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Colosenses 2: La contienda del amor

Esa había sido la respuesta de los profetas siglos antes; y esa seguía siendo la respuesta de Pablo a los falsos maestros. Les decía: «Demandáis la circuncisión; pero debéis recordar que la circuncisión no quiere decir quitar una parte de la piel de un hombre, sino cercenar de su vida todo lo que le separa de Dios.» Y proseguía: «Cualquier sacerdote puede circuncidar el prepucio de un hombre, pero sólo Cristo puede llevar a cabo esa circuncisión espiritual que implica extirpar de la vida todo lo que le impide ser un hijo obediente de Dios.»

Y Pablo prosigue. Para él aquello no era teoría, sino realidad. «Ese mismo hecho -decía- ya ha tenido lugar en vosotros en vuestro bautismo.» Cuando pensamos en su concepto del Bautismo debemos recordar tres cosas. En la Iglesia Primitiva, como sigue sucediendo en el campo misionero y en las áreas de extensión de la Iglesia, las personas venían al Evangelio directamente del paganismo. Estaban dejando consciente y deliberadamente una forma de vida para asumir otra; y haciendo una decisión consciente en el momento de su bautismo. Esto era, por supuesto, antes de que se generalizara el bautismo infantil, lo que no pudo ser hasta que llegó a ser realidad la familia cristiana.

El Bautismo en el tiempo de Pablo era tres cosas: era bautismo de adultos; era bautismo instruido, y, siempre que era posible, era bautismo por inmersión. Por tanto se manifestaba claramente el simbolismo del Bautismo. Al cerrarse las aguas .sobre la cabeza del bautizado, era como si muriera; al salir otra vez del agua era como si resucitara a una nueva vida. Una parte de él había muerto y desaparecido para siempre; era una nueva persona la que surgía a una nueva vida.

Pero debe notarse que el simbolismo sólo podía llegar a ser una realidad bajo una condición: si la persona creía de veras en la muerte y resurrección de Jesucristo. Sólo podía tener lugar cuando la persona creía en la obra eficaz de Dios, Que había resucitado a Jesucristo de los muertos y podía hacer lo mismo con ella. El Bautismo era para el cristiano morir y resucitar, porque creía que Cristo había muerto y resucitado, y que él estaba entrando a participar de la experiencia de su Señor.

«Vosotros habláis de la circuncisión -decía Pablo-. La única circuncisión verdadera tiene lugar cuando una persona muere y resucita con Cristo en el Bautismo de tal manera que no es solamente una pequeña porción de su cuerpo lo que se le amputa, sino toda su naturaleza pecadora, y recibe la vida nueva y la santidad de Dios.»

El perdón triunfador

Ha sido Dios Quien os ha dado la vida con Cristo cuando estabais muertos en vuestros pecados y no erais más que paganos incircuncisos. Os perdonó todos vuestros pecados; y borró la lista de cargos que exponía todas las deudas que habíais reconocido, una lista de cargos que estaba basada en las ordenanzas de la Ley y que estaba totalmente en contra vuestra. Él la clavó en Su Cruz y la quitó de la vista; y también despojó de todo su poder a las potencias y autoridades, y las expuso públicamente a la vergüenza, llevándolas cautivas en Su marcha triunfal por medio de la Cruz.

Casi todos los grandes maestros han pensado en imágenes; y aquí usa Pablo una serie de imágenes gráficas para mostrar lo que Dios ha hecho por nosotros por medio de Jesucristo. Su intención es demostrar que Cristo ha hecho todo lo que se podía y se tenía que hacer, y que no hay por qué introducir otros intermediarios para la plena salvación de los seres humanos. Hay aquí tres imágenes principales.

(i) Los hombres estaban muertos en sus pecados. No tenían más poder que hombres muertos para vencer el pecado o para expiarlo. Jesucristo, con Su obra, ha librado a los hombres tanto del poder como de las consecuencias del pecado. Les ha dado una vida tan nueva que sólo se puede expresar diciendo que los ha resucitado de entre los muertos. Además, según la antigua creencia, Dios solamente tenía interés en los judíos; pero este poder salvvífico de Cristo llega hasta a los paganos incircuncisos.

La obra de Cristo es una obra de poder, porque pone nueva vida en personas muertas; es una obra de gracia, porque alcanza a todos los que no tenían razón para esperar los beneficios de Dios.

(ii) Pero las imágenes se hacen aún más gráficas. Como dice la versión Reina-Valera, « Él anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en la Cruz;» y nosotros lo hemos traducido por «borró la lista de cargos que exponía todas las deudas que habíamos reconocido, una lista de cargos que estaba basada en las ordenanzas de la Ley.» Hay aquí dos palabras griegas sobre las que se construye toda la ilustración.

(a) La palabra para acta de los decretos o lista de cargos es jeirógrafon, que quiere decir literalmente autógrafo, pero que tiene el sentido técnico -que cualquier lector de entonces entendería- de un reconocimiento de deuda firmado por el deudor. Los pecados de los hombres habían ido alargando una lista interminable de deudas que se tenían con Dios, que se podía decir que todos los hombres reconocían. Más de una vez se presenta en el Antiguo Testamento a los israelitas escuchando y aceptando las leyes de Dios e invocando maldiciones sobre sus propias cabezas si dejaban de cumplirlas (Éxodo 24:3; Deuteronomio 27:14-26). En el Nuevo Testamento se nos presenta a los gentiles, que tenían, no una Ley de Dios escrita como los judíos, sino una ley grabada en sus corazones de la que les daba testimonio su conciencia (Romanos 2:14s). Todos estaban en deuda con Dios por sus pecados, y lo sabían. Había una condena reconocida y aceptada por ellos, una lista de acusaciones que, como si dijéramos, todos los seres humanos habían firmado y admitido como exacta.

(b) La palabra para borrar es el verbo griego exaleifein. Entender esta palabra es entender la maravillosa misericordia de Dios. El material en que se escribían los documentos antiguos era, o papiro, una especia de papel que se hacía con una especie de juncos, o piel de animales. Los dos eran bastante caros, y no se podían malgastar. La tinta antigua no contenía ácidos; se secaba sobre la superficie del papel sin descomponerlo como hace la tinta moderna corrientemente. Algunas veces el escriba, para ahorrar papel, usaba un papiro o pergamino de segunda mano, es decir, que ya estaba escrito. Para ello se servía de una esponja y borraba lo que estuviera escrito. Como estaba sólo en la superficie del papel, se podía dejar como nuevo. Dios, en Su maravillosa gracia, anuló el informe de nuestros pecados tan completamente como si no hubieran existido, sin dejar ni rastro.

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