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Introducción a la primera carta de Pedro

Estas declaraciones son las cinco plantas del edificio de la predicación original cristiana como se encuentra en los sermones de Pedro en los primeros capítulos de Hechos. Son también las ideas dominantes de Primera de Pedro. La correspondencia es tan ajustada y constante entre ambas fuentes que podemos ver en ellas con un alto grado de probabilidad la misma mano y la misma mente.

Citas de los padres de la iglesia

Podemos añadir otro testimonio a la evidencia de que Primera de Pedro es temprana; desde muy al principio los padres y predicadores de la Iglesia Primitiva empezaron a citarla. El primero que la citó por nombre fue Ireneo, que vivió del 130 d.C. hasta bien entrado el siglo siguiente. Cita dos veces 1 Pedro 1:8: «Sin haberle visto, Le amáis; aunque ahora no Le veáis, creéis en Él y os regocijáis con una alegría indescriptible y gloriosa.» Y cita una vez 1 Pedro 2:16, con el mandamiento de no usar la libertad como tapadera para la malicia. Pero, aun antes, los padres de la Iglesia ya citaban Primera de Pedro, aunque sin citar su fuente. Clemente de Roma, que escribió hacia el año 95 d.C., habla de « la sangre preciosa de Cristo,» una frase entonces poco corriente que probablemente procedía de la afirmación de Pedro de que somos redimidos por la sangre preciosa de Cristo (1:19).

La excelencia del griego

Sin embargo, si defendemos la autoría petrina de esta carta, hay un problema con el que nos tenemos que enfrentar: el griego excelente en que está escrita. Parece imposible que sea la obra de un pescador galileo. Los investigadores del Nuevo Testamento son unánimes en su aprecio del griego de esta carta. F. W. Beare escribe: « La epístola es claramente la obra de un hombre de letras, hábil en el manejo de los recursos de la retórica, y en el de un vocabulario extenso y aun literario.. Es un estilista de capacidad nada ordinaria, y escribe algo del mejor griego de todo el Nuevo Testamento, mucho más suave, y literario que el del letrado Pablo.» Moffatt se refiere aU «lenguaje plástico y el gusto por la metáfora» de esta carta. Mayor dice que Primera de Pedro no tiene igual en el Nuevo Testamento por la «calidad sostenida de su ritmo.» Bigg ha comparado algunas de las frases de Primera de Pedro con los escritos de Tucídides. Selwyn habla de « la ternura euripidesca» y de la habilidad esquilesca de acuñar palabras compuestas de Primera de Pedro. El autor de Primera de Pedro no es indigno de figurar entre los maestros de esa lengua. Es difícil, si no imposible, imaginarse a Pedro escribiendo así en griego.

La misma carta ofrece una solución a este problema. En la breve sección final, Pedro mismo dice: «Por conducto de Silvano… os he escrito brevemente» (1 Pedro 5:12). Por conducto de Silvano -dia Siluanu- es una frase extraña. El original quiere decir que Silvano fue el agente de Pedro en la confección de la carta; fue más que el taquígrafo de Pedro.

Vamos a acercarnos a esto desde dos ángulos. Primero, veamos lo que sabemos de Silvano. (La evidencia se expone más detalladamente en el comentario de 1 Pedro 5:12). Muy probablemente se trata de la misma persona que el Silvano que aparece en las cartas de Pablo y que el Silas de Hechos, ya que Silas es una forma abreviada y familiar de Silvano.

Cuando examinamos los pasajes en que se le menciona descubrimos que Silas o Silvano no era ninguno del montón, sino una figura representativa de la vida y la actividad de la Iglesia original. Era profeta (Hechos 15:32); era uno de los «varones principales entre los hermanos» en el concilio de Jerusalén, y uno de los dos que fueron elegidos para llevar las decisiones del concilio a la iglesia de Antioquía (Hechos 15: 22, 27). Fue el compañero que Pablo escogió para su segundo viaje misionero, y estuvo con él en Filipos y en Corinto (Hechos 15:37-40; 16:19, 25, 29; 18:5; 2 Corintios 1:19). Se le menciona con Pablo en los saludos iniciales de 1 y 2 Tesalonicenses. Era ciudadano romano (Hechos 16:37).

Así es que Silvano era una persona notable en la Iglesia original; fue más el colega que el ayudante de Pablo; y, como era ciudadano romano, es por lo menos probable que fuera un hombre con una cultura que Pedro no habría podido obtener.

Ahora, añadamos una segunda idea. En una situación misionera, cuando el misionero puede hablar una lengua suficientemente bien pero no escribirla, es muy corriente que haga una de dos cosas para mandar un mensaje a su pueblo. O bien lo escribe lo mejor posible, y luego le pide a un nativo que corrija sus errores gramaticales y mejore el estilo; o, si tiene un colega nativo de su absoluta confianza, le dice lo que quiere decir, y le deja que ponga el mensaje en forma escrita, y firma el resultado.

Podemos imaginarnos fácilmente que eso fue lo que aportó Silvano a la edición de Primera de Pedro. O bien corrigió y embelleció el griego necesariamente inadecuado de Pedro, o escribió él mismo con sus propias palabras y estilo lo que Pedro quería decir, a lo que Pedro daría el visto bueno final y añadiría el último párrafo personal.

Los pensamientos son los de Pedro; pero el estilo es el de Silvano. Así pues, aunque el griego es tan excelente, no es necesario negar que la carta viene del mismo Pedro.

Los destinatarios de la carta

Los destinatarios de Primera de Pedro eran los exiliados (un cristiano es siempre un peregrino en el mundo) diseminados por todo el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia.

Casi todas estas palabras tienen un doble significado. Representaban a reinos antiguos, y también a provincias romanas a las que se les había dado el nombre antiguo; y ambas comunidades no siempre cubrían el mismo territorio. Ponto no fue nunca una provincia. Había sido originalmente el reino de Mitrídates, parte del cual se incorporó a Bitinia y parte a Galacia. Esta había sido originalmente el reino de los galos en el área de las tres ciudades de Ancira, Pesino y Tavio; pero los romanos lo habían convertido en una zona administrativa mucho más amplia, que incluía secciones de Frigia, Pisidia, Licaonia e Isauria. El reino de Capadocia se había convertido en provincia romana el año 17 d.C. casi con sus límites originales. Asia no era lo que entendemos ahora por ese nombre. Había sido un reino independiente, cuyo último rey, Atalo III, se lo había regalado a Roma el año 133 a.C. Abarcaba el centro de Asia Menor, y limitaba al Norte con Bitinia, al Sur con Licia, y al Este con Frigia y Galacia. En lenguaje popular, era la parte de Asia Menor que se extendía por las costas del mar Egeo.

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