cuando vieron aquello los fariseos, les dijeron a los discípulos de Jesús:

-¿Cómo es que vuestro Maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

Jesús lo oyó, y dijo:

No son los que están bien los que necesitan un médico, sino los que están enfermos. Id a aprender lo que quiere decir el dicho: «Lo que Yo quiero es misericordia, y no sacrificios.» Yo no he venido a invitar a los «justos», sino a los pecadores.

Jesús no se limitó a llamar a Mateo para que fuera uno de Sus hombres y seguidores, sino que se sentó a la mesa con hombres y mujeres como Mateo, con cobradores de impuestos y «pecadores».

Aquí surge una pregunta muy interesante: ¿Dónde tuvo lugar esta comida en la que fueron comensales Jesús y los cobradores de impuestos y los pecadores? Lucas es el único que especifica que fue en la casa de Mateo o Leví (cp. Mar_2:14-17 , y Luk_5:27-32 ). Si nos atenemos al relato de Mateo y Marcos, podría muy bien haber sido en casa de Jesús, o en la casa en que estaba parando. Si fue en la casa de Jesús, Su dicho resulta aún más impactante: « Yo no he venido a llamar -a invitar- a justos, sino a pecadores.»

La palabra que se usa en el original es kalein, que es la que se usa corrientemente en griego para invitar a un huésped a una casa o para una comida. En la parábola de la Gran Cena (Mat_22:1-10 ; Luk_14:15-24 ) se nos dice que los invitados rechazaron la invitación, y fueron los pobres, cojos, mancos y ciegos los que vinieron de los caminos y de los vallados a sentarse a la mesa del Rey. Puede que Jesús estuviera diciendo: « Cuando hacéis una fiesta, invitáis a los religiosos y a los beatos; pero cuando la hago Yo, invito a los que son conscientes de su pecado y tienen más necesidad de Dios.»

Fuera en casa de Mateo o en la que estaba parando Jesús, fue un escándalo para los escribas y fariseos ortodoxos. Hablando en general, los habitantes de Palestina se dividían en dos clases: los ortodoxos que cumplían rígidamente la ley tradicional en sus más mínimos detalles, y los que no, todos los demás. La segunda clase la llamaban los de la primera la gente de la tierra; y al ortodoxo le estaba prohibido hacer un viaje con ninguno de los otros, o hacer ningún trato comercial, o darle o recibir de él nada, o hacerles o aceptar de ellos ninguna invitación. Al estar en compañía de gente así, Jesús estaba haciendo algo que los « piadosos» de su tiempo no hartan nunca.

La defensa de Jesús fue perfectamente sencilla; simplemente dijo que Él estaba donde más se Le necesitaba. Sería un médico miserable si no fuera nada más que a las casas de los que gozaran de buena salud; el lugar de un médico está donde la gente está enferma; su gloria y su misión es ir adonde se le necesite.

Diógenes fue uno de los grandes maestros de la antigua Grecia. Amaba la virtud, y tenía una lengua mordaz. No se cansaba de comparar la decadencia de Atenas, donde pasó la mayor parte de su vida, con la vigorosa sencillez de Esparta. Un día, alguien le dijo: «Si te gusta tanto Esparta y tan poco Atenas, ¿por qué no te marchas de Atenas y te vas a Esparta: Y él respondió: «Aparte de lo que yo quiera, debo estar donde se me necesita más.» Eran los «pecadores» los que necesitaban a Jesús, y por eso estaba entre ellos.

Cuando Jesús dijo «Yo no he venido a invitar a los «justos», sino a los pecadores,» debemos entender lo que quería decir. No decía que hubiera gente tan buena que no necesitara nada de Él; y todavía menos que Él no tuviera interés en los buenos. Este es un dicho muy comprimido. Jesús decía: «Yo no he venido a invitar a los que están tan satisfechos consigo mismos -que están convencidos de que no necesitan la ayuda de nadie; sino a los que son conscientes de su pecado y se dan cuenta de que necesitan desesperadamente un Salvador.» Estaba diciendo: «Los únicos que aceptan mi invitación son los que reconocen lo mucho que Me necesitan.»

Aquellos escribas y fariseos tenían una idea de la religión que no está muerta ni mucho menos.

(i) Estaban más interesados en mantener su propia «santidad» que en ayudar a otro con sus pecados. Eran como médicos que se negaran a visitar a los enfermos por miedo a que les contagiaran la enfermedad. Se mantenían a .distancia del pecador con fastidioso puritanismo; no querían tener nada que ver con los tales. Su religión era egoísta en esencia. Les preocupaba mucho más salvar sus almas que contribuir a que se salvaran las de otros. Y habían olvidado que esa era la manera más segura de perder sus propias almas.

(ii) Estaban más interesados en criticar que en aniMarcos Estaban más interesados en señalar las faltas de otras personas que en ayudarlas a conquistarlas. Cuando un médico descubre una enfermedad especialmente repugnante, que le revolvería el estómago a cualquiera que la mirara, no se llena de repugnancia, sino de deseo de ayudar. Nuestra primera reacción no debería ser nunca el condenar al pecador, sino el ayudarle.

(iii) Profesaban una bondad que desembocaba en la condenación más bien que en el perdón y en la simpatía. Estaban más dispuestos a dejarle a uno en la cuneta que en tenderle una mano para que saliera de ella. Eran como médicos que estuvieran interesados en diagnosticar la enfermedad, pero que no tuvieran el menor interés en curarla.

(iv) Profesaban una religión que consistía en una ortodoxia externa más bien que en una ayuda práctica. A Jesús Le encantaba el dicho de Hos_6:6 que decía que Dios desea la misericordia más que el sacrificio, porque lo citó más de una vez (cp. Mat_12:7 ). Uno puede que cumpla diligentemente con todos los pasos de la piedad ortodoxa; pero, si nunca hace lo más mínimo para ayudar a otro ser humano en su necesidad, no es una persona cristiana.

EL PROBLEMA DE LA NUEVA IDEA

Mateo 9:16-17

Nadie le pone un remiendo de paño que no se haya lavado nunca a una ropa usada; porque el remiendo que se pone para tapar el agujero rasgaría el paño, y el desgarrón sería peor que el de antes. Ni se pone el vino nuevo es odres viejos; porque se reventarían, y se derramaría el vino y se echarían a perder completamente los odres. El vino nuevo se pone en odres nuevos para que se conserven las dos cosas.

Jesús era plenamente consciente de que había venido a la humanidad con nuevas ideas y con una nueva concepción de la verdad y se daba perfecta cuenta de lo difícil que es introducir una idea realmente nueva en las mentes humanas. Así es que usó dos ilustraciones que cualquier judío podría entender.

(i) « Nadie -dijo- pone un remiendo de paño nuevo en una ropa vieja. Porque si lo hace, a la primera que se moje la ropa, el remiendo nuevo encoge y rasga todo lo demás y se produce un desgarro peor que el del principio.»

A los judíos les encantaba apasionadamente ver las cosas tal como son. La Ley era para ellos la última y definitiva Palabra de Dios. El añadirle o el sustraerle una sola palabra era pecado mortal. El propósito del trabajo de los escribas y fariseos era « construir una valla alrededor de la Ley.» Para ellos una nueva idea no era tanto un error como un pecado.

Ese espíritu no ha muerto ni muchísimo menos. Muy a menudo en una iglesia, si se sugiere una nueva idea o un nuevo método o cualquier cambio, enseguida surge la objeción: « Eso no lo hemos .hecho nunca.»

Una vez oí hablar entre sí a dos teólogos. Uno era joven y estaba intensamente interesado en todo lo que los nuevos pensadores tuvieran que decir; el otro era un hombre mayor, de ortodoxia rígida y convencional. El mayor escuchaba al más joven con una especie de tolerancia medio despectiva, y por último acabó la conversación diciendo: « Lo viejo es mejor.»

A lo largo de toda su historia la Iglesia se ha aferrado a lo viejo. Lo que Jesús está diciendo aquí es que llega un momento en que poner parches es una estupidez, y cuando lo único que se puede hacer es desechar definitivamente algo y empezar de nuevo. Hay formas de gobierno eclesiástico, de culto, de expresar nuestras creencias, que a menudo tratamos de ajustar y lijar para ponerlas al día; tratamos de remendarlas. Nadie está dispuesto a abandonar despiadada e insensiblemente lo que las generaciones anteriores encontraron útil y provechoso; pero sigue siendo verdad que éste es un universo en constante crecimiento y expansión; y llega un momento cuando los parches son inútiles, y cuando una persona y una iglesia tienen que aceptar la aventura de lo nuevo, o quedarse empantanadas dando culto, no a Dios, sino al pasado.

(ii) Nadie, decía Jesús, trata de meter vino nuevo en odres viejos. Hace tiempo se solía almacenar el vino en pellejos, y no en botellas. Cuando se echaba el vino nuevo en un pellejo el vino estaba todavía fermentando. Los gases que producía ejercían presión en el pellejo. En un pellejo nuevo había una cierta elasticidad, y no sufría ningún daño porque cedía a la presión. Pero un pellejo viejo ya se había quedado rígido y había perdido la elasticidad y, si se llenaba de vino nuevo en plena fermentación, no podía ceder y se reventaba.

Para traducirlo a términos contemporáneos: Debemos tener mentes suficientemente elásticas para recibir y contener nuevas ideas. La historia del progreso es la historia de la victoria sobre los prejuicios de una mente hermética. Todas las nuevas ideas han tenido que luchar por su existencia contra la oposición instintiva de la mente humana. El automóvil, el ferrocarril, el avión, se recibieron con suspicacia al principio. Simpson tuvo que luchar para introducir el cloroformo, y Lister para que se aceptaran los antisépticos. A Copémico se le obligó a que se retractara de su afirmación de que la Tierra giraba alrededor del Sol y no viceversa. Hasta Jonas Hanway, que introdujo el paraguas en este país, tuvo que sufrir montones de misiles y de insultos que le arrojaban cuando iba paseando por la calle bajo su paraguas.

Este rechazamiento de lo nuevo se da en todas las esferas de la vida. Un experto en ferrocarriles, Norman Marlow, hizo muchos viajes en locomotoras. En su libro Fomplate and Signal Cabin La plataforma del maquinista y la cabina de señales- cuenta un viaje que hizo no mucho después que se amalgamaran los ferrocarriles. Las locomotoras que se había estado usando en cada rama de ferrocarriles se probaron en las otras. Él estaba en la tarima de un expreso de ManchEster a Penzance, un «Jubilee» clase 4-6-0. El conductor estaba acostumbrado a llevar locomotoras de la clase « Casfe,» y no hacía más que disertar con nostálgica elocuencia sobre la inutilidad de la máquina que iba conduciendo comparada con las « Castle.» Se negaba a usar la técnica necesaria para la nueva máquina, aunque le habían reciclado y la conocía perfectamente bien. Se empeñaba en conducir su «Jubilee» como si hubiera sido una «Castle,» y se iba quejando todo el camino de que no podía superar los 80 kilómetros por hora. Estaba acostumbrado a las «Castle,» y no le daba opción a ninguna otra. En Crewe cambiaron de maquinista; y el nuevo, que estaba dispuesto a adoptar la nueva técnica necesaria, pronto puso la «Jubilee» a 120 kilómetros por hora. Hasta para conducir locoriiotoras algunos rechazaban las nuevas ideas.

En la Iglesia, el resentimiento por todo lo nuevo es crónico, y el intento de poner las cosas nuevas en los moldes antiguos es casi universal. Tratamos de introducir las actividades de una congregación moderna en el edificio de una iglesia antigua que nunca se hizo para ellas. Tratamos de introducir la verdad de los nuevos descubrimientos en los credos basados en la metafísica grieGálatasGa. Tratamos de introducir la instrucción moderna en un lenguaje desgastado que no la puede expresar. Leemos la Palabra de Dios a hombres y mujeres ya casi del siglo XXI en el lenguaje de Cervantes, y tratamos de presentarle a Dios en oración las necesidades de hombres y mujeres de la era posneontemporánea en un lenguaje que tiene medio milenio de antigüedad.

Puede que nos hiciera bien recordar que cuando cualquier cosa viviente deja de crecer, empieza a morir. Puede que tuviéramos que empezar a pedirle a Dios que nos libre de la mente cerrada.

Porque sucede que estamos viviendo en una época de cambios rápidos y tremendos. El vizconde Samuel nació en 1870, y empieza su autobiografía con la descripción del Londres de su niñez. «No teníamos coches, ni autobuses, ni taxis, ni metro; no había bicicletas -excepto sus precursores los extraños biciclos-; no había luz eléctrica ni teléfonos, ni cines ni radio.» Eso era poco más. de hace un siglo. Vivimos en un mundo en constante cambio y expansión. Jesús nos advierte que la Iglesia no se atreva a ser una institución que vive en el pasado.

EL TOQUE QUE DESPIERTA

Mateo 9:18-19, 23-26

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, fijaos, llegó un gobernador y se arrodilló ante Él en actitud de adoración.

Mi hija Le dijo- acaba de morírseme; pero ven a poner Tu mano sobre ella para que vuelva a la vida.

Jesús se levantó para ir con él, y Sus discípulos también fueron con Él.

Cuando Jesús llegó a la casa del gobernador, y vio a los flautistas y el jaleo del gentío, les dijo:

Dejadnos, porque la chiquilla no está muerta; sólo dormida.

Y se rieron de Él.

Cuando hubieron desalojado a toda aquella. gente, Jesús entró, y tomó a la chica de la mano, y ella se levantó.

La noticia de este suceso se difundió por todo el país.

Mateo nos relata esta historia mucho más brevemente que los otros sinópticos. Si queremos saber más detalles tenemos que acudir a Mar_5:21-43 y a Luk_8:40-56 . Allí descubrimos que el gobernador lo era de la sinagoga, y que se llamaba Jairo (Mar_5:22 , y Luk_8:41 ).

El gobernador de la sinagoga era una persona muy importante. Se le elegía de entre los ancianos. No estaba a cargo de la predicación ni de la enseñanza, sino «al cuidado del orden externo del culto público, y la supervisión de todo lo concerniente a la sinagoga en general.» Elegía los que habían de hacer las lecturas y los que las oraciones en cada culto, e invitaba a los que habían de predicar. Era su deber asegurar que nada estaba o sucedía fuera de orden en la sinagoga; y tenía que supervisar el estado de los edificios de la sinagoGálatasGa. Toda la administración práctica de la sinagoga estaba en sus manos.

Está claro que una persona así sólo acudiría a Jesús como último recurso. Sería uno de los judíos superortodoxos que consideraban a Jesús un hereje peligroso; y sería sólo cuando todo lo demás le había fallado cuando acudió a Jesús en su desesperación. Jesús le podría haber dicho: « Cuando las cosas te iban bien, querías matarme; ahora que las cosas te van mal, acudes a Mí para que te ayude.» Y Jesús podría haberle negado Su ayuda a un hombre como él. Pero no le guardaba ningún rencor. Ahí estaba un hombre que Le necesitaba, y lo único que deseaba Jesús era ayudarle. El orgullo ofendido y el espíritu reacio a perdonar no tenían lugar en Jesús.

Así es que Jesús fue con el gobernador de la sinagoga hasta su casa; y allí se encontró con todo lo que se podía esperar y temer en tal ocasión. Los judíos estimaban mucho la obligación de hacer duelo por los difuntos. «Quienquiera que sea remiso -decían- en hacer duelo por el fallecimiento de un sabio, merece que le quemen vivo.» Había tres costumbres de duelo que caracterizaban a todas las familias judías afligidas por la muerte de un ser querido.

Estaba el rasgarse las vestiduras. Había no menos de treinta y nueve diferentes reglas y normas para establecer cómo se habían de rasgar las vestiduras. Había que hacerlo de pie. La ropa se tenía que rasgar hasta el corazón, para exponer la piel. Por el padre o la madre había que rasgarse las vestiduras justamente sobre el corazón; por otros parientes, por el lado derecho. El desgarrón tenía que ser lo bastante grande como para que cupiera el puño, y tenía que dejarse boquiabierto durante siete días; los treinta días siguientes se llevaba ligeramente hilvanado para que pudiera seguir viéndose; sólo después se podía zurcir definitivamente. Era obvio que habría sido indecente el que las mujeres rasgaran sus vestidos de forma que se les viera el pecho; así es que estaba establecido que las mujeres tenían que rasgarse la ropa interior en privado, y luego darse la vuelta a la prenda de manera que se viera lo rasgado en la espalda; y luego en público rasgaban su ropa exterior.

Estaba el plañir por los muertos. En la casa del duelo se mantenía el plañido ininterrumpidamente. Estaba a cargo de plañideras profesionales. Todavía existen en oriente, y W. M. Thomson las describe en La Tierra y el Libro: « En todas las ciudades y comunidades hay mujeres supremamente habilidosas en este oficio. Siempre se las manda buscar y se las mantiene dispuestas. Cuando llega una nueva compañía al duelo, estas mujeres se ponen a plañir inmediatamente para que les sea más fácil a los recién llegados unir sus lágrimas a las de la familia de duelo. Se saben la historia doméstica de cada persona, e improvisan repentinamente Lamentaciones espontáneas en las que introducen los nombres de los familiares que han muerto recientemente, tocando así las cuerdas sensibles de todos los corazones; y así cada persona llora por sus propios muertos, y la representación, que de otra manera sería difícil y aun imposible, resulta fácil y natural.»

Estaban los flautistas. La música de la flauta se asociaba especialmente con la idea de la muerte. El Talmud establece: «El marido está obligado a enterrar a su difunta esposa, y hacer Lamentaciones y duelo por ella según la costumbre de todos los países. Y también los más pobres entre los israelitas no le concederán menos de dos flautas y una plañidera; pero, si el marido es rico, que todas las cosas se hagan conforme a sus cualidades.» Aun en Roma, los flautistas eran un elemento constitutivo de los días de duelo. Hubo flautistas en el funeral del emperador romano Claudio, y Séneca nos dice que hacían un ruido tan estridente que hasta al mismo Claudio, que era el muerto, le silbaban los oídos. Tan insistente y tan chillón era el plañido de la flauta que la ley romana limitaba el número de flautistas en cada funeral a no más de diez.

Así es que nos podemos figurar la escena de la casa del gobernador de la sinagoGálatasGa. Todos estaban rasgándose las ropas; las plañideras lanzaban sus chillidos como entregándose al más profundo dolor; las flautas producían sus sonidos horripilantes. En aquella casa se había dado cita toda la parafernalia de los duelos orientales.

En esa atmósfera excitada e histérica, entró Jesús. Con serena autoridad hizo que todos se salieran. Les dijo tranquilamente que la muchacha no estaba muerta, sino sólo dormid y los presentes se rieron burlonamente de Él. Era un detalle extrañamente humano aquel. Los presentes se habían entregado tan totalmente al duelo que se daban por ofendidos de cualquier esperanza de que todo aquello no fuera necesario.

Es probable que, cuando Jesús dijo que la muchacha no estaba muerta sino sólo dormida, quisiera decir precisamente aquello. En griego, como en español, muchas veces se alude a la muerte aplicándole la terminología del sueño. « Descanse en paz.» De hecho, la palabra internacional cementerio viene del griego koimétérion, que quiere decir lugar donde duermen las personas, dormitorio. En griego hay dos palabras para dormir; una es kiomasthai, que se usa muy corrientemente tanto del sueño natural como del sueño de la muerte, y la otra katheudein, que no se usa tan frecuentemente del sueño de la muerte y sí más corrientemente del sueño natural. Y es katheudein la que se usa en este pasaje.

En Oriente, el coma cataléptico no era ni mucho menos infrecuente. El entierro en Oriente sigue al fallecimiento muy de cerca, porque las condiciones climatológicas lo hacen necesario. Tristram escribe: « Los entierros siempre tienen lugar lo más tarde posible el mismo día del fallecimiento, frecuentemente por la noche si el fallecido había estado vivo hasta después de la puesta del sol.» A causa de lo corriente que era el estado de coma, y por lo corriente del entierro inmediato, no era imposible que se enterraran algunas personas vivas, como muestra la evidencia de muchas tumbas. Puede que aquí tengamos un ejemplo, no tanto de una resurrección, como de un diagnóstico divino; y que Jesús salvó a esta chica de un final terrible.

De una cosa podemos estar seguros: aquel día en Cafarnaum Jesús rescató a una muchacha judía de las mismas garras de la muerte.

FE IMPERFECTA Y PODER PERFECTO

Mateo 9:18-31

Antes de estudiar este pasaje en detalle debemos considerarlo en conjunto, porque en él hay algo maravilloso.

Contiene tres relatos de milagros: la curación de la hija del gobernador (versículos 18, 19, 23-26); la curación de la mujer que padecía flujo de sangre (versículos 20-22); y la curación de los dos ciegos (versículos 27-31). Todos estos relatos tienen algo en común. Veámoslos ahora uno a uno.

(i) No cabe duda que el gobernador acudiría a Jesús cuando todo lo demás le había fallado. Era, como veremos, el gobernador de la sinagoga; es decir: un pilar de la ortodoxia judía. Era uno de los que despreciaban y odiaban a Jesús, y a los que les habría gustado eliminarle. Sin duda probó todas clases de médicos, y de curas; y sólo por pura desesperación, y como último recurso, acudió a Jesús.

Es decir: el gobernador vino a Jesús con motivos inadecuados. No acudió a Jesús impulsado por un corazón desbordado de amor; vino a Jesús porque había probado todo lo demás, y no le quedaban más posibles remedios a que acudir. Herbert dice al final de una de sus poesías que Dios dice de Su hijo extraviado:

Si toda Mi bondad no le guiara, que la inquietud le arroje hacia Mi pecho.

Este hombre vino a Jesús impulsado por la desesperación.

(ii) La mujer con el flujo de sangre se abrió paso entre la multitud por detrás de Jesús y tocó el borde Su túnica. Vamos a suponer que estamos leyendo ese relato con una actitud distante y crítica, ¿de qué diríamos que dio muestra aquella mujer? Diríamos, sencillamente, que de superstición. Tocar el borde de la túnica de Jesús era parecido a buscar la sanidad en las reliquias o en los pañuelos de los santos.

Esta mujer vino a Jesús con lo que podríamos llamar una fe inadecuada. La trajo algo que más parecía superstición que fe.

(iii) Los dos ciegos se llegaron a Jesús gritando: « ¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» Hijo de David no era un título que Jesús apreciara; Hijo de David era la clase de título que usaría un nacionalista. Muchos de los judíos estaban `esperando un gran líder de la dinastía y casta de David, un general victorioso que los condujera al triunfo militar y político sobre los Romanos invasores. Esa era la idea que subyacía bajo el título Hijo de David.

Así es que aquellos ciegos acudieron a Jesús con una idea muy inadecuada de Quién era. No veían en Él más que al conquistador heroico de la dinastía de David.

Aquí tenemos algo maravilloso. El gobernador vino a Jesús con motivos inadecuados; la mujer vino a Jesús con una fe inadecuada; los ciegos vinieron a Jesús con una idea ¡nade= cuada de Quién era -o, si preferimos decirlo así, con una teología inadecuada. Y sin embargo encontraron Su amor y Su poder esperándolos en sus necesidades. Aquí vemos algo tremendamente maravilloso. No importa cómo vengamos a Cristo, con tal que vengamos. No importa lo inadecuada e imperfectamente que vengamos: Su amor y Sus brazos están abiertos para recibirnos.

Aquí hay una doble lección. Quiere decírsenos que no tenemos que esperar para venir a Cristo hasta que nuestros motivos, nuestra fe y nuestra teología sean perfectos; podemos venir tal como estemos. Y quiere decir que no tenemos derecho a criticar a otros cuyos motivos, fe o teología creamos equivocados. No es cómo vengamos a Cristo lo que importa, sino que de veras vengamos a Él, porque Él está deseando recibirnos tal como somos para hacernos como debemos ser.

TODO EL PODER DEL CIELO PARA UNO

Mateo 9:20-22

Y fijaos: una mujer que hacía doce años que padecía de hemorragias se Le acercó por detrás y tocó la borla de Su manto, diciéndose para sus adentros: Aunque no haga más que tocar Su ropa, me pondré buena.

Jesús Se dio la vuelta y la vio.

-¡Ten ánimo, hija! -le dijo-. Tu fe es lo que te ha devuelto la salud.

Y la mujer estuvo sana desde aquel momento.

Desde el punto de vista judío esta mujer no podía haber sufrido de ninguna enfermedad más terrible y humillante que el flujo de sangre. Era una dolencia muy corriente en Palestina. El Talmud indica no menos de once curas diferentes para ella. Algunas consistían en tónicos y astringentes que puede que fueran eficaces en algunos casos; otras eran meramente remedios supersticiosos. Una de éstas era llevar las cenizas de un huevo de avestruz en una bolsa de lino en el verano, y de algodón en invierno; otra era llevar por ahí una espiga de cebada que se hubiera encontrado en el estiércol de una burra blanca. Cuando Marcos cuenta esta historia, deja bien claro que esta mujer lo había intentado todo, y había ido a todos los médicos que había podido, y estaba cada,,vez peor en vez de mejor (Mar_5:26 ).

Lo más terrible de esta enfermedad era que hacía a la paciente inmunda. La Ley establecía: « Cuando una mujer tenga flujo de sangre por muchos días fuera del tiempo de su menstruación, o cuando tenga flujo de sangre más allá de su menstruación, todo el tiempo de su flujo quedará impura como en los días de su menstruación. Toda cama en que duerma mientras dure su flujo será como la cama de su menstruación, y todo mueble sobre el que se siente será inmundo como la impureza de su menstruación. Cualquiera que toque esas cosas será impuro y lavará sus vestidos, se lavará a sí mismo con agua, y quedará impuro hasta la noche» (Lev_15:25-27 ).

Es decir: una mujer con flujo de sangre era inmunda; todas las cosas y las personas que tocara quedaban infectadas de su inmundicia. Quedaba totalmente excluida del culto, y del trato con hombres y mujeres. No debería ni siquiera haber estado entre la multitud que rodeaba a Jesús; porque, si lo hubieran sabido, no la habrían dejado, porque habría estado contaminando a todos. No nos sorprende lo más mínimo que estuviera probando ansiosamente todo lo que pudiera rescatarla de unta vida de aislamiento y humillación.

Así que se deslizó por detrás de Jesús y tocó la orla de su manto. La palabra griega es kráspedon, la hebrea es zizit.

Esta orla eran cuatro borlas de azul jacinto que llevaban los judíos en las esquinas de su manto exterior. Se llevaban obedeciendo lo que mandaba la Ley en Num_15:37-41 y Deu_22:12 . Mateo vuelve a mencionarla en 14:36 y 23:5. Consistían en cuatro hebras que pasaban por las cuatro puntas del manto y se encontraban en ocho puntos. Una de las hebras era más larga que las otras. Estaba trenzada siete veces alrededor de las otras, formando un nudo doble; luego ocho veces, luego once veces y luego trece veces. La hebra y los nudos representaban los cinco libros de la Ley. La razón de la orla era doble. Servía para identificar a un judío como tal, y como miembro del pueblo escogido, no importaba donde estuviera; y servía para recordarle al judío cada vez que se pusiera y se quitara la ropa que él pertenecía a Dios. En tiempos posteriores, cuando se perseguía universalmente a los judíos, las borlas se usaban en la túnica interior, y hoy en día se usan en el chal que usan los judíos devotos para la oración.

Fue la borla de la ropa de Jesús lo que tocó esta mujer.

Cuando la tocó, fue como si el tiempo se detuviera. Como si estuviéramos viendo una película y de pronto se quedara inmóvil la imagen y siguiéramos viendo lo mismo. Lo extraordinario y conmovedoramente hermoso de esta escena es que repentinamente Jesús se detuvo en medio de aquella multitud; y por un momento parecía que nada ni nadie existía para Él salvo aquella mujer y su necesidad. No era simplemente una pobre mujer perdida en la multitud; era una persona a la que Jesús dio la totalidad de Sí mismo.

Para Jesús nadie está nunca perdido entre la multitud, porque Jesús es como Dios. W. B. Yeats escribió una vez en uno de sus momentos de mística belleza: « El amor de Dios es infinito para toda alma humana, porque toda alma humana es única; ninguna otra cosa puede satisfacer la misma necesidad en Dios.» Dios le da la totalidad de Sí mismo a cada persona.

El mundo no es así. El mundo tiende a dividir a las personas en los que son importantes y los que no lo son.

En Una noche para recordar, Walter Lord cuenta un detalle de la historia del naufragio del Titanic en abril de 1912. Hubo una abrumadora pérdida de vidas cuando aquel trasatlántico nuevo y que se consideraba tan seguro chocó con un iceberg en medio del Atlántico. Cuando se publicó la noticia de la tragedia el periódico de Nueva York The American le dedicó un editorial. Este editorial estaba dedicado exclusivamente a la muerte del millonario John Jacob Astor; y sólo al final, casualmente, se mencionaba que también habían perecido otros 1800. El único que realmente importaba, el único que era noticia, era el millonario. Los otros 1800 no tenían ninguna importancia.

Los hombres puede que sean así, pero Dios no. Bain, el psicólogo, dijo en un contexto muy diferente que la persona sensual tiene lo que él llamaba cuna ternura voluminosa.» En el más elevado y mejor sentido hay una ternura voluminosa en Dios. James Agate dijo de G. K. ChEsterton: «Al contrario que algunos pensadores, ChEsterton entendía a sus semejantes; las angustias de un juglar le eran tan familiares como las preocupaciones de un juez… ChEsterton, más que ningún otro hombre que yo haya conocido, tenía el tacto común. Le dedicaría toda su atención a un limpiabotas. Tenía esa bondad de corazón que la gente llama amabilidad y que hace que todo el mundo sea su familia.» Ese es el reflejo del amor de Dios, para Quien ninguno se pierde en la multitud.

Vale la pena recordar esto en un día y una edad en que el individuo está en peligro de perderse. Las personas tienden a convertirse en Números en un sistema de seguridad social; tienden casi a perder su derecho como individuos cuando son miembros de una asociación o de un sindicato. W. B. Yeats dijo de Augustus John, el famoso artista y retratista: « Estaba interesado supremamente en la revolución contra todo lo que hace a un ser humano igual a otro.» Para Dios una persona no es nunca lo mismo que otra; cada una es su bebé individual, y cada una tiene todo el amor de Dios y todo el poder de Dios a su disposición.

Para Jesús esta mujer no se perdió en la multitud; en su hora de necesidad, para Él era la única que importaba. Jesús es así con cada uno de nosotros.

LAS DOS REACCIONES

Mateo 9:32-34

Cuando se iban los ciegos, fijaos: Le trajeron a Jesús a uno que estaba mudo porque tenía un demonio; y cuando Jesús le echó el demonio, ya pudo hablar. Y las multitudes estaban alucinadas, y decían:

¡No se ha visto nunca nada semejante en Israel!

Pero los fariseos decían:

Este expulsa los demonios porque está de acuerdo con el príncipe de los demonios.

Pocos pasajes nos muestran tan claramente como éste la imposibilidad de una actitud de neutralidad frente a Jesús. Aquí tenemos el retrato de dos reacciones ante Él: la de las multitudes era de sorprendida admiración; la de los fariseos, de odio virulento. Siempre ha de ser verdad que lo que el ojo vea dependerá de lo que el corazón sienta.

Las multitudes miraban a Jesús con admiración porque eran gente sencilla con un sentido intenso de necesidad; y veían que Jesús podía suplir su necesidad de una manera de lo más sorprendente. Jesús siempre le parecerá maravilloso al que tiene sentimiento de necesidad; y cuanto más profundo sea el sentimiento de necesidad tanto más maravilloso parecerá Jesús.

Los fariseos veían a Jesús como uno que actuaba de acuerdo con los poderes del mal. No negaban esos poderes maravillosos; pero se los atribuían a Su complicidad con el príncipe de los demonios. Este veredicto de los fariseos era debido a algunas de sus actitudes mentales.

(i) Estaban demasiado afianzados en su posición para cambiar. Como ya hemos visto, por lo que a ellos respectaba no se podía añadir ni sustraer una sola palabra de la Ley. Para ellos todas las cosas grandes y maravillosas pertenecían al pasado. Para ellos, cambiar una tradición o un convencionalismo era pecado mortal. Cualquier novedad era errónea. Y cuando vino Jesús con una nueva interpretación de lo que era en realidad la religión, Le odiaron como habían odiado sus antepasados a los profetas de tiempo antiguo.

(ii) Estaban demasiado orgullosos de su propia autosuficiencia para someterse. Si Jesús tenía razón, ellos estaban equivocados. Los fariseos estaban tan satisfechos consigo mismos que no veían ninguna necesidad de cambiar; y odiaban a todo el que quisiera cambiarlos. El arrepentimiento es la puerta por la que todas las personas deben entrar al Reino; y el arrepentimiento quiere decir reconocer el error de nuestros caminos y darnos cuenta de que sólo en Cristo hay vida; y someternos a Él y a Su voluntad y poder, que es lo único que nos puede cambiar.

(iii) Tenían demasiados prejuicios para ver. Tenían los ojos tan cegados por sus propias ideas que no podían ver en Jesucristo la verdad y el poder de Dios.

Uno que tenga sentimiento de necesidad siempre verá maravillas en Jesucristo. El que está tan seguro de su posición que no quiere cambiar, el que está tan orgulloso de su propia justicia que no se quiere someter, el que está tan cegado por sus prejuicios que no puede ver, siempre resentirá y odiará y tratará de eliminar a Jesucristo.

LA TRIPLE OBRA

Mateo 9:35

Jesús recorrió todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando toda dolencia y toda enfermedad.

Aquí tenemos en una sola frase la triple actividad que era la esencia de la vida de Jesús.

(i) Jesús era el Heraldo. El heraldo es el que trae un mensaje del rey: Jesús era el Que traía un mensaje de Dios. La función del heraldo es la proclamación de certezas; la predicación siempre debe ser la proclamación de certezas. Una iglesia no se puede nunca formar con personas que están seguras, como si dijéramos, por delegación. No debe ser el predicador el único que esté seguro. Los miembros también.

No ha habido nunca una época en la que esta certeza se necesitara más que en nuestro tiempo. Geoffrey Heawood, director de un gran instituto inglés, ha escrito que la gran tragedia y el gran problema de esta edad es que estamos en una encrucijada, y se han caído las señales.

Beverley Nichols escribió una vez un libro de entrevistas con gente famosa. Uno de los entrevistados fue Hilaire Belloc, uno de los más famosos católicos ingleses. Después de la entrevista Nichols escribió: « A mí me daba pena Belloc porque me parecía que había puesto por lo menos algunas de sus banderas en un asta equivocada; pero todavía me dio más pena de mí mismo y de mi propia generación porque sabía que no tenemos banderas de ninguna clase que poner en ningún asta.»

Vivimos en una era de incertidumbre, una era en la que la gente ha dejado de estar segura de nada. Jesús era el Heraldo de Dios, Que vino proclamando las certezas por las que viven las personas; y nosotros también debemos poder decir: «Yo conozco a Aquel en Quien he creído.»

(ii) Jesús era el Maestro. No basta con proclamar las certezas cristianas, y dejar así las cosas; también debemos poder mostrar la diferencia que aportan esas certezas para la vida y la conducta. La importancia y el problema de esto radica en el hecho de que enseñamos el Evangelio, no meramente hablando de él, sino viviéndolo. No es el deber del cristiano discutir el Cristianismo con los demás, sino más bien mostrarles lo que es el Cristianismo.

Un escritor que vivió en la India escribe lo siguiente: «Recuerdo un batallón inglés qué, como tantos otros, venía al culto en formación como era su deber, cantaba los himnos como quería, oía el sermón si le parecía interesante y pasaba de la iglesia el resto de la semana. Pero su labor de rescate en el tiempo del terremoto de Quetta impresionó de tal manera a un brahmán que pidió el bautismo inmediatamente, porque sólo la religión cristiana podía hacer que los hombres se condujeran de esa manera.»

Lo que le enseñó a aquel brahmán lo que era el Cristianismo fue verlo en acción. Para decirlo bien claro: nuestro deber no es hablarle a la gente de Jesucristo, sino mostrarles a Jesucristo. Se ha definido un santo como alguien en quien Cristo vive otra vez. Todo cristiano debe ser un maestro, y debe enseñarles a los demás lo que es el Cristianismo, no con palabras, sino con su vida toda.

(iii) Jesús era el Sanador. El Evangelio que trajo Jesús no se quedaba en palabras; se traducía en obras. Conforme vamos leyendo los evangelios vemos que Jesús pasó mucho más tiempo sanando a los enfermos, y alimentando a los hambrientos, y consolando a los afligidos, que meramente hablando de Dios. El traducía las palabras de la verdad cristiana en obras del amor cristiano. No seremos de veras cristianos hasta que nuestra fe cristiana desemboque en acción cristiana. El sacerdote habría dicho que la esencia de la religión es el sacrificio; el escriba, que la Ley; pero Jesucristo decía y mostraba que la esencia de la religión es el amor.

LA COMPASIÓN DIVINA

Mateo 9:36

Cuando veía las multitudes, Se conmovía de compasión hasta lo más íntimo de Su ser, porque estaban desconcertadas y abatidas como ovejas que no tuvieran pastor.

Cuando Jesús vio aquel gentío de hombres y mujeres normales y corrientes Se conmovió de compasión. La palabra que se usa en el original es splanjnistheis, la palabra más fuerte que hay en griego para la piedad. Procede de la palabra splanjna, que quiere decir las entrañas, así es que describe la compasión que le conmueve a uno en lo más íntimo de su ser. En los evangelios, aparte de algunas parábolas, sólo se usa de los sentimientos de Jesús (Mat_9:36 ; Mat_14:14 ; Mat_15:32 ; Mat_20:34 ; Mar_1:41 ; Luk_7:13 ). Cuando estudiamos estos pasajes vemos las cosas que conmovieron especialmente a Jesús.

(i) Se conmovía de compasión por el dolor del mundo. Se conmovía de compasión por los enfermos (Mat_14:14 ); por los ciegos (Mat_20:34 ); por los oprimidos por los demonios (Mar_9:22 ). En todas nuestras aflicciones Él fue afligido. No podía ver a nadie padecer sin desear librarle de su padecimiento.

(ii) Se conmovía de compasión por el sufrimiento del mundo. Al ver a la viuda de Naín siguiendo hasta la tumba el cadáver de su único hijo, el corazón de Jesús se conmovió (Luk_7:13 ). Le embargaba un deseo irreprimible de enjugar las lágrimas de todos los ojos.

(iii) Se conmovía de compasión por el hambre del mundo. El ver las multitudes cansadas y hambrientas era una llamada a Su poder (Mat_15:32 ). Ningún cristiano debe darse por contento por tener de más cuando otros tienen de menos.

(iv) Se conmovía de compasión por la soledad del mundo. El ver a un leproso dEsterrado de la sociedad, llevando una vida que era una muerte continua de soledad y abandono universal era una llamada a Su compasión y a Su poder (Mar_1:41 ).

(v) Se conmovía de compasión por el desconcierto del mundo. Eso fue lo que Le conmovió en esta ocasión. La gente normal anhelaba a Dios desesperadamente; y los escribas y los fariseos, los sacerdotes y los saduceos, los pilares de la ortodoxia de Su tiempo, no tenían nada que ofrecer. Los maestros ortodoxos no ofrecían ni dirección, ni consuelo, ni estímulo.

Las palabras que se usan para describir el estado de la gente corriente son gráficas. La que hemos traducido por desconcertados es eskylmenoi. Puede describir un cadáver despellejado y mutilado; algo que ha sido saqueado por gente rapaz, o vejado por gente sin piedad, o tratado con insolencia desenfrenada; alguien que está totalmente exhausto de un viaje que parece interminable. La palabra que hemos traducido por abatidas es errimenoi. Quiere decir yacer postrado. Puede describir a una persona derribada por heridas morales.

Los líderes judíos, que deberían dar fuerza para vivir, estaban desconcertando a las personas con argumentos sutiles acerca de la Ley que no ofrecían ni ayuda ni consuelo. Cuando deberían estar ayudando a las personas a mantenerse en pie, estaban despegándolas bajo el peso insoportable de la ley de los escribas. Les ofrecían a las personas una religión que era un obstáculo en vez de un apoyo. Debemos recordar siempre que el Cristianismo existe, no para desanimar, sino para animar; no para doblegar a las personas con cargas, sino para hacer que se remonten con alas como de águilas.

LA COSECHA QUE ESPERA

Mateo 9:37-38

Entonces Jesús les dijo a Sus discípulos:

La cosecha es abundante, pero hay pocos obreros. Así que pedidle al Señor de la cosecha que envíe obreros a Su cosecha.

Aquí tenemos una de las cosas más características que dijo nunca Jesús. Cuando Él y los líderes religiosos de Su tiempo miraban a las multitudes de personas normales y corrientes, las veían de maneras completamente diferentes. Los fariseos veían a la gente normal como paja que no servía para nada más que para quemarla; Jesús los veía como una cosecha que había que recoger y poner a salvo. En su orgullo, los fariseos esperaban la destrucción de los pecadores; en Su amor, Jesús murió por la salvación de los pecadores.

Pero aquí tenemos también una de las verdades supremas y uno de los supremos desafíos cristianos. La cosecha no se siega sola, y hacen falta segadores que la sieguen. Es una de las verdades luminosas de la fe y de la vida cristiana que Jesucristo necesita personas. Cuando estaba en el mundo, podía alcanzar con Su voz a unos pocos. Nunca estuvo fuera de Palestina, y había todo un mundo que estaba esperando. Jesús sigue queriendo que la gente oiga la buena noticia del Evangelio, pero no podrán oírla a menos que haya quien se la dé. Quiere que todo el mundo oiga la Buena Noticia; pero nunca la oirá a menos que haya personas dispuestas a cruzar los mares y las montañas para llevársela.

La oración no es suficiente. Puede que alguien diga: « Voy a orar todos los días de mi vida para que venga el Reino de Dios.» Pero en esto, como en tantas otras cosas, la oración sin las obras es una cosa muerta. Martín Lutero tenía un amigo que pensaba como él acerca de la fe cristiana. Era otro fraile. Llegaron a un acuerdo: Lutero saldría al campo de batalla para que hubiera una Reforma, y su amigo se quedaría en el monasterio sosteniendo a Lutero en oración. Y así empezaron. Una noche, el amigo de Lutero tuvo un sueño: Vio un gran campo de trigo tan grande como el mundo, y a un solo hombre que estaba tratando de segarlo, una tarea imposible y descorazonadora. De pronto le vio la cara al segador solitario, y vio que era Martín Lutero. Y entonces el amigo se dio cuenta de todo. « Debo dejar la oración -se dijo- e ir a trabajar en el campo.»

Es el sueño de Cristo que todos y cada uno seamos misioneros y segadores. Hay algunos que no pueden hacer más que orar, porque la vida los ha dejado inútiles para ninguna otra cosa, y sus oraciones son la fuerza de los obreros. Pero esa no es la labor que nos corresponde a los más, los que tenemos fuerzas y salud física y mental. Ni siquiera el dar dinero es suficiente. Si se ha de segar la cosecha del mundo, cada uno de nosotros tiene que ser un segador, porque hay alguien a quien cada uno de nosotros puede -y debe- llevar a Dios.

Mateo  9:1-38

9.1 «Su ciudad» era Capernaum, una buena elección como base de operaciones. Era una ciudad pudiente, dedicada a la pesca y al comercio. Situada en el Mar de Galilea en un área densamente poblada, tenía una guarnición romana dedicada a mantener la paz en la región. La ciudad era un centro cultural, y estaba mayormente influenciada por las costumbres, modas, arquitectura y política griegas y romanas.

9.2 Las primeras palabras que dijo Jesús al paralítico fueron: «Tus pecados te son perdonados». Luego lo sanó. Debemos tener cuidado en no concentrarnos más en el poder de Dios para curar enfermedades físicas que en su poder para perdonar enfermedades espirituales en forma de pecado. Jesús vio que aquel hombre necesitaba sanidad espiritual además de sanidad física. La salud espiritual sólo se obtiene con el toque sanador de Jesús.

9.2 Tanto el cuerpo como el espíritu de aquel hombre estaban paralizados: no podía ni caminar ni reconocer a Jesús. Pero el estado espiritual de esta persona fue lo que más preocupó a Jesús. Si Dios no nos cura o no sana a alguien que amamos, debemos recordar que la sanidad física no es lo único que le interesa a Cristo. Todos seremos sanados completamente cuando Cristo venga en su Reino; pero primero debemos conocer a Cristo.

9.3 Blasfemia es afirmar uno que es Dios y decir que tiene las mismas características de Dios. Los líderes religiosos notaron de inmediato que Jesús afirmaba ser Dios. No entendían que Jesús es Dios y que tiene autoridad para perdonar pecados y sanar.

9.5, 6 Es fácil decir a alguien que sus pecados le son perdonados; ¡es mucho más difícil sanar a un paralítico! Jesús se detuvo y proclamó sanidad a las piernas del hombre. Esta acción demostró que sus palabras eran verdad: El posee la potestad de perdonar pecados así como la de sanar.
Hablar no cuesta, pero nuestras palabras pierden autoridad si nuestras acciones no las respaldan. Podemos proclamar el amor de Dios a otros, pero si no tomamos pasos concretos para manifestar ese amor, nuestras palabras serán vacías y sin significado. ¿Cuán bien respalda con sus acciones lo que dice?

9.9 Mateo era un judío que los romanos habían empleado como cobrador de impuestos de la zona. Cobraba impuestos de los ciudadanos como también de los mercaderes que pasaban por el pueblo. Los cobradores de impuestos deducían una comisión de lo cobrado, pero la mayoría cobraban de más y se enriquecían. Por esta razón los judíos los odiaban. Tenían reputación de estafadores y de apoyar a los romanos.

9.9 Cuando Jesús llamó a Mateo para que fuera uno de sus discípulos, Mateo lo siguió de inmediato, dejando una carrera lucrativa. Si Dios lo llama a usted para seguirle u obedecerle, ¿lo hace con el mismo desprendimiento de Mateo? Algunas veces, la decisión de seguir a Cristo requiere cierta elección dificultosa o dolorosa. Como Mateo, debemos dejar atrás las cosas que podrían apartarnos de seguir a Cristo.

9.10-13 Al visitar a Mateo, Jesús dañaba su reputación. Mateo había estado engañando a la gente pero Jesús lo encontró y lo cambió. No debemos temer llegar a aquellos que tienen un estilo de vida diferente, porque el mensaje de Dios puede cambiar a cualquiera.

9.11, 12 Los fariseos trataban con frecuencia de atrapar a Jesús y pensaron que su relación con esta «gente de baja vida» era la oportunidad perfecta. Se preocupaban más de las apariencias de santidad que de ayudar a la gente, de criticar más que de estimular, de la respetabilidad externa más que de la ayuda práctica. Pero Dios está interesado en todos, incluyendo a los que son pecadores y a los que sufren. ¡La vida cristiana no es contienda de popularidad! Al seguir el ejemplo de Jesús, debiéramos anunciar las buenas nuevas a los pobres, solitarios y repudiados, no solo a los buenos, talentosos y populares.

MATEO

Más que cualquier otro discípulo, Mateo tenía una idea clara de cuánto costaría seguir a Jesús, aun así, no dudó ni por un momento. Cuando abandonó su puesto de recaudador de impuestos, se quedó desempleado. Para algunos de los demás discípulos, siempre estaba la pesca a la cual podían regresar, pero para Mateo no había punto de regreso.

Dos cambios acontecieron en Mateo cuando decidió seguir a Jesús. Primero, Jesús le dio una nueva vida. No solo pertenecía a un nuevo grupo, sino que pertenecía al Hijo de Dios. No solo aceptaba un estilo de vida diferente, ahora él mismo era acepto. Para un recaudador de impuestos despreciado este cambio habrá sido maravilloso. Segundo, Jesús le dio a Mateo un nuevo propósito para sus habilidades. Cuando siguió a Jesús, el único instrumento de su antiguo trabajo que llevó consigo fue la pluma. Desde el principio Dios lo capacitó como un compilador de datos. A la larga, el llamado de Jesús le permitió poner a trabajar sus habilidades al máximo. Mateo era un observador agudo y, sin dudas, puso por escrito todo lo que sucedía a su alrededor. El resultado fue el Evangelio que lleva su nombre.

La experiencia de Mateo señala que cada uno de nosotros, desde el principio, es una de las obras de Dios en progreso. Gran parte de lo que Dios tiene para nosotros lo entrega mucho antes de que seamos capaces de darnos cuenta. Nos ha confiado destrezas y habilidades antes de tiempo. A cada uno nos ha capacitado para ser su siervo. Cuando le confiamos lo que El nos ha otorgado, iniciamos una vida de verdadera aventura. Mateo nunca se hubiera imaginado que Dios utilizaría las mismas destrezas que perfeccionó como recaudador de impuestos para guardar y redactar informes de la historia más grande jamás vivida. Y el propósito de Dios no es menos significativo para cada uno de nosotros. ¿Ha reconocido a Jesús diciéndole «Sígueme»? ¿Cuál ha sido su respuesta?

Puntos fuertes y logros :

— Era uno de los doce discípulos de Jesús
— Respondió de inmediato al llamado de Jesús
— Invitó a muchos de sus amigos a su casa para que conocieran a Jesús
— Compiló el Evangelio de Mateo
— Aclaró a su audiencia judía el cumplimiento en Jesús de las profecías del Antiguo Testamento

Lecciones de su vida :

— Jesús aceptaba constantemente personas de todo nivel social
— Dios le dio a Mateo una nueva vida, destrezas para redactar informes y atender los detalles con un nuevo propósito
— Cuando Jesús lo aceptó, Mateo trató de llevar a otros a Cristo

Datos generales :

— Dónde: Capernaum
— Ocupaciones: Recaudador de impuestos, discípulo de Jesús
— Familiar: Padre: Alfeo
— Contemporáneos: Jesús, Pilato, Herodes, otros discípulos

Versículo clave :

«Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió» (Mar_2:14).

La historia de Mateo se narra en los Evangelios. También se menciona en Act_1:13.

9.13 El que se autojustifica no puede salvarse porque el primer paso para seguir a Jesús es reconocer nuestra necesidad y aceptar que no tenemos todas las respuestas. Véase el diagrama en Oseas 7 en cuanto a «misericordia quiero y no sacrificios» .

9.14 Los discípulos de Juan urgían al arrepentimiento del pecado y a la preparación para la venida del Mesías. Los discípulos de Jesús no tenían la urgencia de preparar a la gente para la venida del Mesías porque estaba con ellos. Jesús no condenó el ayuno: El mismo lo practicaba (Mat_4:2). Enfatizó que debía hacerse por razones justas.

9.14 El mensaje de Juan el Bautista era duro y estaba centralizado en la ley. Cuando la gente se fija en la ley de Dios y se compara con ella, se da cuenta de cuánto le falta y de cuán necesario es que se arrepienta. El mensaje de Jesús se centralizaba en la vida, el resultado de volverse del pecado e ir a El. Los discípulos de Juan arrancaron bien, pero necesitaban dar el paso siguiente y confiar en Jesús. ¿Dónde está su centro de atención, en la ley o en Cristo?

9.15 La llegada del reino de los cielos era como una fiesta de bodas en que Jesús era el esposo. Sus discípulos, por esta razón, se regocijaban. No tenían por qué estar de luto: el novio estaba presente.

9.17 En tiempos bíblicos el vino no se conservaba en botellas de vidrio sino en pieles de cabras bien cosidas en los bordes para que no hubiera escape de líquido. El vino nuevo, a medida que se iba fermentando, se expandía y estiraba los odres. Una vez añejado el vino, no se agregaba más vino nuevo; si se hacía, el odre ya estirado reventaba. Por eso el vino nuevo siempre se colocaba en odres nuevos.

9.17 Jesús no vino para remendar el sistema religioso viejo del judaísmo con sus normas y tradiciones. Si lo hubiera hecho, su mensaje hubiera peligrado.
Su propósito fue traer algo nuevo que había sido profetizado por siglos. Este mensaje nuevo, el evangelio, dice que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a la tierra para ofrecer a todos el perdón de pecados y la restauración con Dios. Este mensaje nuevo de fe y amor no encajaba en el rígido y antiguo sistema de religión legalista. Requería un inicio fresco. El mensaje permanecerá siempre «nuevo» porque debe ser aceptado y aplicado en cada generación. Cuando seguimos a Cristo, debemos estar preparados para nuevas formas de vida, nuevas maneras de mirar a la gente y nuevos métodos de servicio.

9.18 Marcos y Lucas llaman a este hombre jefe de la sinagoga e indican que su nombre era Jairo (Mar_5:22; Luk_8:41). Como principal de la sinagoga, tenía a su cargo la administración, lo que incluía velar por la conservación del edificio, supervisar la adoración, conducir la escuela en días laborables y hacer contacto con los rabinos para que dieran instrucción en el día de reposo. Para recibir mayor información en cuanto a la sinagoga, véase la nota a Mar_1:21.

9.20-22 Esta mujer había sufrido por doce años de una hemorragia (tal vez un desorden menstrual). Cuando estamos atravesando tiempos de desesperación, no debemos preocuparnos de la forma en que nos allegamos a Dios. Como esta mujer, podemos simplemente extender la mano con fe. El nos responderá.

9.22 Dios cambió una situación que había sido problema por años. Como el leproso y el hombre poseído por el demonio (véanse las notas a 8.3 y la segunda nota a 8.28), esta mujer enferma era considerada inmunda. Por doce años, había sido una de las «intocables» y no había podido llevar una vida normal. Pero Jesús operó el cambio y la restauró. Algunas veces somos tentados a rendirnos en cuanto a personas o circunstancias que no han cambiado en años. Dios puede cambiar lo que parece incambiable, dando vida nueva y esperanza.

9.23-26 El rabí de la sinagoga local no fue en busca de Jesús sino cuando su hija ya había muerto. Ya era demasiado tarde para hacer algo. ¡Pero Jesús simplemente se acercó a ella y la resucitó! En nuestras vidas, Cristo puede cambiarlo todo cuando en apariencias ya es demasiado tarde. Puede reconciliar matrimonios separados, librar de vicios, perdonar y cambiar vidas desechas. Si en su situación parece que no hay esperanza, recuerde que Cristo puede hacer lo imposible.

9.27 «Hijo de David» era una expresión común por medio de la cual se identificaba a Jesús como el Mesías, porque se sabía que el Mesías sería descendiente del rey David (Isa_9:7). Esta es la primera vez que este título se usa en Mateo. Isa_29:18; Isa_35:5; Isa_42:7 profetiza que Jesús podría dar vista a los ciegos.

9.27-30 Jesús no contestó con prontitud a la súplica de los ciegos. Esperó a ver si tenían fe. No todo el que dice necesitar ayuda cree que Dios puede ayudarlo. Jesús quizás esperó y cuestionó a aquellos hombres para enfatizar y estimular su fe. Si usted tiene la impresión de que Dios es muy lento en contestar sus oraciones, quizá esté siendo probado como aquellos ciegos. ¿Cree usted que Dios puede ayudarle? ¿Quiere de veras su ayuda?

9.28 Aquellos ciegos eran perseverantes. Fueron directamente a la casa donde Jesús estaba. Sabían que El podría sanarlos y no permitieron que nada los detuviera. Eso es fe. Si cree que Jesús es la respuesta a su necesidad, no permita que nada ni nadie se interponga entre El y usted.

9.30 Jesús pidió a la gente que no publicara sus obras de sanidad porque su propósito no era que lo conocieran sólo como el que hace milagros. Curaba porque tenía compasión de la gente, pero también quería ofrecer sanidad espiritual a un mundo pecador y enfermo.

9.32 Mientras Jesús estuvo en la tierra, las fuerzas demoníacas parecían estar muy activas. A pesar de que no estamos seguros del porqué ni cómo tiene lugar la posesión demoníaca, origina problemas físicos y mentales. En este caso motivó un problema físico: la persona no podía hablar. Obtenga mayor información sobre los demonios y la posesión demoníaca en las notas a 8.28 y Mar_1:23.

9.34 En el capítulo 9, los fariseos acusaron a Jesús de cuatro diferentes pecados: blasfemia, amigarse con los marginados, impiedad y servir al demonio. Mateo muestra cómo Jesús recibió calumnias de aquellos que debieran recibirlo con regocijo. ¿Por qué hicieron esto los fariseos? (1) Jesús no tomaba en cuenta su autoridad religiosa. (2) Su dominio de la gente se debilitaba. (3) Sus creencias personales fueron cuestionadas. (4) Sus motivos hipócritas fueron denunciados.

9.34 Mientras los fariseos cuestionaban, discutían y criticaban a Jesús, ante sus propios ojos la gente recibía sanidad y transformación de vida. El escepticismo de los fariseos no estaba basado en falta de evidencias sino en el celo por la popularidad de Jesús.

9.35 Las buenas nuevas acerca del Reino era que el prometido y tan esperado Mesías había llegado. Su poder para sanar era señal de que sus enseñanzas eran verdaderas.

9.35-38 Jesús necesitaba obreros que supieran enfrentar los problemas de la gente. Podemos tranquilizar a otros y mostrarles cómo vivir porque Dios y sus obreros nos han ayudado en nuestros problemas (2Co_1:3-7).

9.36 También Ezequiel había comparado a Israel a ovejas sin pastor (Eze_34:5-6). Jesús vino a ser el Pastor, el único que podía mostrar a la gente cómo evitar los errores de la vida (véase Joh_10:14).

9.37, 38 Jesús al ver las multitudes que lo seguían se refirió a ellas como un campo listo para la siega. Mucha gente está lista para dar su vida a Cristo si alguien le muestra el camino. Jesús nos manda que oremos por la necesidad que existe de más obreros. Con frecuencia, cuando oramos por algo, Dios responde nuestras oraciones usándonos. Prepárese: Dios va a usarlo para que señale el camino a otro.

Mateo 9:1-13

En la primera parte de este pasaje se deja ver cuan grande es el conocimiento que nuestro Señor tiene de los pensamientos de los hombres.

A ciertos escribas les parecieron censurables y aun blasfemas las palabras que nuestro Señor dirigió al paralítico. Seguramente se figuraron que nadie sabía qué pensamientos se cruzaban en su mente. Les faltaba saber que el Hijo de Dios puede leer los corazones y percibir los más íntimos afectos. Para vergüenza suya, sus malévolas ideas fueron reveladas.

Esto nos enseña una lección muy útil. «Todas las cosas están descubiertas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.» Heb. 4.13. Nada puede permanecer oculto a los ojos de Jesús. ¿De qué pensamos en lo secreto cuando nadie nos ve? ¿De qué pensamos en la iglesia cuando parecemos tan formales y serios? ¿De qué estamos pensando en este momento mismo? Jesús lo sabe, lo ve, lo penetra, y algún día nos llamará a dar cuenta de ello. Escrito está: « El Señor que juzgará los secretos de los hombres conforme a mi Evangelio, por Jesucristo.» Rom. 2.16.

Notemos, en segundo lugar, el singular llamamiento que Mateo recibió para hacerse discípulo de Jesucristo. Aquel que más tarde fue el primero en escribir el Evangelio estaba sentado al banco de los tributos. Acaso estaba absorto en el desempeño de sus funciones y pensaba en nada más que sus ganancias. Mas de súbito nuestro Señor lo excitó a que lo siguiese y se hiciese su discípulo. Al punto obedeció: levantóse y le siguió.

Que sea siempre uno de los principios fijos de nuestro sistema religioso que para Jesucristo nada hay imposible. El tiene poder para llamar a un recaudador de impuestos y hacerlo apóstol; para cambiar cualquier corazón y renovar todas las cosas. No perdamos jamás las esperanzas de la salvación de persona alguna.

Continuemos trabajando y orando por el bien de las almas, aun de las más depravadas.

Notemos la resolución de Mateo. No se demoró, no se aguardó hasta otra ocasión más oportuna, Hechos 24.25; y por lo tanto, cosechó óptimos frutos.

Escribió un libro que se conoce en todos los ámbitos del globo. Su alma recibió abundantes beneficios, y él hizo abundantes beneficios a los demás. Dejó tras sí un nombre que es más célebre que el de un príncipe o un rey. Aun al más rico se le olvida pronto después de muerto; mas en tanto que el mundo exista, el nombre de Mateo el publicano será conocido de millones de hombres.

Notemos, por último, las preciosas palabras que nuestro Señor dijo acerca de su misión.

Los fariseos murmuraban contra él porque se asociaba con publícanos y pecadores. En su ciego orgullo se habían imaginado que un maestro que habla descendido del cielo no debía tener nada que hacer con semejantes gentes. Ignoraban el gran fin con el cual, según se había anunciado, había de venir el Mesías al mundo, a saber: el de salvar y redimir las almas que estaban agobiadas por el pecado. Nuestro Señor, por tanto, los reconvino y pronunció estas benditas palabras: « No he venido a llamar los justos, sino los pecadores a arrepentimiento..

Fijémonos en su sentido. Lo primero que el pecador necesita es tener la conciencia de su propia corrupción, y sentir voluntad de acudir a Jesucristo para obtener su auxilio. Ni debe dejar de acudir porque sepa que es malo, depravado é indigno, pues menester es que recuerde que fue a los pecadores que el Redentor vino a salvar, y que si se cree pertenecer a ese número, todo va bien.

No vayamos a pensar que los verdaderos cristianos puedan llegar en este mundo a tal grado de perfección que ya no necesiten de la mediación é intercesión de Jesucristo. Como pecadores acudimos a El; como pecadores vivimos, recibiendo del cielo toda la gracia que poseemos, y como pecadores nos acercaremos al bordo del sepulcro.

Mateo 9:14-26

Notemos en este pasaje el dictado que nuestro Señor se aplicó a sí mismo. Se dio el título de esposo.

Lo que el esposo es hacia la esposa, nuestro Señor es hacia las almas de los que creen en él. El amor que para con ellas siente es eterno: únelas a sí mismo; hace expiación por sus culpas; provee a sus necesidades diarias; las compadece en todas sus angustias; sobrelleva sus debilidades, y no las rechaza por unas pocas flaquezas; considera como perseguidores suyos a los que las persiguen; y algún día las permitirá participar de la gloria que él ha recibido de su Padre, de manera que donde él esté ellas también estarán. Tales son los privilegios de los cristianos, y tal la herencia que por su fe recibirán. ¡Bienaventurados son a la verdad los que creen! Notemos en seguida qué regla tan prudente fue la que nuestro Señor estableció relativamente a la conducta que debe observarse con los neófitos.

Algunos individuos murmuraban contra los discípulos de nuestro Señor porque no ayunaban como los discípulos de Juan. Nuestro Señor los defendió con un argumento profundamente sabio: dijo que no era propio que ayunaran en tanto que el esposo estaba con ellos. Ni se detuvo ahí en sus observaciones, mas prosiguió a manifestar que es preciso tratar con suavidad a los neófitos, enseñándoles solo aquellas doctrinas que se hallan en aptitud de comprender y evitando el forzarlos a que acepten todo desde el principio; y dijo que proceder de otra manera sería cometer una insensatez semejante a la del que pusiera vino fresco en cueros viejos, o echara un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo.

En materias religiosas debe cuidarse, pues, de no dar demasiada importancia a lo que es de un orden secundario, y ni exigir con afán y con escrúpulo la conformidad a una regla que versa sobre cuestiones indiferentes, hasta tanto que no se hayan inculcado los dos principios cardinales de la fe y el arrepentimiento. Para proceder con tino en esta materia es preciso que hagamos uso del sentido común y que imploremos el auxilio divino.

Notemos, además, que nuestro Señor estime la fe, aun la más débil.

Cuéntasenos que una mujer que sufría mucho de una grave enfermedad, pasando por en medio de la multitud y siguiendo detrás de nuestro Señor, le tocó la orla de su vestido, con la esperanza que de ese modo sería curada. No dijo una sola palabra para pedir socorro, ni hizo profesión pública de su fe; mas tenia confianza de que con tocar apenas el manto de Jesús obtendría la salud. Y así sucedió: en lo que ella hizo se manifestó un germen de fe que nuestro Señor aprobó. Inmediatamente fue sanada y regresó a su casa llena de sosiego. Como muy bien dijo un escritor antiguo, «vino temblando y volvió victoriosa..

Por último, notemos cuan grande es el poder del Señor. Le devolvió la vida a una muerta.

¡Cuan maravillosa no debe de haber sido esa escena! ¿Que persona que haya visto un cadáver podrá olvidar cuan rígidos y yertos se ponen los miembros cuando la respiración ha terminado? ¿Quién podrá dejar de percibir que se efectúa un cambio extraordinario, y que entre los que expiren y los vivos se abre un abismo insondable? Más ved como el Señor entra al aposento donde está el cadáver y hace penetrar de nuevo al espíritu en su morada terrenal. Vuelve a palpitar el corazón; se abren los ojos; la respiración se restablece: es que la hija del príncipe ha sido resucitada y puede una vez más recibir las caricias de sus padres. ¡Aquel fue, a la verdad, un acto de omnipotencia! Solo el Ser que creó al hombre pudo haberlo ejecutado.

Mateo 9:27-38

Al leer este pasaje se nota, en primer lugar, que algunas veces se encuentra fe firme en el Salvador donde menos se espera. ¿Quién hubiera pensado que dos ciegos llamarían al Señor «Hijo de David»? Ellos, por supuesto, no vieron los milagros que hizo, y solo lo conocían por el decir de las gentes. Mas, si bien tenían velados los ojos, la mente les fue iluminada, y así percibieron la verdad que los fariseos no alcanzaron a penetrar: conocieron que Jesús Nazareno era el Mesías, y que podía curarlos.

Ejemplos de esta clase nos demuestran que jamás debemos desconfiar de la salvación de alguna persona porque esté rodeada de circunstancias desfavorables para su alma. La vida religiosa no depende solo de las circunstancias externas. El Espíritu Santo puede conceder fe a los ignorantes, a los pobres y a los que viven privados de casi todos los medios de gracia. Sin el auxilio del Espíritu Santo el pecador puede comprender todas las doctrinas y vivir a la plena luz del Evangelio, mas no podrá sin ese auxilio obtener la salvación.

En el último día se presenciará un espectáculo sorprendente: muchos postreros serán primeros y primeros postreros. Mat_20:16.

Se advierte, en segundo lugar, que nuestro Señor Jesucristo presenció muchas enfermedades y padecimientos. Iba por todas las ciudades y aldeas haciendo obras de misericordia. Fue testigo ocular de todos los achaques a que la carne está sujeta; vio sufrimientos de toda especie, de todo linaje; y se asoció con enfermos do distintos clases. Ninguno era tan asqueroso que El no quisiese cuidarlo y aliviarlo: ninguno tan gravemente enfermo que no pudiese curarlo.

Este hecho es para el cristiano muy consolador. Todos estamos revestidos de cuerpos débiles y delicados. Acaso de un momento a otro se nos llame a velar al lado del lecho de un pariente o de un amigo, y tendremos que presenciar sus padecimientos y agonías; o acaso nosotros mismos seamos atacados de una grave enfermedad y tengamos que experimentar agudos dolores. Más cobremos ánimo con la idea de que Jesús es el amigo de los enfermos. Ese Sumo Sacerdote a quien es de nuestro deber acudir por el perdón y la paz, es tierno y compasivo para con los que padecen del cuerpo así como para los que sufren del alma. Los ojos del Rey de reyes muchas veces miraron con ternura a los enfermos. Felices los que confían, en El.

Es de notarse, en tercer lugar, cuan grande era el interés que sentía nuestro Señor por los que carecían de privilegios espirituales. Vio muchedumbres cuando estuvo en la tierra, que estaban dispersas como ovejas sin pastor, y se conmovió profundamente. Viéndolas abandonadas por los que estaban en el deber de instruirlas, y sumidas en la ignorancia, el desamparo y la degradación, apiadóse de ellas. Ese tierno corazón no podía permanecer impasible en presencia de tal espectáculo.

Ahora bien, ¿qué experimentamos nosotros cuando vemos otros semejantes? Hay millones de idólatras y paganos en la tierra; millones de mahometanos ilusos; millones de supersticiosos romanistas; millares de protestantes ignorantes cerca de nuestras puertas. ¿Nos afanamos por la felicidad de sus almas? ¿Los compadecemos por su carencia de privilegios espirituales? ¿Deseamos auxiliarlos? Preguntas son estas de la más seria importancia. El hombre que es indiferente a la conversión de los incrédulos no puede tener el espíritu de Jesucristo. 1 Cor. 2.16.

Es de observarse, por último, que a todos los cristianos que deseen el bien de los no convertidos, les incumbe un deber solemne. Están en el deber de orar que haya más hombres que se dediquen a la obra de convertir las almas. «Bogad pues,»dijo Jesús,» al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies..

Si acostumbramos orar cumplamos escrupulosamente este precepto de nuestro Señor. Bueno es trabajar personalmente por el bien de las almas, bueno es también dar dinero; mas es todavía mejor orar, pues por medio de la oración propiciamos aquel Ser sin cuyo auxilio todo esfuerzo y todo gasto es estéril–el Espíritu Santo. Con el dinero se sostiene a los misioneros; las universidades instruyen; las congregaciones eligen; los obispos ordenan; mas tan solo el Espíritu Santo puede crear ministros del Evangelio, y hacer que los legos coadyuven en la cosecha espiritual. No olvidemos, pues, el deber de orar.

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