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Filipenses 4: Las grandes cosas en el Señor

La generosidad de la iglesia filipense con Pablo había empezado hacía un tiempo considerable. En Hechos 16 y 17, leemos que Pablo predicó el Evangelio en Filipos, y de ahí pasó a Tesalónica y Berea. Ya entonces la iglesia filipense dio prueba de su amor a Pablo. Él estaba en una relación única con los filipenses, porque de ninguna otra iglesia había aceptado donativos o ayuda. Eso había sido lo que había molestado a los corintios (2 Corintios 11:7-12).

Pablo dice algo encantador: «No es que esté buscando vuestros donativos para aprovecharme, aunque vuestra aportación me conmueve en lo más íntimo y me hace feliz. No necesito nada, porque tengo más que suficiente; pero estoy contento de que me hayáis mandado este donativo por el bien que os reporta a vosotros mismos, porque vuestra amabilidad os concede un crédito considerable a la vista de Dios.» La generosidad de sus amigos le hacía feliz, no por el propio interés de Pablo, sino por el de sus amigos filipenses. Y entonces usa palabras que definen el donativo de los filipenses como un sacrificio ofrecido a Dios: «Olor de dulce aroma,» lo llama. Esa era una frase corriente en el Antiguo Testamento hablando de un sacrificio agradable a Dios. Es como si el olor del sacrificio fuera agradable al olfato de Dios (Génesis 8:21; Levítico 1:9,13,17). La alegría de Pablo al recibir el regalo no se la produjo ningún interés egoísta, sino altruista: por el beneficio que reportaba a los donantes, porque en sí mismo y en el amor que generaba era agradable a Dios.

En la última frase, Pablo establece que el hacer un regalo nunca deja más pobre al que lo hace. La riqueza de Dios está abierta a los que Le aman y aman a sus semejantes. El que da se hace más rico, porque el dar le abre a los dones de Dios.

Saludos

Recuerdos en Jesucristo a todos los que están dedicados a Dios. Los hermanos que están conmigo os mandan muchos recuerdos, especialmente los que son de la casa de César. ¡Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu!

La carta llega a su final con saludos. En esta última sección hay una frase intensamente interesante. Pablo manda recuerdos especialmente de los hermanos cristianos que son de la casa de César. Es importante que entendamos correctamente esta frase.

No quiere decir que fueran de la familia de César en el sentido corriente. La casa de César era el nombre que se daba a lo que nosotros llamaríamos el servicio civil del Imperio, que tenía miembros por todo el mundo. Los funcionarios de palacio, los secretarios, los que estaban a cargo de los fondos imperiales, los responsables de la administración cotidiana de los asuntos del Imperio, todos estos eran la casa de César. Es del máximo interés que nos demos cuenta de que el Cristianismo ya había penetrado hasta en el mismo centro del gobierno romano y sus esferas más elevadas. Esta es la frase que nos lo revela más claramente en todo el Nuevo Testamento. Habrían de pasar otros trescientos años antes de que el Cristianismo llegara a ser la religión del Imperio, pero ya se vislumbraban las primeras señales del triunfo definitivo de Cristo. El Carpintero que fue crucificado ya había empezado a reinar en las vidas de los que gobernaban el mayor imperio del mundo.

Y así termina la carta: «¡Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu!» Los filipenses le habían enviado su donativo a Pablo. Él no tenía más que un regalo que hacerles: su bendición. Pero, ¿qué mayor don se le puede dar a nadie que recordarle en nuestras oraciones?

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