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Romanos 1: Vocación, evangelio y misión

(iv) El versículo 14 tiene un doble sentido en griego que es casi imposible traducir. La versión Reina-Valera dice: «A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor.» Pablo estaba pensando en dos cosas cuando escribió eso:

(a) Estaba en deuda con ellos por todas las muestras de afecto que había recibido. (b) Estaba en deuda con ellos porque había recibido de Dios el encargo de predicarles el Evangelio, y se lo debía. Esta frase tan concisa quiere decir: «Por todo lo que he recibido de ellos y por todo lo que tengo el deber de darles estoy en deuda con todo el mundo.»

Puede parecer extraño que Pablo hable de los griegos cuando estaba escribiendo a los romanos. Ya entonces la palabra griego había perdido totalmente su sentido nacional. Las conquistas de Alejandro Magno habían llevado la lengua y la cultura griegas por todo el mundo, y ya no era griega una persona solamente por el hecho de haber nacido en Grecia, sino por participar de la herencia cultural que se originó en aquel país. Un bárbaro es literalmente el que habla diciendo bar-bar, es decir, usando una lengua fea y ridícula en contraste con la lengua hermosa, flexible y rica de Grecia. Ser griego era ser un hombre de cierta cultura, con una cierta sensibilidad y espíritu. Uno de los griegos dijo de su propio pueblo: « Puede que los bárbaros se topen con la verdad; pero hace falta ser griego para entenderla.»

Lo que Pablo quería decir era que su Mensaje, su amistad y su obligación eran para los intelectuales y para los sencillos, para los cultos y para los incultos, para los letrados y para los analfabetos. Tenía un Mensaje para todo el mundo, y su ambición era llegar a comunicarlo también en Roma.

La buena noticia de la que se está orgulloso

Estoy orgulloso del Evangelio, porque es el poder de Dios que les produce Salvación a todos los que lo creen; a los judíos, en primer lugar, pero también a los griegos. El camino de la buena relación con Dios se revela en el Evangelio cuando la fe del hombre responde a la fidelidad de Dios, exactamente como está escrito: «Es la persona que está en la debida relación con Dios como resultado de su fe la que vivirá.»

Cuando llegamos a estos dos versículos ya hemos pasado la introducción y escuchamos el clarín del Evangelio. Muchos de los grandes conciertos para piano empiezan con un acorde explosivo, y luego viene el tema que se va a desarrollar. La probable razón es que se interpretaban en reuniones privadas en casas grandes; y, cuando el pianista se sentaba al piano todavía había un murmullo de conversación. Tocaba el acorde inicial para captar la atención de la audiencia, y a continuación exponía el tema.

Hasta estos dos versículos Pablo ha estado estableciendo contacto con los destinatarios de su carta, atrayéndose su atención; y ahora enuncia el tema.

Aquí no tenemos más que dos versículos; pero contienen tanto de la quintaesencia del Evangelio de Pablo que merecen que nos detengamos en ellos el tiempo necesario.

Pablo empieza diciendo que está orgulloso del Evangelio que tiene el privilegio de predicar. Es sorprendente considerar el trasfondo de esta afirmación. A Pablo le habían metido en la cárcel en Filipos, le habían obligado a escapar por su vida en Tesalónica, le habían tenido que sacar de contrabando en Berea, se habían reído de él en Atenas, y en Corinto su Mensaje les había parecido una estupidez a los griegos y un escándalo a los judíos. A pesar de todo eso y mucho más, Pablo proclama que está orgulloso del Evangelio. Había algo en el Evangelio que le hacía salir victorioso de todo lo que los hombres le pudieran hacer.

En este pasaje nos encontramos con tres de las grandes consignas paulinas, tres grandes pilares de su pensamiento y creencia.

(i) Tenemos su concepción de la Salvación (sótéría). En aquel momento de la Historia, la Salvación era el bien supremo que todos estaban buscando. Había habido un tiempo en el que la filosofía griega había sido especulativa. Cuatrocientos o quinientos años antes, los filósofos habían pasado el tiempo discutiendo el problema de cuál es el elemento básico del que se ha formado el universo. La filosofía había sido especulativa y natural; pero, poco a poco, con el paso de los siglos, la vida se había desplomado: los antiguos hitos habían desaparecido; los hombres se sentían rodeados de tiranos, conquistadores y peligros; la degeneración y la debilidad los acechaban, y la filosofía cambió de canal: se hizo, no especulativa, sino práctica. Dejó de ser filosofía natural para convertirse en filosofía moral. Su único propósito era levantar «una muralla defensiva contra el caos que se les echaba encima.»

Epicteto llamaba a su aula « el hospital para las almas enfermas.» Epicuro llamaba a su enseñanza « la medicina de la salvación». Séneca, el contemporáneo de Pablo, decía que todos los hombres estaban mirando ad salutem, buscando la salvación. Lo que necesitamos, decía, «es que se nos tienda una mano para levantarnos.» Los hombres, decía, son abrumadoramente conscientes de «su debilidad e ineficacia en las cosas necesarias.» Él mismo, decía, era homo non tolerabilis, uno al que no se podía tolerar. La gente amaba sus vicios, decía con una cierta desesperación, y los odiaba al mismo tiempo. En este mundo desesperado, decía Epicteto, la gente está buscando la paz, «no la que proclama el César, sino la de Dios.»

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