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Romanos 1: Vocación, evangelio y misión

Lejos de cargar las tintas, Pablo se contuvo en su descripción de Roma, y era allí donde anhelaba predicar el Evangelio del que estaba orgulloso. El mundo necesitaba un poder capaz de producir Salvación, y Pablo sabía que ese poder no existía nada más que en Cristo.

La vida que ha prescindido totalmente de Dios

De la misma manera que se han entregado a una forma de conocimiento que rechaza la idea de Dios, Dios también los ha entregado a la clase de mentalidad que todos rechazan. El resultado es que hacen cosas indignas de un ser humano. Están repletos de toda maldad, villanía, ansia de poseer, depravación. Están llenos de envidia, asesinato, contienda, falsedad, y del espíritu que atribuye siempre lo peor. Son chismosos y criticones, aborrecedores de Dios. Son personas insolentes, arrogantes, fanfarronas, inventoras de males, desobedientes a los padres, insensatas, gente sin palabra, sin afecto natural, despiadados. Son la clase de personas que saben perfectamente que los que hacen tales cosas merecen la muerte, y sin embargo no sólo las hacen, sino también dan su aprobación a dos que las hacen.

Sería difícil encontrar un pasaje que nos presentara con más claridad lo que le sucede a la persona que no tiene en cuenta ` a Dios. No es tanto que Dios le envía el juicio como que esa persona se lo atrae sobre sí al dejar a Dios fuera de su esquema de las cosas. Cuando uno destierra a Dios de su vida se convierte en cierta clase de persona, y en este pasaje tenemos una de las descripciones más terribles de ninguna literatura de la clase de persona que llega a ser. Veamos el catálogo de cosas horribles que entran en la vida sin Dios.

Tales personas hacen cosas que son impropias de un ser humano. Los estoicos tenían una expresión: llamaban kathékonta a lo que es propio de una persona. Ciertas cosas son esencial e inherentemente parte de la humanidad, y otras no. Como dice Shakespeare en Macbeth: Osaré hacer todo lo que compete a un hombre; El que pretende hacer más, no lo es.

El que destierra a Dios no pierde sólo la piedad; pierde también la humanidad. A continuación viene una larga lista de cosas terribles. Vamos a considerarlas una por una.

(a) Maldad (adikía). Adikía es precisamente lo contrario de dikaiosyné, que quiere decir justicia, integridad; y los griegos definían la justicia como darle a Dios y al hombre lo que les es debido. El malvado es el que despoja de sus derechos al hombre y a Dios. Se ha erigido un altar a sí mismo en el centro de todo, de manera que se rinde culto a sí mismo excluyendo a Dios y al hombre.

(b) Villanía (ponéría). La palabra griega quiere decir más que maldad. Hay una clase de maldad que, por lo general, no hace daño nada más que al que la tiene. No es una maldad transitiva. Cuando perjudica a otras personas, como es natural que suceda con la maldad, no lo hace intencionadamente. Puede ser insensatamente cruel, pero no tiene una crueldad encallecida. Pero los griegos definían ponéría como el deseo de hacer daño. Es la voluntad activa e intencionada de corromper y de infligir una injuria. Cuando los griegos definían a una mujer como ponérá querían decir que seducía deliberadamente a los inocentes. Uno de los títulos más corrientes de Satanás en griego es ho ponérós, el malvado, el que ataca a propósito la bondad para destruirla. Ponérós describe al hombre que no sólo es malo, sino que quiere hacer a los demás tan malos como él. Ponéría es una maldad destructiva.

(c) El ansia de poseer (pleonexía). La palabra griega es compuesta de otras dos que quieren decir tener más. Los mismos griegos definían pleonexía como un maldito amor a tener. Es un vicio agresivo. Se ha descrito como el espíritu que persigue el interés propio sin tener en absoluto en cuenta los derechos de los demás, y hasta sin la menor consideración para con la común humanidad. Su característica es la rapacidad. Teodoreto, el prolífico teólogo sirio del siglo V, lo describe como el espíritu que se apropia y retiene cosas a las que no tiene ningún derecho. Puede operar en cualquier esfera de la vida: en cuanto a cosas materiales quiere decir apropiarse de dinero y bienes sin respeto ni honradez; en la esfera ética se refiere a la ambición que lo pisotea todo para ganar algo que no le corresponde; en la esfera moral indica la concupiscencia incontrolada que encuentra placer donde no tiene ningún derecho. La pleonexía es el deseo que no respeta ninguna ley.

(d) La depravación (kakía). Kakía es la palabra griega más general para maldad. Describe la situación del que está desprovisto de toda cualidad positiva. Por ejemplo, un kakós krités es un juez que no tiene ningún respeto a las leyes, ni tampoco el menor sentido moral ni la rectitud de carácter que no pueden faltar en un buen juez. Teodoreto describe esta condición como «la tendencia del alma a lo peor.» La palabra que usa para tendencia es ropé, que quiere decir la inclinación de la balanza. Un hombre que es kakós es el que siempre tiende hacia lo peor. Kakía se ha descrito acertadamente como la depravación total que incluye todos los vicios e introduce todos los pecados. Es la degeneración de la que crecen y en la que florecen todos los pecados.

(e) Envidia (fthonos). Hay envidia buena y mala. Existe una envidia que le revela a una persona sus debilidades e incapacidades, y la predispone a seguir buenos ejemplos; y existe otra que sencillamente se entristece por el bien ajeno y, si lo desea para sí, tendría que ser sin que le costara el menor esfuerzo, aunque, como dice el poeta, a veces puede llegar hasta el crimen: La envidia de la virtud – hizo a Caín criminal. ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio – es lo que se envidia más. Es la más destructiva y retorcida de las emociones humanas. (f) Asesinato (fonos). Debemos tener presente siempre que Jesús amplió inconmensurablemente el sentido de esta palabra cuando enseñó que no son solamente los actos de violencia los que debemos evitar, sino también el espíritu de odio y de ira (Mateo 5:21 ss). Debemos desterrar de nuestro corazón toda malquerencia o desprecio hacia otras personas. Tal vez no hayamos golpeado nunca a nadie; pero, ¿podemos decir que no le hemos deseado nunca el mal? Como decía Tomás de Aquino hace mucho tiempo: «El hombre mira los hechos; pero Dios ve las intenciones.»

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