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Romanos 1: Vocación, evangelio y misión

La fe empieza por receptividad. Cuando, por lo menos, estamos dispuestos a escuchar el Evangelio. Sigue por asentimiento de la mente: después de oír, estamos de acuerdo en que es verdad; pero ese asentimiento mental puede no desembocar en acción. Muchas personas saben que algo es cierto, pero no cambian lo más mínimo en consecuencia. El paso decisivo se da cuando del asentimiento mental se pasa a la entrega total. La fe madura se da cuando alguien escucha el Evangelio, está de acuerdo en que es verdad y se entrega en una rendición incondicional.

(iii) Tenemos su concepción de la justificación. No hay palabras que sean más difíciles de entender en todo el Nuevo Testamento que justo, justicia, justificar y justificación. En esta carta tendremos ocasión de encontrárnoslas a menudo. Por lo pronto nos conformaremos con establecer las líneas generales por las que discurre el pensamiento de Pablo.

El verbo griego que usa Pablo para justificar es dikaiún, del que la primera persona de singular del presente de indicativo es dikaioó, justifico. Debemos darnos cuenta de que la palabra justificar tiene aquí un sentido distinto del corriente en español.

Cuando «nos justificamos», damos razones para demostrar que teníamos razón; si es otro el que «nos justifica», presenta pruebas que confirman que actuamos como es debido. Pero todos los verbos griegos que terminan en oó no quieren decir probar o hacer que una persona o cosa sea algo, sino tratar o considerar a una persona como si fuera algo. Si Dios justifica a un pecador, no quiere decir que le da la razón y le acepta como justo. ¡Lejos de eso! Ni siquiera quiere decir, en este punto, que Dios hace que el pecador sea bueno. Quiere decir que Dios trata al pecador como si no lo fuera. En lugar de tratarle como a un criminal que merece ser condenado, Dios le trata como a un hijo al que ama. Eso es lo que quiere decir la justificación: que Dios nos considera, no como enemigos, sino como amigos; no como merecen los malos, sino como merecen los buenos; no como a transgresores de la ley a los que hay que castigar, sino como a hombres y mujeres a los que hay que amar. Esta es la
esencia misma del Evangelio.

Esto quiere decir que ser justificados es entrar en una nueva relación con Dios, una relación de amor, de confianza y de amistad, en lugar del distanciamiento de la enemistad y el miedo. Ya no nos dirigimos a un Dios que irradia justo y terrible castigo, sino perdón y amor redentor. La justificación (dikaiosyné) es la relación correcta entre Dios y la criatura humana. El que es justo (dikaios) es el que está en esta correcta relación con Dios -y aquí viene un detalle de suprema importancia-, no por nada que él haya hecho, sino por lo que Dios ha hecho por él. Está en la debida relación con Dios, no por haber cumplido meticulosamente todos los mandamientos de la ley, sino porque se ha arrojado en una fe a ultranza a merced de la misericordia y el amor de Dios.

En la antigua versión Reina-Valera teníamos la famosa frase: «El justo vivirá por la fe» (Romanos 1:17). Ahora podemos ver lo que quería decir Pablo con esta cita de Habacuc 2:4: Es el que está en la correcta relación con Dios -no por sus propias obras, sino por su absoluta fe en lo que el amor de Dios ha hecho- el que experimenta la vida de veras, ahora y en la eternidad. Para Pablo, ha sido la Obra de Jesús lo que ha hecho posible para el hombre entrar en esta relación nueva y preciosa con Dios. El miedo a Dios ha dejado su lugar al amor.

Al Dios al Que el hombre consideraba su enemigo, ahora Le ve y Le conoce como su supremo y eterno Amigo.

La ira de Dios

Porque la ira de Dios se revela desde el Cielo, y se dirige contra toda impiedad y maldad de los hombres que, en su maldad, intencionadamente sofocan la verdad que está luchando en sus corazones. Porque, lo que se puede conocer de Dios lo tienen claro en su interior porque Dios mismo se lo pone claro; porque, desde la creación del universo, siempre ha sido posible entender las cosas invisibles, como el poder y la divinidad, por medio de las cosas creadas. El orden de la creación está patente para dejar a los hombres sin disculpa; porque, aunque saben de Dios, sin embargo no Le glorifican ni Le dan gracias, sino se enredan en toda clase de especulaciones hueras, de tal manera que se les oscurece más su mente insensata. Pretenden ser sabios, pero no son más que necios, y han cambiado la gloria del Dios inmortal por imágenes de semejanzas de personas mortales, y de aves y de cuadrúpedos y de reptiles.

En el pasaje anterior Pablo estaba pensando en la relación con Dios en que el hombre puede entrar mediante una fe que es absoluta confianza y entrega. En contraste con esa relación pone ahora la ira de Dios en la que se incurre cuando se es deliberadamente ciego a Dios y se adoran los propios pensamientos e ídolos en vez de a El.

Esto es difícil y nos exige pensar en serio, porque aquí nos encontramos con la concepción de la ira de Dios, una frase alarmante y aterradora. ¿Qué quiere decir? ¿Qué tenía Pablo en la mente cuando la usaba?

En las partes más antiguas del Antiguo Testamento la ira de Dios se relaciona especialmente con la idea del pueblo del pacto.

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