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Juan 19: Jesús es llevado ante Pilatos

EL AGUA Y LA SANGRE

Juan 19:31-37

Como era el viernes por la tarde, para que los cuerpos no se quedaran en las cruces todo el sábado (porque aquel sábado era un día especialmente solemne), los judíos le pidieron a Pilato que se les quebraran las piernas a los crucificados y se los bajara de las cruces.

Así es que llegaron los soldados, y le quebraron las piernas al primer reo, y también al otro que habían crucificado con Jesús. Pero al llegar a Él y ver que ya estaba muerto, no Le quebraron las piernas; pero uno de los soldados Le atravesó el costado con la lanza, e inmediatamente salieron sangre y agua.

Y el que da testimonio de esto lo vio, y lo que dice es cierto; y él sabe que está diciendo la verdad para que vosotros también creáis. Todo esto sucedió así en cumplimiento del pasaje de la Escritura que dice: «No se Le romperán los huesos.» Y también del otro que dice: «Verán al Que traspasaron.»

En una cosa sí eran los judíos más piadosos que los Romanos. Cuando los Romanos ejecutaban una crucifixión siguiendo sus reglas, simplemente dejaban que el reo muriera en la cruz, aunque fuera después de pasar varios días al calor del mediodía y al frío de la noche, torturado por la sed y por los insectos que se cebaban en sus heridas abiertas. A menudo los crucificados morían dando muestras de locura furiosa aunque impotente. Tampoco enterraban los Romanos a los que morían en la cruz, sino simplemente los dejaban a merced de los buitres y de los perros.

La ley judía era diferente, y establecía: «Si alguno hubiere cometido algún crimen por el que merece la muerte, y le ajusticiáis colgándole de un madero, no dejéis que su cuerpo pase la noche expuesto en el patíbulo; enterradlo sin falta el mismo día» (Deu_21:22-23 ). La Misná, la ley judía de los escribas, establecía: «Todo el que permita que un muerto pase la noche sin enterrar transgrede un mandamiento positivo.» El sanedrín se encargaba de que hubiera dos tumbas dispuestas para los que sufrieran la pena de muerte y no pudieran enterrarse en el mismo lugar que sus padres. En esta ocasión era todavía más importante el que no se dejaran los cuerpos en las cruces durante la noche, porque el día siguiente era sábado, y el muy especial sábado de la Pascua.

Para despachar a los reos que seguían vivos más de lo conveniente se usaba un método bastante macabro: se les rompían las piernas con una maza. Eso fue lo que hicieron a los reos que estaban crucificados con Jesús; pero en Su caso no fue necesario, porque cuando llegaron los soldados Jesús ya estaba muerto. Juan ve en esa circunstancia el cumplimiento de otro símbolo del Antiguo Testamento: había la norma de no quebrantar ningún hueso del cordero pascual (Num_9:12 ). De nuevo Juan ve en Jesús al Cordero pascual de Dios que libra de la muerte a Su pueblo.

Por último se nos presenta un extraño incidente. Cuando los soldados vieron que Jesús ya estaba muerto, no Le rompieron los miembros con la maza; pero uno de ellos, probablemente para asegurarse aún más de que estaba muerto, le atravesó con la lanza el costado, del que fluyeron agua y sangre. Juan le atribuye a aquello un sentido especial. Ve en ello el cumplimiento de la profecía de Zec_12:10 : «Me mirarán a Mí, a Quien traspasaron.» Y añade expresamente que ese es el testimonio de un testigo ocular de lo que realmente sucedió, y que él personalmente garantiza que es cierto.

En primer lugar, preguntémonos qué fue lo que sucedió de hecho. No podemos asegurarlo, pero puede ser que Jesús muriera literalmente porque se Le rompiera el corazón. Lo normal, desde luego, es que el cuerpo de un muerto no sangre. Se ha sugerido que lo que realmente sucedió fue que las experiencias físicas y emocionales de Jesús fueron tan terribles que se Le reventó el corazón. Cuando sucedió aquello, la sangre del corazón se mezcló con el líquido del pericardio que rodea el corazón; la lanza del soldado rompió el pericardio, y brotó la mezcla de sangre y agua. Sería patético creer que Jesús, en el sentido más literal, murió porque se Le partió el corazón.

Aun así, ¿por qué lo subraya tanto Juan? Por estas dos razones.

(i) Para él era la prueba definitiva e irrefutable de que Jesús era un hombre real con un cuerpo real. Esa era la respuesta a los gnósticos con sus ideas de fantasmas y espíritus y una humanidad irreal. Aquí está la prueba de que Jesús fue carne de nuestra carne y hueso de nuestro hueso.

(ii) Pero para Juan aquello era más que una prueba de la humanidad de Jesús: era un símbolo de los dos grandes sacramentos de la Iglesia. Hay un sacramento que tiene por materia el agua: el Bautismo; y otro que representa la sangre: la Comunión, con su copa de vino rojo como la sangre. El agua del Bautismo es el símbolo de la gracia purificadora de Dios en Jesucristo; el vino de la Comunión es el símbolo de la sangre que fue derramada para salvarnos de nuestros pecados. El agua y la sangre que fluyeron del costado abierto de Jesús eran para Juan el agua purificadora del Bautismo y la sangre purificadora que se conmemora en la Mesa del Señor.

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