Pablo continúa insistiendo en que el hombre no puede alegar ignorancia de Dios. Puede ver cómo es por Su obra. Se puede conocer bastante a una persona por lo que ha hecho, e igualmente a Dios por Su creación. El Antiguo Testamento ya lo afirma.
En Job 38-41 se nos presenta esta n-isma idea. Pablo lo sabía; cuando habla de Dios a los paganos de Listra, empieza por Su obra en la naturaleza (Hechos 14:17). Tertuliano, el gran teólogo de la Iglesia Primitiva, tiene mucho que decir acerca de la convicción de que a Dios se Le puede conocer en la creación: « No fue la pluma de Moisés la que inició el conocimiento del Creador… La inmensa mayoría de la humanidad, aunque no han oído nada de Moisés, y no digamos de sus libros, conocen al Dios de Moisés.» «La naturaleza es el maestro, y el alma, el discípulo.» «Una florecilla junto a la valla, y no digo del jardín; una concha del mar, y no digo una perla; una pluma de alguna avecilla, no tiene que ser la de un pavo real, ¿os dirán acaso que el Creador es mezquino?» « Si te ofrezco una rosa, no te burlarás de su Creador.»
En la creación podemos conocer al Creador. El argumento de Pablo es totalmente válido: si observamos el mundo vemos que el sufrimiento sigue al pecado. Si quebrantas las leyes de la agricultura, la cosecha no grana; si las de la arquitectura, el edificio se derrumba; si las de la salud, se presenta la enfermedad. Pablo estaba diciendo: « ¡Observad el mundo, y veréis cómo está construido! Fijándonos en cómo es el mundo, podemos aprender mucho de cómo es Dios.» El pecador no tiene disculpa.
Pablo avanza aún otro paso. ¿Qué hace el pecador? En lugar de mirar hacia Dios, se mira a sí mismo. Se enreda en vanas especulaciones y se cree sabio, cuando en realidad no es más que un necio. ¿Por qué? Porque hace de sus ideas, sus opiniones y sus especulaciones, en lugar de la voluntad de Dios, el principio y la ley de la vida. La necedad del pecador consiste en hacer «al hombre dueño y señor de las cosas.» Basa sus principios en sus propias opiniones en lugar de en las leyes de Dios. Vive en un universo del que él es el centro, en lugar del universo del que el centro es Dios. En lugar de caminar con la mirada fija en Dios, no se mira nada más que a sí mismo y, por no mirar por dónde ni adónde va, cae.
El resultado es la idolatría. Se cambia la gloria de Dios por imágenes de formas humanas y animales. La raíz del pecado de la idolatría es el egoísmo. El hombre hace un ídolo, le trae ofrendas y le dirige oraciones. ¿Por qué? Para que prosperen sus planes y sus sueños. Su religión no tiene en cuenta a Dios, sino a sí mismo. En este pasaje nos encontramos cara a cara con el hecho de que la esencia del pecado es ponernos a nosotros mismos en el lugar de Dios.
Hombres con los que Dios no puede hacer nada
En consecuencia, Dios los ha dejado a merced de la inmundicia en el ansia de placer de sus corazones, que los arrastra a deshonrar sus cuerpos entre ellos, ya que han cambiado la verdad de Dios por la falsedad, y dan culto y sirven a la creación en vez de al Creador, Que es bendito para siempre. Amén.
La palabra que traducimos como ansia (epithymía), en R-V concupiscencia, es la clave de este pasaje. Aristóteles definía epithymía como lanzarse tras el placer. Los estoicos, como lanzarse tras un placer que desafía toda razón. Clemente de Alejandría lo llamaba un irracional lanzarse hacia lo que produce placer. Epithymía es el deseo apasionado de una placer prohibido. Es el deseo que hace cometer acciones innominables y vergonzosas. Es la manera de vivir de una persona que está tan inmersa en el mundo que ya no tiene a Dios en cuenta para nada.
Es algo terrible decir que Dios ha dejado a alguien, se ha desentendido de él; y sin embargo hay dos razones para decirlo:
(i) Dios ha dado a los hombres el libre albedrío, y se lo respeta. En último análisis, ni siquiera Él puede interferir en el libre albedrío. En Efesios 4:19 Pablo habla de los que se han abandonado a la lascivia, le han rendido toda su voluntad. Oseas 4:17 tiene una frase terrible: « Efraín se ha entregado a los ídolos. ¡Déjalo!» A1 hombre se le presenta una elección libre, y así tiene que ser. Sin posibilidad de elección no puede haber bondad, ni puede haber amor. Una bondad impuesta no es verdadera, como un amor impuesto no es amor. Si los hombres escogen deliberadamente volver la espalda a Dios después que El ha enviado al mundo a su Hijo Jesucristo, ni siquiera El puede hacer nada para evitarlo.
Cuando Pablo dice que Dios entregó a los hombres a la inmundicia, esa palabra no contiene airada indignación. Más aún, su tono principal no es de condenación o juicio, sino de anhelo, de dolorido pesar, como el de un amante que ha hecho todo lo que ha podido y ya no puede hacer más. Describe exactamente el sentimiento del padre que ve a su hijo volverle la espalda y marcharse a poner distancia por medio.
(ii) Y sin embargo en esta palabra entregar hay más que eso, hay juicio. Es uno de los hechos inexorables de la vida que, cuanto más se comete una mala acción, más fácil resulta cometerla. Tal vez se empieza con un cierto temblor por lo que se está haciendo, pero se acaba por hacerlo sin darse uno cuenta. No es que Dios le esté castigando, sino que empieza a atraer el castigo sobre sí mismo, convirtiéndose más y más en esclavo del pecado. Los judíos conocían este hecho, y lo expresaban con ciertos dichos: «Todo cumplimiento del deber se recompensa con otro; y toda transgresión se castiga con otra.» « El que se esfuerza por mantenerse puro, recibe poder para serlo; y el que se atreve a abrir la puerta a la impureza, acaba por encontrarla siempre abierta.» « El que levanta una pared a su alrededor se queda emparedado, y el que se entrega queda entregado.»
