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Jeremías 46: Profecías para Egipto

Conquista de Egipto por Nabucodonosor

Este oráculo de Jeremías sobre la incursión de Nabucodonosor en Egipto es paralelo al vaticinio Deuteronomio 43:8-13, y parece que ha sido compuesto estando el profeta ya en Egipto, poco antes de la expedición del coloso babilónico a la tierra de los faraones en 569-568 a.C. Sin embargo, muchos autores creen que es de la época del anterior, es decir, poco después de la batalla de Carquemis (605). Por el hecho de que Nabucodonosor no penetrara en Egipto inmediatamente después de la victoria sobre Necao II, surgió en los egipcios un respiro de esperanza. Pero el profeta dice claramente que la invasión de Egipto llegará con todas sus trágicas consecuencias, porque así lo ha decidido Yahvé.

También en este vaticinio hay un desenvolvimiento dramático de escenas, si bien no tan marcado y bello como en el anterior. Pero el lenguaje es también vigoroso e incisivo: primero un anuncio solemne y enfático de lo que va a pasar: anunciadlo en Egipto, pregonadlo en Migdol. Es un grito de alerta, ha llegado la hora de la guerra: la espada va a devorar en tu alrededor. De nada sirven en ese momento las divinidades protectoras: ¿Cómo ha huido Apis, tu toro?. El toro Apis, dedicado al Dios Ptah, protector de Menfis, capital del Bajo Egipto, es aquí símbolo de la divinidad protectora de Egipto. Ha quedado derribado ante la omnipotencia de Yahvé.

El profeta invita a los mercenarios a llamar al faraón Ruido a destiempo, porque sus planes ambiciosos no han sido sino ruido extemporáneo; “mucho ruido y pocas nueces.” Tal es el juicio irónico del profeta.

Yahvé jura por su nombre, como Señor de los ejércitos, que el invasor vendrá del norte indefectiblemente, y se asemejará, en su magnitud imponente, al Tabor, que se levanta solo en la llanura de Esdrelón, o al Carmelo, sobre la superficie del mar. Nadie puede medirse con él. Tal es la fuerza del ejército de Nabucodonosor; el ejército egipcio será ante él como la desnuda llanura o superficie del mar.

Por eso, la derrota total de Egipto no se dejará esperar. Sus habitantes (moradora hija de Egipto) deben hacer los preparativos para el destierro: lía el hato del cautiverio. El profeta presenta a Egipto como una doncella o viuda que ha quedado sin amparo, dispuesta a ir a donde la lleven. La capital Menfis será convertida en desierto al paso del invasor.
Con una nueva imagen, el profeta describe a Egipto, acostumbrado a ser tratado bien: es una hermosa novilla, que en su abundancia estaba libre pastando por doquier. Egipto era famoso por su prosperidad. Cuando a los países vecinos les llegaba la carestía por las sequías intermitentes, Egipto proseguía su vida normal con los grandes recursos procurados por la feracidad de las riberas del Nilo. Pero de nada le servirá su proverbial autosuficiencia, pues aunque ahora Egipto está gruesa como una novilla hermosa y cebada, por ello resulta más apetitosa para el tábano babilónico, que viene sobre ella: del norte ha venido el tábano a picarla. ? los mercenarios del ejército, bien tratados, como novillos cebados, abandonarán Egipto, asustados por la fuerza del ejército invasor.

Los babilonios avanzan cautelosamente como serpiente que anda. El símil cambia de repente: los babilonios son comparados a leñadores que entran en la selva de Egipto para abatir sistemáticamente sus árboles, pues ante la imposibilidad de abrirse camino por la maraña de los árboles, los talan, porque la selva es impenetrable. Quizá la frase son innumerables, más numerosos que la langosta, se refiera a los babilonios, que avanzan como un ejército de leñadores innumerables, arrasando todo lo que encuentran en la “selva” de Egipto: templos y palacios. Egipto es como una dama presumida, que ha sido deshonrada y humillada hasta el extremo por el invasor caldeo.

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