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Romanos 1: Vocación, evangelio y misión

(b) Era el Evangelio de la Resurrección. Si Jesús hubiera vivido una vida maravillosa y hubiera tenido una muerte heroica y eso hubiera sido todo, se le podría incluir entre los grandes hombres y los héroes, pero habría sido sencillamente uno entre muchos. Su unicidad fue garantizada para siempre por el hecho de la Resurrección. Todos «los demás» murieron y desaparecieron, aunque se los recuerda. Jesús vive y nos otorga su presencia siempre henchida de poder.

La cortesía de la grandeza auténtica

Lo primero, Le doy gracias a mi Dios por todos vosotros mediante Jesucristo. Le doy gracias porque el relato de vuestra fe se cuenta por todo el mundo. Dios, a Quien sirvo en mi espíritu en la obra de la extensión de la Buena Noticia de Su Hijo, me es testigo de que Le estoy hablando continuamente acerca de vosotros. En mis oraciones pido siempre que, de alguna manera, pronto, por fin, consiga encontrar la manera de llegar hasta vosotros por la voluntad de Dios.

Porque estoy deseando veros para compartir con vosotros alguno de los dones que da el Espíritu, para que os consolidéis firmemente sobre el cimiento de la fe. Lo que quiero decir es que, vosotros y yo, nos animemos mutuamente, vosotros con mi fe y yo con la vuestra.

Quiero que sepáis, hermanos, que muchas veces me he hecho el propósito de ir a veros, aunque hasta ahora no me ha sido posible, para tener también algún fruto entre vosotros, como lo tengo entre los demás gentiles. Estoy en deuda con los griegos y con los bárbaros, con los sabios y con los ignorantes; así que es mi ardiente deseo predicaros el Evangelio también a los de Roma.

Después de más de mil novecientos años este pasaje todavía rezuma cálido afecto, y podemos sentir el gran corazón de Pablo palpitar de amor hacia la iglesia que todavía no conocía ni siquiera de vista. El problema de Pablo al escribir esta carta era que él no había estado en Roma ni había colaborado directamente en la fundación de aquella iglesia. Tenía que hacerles sentir que no estaba tratando de introducirse en coto ajeno para involucrarse en algo que no le concernía. Antes de nada tenía que establecer contacto con ellos para que desaparecieran las barreras de extranjería y suspicacias.

(i) Pablo, con psicología y amor combinados, empieza alabándolos por algo positivo: les dice que da gracias a Dios porque la fe cristiana de ellos se conoce en todo el mundo. Hay personas que tienen la lengua siempre aunada para alabar, y otras, siempre afilada para criticar; hay personas que enfocan la mirada para descubrir defectos, y otras, virtudes. Se decía de Thomas Hardy que, cuando iba al campo, no descubría las florecillas silvestres, sino el estercolero que había en algún rincón. Pero es un hecho que nos llevaremos mejor con las personas que alabamos que con las que criticamos. Los que más inspiran y ayudan a los demás son los que tienen la capacidad de ver lo mejor que hay en las personas.

Nunca ha habido nada en la historia de la cultura que haya igualado en belleza a la civilización griega en su cumbre; y, sin embargo, T. R. Glover dijo una vez que estaba fundada en « la fe ciega en el vulgo.» Una de las grandes figuras de la guerra de 1914-18 fue Donald Hankey, el autor de El estudiante en armas. Veía a la gente en su mejor y en su peor aspectos. En una de sus cartas les decía a los suyos: « Si sobrevivo a esta guerra quiero escribir un libro sobre «La Bondad viva», analizando toda la bondad y la nobleza inherente en la gente sencilla, y tratando de mostrar cómo debería encontrar cumplimiento y expresión en la Iglesia.» También escribió un gran ensayo titulado El querido capitán, en el que describe al querido capitán escogiendo a los soldados más difíciles para entrenarlos personalmente: «Los miraba, y ellos le miraban a él, y se reconstruían y animaban a dar de sí todo lo mejor.»

Nadie podrá ni empezar a salvar a otros a menos que, en primer lugar, crea en ellos. Una persona humana es una criatura pecadora que no merece más que el infierno; pero tiene un héroe dormido en el alma, y a menudo una palabra de aprecio despierta ese heroísmo latente, mientras que la crítica y la condenación no producirán más que resentimiento y desesperación. Aidano fue el apóstol de los sajones. Allá por el año 630 d.C., el rey sajón hizo una petición a la comunidad cristiana de la isla escocesa de Iona para que le mandaran un misionero a su reino para que les predicara el Evangelio. El primer misionero volvió hablando de «la disposición testaruda y bárbara de los ingleses.» « No tienen modales -dijo- y se comportan como salvajes.» En su informe dijo que aquella misión no tenía sentido; pero entonces Aidano le dijo: «Creo, hermano, que tal vez has sido demasiado severo con esos oyentes ignorantes, y que debes guiarlos gentilmente, dándoles primero la leche de la religión y después la vianda.» Así es que mandaron a Aidano a Northumbria, y su gentileza ganó para Cristo a aquel mismo pueblo que la severidad crítica de su hermano monje había repelido.

(ii) Aunque Pablo no conocía personalmente a los de Roma, oraba constantemente por ellos a Dios. Es un privilegio y un deber cristianos el presentar a nuestros seres queridos y a nuestros hermanos en la fe al trono de la gracia. En uno de sus sermones sobre la Oración Dominical, Gregorio de Nisa tiene un pasaje lírico sobre la oración: «El efecto de la oración es la unión con Dios; y, si uno está con Dios, está fuera del alcance del enemigo. Mediante la oración conservamos la castidad, controlamos el genio y nos desembarazamos de la vanidad. Nos hace olvidar las ofensas, vence la envidia, derrota la injusticia y enmienda el pecado. Mediante la oración obtenemos bienestar físico, un hogar feliz, una sociedad fuerte y bien ordenada… La oración es el sello de la virginidad y la garantía de la fidelidad en el matrimonio. Escuda al viajero, protege al dormido, infunde valor al vigilante… Es refresco al cansado y consuelo al triste.

La oración es deleite para el que está contento, y solaz para el afligido… La oración es la intimidad con Dios y la contemplación de lo invisible… La oración es el disfrute de las cosas presentes y la sustancia de las venideras.»

Aunque estemos separados de otros y aunque no tengamos otra cosa que darles, podemos rodearlos con la fuerza y la protección de nuestras oraciones.

(iii) Pablo, en su humildad, estaba siempre tan dispuesto a recibir como a dar. Empieza diciendo que quería ir a Roma para impartirle a la iglesia algún don que la confirmara en la fe; y entonces cambia: dice que quería ir a Roma para que tanto él como la iglesia de allí pudieran confortarse y fortalecerse mutuamente, y para que cada uno pudiera encontrar riquezas preciosas en la fe del otro. Hay dos clases de maestros: los que se consideran por encima de sus alumnos y les dicen lo que tienen que saber y aceptar; y los que más bien parecen decirles: « Venga, vamos a aprender esto juntos.» Pablo era el mayor pensador que había en la Iglesia Primitiva; y sin embargo, cuando pensaba en aquellos a los que quería predicar, no consideraba que él solo tenía que enseñarles, sino también que podía aprender de ellos. Requieren humildad tanto el enseñar como el aprender.

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