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Mateo 9: Estar a buenas con Dios

Así es que nos podemos figurar la escena de la casa del gobernador de la sinagoGálatasGa. Todos estaban rasgándose las ropas; las plañideras lanzaban sus chillidos como entregándose al más profundo dolor; las flautas producían sus sonidos horripilantes. En aquella casa se había dado cita toda la parafernalia de los duelos orientales.

En esa atmósfera excitada e histérica, entró Jesús. Con serena autoridad hizo que todos se salieran. Les dijo tranquilamente que la muchacha no estaba muerta, sino sólo dormid y los presentes se rieron burlonamente de Él. Era un detalle extrañamente humano aquel. Los presentes se habían entregado tan totalmente al duelo que se daban por ofendidos de cualquier esperanza de que todo aquello no fuera necesario.

Es probable que, cuando Jesús dijo que la muchacha no estaba muerta sino sólo dormida, quisiera decir precisamente aquello. En griego, como en español, muchas veces se alude a la muerte aplicándole la terminología del sueño. « Descanse en paz.» De hecho, la palabra internacional cementerio viene del griego koimétérion, que quiere decir lugar donde duermen las personas, dormitorio. En griego hay dos palabras para dormir; una es kiomasthai, que se usa muy corrientemente tanto del sueño natural como del sueño de la muerte, y la otra katheudein, que no se usa tan frecuentemente del sueño de la muerte y sí más corrientemente del sueño natural. Y es katheudein la que se usa en este pasaje.

En Oriente, el coma cataléptico no era ni mucho menos infrecuente. El entierro en Oriente sigue al fallecimiento muy de cerca, porque las condiciones climatológicas lo hacen necesario. Tristram escribe: « Los entierros siempre tienen lugar lo más tarde posible el mismo día del fallecimiento, frecuentemente por la noche si el fallecido había estado vivo hasta después de la puesta del sol.» A causa de lo corriente que era el estado de coma, y por lo corriente del entierro inmediato, no era imposible que se enterraran algunas personas vivas, como muestra la evidencia de muchas tumbas. Puede que aquí tengamos un ejemplo, no tanto de una resurrección, como de un diagnóstico divino; y que Jesús salvó a esta chica de un final terrible.

De una cosa podemos estar seguros: aquel día en Cafarnaum Jesús rescató a una muchacha judía de las mismas garras de la muerte.

FE IMPERFECTA Y PODER PERFECTO

Mateo 9:18-31

Antes de estudiar este pasaje en detalle debemos considerarlo en conjunto, porque en él hay algo maravilloso.

Contiene tres relatos de milagros: la curación de la hija del gobernador (versículos 18, 19, 23-26); la curación de la mujer que padecía flujo de sangre (versículos 20-22); y la curación de los dos ciegos (versículos 27-31). Todos estos relatos tienen algo en común. Veámoslos ahora uno a uno.

(i) No cabe duda que el gobernador acudiría a Jesús cuando todo lo demás le había fallado. Era, como veremos, el gobernador de la sinagoga; es decir: un pilar de la ortodoxia judía. Era uno de los que despreciaban y odiaban a Jesús, y a los que les habría gustado eliminarle. Sin duda probó todas clases de médicos, y de curas; y sólo por pura desesperación, y como último recurso, acudió a Jesús.

Es decir: el gobernador vino a Jesús con motivos inadecuados. No acudió a Jesús impulsado por un corazón desbordado de amor; vino a Jesús porque había probado todo lo demás, y no le quedaban más posibles remedios a que acudir. Herbert dice al final de una de sus poesías que Dios dice de Su hijo extraviado:

Si toda Mi bondad no le guiara, que la inquietud le arroje hacia Mi pecho.

Este hombre vino a Jesús impulsado por la desesperación.

(ii) La mujer con el flujo de sangre se abrió paso entre la multitud por detrás de Jesús y tocó el borde Su túnica. Vamos a suponer que estamos leyendo ese relato con una actitud distante y crítica, ¿de qué diríamos que dio muestra aquella mujer? Diríamos, sencillamente, que de superstición. Tocar el borde de la túnica de Jesús era parecido a buscar la sanidad en las reliquias o en los pañuelos de los santos.

Esta mujer vino a Jesús con lo que podríamos llamar una fe inadecuada. La trajo algo que más parecía superstición que fe.

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