Datos generales :
— Dónde: Jerusalén
— Ocupación: Líder religioso
— Contemporáneos: Jesús, Anás, Caifás, Pilato, José de Arimatea
Versículo clave :
“Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” (Joh_3:4).
La historia de Nicodemo se narra en Joh_3:1-21; Joh_7:50-52 y 19.39, 40.
¿Quién es el Espíritu Santo? Dios es tres personas en una: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios se hizo hombre en Jesús a fin de morir por nuestros pecados. Resucitó de la muerte para ofrecer salvación a todos mediante la renovación espiritual y el nuevo nacimiento. Cuando Jesús ascendió al cielo, su presencia física dejó la tierra, pero prometió enviar al Espíritu Santo al grado que su presencia espiritual continuaría entre los seres humanos (véase Luk_24:49). El Espíritu Santo por primera vez vino para estar a disposición de todos los creyentes en el Pentecostés (Hechos 2). En los tiempos del Antiguo Testamento el Espíritu Santo dotaba de poder a ciertas personas y solo por asuntos determinados, pero ahora todos los creyentes tienen el poder del Espíritu Santo a su disposición. Si desea más información acerca del Espíritu Santo, léanse 14.16-28; Rom_8:9; 1Co_12:13 y 2Co_1:22.
Jesús explicó que no podemos controlar la obra del Espíritu Santo. El obra de maneras imprevisibles o incomprensibles. Así como uno no pudo controlar su nacimiento físico, tampoco podrá controlar su nacimiento espiritual. Es un regalo de Dios, dado por el Espíritu Santo (Rom_8:16; 1Co_2:10-12; 1Th_1:5-6).
Este maestro judío conocía muy bien el Antiguo Testamento, pero no había entendido lo que decía del Mesías. Conocimiento no es salvación. Debiera usted conocer la Biblia, pero algo mucho más importante es entender al Dios que revela y la salvación que ofrece.
Cuando los israelitas vagaban por el desierto, Dios envió una plaga de serpientes para castigarlos por su actitud rebelde. Los sentenciados a muerte por causa de la mordedura de serpientes podían curarse al obedecer a Dios y mirar a la serpiente de bronce que se levantó, creyendo que El podría sanarlos si lo hacían (véase Num_21:8-9). Mirar a Jesús en busca de salvación tiene los mismos efectos. Dios nos preparó este modo de ser salvos de los efectos mortíferos de la “mordedura” del pecado.
Todo el evangelio se centra en este versículo. El amor de Dios no es estático ni egoísta, sino que se extiende y atrae a otros a sí. Dios establece aquí el verdadero molde del amor, la base de toda relación de amor. Si uno ama a alguien profundamente, está dispuesto a darle amor a cualquier precio. Dios pagó, con la vida de su Hijo, el más alto precio que se puede pagar. Jesús aceptó nuestro castigo, pagó el precio de nuestros pecados, y luego nos ofreció una nueva vida que nos compró con su muerte. Cuando predicamos el evangelio a otros, nuestro amor debe de ser como el suyo, y estar dispuestos a renunciar a nuestra comodidad y seguridad para que otros reciban el amor de Dios como nosotros.
Muchas personas rechazan la idea de vivir para siempre porque viven vidas tristes. Pero la vida eterna no es la extensión de la miserable vida mortal del hombre; vida eterna es la vida de Dios encarnada en Cristo que se da a todos los que creen como garantía de que vivirán para siempre. En esa vida no hay muerte, enfermedad, enemigo, demonios ni pecado. Cuando no conocemos a Cristo, tomamos decisiones pensando que esta vida es todo lo que tenemos. En realidad, esta vida es solo el comienzo de la eternidad. Empiece, por lo tanto, a evaluar todo lo que le sucede desde una perspectiva eterna.
“Creer” es más que una reflexión intelectual de que Jesús es Dios. Significa depositar nuestra confianza en El, que es el único que nos puede salvar. Es poner a Cristo al frente de nuestros planes presentes y nuestro destino eterno. Creer es confiar en su palabra y depender de El para cambiar. Si nunca ha confiado en Cristo, haga suya esta promesa de vida eterna y crea.
Muchas veces la gente trata de salvarse de lo que teme poniendo su fe en cosas que tienen o hacen: buenas obras, capacidad o inteligencia, dinero o posesiones. Pero solo Dios puede salvarnos de lo que en verdad debemos temer: la condenación eterna. Confiamos en Dios reconociendo la insuficiencia de nuestros esfuerzos por alcanzar la salvación y pidiéndole que haga su obra en nuestro favor. Cuando Jesús habla acerca del “que no cree”, se refiere a quien le rechaza por completo o hace caso omiso de El, no al que tiene dudas momentáneas.
